El Canal de Panamá I: La tecnología al servicio de la globalización

Comprender el pasado para reconocer el presente

José A. López Cerezo  El siglo XIX es porexcelencia el siglo del progreso, un período de profundo optimismorespecto al avance social producido por la aplicación práctica de laciencia y la tecnología. Es un siglo de grandes y elevadasexpectativas: las utopías sociales de la revolución política franco-americana, la igualdad de los hombres y su independencia frentea la esclavitud de las necesidades, parecían estar al alcance de lamano gracias a la revolución industrial, una revolución cuyo motor erael avance científico-tecnológico.

           Desde esta perspectiva, el llamado “siglo XIX de los historiadores” esmás ajustado a la evolución de nuestras sociedades que el siglo XIXcronológico. Es un largo siglo que comienza con la Revolución Francesade 1789, en pleno despegue también de la Revolución Industrial, y queconcluye con el comienzo de la Primera Guerra Mundial de 1914 – la GranGuerra de la que sale un mundo nuevo, nuestro propio mundo.

            Ese siglo XIX de los historiadores era una época donde sehablaba con optimismo de futuros sistemas de transporte que pondrían alos seres humanos en contacto, difundirían el conocimiento, acabaríancon las divisiones nacionales, y propiciarían la unidad de lahumanidad. “La barrera ha caído”, se proclamó oficialmente en lainauguración del Canal de Suez en 1869.

            Se trata de un período que termina con dos grandes logrosde la ingeniería: la botadura del Titanic y la construcción del Canalde Panamá. El Titanic constituye más bien un acontecimiento simbólico:el broche de oro para una era de conquista técnica de la naturaleza yun aviso de las terribles consecuencias que podían acompañar a lasoberbia tecnológica. El Titanic, supuestamente un monstruo de aceroinsumergible, no llegó a terminar su primer viaje por el Atlánticonorte en 1912. Con todo, y a pesar de sus dimensiones, de habernavegado hasta los trópicos podría haber cruzado el Canal de Panamádebido a su manga de 28,65 mts.

La construcción del Canal tuvo poco de símbolo: fue la culminaciónexitosa del optimismo decimonónico, y uno de los mayores logros de laingeniería moderna. Fue inaugurado coincidiendo prácticamente con elcomienzo de la Primera Guerra Mundial, a caballo entre dos mundos. ElCanal hizo posible la unión de dos océanos, pero también propició laimplementación práctica de la “doctrina Monroe” (América para los“americanos”), colocó a EE.UU. en una situación de preeminenciainternacional, y contribuyó a la segregación del continente en dosaméricas – la América afluente y la América necesitada.

            Los primeros estudios topográficos para la construcción deun Canal a través del Istmo de Panamá siguiendo el curso del ríoChagres fueron encargados por el rey Carlos I de España en 1534 (CarlosV del Sacro Imperio Romano-Germánico). Pocos años antes, en 1513, VascoNúñez de Balboa había descubierto oficialmente el océano Pacífico.Pasaron sin embargo más de tres siglos hasta que se hizo el primerintento de construir una vía transoceánica en Panamá, “el centro deluniverso” en palabras de Simón Bolívar. El descubrimiento de oro enCalifornia en 1848, entonces recientemente arrebatado a México, habíacreado un gran volumen de tránsito transístmico por tierra.

            Los franceses, que acababan de construir el Canal de Suez,lo intentaron durante 20 años, entre 1879 y 1900 bajo el liderazgo deFerdinand de Lesseps, un diplomático francés inspirado por las ideas deSaint-Simon y convencido de la emergencia de una nueva sociedad graciasa la industria y las máquinas, las grandes obras públicas y el gobiernotecnocrático. Salieron derrotados. En 1903, EE.UU. firmó un acuerdo conPanamá para la construcción del Canal interoceánico, al año siguientecompraron los derechos a la Compañía francesa del Canal y comenzó elintento norteamericano. Lo culminaron en 10 años, entre 1904 y 1914,después de superar enormes problemas de ingeniería física ysociopolítica.

            Estados Unidos dabaun paso de gigante hacia su supremacía en el mar, hacia lo que TheodoreRoosevelt llamó (precisamente defendiendo la necesidad del Canal) “eldestino global de los Estados Unidos de América”. Se excavaron 177millones de metros cúbicos, se utilizaron 27 millones de kilos dedinamita, se gastaron 352 millones de dólares de la época, pero tambiénse tendieron vías férreas, se luchó contra las enfermedades, seconvencieron ciudadanos y reclutaron políticos, y se creó un pequeñoestado en el seno de un nuevo país. Roosevelt no vivió para ver elCanal terminado, pero sí lo suficiente para poner en marcha laexpansión de EE.UU. y demostrar la utilidad de la tecnología comoinstrumento de globalización.

