De la teoría en I+D a la práctica en I+D
Mientras que en España soplan vientos aciagos para la inversión en I+D, Alemania parece dispuesta a invertir en el futuro. Lo llaman “modo anticíclico” e “inversión en cerebros”. Uno diría que ellos dictan el futuro y otros tratamos de copiarlo, ni que sea mal.
Xavier Pujol Gebellí
En los últimos meses he tenido ocasión de viajar a Alemania en un par de ocasiones. En la primera, para visitar a un gigante industrial de la química; en la segunda, para charlar con el presidente de la ciencia de excelencia germana. Creo que he aprendido más de política científica en estas dos visitas que lo que me habrían contado en una docena de másters sobre innovación como los que se imparten por aquí. Ver para creer: tanto discurso (de políticos y gestores), tanta charla (a menudo hueca) de nuestros avezados representantes y, a la postre, tanta copia de políticas inspiradas en países vecinos para que, al final, los que dicten la norma sean los mismos de siempre. ¿Será que son los que saben?
Una hora de charla distendida con Peter Gruss, presidente de la Max Plank Society, la verdad es que da para mucho. Por ejemplo, para entender cómo organizar la ciencia y cómo avanzarse al futuro haciendo un diagnóstico exquisito de la situación en su país y en esa Europa que nos acoge. Con él puede hablarse de dinero, de organización, de transferencia e incluso de demografía en clave de futuro. Uno podría decir que tal vez no sea preciso ser tan estrictamente estructurado, pero vista la recurrente tendencia a optar por el Plan B (cambio de planes con cada crisis de gobierno) que vivimos por aquí, un poco de pragmatismo sistematizado incluso sabe a saludable.
Veamos si no. Alemania destina ahora mismo el 2,6% de su PIB a actividades de I+D. Su intención es alcanzar el 3% en un margen de tiempo razonable. Para ello, todas las fuerzas políticas germanas sellaron un “Pacto por la Investigación” que prevé incrementos notables y sostenidos en el tiempo. Para la Max Plank Society, institución que canaliza la ciencia de frontera en Alemania, el pacto se traduce en un incremento anual del 5% hasta 2015 o, lo que es lo mismo, un presupuesto adicional de 50 millones de euros por año. Acuerdos similares se han alcanzado para los otros organismos que gobiernan la ciencia en ese país: los institutos Fraunhofer (desde donde se vehicula la ciencia aplicada) o la asociación de centros Helmholtz, el gran organismo federal que se ocupa de las áreas prioritarias establecidas por el gobierno. En cuanto a las universidades, gobernadas desde cada uno de sus land, se prevé sostener el 7% del PIB actual, pero también dinero extra para aquellas que puedan acreditar una posición de liderazgo en áreas concretas. Es su particular “pacto por la excelencia”.
¿Eran necesarios pactos de este calibre para un país que sigue siendo el motor de Europa y en el qué, pese a la crisis, las cosas parecen ir razonablemente bien? Pues por lo que parece, la respuesta parece estar en la misma pregunta: para que las cosas vayan bien en el presente, conviene avanzarse al futuro. Y justamente eso es lo que postulan los responsables de la ciencia en ese país. “La I+D es la base del éxito comercial”, me razonaba Gruss. “China ya ha superado a Europa en inversión en términos absolutos y ya ha desbancado al principal exportador, Alemania; en unos años prevé alcanzar cifras similares a las de Estados Unidos”, describía para proponer inmediatamente la pregunta clave: “¿Cómo competir con el gigante asiático sin invertir en ciencia y en educación?”.
La respuesta, de nuevo, es obvia: “Tenemos que conseguir que Alemania, que Europa, sea atractiva para el talento”. Si éste no existe en el corto plazo, como parece obvio, habrá que traerlo de fuera. Y la única fórmula es que los programas de formación, y por supuesto los de investigación, estén bien dotados y pretendan ser competitivos internacionalmente. Eso es algo que, al menos parcialmente, se está logrando con el European Research Council y, para el caso alemán, dotando muchísimo mejor sus centros de investigación. De ese modo al menos se retiene el talento y, en algunos casos, se logra importarlo de más allá de sus fronteras.
Y en el largo plazo, convertir en más atractiva la educación científica, dotándola de más y mejores medios y perfilando oportunidades para el futuro. Algo que, sin duda, no puede hacerse sin la participación activa de la industria, a quien Gruss entiende que debería invertir el 2% del PIB en tareas de I+D, para dejar el restante 1% en manos de las aportaciones gubernamentales.
En Alemania, ese objetivo no está lejos, puesto que su industria, en conjunto, aporta ya los dos tercios a investigación. Pero, ¿y en España? Las cifras están invertidas, de modo que si quisiéramos alcanzar mejores cifras con respecto al PIB habría que obligar al estado a invertir proporcionalmente muchísimo más que el alemán. Algo tal vez irreal.
Llegados a este punto, se me ocurre que tal vez, como han hecho los países de nuestro entorno, habría que invertir en empresas de alto valor añadido con la obligación de que éstas reviertan parte de su presupuesto en I+D. También, mejorar los planes de educación con la vista puesta en dotarlas de atractivo para nuestros jóvenes con independencia del color político de cada cual. O igual, que tal vez sea más fácil, nacionalizarnos como alemanes, franceses o británicos. Aunque ninguno de ellos haya ganado el Mundial.
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Comentarios
Ma ha encantado el post de Xavier Pujol. Coincido plenamente con él en valorar la actitud alemana de adelantarse a lo que suceda. En ealidad, yo creo que es estar siempre en cabeza de la ciencia y el pacto firmado es “por si se nos olvidaba lo quer hay que hacer y siempre hemos hecho”. Y esto es así desde finales del S XIX. Es así en Alemania y es así en España. Está bien documentado en las relaciones entre la industria y la ciencia (ver, p.ej. “El Poder de la Ciencia”, del Prof. Sánchez Ron). Hay más,claro. Esa no siempre explicitada conciencia de que la ciencia sirve para algo más que para saber, lleva a la creación de los Fraunhofer, al enorme crecimiento de sus industrias manufactureras y a la inversión, enorme, de las empresas alemanas en I+D. Esto es un ciclo que hace a las empresas alemanas lo suficientemente grandes como para cada vez poder invertir más y mejor en I+D, crear una tupida red de empresas de su cadena de valor que asimismo están obligadas a hacer tan buena I+D como las mayores…
No habrá cambio de modelo en España hasta que no entendamos, asumamos y priorcemos este modelo de pensamiento. Creo que es más que una política.
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