Un feliz año, el cambio climático y las predicciones de Casandra

David Barrado y Navascués

Fin de año. Un buen momento para reflexionar. Sobre el pasado, sobre el presente; sobre el tiempo y el clima. Curioso otoño éste. Diciembre y las hojas no han caído todavía. ¿Casualidad o cambio climático?

Surgen noticias alarmistas por todas partes. Dicen que hay más tornados, inundaciones, o lluvias torrenciales que nunca. También es cierto que hay más testigos y más flujo de información, y que los medios en muchas ocasiones tienden a magnificar los desastres para tener más impacto. ¿Qué hay que creer?

Personalmente creo que existen suficientes evidencias para aceptar como un hecho que el cambio climático está aquí. Es más, que la mayor parte de él esta provocado por la intervención humana, por nuestra pésima gestión de los recursos naturales. Las evidencias son múltiples, y en muchos casos dramáticas, como en deshielo masivo de glaciares por doquier y del casquete polar ártico.

Los modelos de evolución atmosférica son cada día mas sofisticados, y sus predicciones, con todas sus incertidumbres, no son nada halagüeñas. El futuro, incluso el más próximo, no parece muy prometedor. Justamente hace unas semanas mantuve una conversación con un científico del NCAR (Centro Nacional Investigaciones Atmosféricas, en EEUU) y me comentó que se está hablando ya de procesos de retroalimentación que podrían conducirnos a un desastre global si no tomamos medidas urgentes ya. Y aun así, las medidas correctivas no se notarían hasta dentro de unos decenios. Hace unos días tuve otra conversación sobre este mismo tema y los pronósticos podrían ser aún más negros.

Estos especialistas, que no tienen ningún interés directo en fomentar el alarmismo social, nos están avisando de las consecuencias de nuestros actos, de nuestro modelo vital, que está condenado a desaparecer. Podríamos estar a tiempo de cambiarlo de manera ordenada, de reconducir nuestras sociedades hacia modelos de crecimiento (o de no-crecimiento) más equilibrados, con una gestión óptima de recursos y deshechos. Con otras fuentes energéticas que no condenen a la extinción a la vida sobre el planeta.

Pero son como Casandra, la sacerdotisa de Apolo que predijo el desastre en Troya, aunque nadie creyó sus palabras. Yo mismo trasladé mis inquietudes a dos compañeros el pasado viernes. O no creyeron la posibilidad de que el desastre pueda aparecer, o prefirieron ignorar el problema, hasta que llegue. Quieren unos años de felicidad, ignorando lo que prdría avecinarse. Es la política del avestruz.

Aunque los modelos climáticos se equivoquen, aunque los desastres globales nos queden muy lejos, aunque tengamos garantizados nuestra forma de vida durante toda nuestra existencia, ¿es justo seguir con ella? ¿Condenar a las próximas generaciones a resolver un problema que nosotros hemos creado? Solo por la posibilidad de que el efecto sea relevante merece que lo tengamos en cuenta y que implementemos medidas correctivas. A veces pienso que lo mejor sería que el petróleo se disparase hasta los 200 euros el barril para forzar un cambio súbito. Creo que otros modelos sociales y económicos son posibles, sin por ello requerir la renuncia a nuestro bienestar. Y tal vez son las pequeñas políticas las que mejor y más rápido resultado den.

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