           Theodore Roosevelt era ciertamente un personaje curioso y carismático.A él le atribuyó la posteridad el Canal de Panamá, aunque éste fuerealmente construido durante el mandato de tres presidentes: T.Roosevelt, Howard Taft, Woodrow Wilson. No obstante, Roosevelt fuequien dinamizó el proyecto, lo vinculó al orgullo nacional y quienpropició las condiciones organizativas y políticas para que pudierallegar a buen puerto. Fue también Roosevelt quien lo asoció a laexpansión global de EE.UU. y, por vez primera a esa escala, hizo de latecnología el instrumento maestro de esa expansión globalizadora,vinculando mediante tal instrumento dominación comercial y dominaciónpolítico-militar.

            A principios desiglo, EE.UU. contaba ya con un gran excedente de producciónindustrial, y el Canal de Panamá era la llave para la expansión de susproductos, siendo además China la única región que ya entonces ofrecíaposibilidades ilimitadas para la absorción del excedentenorteamericano. Además, Roosevelt, tras su experiencia en la guerracontra España en Cuba, estaba convencido de que la supremacía en el marera una parte integral del dominio militar y comercial de una nación.

Un excelente libro sobre la historia del canal (David McCullough, The Path Between the Seas,Simon and Schuster, traducido al español por Lasser Press), narra unaanécdota que muestra la ironía del progreso tecnológico. En 1906, conlas obras del Canal bien encarriladas, Roosevelt recibió a H.G. Wellsen Washington, el famoso autor de antiutopías futuristas como La máquina del tiempo o La isla del Dr. Moreau.Tuvieron la oportunidad de charlar sobre el tema en largos paseos porlos jardines de la Casa Blanca. Wells viajó a América, decía, parainvestigar el futuro y “cuestionar las certidumbres del progreso”. Porejemplo Wells tuvo la oportunidad de visitar la sala de máquinas de la Niagara Falls Power Company,donde a la vista de los enormes generadores, ante todo ese poder enmanos del ser humano, sintió una especie de experiencia religiosa. Escurioso que el pesimismo de Wells con respecto al futuro propiciado porla tecnología fuese derrotado en la práctica, mediante el éxitonorteamericano en la construcción del Canal, por el pragmatismoenérgico y emprendedor de Roosevelt. Y es doblemente curioso porque unaescena paralela, aunque con polaridades inversas, tuvo lugar algunasdécadas antes entre Julio Verne y Ferdinand de Lesseps, en susencuentros en la Biblioteca de la Societé de Géographie deParís. El optimismo tecnológico cauto, aunque optimismo manifiesto, deVerne, contrasta llamativamente con el pesimismo, también cauteloso, deWells, especialmente porque Roosevelt triunfó donde de Lesseps fracasó.Como también contrastan los aciertos de Verne con los gruesos erroresde Wells en la anticipación del futuro.

            En esas charlas con Wells, Roosevelt se refirió específicamente a La máquina del tiempo,rechazando con energía y gestos ostentosos el pesimismo del libro.”Suponga – le decía a Wells – que resulta tener razón al final, y quetodo esto termina en sus butterflies y morlocks. Esono importa ahora. El esfuerzo es algo real, y merece la pena seguir conél. Merece la pena incluso en ese caso”. Es difícil imaginar mayordeterminación y optimismo. Es la ideología del progreso en la irónicaexpresión de G. Chesterton: el camino es lo que importa, dar siempre unpaso adelante, sin importar si nos conduce al cielo o al infierno. Setrata de la ciega lógica de la tecnología al servicio de laglobalización.

Proyecto Iberoamericano de Divulgación y Cultura Científica

Etiquetas:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

En este día memorable del lanzamiento de tu libro, fue inevitable no leer este blog desde la perspectiva de las ideas de progreso y civilización, justo la perspectiva sobre la que segurmente nos ilustras con tu trabajo. Nos vemos en la noche.

Felicitaciones y gozatela que es tuya.

El "optimismo histórico" es una categoría científica que evoluciona junto con el desarrollo humano, científico, tecnológico, social, económico; progresivamente pasamos de la incertidumbre a la certeza no de la existencia mística de un futuro pre construido sino de la dirección cada vez más humana!!. Por eso, cada vez caminamos menos ciegos. No lo hacemos mecánicamente "hacia el cielo o el infierno", ni tampoco obedecemos a una "ciega lógica de la tecnología al servicio de la globalización". Creo que la globalización es una regularidad histórica que expresa el avance de la Humanidad hacia la excelencia; es paradójica pero progresiva. Saludos y felicitaciones por sus interesantes temas.

ey ypo aka y quien aya espero que tú jejejejejejejejejejajajajajaj……

(requerido)

(requerido)


*