Asuntos de Serrano
Quien más quien menos en la casa grande del CSIC ha tenido que ir a Serrano; todos cuantos tienen asuntos por resolver han pasado por lo que llaman “la central”. Pero no a todos les va bien. Por lo que me cuentan, ahí habita la burocracia. Les cuento un caso.
Xavier Pujol Gebellí
No tengo más remedio que mantener el anonimato, pero les aseguro que todo cuanto voy a contar es verídico. Y que el caso que me contaron el otro día, por lo que he podido indagar, no es el único. Hay más.Y ponen de relieve que una cosa es lo que se dice y otra, muy distinta, la que se hace. Ahí va mi historia. Y si alguien se siente aludido…
Serían cerca de las nueve de la noche cuando sonó el teléfono. Al otro lado del aparato, una voz desconocida se presentaba más o menos de esta guisa:
- Buenas noches, soy fulanito de Tal (nombre ficticio, claro). Disculpa mi llamada pero como he visto que sueles tratar temas de política científica, he pensado que te interesaría mi caso…
- Usted dirá.
- Resulta que he acudido a la central para pedir un permiso para colaborar en la redacción de un libro y me lo han denegado.
- ¿Ahá?
- Y no es la primera negativa que recibo. Junto con otros colegas investigadores pusimos en marcha una spin off –que nos funciona francamente bien pese a los tiempos que corren– pero encontramos trabas burocráticas por todas partes. Además…
- ¿Sí?
- Me presenté a un concurso. Y la tan cacareada transferencia de tecnología, con la que ya llevo años peleándome, me puntuó medio punto sobre veinte. Una de dos, o mi empresa no les interesa para nada o lo de la transferencia es sólo una declaración de principios que se encalla nada más salir de la boca del ministro de turno.
Fulanito de Tal siguió con su caso. Me contó que con su Oficina de Transferencia de Tecnología no había tenido mayor problema que “los esperables” de tramitación burocrática, para los que, por otra parte, recibió todas las atenciones y apoyo posibles. Y que si se miraba la letra gorda del Ministerio [de Ciencia e Innovación], todo parecía cuadrar para el inicio de una aventura empresarial basada en el conocimiento. Como era de esperar, le costó dar con financiación (como a cualquiera que lo intente). El problema, relató, empezó a surgir al descender los peldaños de la burocracia en la sede central del CSIC. Allí, me confesó, sólo encontró incomprensión además de dificultades para ir superando los obstáculos, lógicos, por otra parte, que entraña cualquier proceso de este tipo. Lo de su permiso especial, intuí, no fue más que la gota que colmó el vaso.
Me consta, por otros testimonios recibidos, que el caso de Fulanito de Tal no es único y que no ocurre sólo en “la central”. Con motivo de su historia, me he documentado con su caso, he contrastado la información y he pedido opinión a personas que saben del tema. Y la conclusión es sólo una: o los llamados “mando intermedios” no pueden o simplemente no quieren.
El segundo punto, aplicando una máxima que ya creía en desuso para el funcionariado moderno (eso del vuelva usted mañana), me parecería
grave; lo primero, gravísimo. Sería como si el “jefe” se hartara de decir lo que se va a hacer y cómo, mientras que en los niveles inferiores (el de los mandados) uno o bien se riera de los anuncios o bien se echara a llorar ante la flagrante falta de medios para cumplir con unas promesas que, a la postre, no pueden hacerse realidad.
Porque, puestos a mirar, a lo mejor se trata de eso y no de mala voluntad y dejadez, a lo mejor no hay medios. Y la norma vigente, digámoslo todo, tampoco acompaña. Montar una empresa a partir de las estructuras de la universidad o de un OPI, sigue siendo en exceso complicado. La criticada propuesta de Ley de la Ciencia, ya en trámite parlamentario, parece que va a subsanar los problemas administrativos. Quedará por ver si, como ocurre en otros países que apuestan por la transferencia, se va a dotar de medios y de financiación adecuada cualquier iniciativa en este sentido. Si no es así, tal vez sí habrá que hablar de mala fe, pero del legislador y de los ministros de turno que para nada se toman en serio sus promesas. Ni en Serrano ni en ninguna parte.
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Leyendo esta noticia me ha venido a la mente una pregunta que leí en una novela de Artur C. Clark: ¿Por qué habláis de malevolencia cuando se trata simplemente de incompetencia?
La incompetencia es, principalmente, la de los cargos más altos. Ya sabéis, aquello de “El principio de Peter”.
Un saludo