A QUIEN MOLESTA LA CIENCIA, SEGÚN LESHNER, EDITOR DE SCIENCE

La ciencia no es un instrumento inocente. En Estados Unidos la han sentado en el banquillo de los acusados. Y no hay muchos dispuestos a defenderla. Alan Leshner, editor de Science, me contó los cargos: atenta contra principios morales y económicos en un país donde mandan los «evangelistas ateos».

 

XAVIER PUJOL GEBELLÍ

La cita fue el lunes en Barcelona. Alan Leshner, editor de la revista Science y director general de la American Association for the Advancement of Science (AAAS), impartía ese día la lección inaugural del Máster de Comunicación Científica que organiza la Universidad Pompeu Fabra bajo la dirección de Vladimir de Semir. Su disertación versó sobre los ejes que, a su entender, marcan las agendas de los medios en lo que a comunicación científica se refiere. En esencia, lo que él denomina «comunicación de la ciencia prematura» (también podría leerse al revés) y la «ciencia del ‘press release’». A todo ello Leshner añadió el impacto que noticias como las referidas al científico coreano Hwang Woo Suk, autor de uno de los fraudes científicos más escabrosos de los últimos tiempos, había tenido tanto entre la comunidad científica como entre el público general.

 

Antes de su charla vespertina, tuve ocasión de sentarme con él para conversar sobre el sexo de los ángeles en ciencia. Lo que descubrí entre sus palabras es que, más allá de cómo se comunican los resultados de investigación, lo que de verdad le preocupa son las intromisiones que están provocando agentes externos a la ciencia y a sus auténticos intereses. La economía y la religión, además de la política, son los «entrometidos».

 

La sofisticación del fraude

«Hay fraudes malos [fáciles de reconocer] y los hay extraordinariamente sofisticados, hechos a conciencia». De este modo describía Leshner lo que pasó con el científico coreano que falseó datos científicos en un tema tan sensible como el de la investigación en células madre. «El sistema de ‘peer review’ no está previsto para detectar fraudes sino para revisar la calidad de la ‘ciencia normal’», continuaba. ¿Excusas?

 

Tal vez, pero razón no le falta a Leshner. El sistema de revisión por pares se está viendo que no puede cubrir todos los detalles necesarios para verificar que el resultado de una investigación es absolutamente cierto. El principio de replicación, es decir, la posibilidad de poder repetir el experimento, aunque se exige, no siempre se ejecuta. Entre otras razones, porque los revisores fundamentan sus razones más en la confianza y en la experiencia y conocimientos propios que no en el laboratorio. Y cuando se exigen pruebas adicionales de los experimentos o de los resultados que se pretenden publicar, la recepción de imágenes complementarias puede bastar para dar el sí o el no definitivos.

 

Whuang y sus colegas conocían los circuitos y las deficiencias del sistema de revisión por pares. Y obraron en consecuencia. Burlaron la confianza de los revisores y se ampararon en los agujeros del sistema. Además, lo hicieron bien, muy bien. Tanto que se lo creyó prácticamente todo el mundo.

 

La vanidad, el interés personal, los vacíos legales en Corea del Sur (y en otros muchos países) y la paciencia del científico experimentado (Hwang, a pesar de todo lo era y lo continúa siendo), obraron como motores. La ignorancia, el oportunismo y la ceguera, hicieron el resto.

 

Leshner sostiene que, ante un fraude de semejante calidad, lo único que cabe es reforzar los mecanismos del sistema de revisión por pares. Publicar el nombre de los revisores conjuntamente con los artículos y exigir un mayor nivel de detalle en loa documentación que se adjunta a cada uno de ellos, piensa Leshner, son medidas que pueden favorecer el control de calidad. Se trata, en definitiva, de aumentar el nivel de compromiso de los propios científicos.

 

Por lo demás, el editor de Science no cree que el caso haya podido restar credibilidad a la comunidad científica frente a sus deberes para con la sociedad. A lo sumo, ha provocado enfado entre los científicos, inquietud e incomodidad entre los gestores políticos y un cierto temor entre las fuentes de financiación. Ninguno de ellos, pese al esfuerzo de Leshner por quitar hierro al asunto, es un tema menor. A buen seguro, el impacto del fraude en las comunicaciones científicas y en cómo se trasladan al público general se verán afectadas. Del mimo modo, muchas publicaciones van a tener que revisar sus sistemas de aceptación de originales. En opinión del editor, las publicaciones médicas van a ser las que más presión van a recibir, en especial por la injerencia interesada de la «big pharma».

 

Los miedos de Leshner

No son los fraudes ni sus impactos, sin embargo, lo que más preocupa al editor de Science. Basta con revisar la bibliografía y las hemerotecas, además de usar el sentido común, para entenderlo. Cada año se publican cientos de artículos en Science. Y decenas de miles en millares de revistas científicas. La falsificación de resultados, aunque existe, no parece ser ni un fenómeno tan común ni tan extendido como se presupone. Si lo fuera, la avidez de los medios de comunicación generalistas ya lo habría puesto al descubierto. De haberlos haylos, pero los grandes fraudes se cuentan como los grandes atracos: con los dedos de las manos.

