Historias del cinco por ciento

Como respuesta al recorte del cinco por ciento a funcionarios y a trabajadores de empresas públicas, me cuentan que representantes sindicales de algún centro de investigación han propuesto a la dirección “investigar un cinco por ciento menos”. No sé si es verdad, pero tampoco sé como se investiga un cinco por ciento menos.

XAVIER PUJOL GEBELLÍ

ayalaLlevo días dándole vueltas. Supongamos un experimento con 60 probetas. Un cinco por ciento menos sería algo así como hacer el experimento con 57. Con el resultado en la mano, la revista donde queremos publicar los resultados nos pide una docena de gráficos, pero libramos 11. Y en el momento de exponer oralmente el resultado en un congreso, en lugar de los diez minutos adjudicados, hablamos nueve. Vamos al centro en metro y nos apeamos en la salida de antes y cerramos nuestro cupo de horas extras (que nadie nos va a pagar y apenas a reconocer) unos minutillos antes.

Tal vez no sean estas las fórmulas. En realidad, tal vez baste con cumplir con los horarios de forma estricta, no llevarse trabajo a casa, renunciar a viajes, no participar de proyectos de coordinación con cargo, al menos en parte –especialmente gastos de cenas y similares con colegas- a nuestros bolsillos, decidir que lo que no se publique hoy porque no dan las horas ya se publicará mañana…

Si la primera de las opciones resulta absurda, la segunda es cuanto menos grotesca. Sería el reconocimiento explícito de que las cosas de la ciencia, y por consiguiente del desarrollo y la innovación, interesan poco y de que eso de la economía basada en el conocimiento, de ser cierto que algún día vaya a existir, estará basado obviamente en el conocimiento de los demás. Algo así como una reedición del “que inventen otros” adaptado a los tiempos modernos: “que innoven otros, que nosotros ya compraremos las innovaciones”.

La situación nos retrotrae, indefectiblemente, a treinta años atrás. En la década de los ochenta España se aprestaba a modernizarse, redibujaba todas y cada una de sus estructuras, incluida la productiva, para entrar en la normalidad que significaba ser miembro de una Unión Europea que fraguaba una de sus múltiples ampliaciones. El dinero (europeo) empezó a llover a cántaros de la mano de los fondos de cohesión y la economía española empezó a cambiar.

Días atrás, Francisco José Ayala, uno de nuestros exiliados científicos más ilustres, me recordaba, en una conversación previa a la recepción del Premio Cosce a la Difusión de la Ciencia, esa etapa de inusitado crecimiento que tan buen recuerdo y tantas esperanzas despertó en la comunidad científica del momento. Decía Ayala que en ese tiempo se juntaron dos aspectos cruciales. De un lado, en una década escasa, prácticamente se dobló el porcentaje sobre el PIB dedicado a ciencia, lo cual vino acompañado de múltiples mejoras, legales y organizativas, entre otras, con lo que el sistema español, además de estar mejor dotado, dio un enorme salto de calidad. Y añadía un dato que a menudo se olvida: el PIB español aumentó en ese mismo tiempo prácticamente un 300%. El aumento real, en números absolutos, fue por tanto espectacular pese a partir de números pequeños. El problema, lamentaba, es que “seguimos estando por encima de los de siempre [Grecia y Portugal] y por debajo de los de siempre 30 años después”.

Ayala mantiene un discurso inequívoco: mientras no se alcance la media europea (cercana al 2% sobre el PIB) difícilmente va a darse un salto de calidad acorde con el potencial español. Mientras eso no ocurra, los científicos españoles seguirán engrosando los laboratorios de otros países y eventualmente alguno regresará.

Se me ocurre que para que eso suceda hay que dejarse de planteamientos a lo Groucho Marx y atarse los machos. Ciertamente, se ha mejorado de forma espectacular en los últimos 30 años, pero a la luz de lo que podría hacerse con toda la inversión y con todo el esfuerzo humano en estos años, tratar a la ciencia con un estilo contable que nada tiene que ver con sus peculiaridades, se antoja un error de bulto. Una contabilidad analítica que equipare productividad científica con yogures, o con coches o con vacaciones o con cualquier otro bien de consumo, es equivocar la realidad. Y sobre todo una constatación manifiesta de que el discurso de la economía basada en el conocimiento y el cambio de modelo productivo basado en la innovación no ha calado. Hay que hacer un esfuerzo y transformar ese cinco por ciento de recorte en cinco por ciento (o más) de aumento sostenido. Y si no, llamar a Groucho para ministro.

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