El maléfico placer de comer
Cuando Marco Ferreri culminó La Grand Bouffe en 1973, seguro que no pensó que su cinta, irreverente, escatológica, provocadora, pero también divertida, acabaría siendo algo así como una premonición: qué mal lo podemos pasar si comemos demasiado bien…
XAVIER PUJOL GEBELLÍ
El acto de comer tiene al menos dos vertientes: satisfacer nuestras necesidades energéticas y proporcionarnos un placer más que arraigado en cualquier cultura. Obtener las dos cosas en un mismo acto sin que nos cause ningún daño, ni inmediato ni futuro, debería ser algo a perseguir. Especialmente si, además, nos otorga algún beneficio para la salud.
Pero comer mal, que sería lo mismo que comer aparentemente bien, puede provocarnos más que un susto. Por lo general, no llegaremos al extremo que nos proponían Marco Ferreri, director, y Rafael Azcona, guionista, en su célebre La Grand Bouffe. En el filme, cuatro amigos se reunían en casa de uno de ellos para suicidarse. La comida, el exceso, sería el arma a emplear. Corría 1973. ¿Una premonición del futuro?
Ciertamente, como dicen los que saben, somos lo que comemos. Y eso, a tenor de multitud de informes y opiniones expertas, no es precisamente una buena noticia. Lo recordaba recientemente Javier Puerto, catedrático de Historia de la Facultad de farmacia de la Universidad Complutense de Madrid en una charla celebrada en Bilbao. “La superabundancia actual puede llevar a dietas perjudiciales para la salud”, decía.
Y decía bien. En los entornos urbanos, donde habita, lo queramos o no, la mayoría de la población en el mundo, se come cada vez más rápido y más fácil. El escaso tiempo dedicado a la comida, tanto en su compra como en su elaboración como en su ingesta, ha llevado a paradojas impensables para nuestros abuelos: las comidas preparadas, o semi-preparadas, que da lo mismo, abundan en toda clase y condición en las estanterías de supermercados. Hacerse uno mismo la cena ya no exige dominio culinario. Basta con adquirir una ensalada en bolsa, pasta deshidratada y carne envasada al vacío para cumplir con cualquier invitado a nuestra mesa.
De la seguridad de ese menú, o de tantos otros, apenas hay dudas. Suvalor nutritivo, especialmente cuando se abusa, ya es otro cantar. Y del sabor, sólo gallos desafinados… Tal vez la bollería, por el efecto de las grasas, se salvaría en este punto entre los más menudos del hogar, pero con ello fabricamos una generación de obesos y enfermos cardiovasculares. Una delicia, vaya.
En la charla de Puerto estaban también José María Mato, presidente del CIC bioGune, y Félix Goñi, biofísico de la Universidad del país Vasco. Hablaban, en un debate distendido, del placer de comer y de cómo los alimentos podían influir en el estado de ánimo. El encuentro estaba organizado por la Fundación Ciencias de la Salud.
Ciertamente, por lo que he podido leer en una nota de prensa curiosamente redactada (el periodismo, créanme, ya no es lo que era), la charla no dio mucho de si. Un montón de obviedades y lugares comunes. Pero viene bien tenerlos en cuenta de vez en cuando.
Por ejemplo, para señalar que el ansia por la perfección puede llevarnos a la anorexia, del mismo modo que la angustia a la bulimia o a la obesidad, como recordó Puerto. A todo ello, matices, claro, porque a la obesidad también se llega por comer mal. Que se lo cuente, si no, a las ratas que siguen dieta de cafetería en cualquier laboratorio, a los millones de obesos del mundo occidental que se desayunan bollos de azúcar o, paradójicamente, a los muchos habitantes de países en desarrollo que están consiguiendo salir de la hambruna con galletas…
Una reflexión interesante, según consta en la nota: los cultivos hidropónicos o los de explotación intensiva, nos dan de comer a muchos, lo cual es extraordinario. Y lo hacen a un coste razonable y en cantidad que tiende a ser suficiente. A cambio, han perdido todo el sabor.
Al final, como en La Grand Bouffe, todo es una cuestión de química. Los potenciadores de sabor suplen los déficit de la producción intensiva y su posterior manipulación. Y si hay menos nutrientes de lo esperado, ya se encarga la industria de suplementarlos. Comemos más y más seguro (hasta que una intoxicación no nos diga lo contrario), pero no comemos mejor. Aunque nuestros abuelos discrepen.
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