 

Lo que de verdad preocupa a Leshner, y además le causa pavor, es la anti-ciencia promovida por grupos organizados. Entre ellos se cuentan los «evangelistas ateos», un movimiento «muy bien organizado y financiado» que efectúa «incursiones calculadas» para desestabilizar principios científicos bien establecidos en nombre de intereses que nada tienen que ver con los científicos.

 

El caso más flagrante, y también sangrante, es la extensión de la teoría del creacionismo en la enseñanza primaria de Estados Unidos. Y, últimamente, de su derivada, el llamado «diseño inteligente». Desde la atalaya de la AAAS se han identificado, según Leshner, incursiones de este movimiento en más de 30 estados. Algunas de ellas son menores, pero otras han logrado cambiar el status quo de la enseñanza de las teorías de la evolución desde un punto de vista legal. El creacionismo o el diseño inteligente han pasado a formar parte de los libros de texto.

 

Leshner, como otros muchos científicos en Estados Unidos, entiende que esa injerencia es inaceptable. Y contra ella ha interpuesto los cimientos de lo que se presume una auténtica batalla legal. La AAAS está llevando esas injerencias a los tribunales y los jueces les han dado la razón en cuatro casos concretos. Pocos, cierto, pero es el principio.

 

¿Qué otros miedos hay? La investigación en cambio climático se está viendo frenada «por intereses puramente económicos». En cuanto a células madre embrionarias, lo que está en juego es determinar con exactitud en qué momento empieza la vida, algo que no depende de la ciencia sino de «valores y principios morales». Lo mismo ocurre, asegura Leshner, con los avances en biología del comportamiento. Que la adicción sea una enfermedad no gusta ni a jueces ni a «mentes bienpensantes de los movimientos más conservadores». Según la ciencia, un drogodependiente es un enfermo; según el sentir de conservadora sociedad norteamericana, es un vicioso o un delincuente. Y, por supuesto, ocurre con los hallazgos que se están sucediendo en el terreno de la evolución: lo que se debate es el origen de la humanidad.

 

Dicho de otro modo: la ciencia está cambiando la perspectiva de valores y creencias esenciales asentadas desde hace siglos. De donde venimos, quienes somos y por qué somos como somos. Hoy ya no hay hogueras, pero sí poder económico para quemar la ciencia que molesta. Esa es la conclusión de Leshner.

 

Etiquetas:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

Gracias por regalarnos todas las semanas un editorial ejemplar de autentico periodismo científico. Creo que esta aportación ganaría mucho si se adaptase al medio en que se produce y nos facilitases enlaces de interés y otras referencias que nos permitiesen segúir andando por nosotros mismos sobre los temas que propones en este complejo mundo de la Red.

Gracias de nuevo.

Me parece esencial conocer y valorar el enemigo externo al que se enfrenta la ciencia en estos momentos y la lucha por crear nuevas estructuras de legitmación del conocimeinto que usen formas o formalidades cercanas a las de la comunidad científica.

Sin embargo me parace muy grave ignorar el enemigo interior, el que crece de las pequeñas y crecientes emprecisiones que se trasladan a los trabajos sobre los que se soportan las carreras científicas de la mayor parte de investigadores, fruto de mil razones no siempre vinculadas a presión ámbiental y a la negligencia.

No estaría mal plantearse también el repensar la estrucutra actual de creación de consenso en la comunidad científica("porque los revisores fundamentan sus razones más en la confianza y en la experiencia y conocimientos propios que no en el laboratorio"

Un estructura en su esencia del XIX que esta empezando a dar muestras de cansancio en esta transición q vivimos a la sociedad el conocimiento.

En mi opinión la ciencia siempre tendrá como enemiga a la religión y, es que, la primera implica pensar, demostrar y comprobar y la segunda creer.

En cuanto a si la ciencia afecta a los principios morales, en fin… a mi me ha afectado más el principio de culpabilidad sobre el que se basa la religión que la teoría de la evolución de Darwin. Quizá sí cambien nuestros principios morales, pero a mejor. Cuando la ciencia consiga demostrar la falsedad de las teorías religiosas, seremos más libres, no tengo ninguna duda.

Sobre el enemigo económico, casi mejor que no entro. La economía apoyará a la ciencia siempre que no la contradiga y, sin dinero, es dificil investigar…

Por que se molesta Leshner que se enseñe junto con la teorìa de Darwin(si con la teoria no con el conocimiento cierto), tambien la teorìa del creacionismo o del diseño inteligente? Si es cientifico no debe molestarse o serà que la base cientifica de la teorìa de darwin no es tan sòlida como se pensaba?Ningun cientifico que se precie de tal debe oponerse a que se enseñen teorìas opuestas a la suya propia, sino cae en el dogmatismo y hace de su teorìa una religiòn precisamente aquello que dice combatir.Hoy no hay que temer a la religion quemando libros màs hay que temer a los sumos sacerdotes de la ciencia impidiendo la publicaciònd de aquello que no les gusta como por ejemplo los resultados que falsifican la teorìa de innocuidad de los alimentos transgènicos como le ocurriò a Arpad Pusztai.Hoy la ciencia es una religiòn de Estado como dice Feyerabend y es màs peligrosa que los antiguos tribunales politico-religosos.

Escribe un comentario

(requerido)

(requerido)


*