¿Ciencia básica o ciencia aplicada?

Gran parte de la ciencia que se hace en España es de la denominada “básica” que, principalmente, busca conocer cómo funcionan las cosas. La ciencia “aplicada” está dirigida a obtener resultados científicos con aplicaciones prácticas que mejoren la calidad de vida. ¿Debemos insistir en las aplicaciones olvidándonos de la ciencia básica?

“Y eso, ¿para qué sirve?”. Esta es la inmediata pregunta que formula todo aquel que escucha las explicaciones sobre mi trabajo. Actualmente, en casi cualquier artículo científico podemos encontrar un párrafo final en el que se intentan sugerir aplicaciones prácticas a lo anteriormente descrito. Las líneas de investigación enfatizan la posible relación de sus proyectos con diversas enfermedades humanas. En el mundo de hoy todo debe tener su utilidad. Estamos despreciando a la ciencia básica por no tener una inmediata aplicación a nuestra vida.

No obstante, de vez en cuando, podemos encontrarnos con artículos que recuperan la tradición de la sabiduría independientemente de que tenga un fin. Así, a mediados de enero, Science (quizás una de las tres revistas científicas con más impacto mediático) acaba de publicar un trabajo en el que se describe la existencia de avispas hembras haploides, es decir, con la mitad de cromosomas que una hembra normal. Estas avispas son aparentemente normales, lo que sugiere que la diploidía no es necesaria para el desarrollo de las hembras de los himenópteros. A día de hoy este conocimiento no parece que pueda revertir en ninguna mejora de nuestra calidad de vida, así pues, ¿han hecho mal los editores de Science admitiendo este artículo? Claramente no. Algunos consideramos una mejora cualquier nuevo conocimiento que se pueda aportar sobre la naturaleza que nos rodea. Y es conveniente insistir en ese punto pues no solo nos hace un poco más sabios sino que, en un futuro, puede sernos de utilidad.

La mayoría de las herramientas de biología molecular que usamos actualmente en el laboratorio provienen del estudio de la biología de bacterias o levaduras, cuyas aplicaciones prácticas se vieron a posteriori. Pero no hay que olvidar que estos descubrimientos inicialmente procedían de proyectos de investigación básica. Otros ejemplos son la similitud en el desarrollo, fisiología y genética que encontramos entre los diferentes animales, lo que permite estudiar enfermedades humanas en diversos sistemas modelo (gusano, mosca, pez, ratón). Las multinacionales farmacéuticas comienzan a utilizar estos animales como un primer paso para descubrir nuevos tratamientos. Sin embargo, para poder usarlos así es necesario conocer en qué se diferencian de nosotros y en qué se parecen, y por tanto es interesante (y útil) conocer en detalle ciertos aspectos, por ejemplo, de la pupación del abdomen de Drosophila. Si se desarrolla o no alguna terapia basada en este modelo es algo que nos dirá el futuro.

No podemos (ni debemos) olvidar que la ciencia básica es fundamental para que el famoso I+D+I español sea lo que queremos que sea. Los primeros países en investigación no solo lo son porque invierten más dinero, sino porque han sido capaces de aprovechar los conocimientos generados por muchos científicos que trabajaban sin ningún fin aplicado, sólo por el gusto de conocer más nuestro mundo.

Francisco A. Martín, PhD.

CBM (CSIC-UAM

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