EL DIFÍCIL ARTE DE FABRICAR UNA EMPRESA (DE BASE TECNOLÓGICA)
Pese a que los incentivos fiscales en España continúan siendo de lo mejorcito de Europa, el nacimiento de empresas de base tecnológica en este país se mantiene en números rojos. El capítulo VIII, de nuevo, se apunta ahora como solución. ¿Será el enésimo intento o el definitivo?
XAVIER PUJOL GEBELLÍ
Poner en marcha una empresa de base tecnológica continúa siendo una aventura demasiado peligrosa en España. De unos años a esta parte, y con independencia del color del Gobierno, se han hecho intentos de todo tipo, especialmente en el ámbito fiscal y legal, para dar con la fórmula mágica que permita al «investigador-emprendedor» transformar una idea incipiente en una oportunidad de negocio. Los resultados, hasta la fecha, han sido paupérrimos. Ni el recurso a los créditos blandos ni la oportunidad de poder regresar al puesto de trabajo original en un centro de investigación o en
Dados los pobres resultados cosechados, distintas comunidades autónomas, en particular Madrid y Cataluña, han decidido emprender medidas específicas para promover el nacimiento de empresas de base tecnológica. A ellas se ha sumado recientemente
El riesgo del capital riesgo
Sostiene Joan Comella, director de
De acuerdo con el análisis de Comella, el agujero negro del sistema nacional de ciencia y tecnología no es la productividad científica ni tampoco su calidad. «En España se publica bien», afirma. Razón no le falta. Aunque los números pueden mejorar, y deberían hacerlo en sentido estricto, el nombre de investigadores y centros españoles consta cada vez con mayor regularidad en las principales revistas de impacto. Dicho de otro modo: se obtienen resultados de investigación de calidad más que notable. El problema es que no se pasa de ahí, nadie aparenta saber qué hacer con esos resultados.
Hay quien sí lo intenta. Con sus resultados y cierto asesoramiento, en general de las oficinas de transferencia de tecnología de OPI’s o universidades, define un proyecto empresarial, lo redacta y se va en busca de dinero. Acude al capital riesgo y se pone a sí mismo como garantía. Y se da entonces de bruces con la realidad: el capital riesgo le niega el capital por exceso de riesgo o bien se lo da a cambio de garantías que nada tienen que envidiar a las exigidas para el más común de los créditos personales. La reflexión que surge luego, siempre en forma de queja, es invariable: En España no hay capital riesgo.
Si mantenemos el criterio expuesto por Comella la reflexión debería ser distinta. Igual lo que falta son proyectos adecuados para el capital riesgo. «Hay errores de concepto», decía Comella en un «off topic» mientras se registraba la entrevista de referencia. «El capital admite poco riesgo, aquí y fuera de aquí», continuaba. Como última reflexión añadía: «Cada vez hay menos capital riesgo español o japonés; lo que hay es capital de cualquier origen dispuesto a invertir en proyectos de interés y con un riesgo calculado».
El «riesgo calculado» al que alude Comella debe ser interpretado como «proyecto maduro» para admitir inversiones. Visto así, la clave es conseguir un sistema que permita madurar, es decir, facilitar la transición de la idea primigenia a proyecto empresarial. Y, en opinión de Comella, ese sistema no existe en España, apenas hay nada previsto para detectar primero, identificar después, y transformar finalmente un resultado de investigación orientada o incluso aplicada en una oportunidad de negocio.
Crecimiento desde la cola
La propuesta que plantea
Con toda probabilidad, la medida que se apunta es necesaria pero no suficiente. Sobretodo sí, como se pretende, se quieren potenciar sectores de I+D estratégicos como la biotecnología o la biomedicina. En ninguno de ambos sectores España está brillando a nivel internacional salvo por excepciones contadas. En el primero, sin ir más lejos, la distancia con respecto a la élite continúa siendo abismal, mientras que en el segundo brillan aún más las personas que las instituciones a las que pertenecen. Lo mismo ocurre en nanotecnología.
Las tres áreas citadas son las que en este momento reciben mayor atención inversora en Europa. En España parece que se sigue la misma estela, aunque la cantidad de recursos destinados, proporcionalmente, anda lejos de la media. La pregunta a hacerse es: ¿tiene sentido reflejarse en el espejo europeo o sería prudente explorar otras direcciones con valor añadido? Comella, en la entrevista citada, no contesta directamente a la cuestión, aunque deja entrever el problema. Desde
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Comentarios
la risa es ya cuando se entiende por una spin-off montar un simple master de informática donde enseñar cuatro cositas a alumnos que están ávidos por pagar 5000 euros por aprender a manejar el macroedia_flash_xl…si montar ‘academias privadas’, al estilo de cualquier barrio, dentro de la universidad pública, es entendido como iniciativa empresarial, ‘apaga y vámonos’; y para más coña todo el ‘riesgo’, si es que hay alguno, a costa de las arcas públicas.
Será por estudios. Estudios de prospectiva tenemos y hemos tenido, y algunos realmente brillantes.
Recordemos los trabajos de la CAICYT o los que llevaron a la elaboración del IV Plan Nacional de I+D, posiblemente el mejor de los que hemos tenido.
En la actualidad los trabajos de OPTI, si bien de estos hay que reconocer que son muy desiguales en cuanto a la calidad de sus aportaciones y carecen de una visión común.
Lo que realmente hace falta es valor y decisión para dar transparencia a la aplicación de prioridades en la política científica y, de esto todavía no hay noticias en nuestro país. La priorización, que indefectiblemente se hace ante lo limitado de los recursos, se hace en la mesa del decidor político, (ver Consolider o Cenit) por criterios “científicos” o de interés de Estado.

Hoy en España la creación de empresas en los entornos académicos no depende de los investigadores individuales, ni de los fondos de inversión.
Lo que bloquea la posible creación de empresarial es el marco institucional y normativo.
Repetir la hazaña de las décadas de los 80 y 90 que ha supuesto que España sea una potencia mediana en producción científica, conseguida fundamentalmente por esfuerzo y la capacidad individual de los investigadores, utilizando los mismo criterios para ahora mejorar la competitividad del país, pidiendo a estos mismos investigadores que creen empresas; francamente, está entre la exacerbación mítica del científico y la simple ignorancia.
Programas para promover emprendedores académicos los hay desde hace años y de todos los colores; buenos, muy buenos, malos y regulares.
En nuestras aulas se han ganado una buena suma de euros los “gurus” más famosos del mundo, y sus no siempre brillantes secuelas nacionales, comercializando el bálsamo del buen emprendedor.
El número de empleados públicos que viven del negocio de la creación de empresas y sus actividades satélites es seguramente superior a los emprendedores existentes.
No hay universidad que se precie que no tenga una sociedad de inversión (presemilla, semilla, riesgo.) propia o en compañía de otros, por no hablar de las que han constituido las CC.AA. o las de entidades privadas.
De nuevo una autentica legión de expertos en busca de un problema.
Es el Dorado. Nadie quiere repartir ni las futuras ganancias ni la gloria de conseguirlo.
Mientras tanto los resultados son los que son. Y nadie parece querer pararse a pensar que lo que necesitamos es un cambio institucional. Trabajo cooperativo, poco vistoso y generoso, profesionalizado y constante.
El sistema público no cambiará con soluciones prêt-a-porter de éxito internacional, mientras los laboratorios y los rectorados siguen funcionando con una lógica cuando menos disonante a la que rige para la creación de empresas.