Los nuevos adoradores del Sol

Crónica sentimental de la observación del eclipse solar del 29/03/2006.
Expedición UCM.

Toño Bernedo (Planetario de Madrid).

¡Las bandas, las bandas! avisaba alguien, en voz alta, a los que tenía cercanos. Algunos, con los nervios del momento, no entendían lo que quería decir, otros no lo recordábamos pero ahora mirábamos hacia el suelo y…. ahí estaban, cruzando las arenas del desierto en su rápido viaje. Unos frentes de luz y sombra que se deslizaban sobre el suelo en rápida cadencia, produciendo la sensación de que algo grande se avecinaba. Faltaban pocos momentos para la totalidad, y el Sol aparecía sólo como un leve hilillo curvo de luz.

Fotografía apilada y procesada por Emilio Gálvez a partir de 5 de las fotografías que tomó Juan Antonio Bernedo en el campamento al sur de Jalu.

Las bandas no eran franjas uniformes de luz y sombra, no eran bandas luminosas. Son difíciles de describir. Lo mejor que se me ocurre para explicarlo a quien no las ha visto es compararlas con los cambiantes reflejos de la luz sobre la superficie del agua, al proyectarse sobre una pared cercana. Las bandas son algo parecido, pero muy alargadas en la dirección perpendicular al movimiento, y moviéndose a una tremenda velocidad, a unos metros por segundo, que apenas deja verlas pasar. Es algo fantasmagórico, pero real a la vez. Dura sólo unos segundos y nos produce una sensación de extrañeza y sorpresa.

De todos los equipos conocidos que se han desplazado a ver el eclipse, somos los afortunados que hemos visto este fenómeno y que no habíamos sido capaces de ver en anteriores eclipses. Quizá la arena del desierto, al tratarse de un fondo claro y uniforme, nos ha facilitado su visión.

Tras unos momentos en que el fino gajo de sol que aun se ve asomar tras la luna, cada vez más fino, cada vez más estrecho y corto, el grito repetido por muchas gargantas y otro aviso: ¡quitad filtros!

Y al quitarlos, el fogonazo del anillo de diamante, un tenue círculo desdibujado con un punto brillante y potente que forma el último punto del disco solar antes de ser ocultado por la Luna. Luego, el círculo completo. Nuestro ojo se adapta a la ausencia del sol y vemos ahora la corona en todo su esplendor: la admiración nos paraliza.

La enorme melena radiante del sol, con su aspecto alargado hacia este y oeste, con hilachas de luz agrupadas en varios haces, tres al este y tres al oeste. Uno de ellos, el superior, tenía un aspecto ahusado, con una forma tan característica que no se nos olvidará nunca, grabado en nuestra memoria con la fuerza de las cosas irrepetibles.
El polo sur magnético del sol, perfectamente definido por multitud de trazos curvos brillantes que parecen converger y sumergirse en el limbo solar como en un sumidero de luz. “Peludo”, sugiere alguien, como adjetivo calificativo de este aspecto del sol hasta ahora oculto.

Mientras disparamos nuestras cámaras y miramos a través de los instrumentos, el detalle pasmoso de las protuberancias solares  en el primer instante, y de la corona que se extiende, hasta una distancia de cuatro o cinco radios solares, el paso del tiempo va consumiendo inexorablemente el indulto concedido al efímero reino de esta corona y enseguida se oye otro aviso: ¡un minuto, queda un minuto!

El horizonte aparece iluminado, en una franja de unos 10 grados de altura, con un tono amarillento, quizá debido al polvo del desierto. Tampoco el cielo está completamente oscuro: solo son visibles los planetas Venus y Mercurio. Ninguna estrella.

Han pasado tres minutos en un rápido suspiro y volvemos a la realidad, para en el último minuto de gracia observar y hacer las fotografías que nos hemos propuesto, aunque todos eran más o menos conscientes de que en la totalidad los planes no siempre se cumplen, porque la corona del Sol tiene una acción paralizante sobre la voluntad del observador, que se queda absorto ante semejante despliegue de belleza.

Y vuelven las protuberancias a asomar, esta vez por el lado oeste, y la cromosfera, que también es coreada a gritos, y por fin, el rápido crecimiento del diamante del anillo del Sol que avisa del fin de la magia. El gran destello final obliga a poner los filtros de protección de nuevo y a observar el Sol a través de ese tamiz que puede filtrar su potencia. El tiempo del tenue brillo de la corona ha acabado. Sigue ahí, pero no la podemos ver, cegados por el fulgor incontenible de nuestra estrella.

El fino borde va creciendo paulatinamente y va aumentando la iluminación ambiente, haciendo palidecer poco a poco el brillo de Mercurio y de Venus que al oeste del Sol eran los únicos puntos de luz visibles en el cielo, además del Sol. Aún brillarán unos minutos, y Venus será visible aún unos 15 minutos aún con el Sol ya bastante descubierto. Tal es su brillo.

Y luego, advertidos de nuevo al aviso por un avezado observador, vemos las bandas de sombra arrastrándose raudas por el desierto, cerrando, como si fuera un paréntesis, la totalidad del eclipse.

El Sol empieza a calentar de nuevo, y tenemos que recuperar nuestros sombreros, retirados siguiendo la recomendación de un bromista que gritó al bajar el calor: ¡gorros fuera!.

Poco a poco el creciente aumenta y comenzamos a rememorar esos instantes especiales del suceso para que no se borren de nuestra memoria: el torbellino que se produjo antes de la totalidad; la ominosa sombra del suroeste que se apreciaba en el horizonte cada vez más cercana, y muy cerca, una columna de polvo que se levantó justo antes de la totalidad haciéndonos temer por su extensión y la dirección del golpe de viento que la ocasionó; el disco lunar reptando sobre el brillo del sol, hasta tocar la primera de las tres manchas que adornaban la superficie del Sol; y la temperatura, en su loca bajada y subida, haciéndonos recordar lo dependientes que somos del Sol.

Sentimos como los antiguos, como nuestros ancestros, que sin duda se sobrecogían ante esta demostración de exactitud de los ciclos naturales, de esa música de las esferas de los griegos o de las fiestas solares de mayas y aztecas, egipcios y celtas: así, a nuestro modo, también rendimos culto a nuestro Sol.


Más información en el “blog” de la Expedición UCM.
Entradas anteriores en este cuaderno de bitácora en:
Mirando desde el otro lado: el eclipse total de Sol desde el espacio
Primeras imagenes del eclipse total de Sol desde Libia y Egipto
Eclipse de Sol en directo
Sobre el eclipse de Sol del día 29 de marzo.
Una secuencia del eclipse total de Sol sobre Turquía. Los próximos eclipses

Espectros de la cromosfera obtenidos por Jaime Zamorano sobre pelicula fotográfica con un objetivo de 500mm y una red de difracción.  Cada una de las once imagenes corresponde a un instante diferente del eclipse. La segunda y tercera imágenes muestran brillantes líneas espectrales de emisión correspondientes a la cromosfera del Sol en los primeros instantes de la totalidad. La línea amarilla corresponde a Helio D3 5876 A.

 

 

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