La espada y el cuadrante: Timur y Ulugh Beg

David ByN
Difícil es no juzgar. En esta ocasión y en tantas otras. Pero al contemplar el mausoleo de Timur, el conquistador turco-mongol del siglo XIV, y a sus pies el túmulo de su nieto Ulugh Beg, no puedo evitar ver la gran distancia que hubo entre ellos,


El imperio de Timur, desde el Mar Negro hasta los pies del Himalaya (diagrama extraído de wikipedia).

Héroe nacional, unificador de tribus, creador de un imperio, pacificador de reinos turbulentos…. Otros podrían decir que fue el causante de millones de muertes (estimadas entre 7 y 20 millones) en sus casi 40 años de dominio. Timur o Tamerlán, que sólo se denominó así mismo emir, nació en Transoxiana, más allá del mítico río Oxus, el actual Amur Darya. Una región rica en influencias culturales e invasiones: desde los persas aqueménidas (denominada Sogdiana entonces), pasando por el reino greco-bactrio heredero de la Bactria alejandrina, hasta los árabes en su expansión desde Al- Andalus hasta las estepas. Posteriormente a éstos, mongoles y rusos han dejado su huella en este céntrico lugar asiático. De hecho, la vital Ruta de la Seda cruza el país y fue fuente de males y bendiciones.

Desde su nacimiento en 1336 hasta el 19 de febrero de 1405, fecha de su muerte, la vida de Timur fue un continuo batallar, una perenne lucha por el dominio y el poder. Dentro de su tribu por la jefatura; más tarde, en los incesantes juegos intertribales hasta hacerse con la hegemonía y con el control de los recursos militares de los nómadas y poblaciones asentadas en sus ricas ciudades. Incluso con otros reinos, llegando en varias ocasiones al Cáucaso, sometiendo a ciudades sirias (con el saqueo de Damasco), humillando al incipiente imperio otomano (con el cautiverio y muerte del sultán Bayaceto I), o la invasión de parte de la India (incluyendo la ocupación de Delhi). De hecho, su muerte le sorprendió en pleno comienzo de la invasión de la China de la dinastía Ming. Solo podemos especular sobre qué hubiera sucedido de conseguir subyugar aquel poblado país. Como tampoco podemos saber qué hubiera pasado de haber tenido éxito la embajada castellana de Rui González de Clavijo a la corte del conquistador turco-mongol.

Indudablemente Timur dejo un importante legado en varios campos. Aunque la dinastía timúrida y su imperio desaparecieron pronto en la Transoxiana (las actuales repúblicas centroasiáticas), sus descendientes siguieron rigiendo los destinos de la India (el imperio Mogol fundado por su descendiente Babur), al menos formalmente, hasta la proclamación de la reina británica Victoria como emperatriz en 1857. Por otra parte, la reunificación de áreas tan diversas como el Cáucaso, la península de Anatolia, la región mesopotámica, Persia o parte del subcontinente indio con la Transoxiana favoreció un indudable desarrollo cultural. Una fértil herencia, regada con una generosa dosis de sangre y fuego.


Sello de la extinta Unión Soviética conmemorativo de Ulugh Beg y de su sextante.

En ese contexto político-cultural, en ese verdadero crisol de culturas, hombres y ambiciones, surge Mirza Ulugh Beg, también llamado Mirza Mohammad Taregh bin Shahrokh o simplemente Ulug Bek, alumno del ilustre Kazi zade Rumi, contemporáneo de los matemáticos y astrónomos Giasiddin Jamshid Koshy (Jamshid Kashani o Al-Kashi) y Alauddin Ali Kushchi, y heredero intelectual de Abu Ali ibn Sina (conocido en Occidente como Avicena) y de Omar Jayyam, el gran poeta y astrónomo. En verdad el actual Uzbekistán ha sido cuna de algunos de los más renombrados e influyentes personajes de la historia.

Ulugh Beg se convierte en el señor del imperio timúrida tras la muerte de su padre, Shah Rukh, cuarto hijo a su vez de Timur. Reina Ulugh Beg, nacido en 1393 o 1394, desde 1447 hasta 1449, apenas dos años. Durante su vida desarrolló una intensa actividad intelectual a pesar de su origen, sus deberes (el gobierno de la ciudad de Samarcanda cumplidos los 17 años) y su destino (la corona imperial). Es con razón uno de los grandes astrónomos medievales y contribuyó con numerosas aportaciones a la trigonometría y la geometría. De hecho, realizó el que fue probablemente el mejor catálogo estelar (denominado Zij-i-Sultani) entre el obtenido por Ptolomeo (siglo II) hasta el compilado por Tycho Brahe cien años más tarde, y recalculo con extraordinaria precisión la inclinación de la Ecliptica y la duración del año sidéreo.

Lo que resta del sextante Fakir (en realidad un cuadrante mural), cuyo radio alcanzaba unos 40 metros aproximadamente (foto BI).

Ulugh Beg construyó en la ciudad de Samarcanda un gran observatorio astronómico, Gurkhani Zij, que dotó de moderna instrumentación entre la que destacaba el inmenso sextante Fakir, de unos cuarenta metros de radio. Dado que no tenía acceso a instrumentación óptica (el telescopio se inventaría más de un siglo después, tal vez en Holanda o incluso en España a mitad del siglo XVI, aunque el primer uso astronómico se debe al gran Galileo), la manera de conseguir mejores precisiones se encontraba en el gigantismo, en la instrumentación de gran tamaño. El observatorio fue destruido nada más morir asesinado Ulugh Beg por su hijo mayor, quien ambicionaba la corona y probablemente no apreciaba ni la actividad científica ni educativa de su padre, que enseñaba de manera regular en la gran e imponente madrasa de la céntrica plaza del Registán. Excavaciones realizadas en el siglo XX han permitido sacar a la luz parte de dicho sextante, verdaderamente impresionante incluso en la forma actual.


El mausoleo de Timur, en Samarcanda, con su túmulo en piedra negra. A sus pies, el de su nieto Ulugh Begh: señor de un gran imperio pero sobre todo reputado astrónomo (foto DByN).

Diferentes trayectorias y destinos los de Timur y su nieto Ulugh Beg. Conquistador y fundador de una dinastía de soberanos el primero, científico y continuador de una rica tradición intelectual el segundo. Aunque Ulugh Beg descanse a los pies del gran guerrero, yo no tengo dudas sobre quién ha sido más grande, quién nos ha dejado el mejor legado.

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[...] La espada y el sextante: Timur y Ulugh Beg, Cuaderno de bitácora estelar, Madri+d, 2008 [...]

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