Cultura científica, cultura democrática

El pasado miércoles 21 de noviembre comenzó en Madrid el IV Congreso sobre Comunicación Social de la Ciencia organizado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Fundación Española para la Ciencia y la Tectnología (FECYT) que se prolongó hasta el viernes 23 del mismo mes.

Con el lema Cultura Científica, Cultura Democrática, se ha tratado (como era de esperar) sobre la importancia de acercar la ciencia y la tecnología a la sociedad, además de subrayar el valor de la cultura científica como elemento fundamental para que el ciudadano cuente con criterios para participar en la toma democrática de decisiones ante un nuevo marco de problemas globales en sintonía con las iniciativas gubernamentales emprendidas. Asimismo, el congreso ha intentado ser un foro de intercambio de experiencias y reflexiones con el fin de mejorar la comunicación entre los investigadores y la población general, y explicar el papel que la ciencia y la tecnología desempeñan en el desarrollo socioeconómico de nuestro país.

 

Efectivamente en el congreso han salido a la palestra muchos temas interesantes y se ha reflexionado sobre todos ellos a conciencia. A continuación expongo los dos que  personalmente me han resultado más relevantes:

 

El primero es, sin duda, la manera de incentivar a los científicos a divulgar ciencia. Se ha discutido por activa y por pasiva sobre ello y se ha llegado a una serie de conclusiones. Por una parte se comentó que los científicos están “obligados” a dar a conocer sus resultados a la sociedad puesto que investigan con dinero público y la población tiene derecho a conocer en qué se está empleando su dinero. Pero también es cierto que “a los científicos se les paga para investigar y que no todos ellos tienen el don de la divulgación, y aquí es donde se hace necesaria la ayuda de periodistas que cooperen en esta tarea. Eso sí, siempre colaborando mano a mano para que no se desvirtúen los resultados obtenidos. Finalmente se concluyó que la manera más eficaz para estimular a los científicos a divulgar sería “valorando la divulgación científica a la hora de conceder proyectos (que por cierto parece que ya se está implantando)”.

 

Ciertamente, el auge de la divulgación científica ha comenzado hace relativamente poco y va despacio, pero desde mi propia experiencia pasito a pasito se va avanzando y cada vez hay más recursos y disposición a ella porque cada vez más investigadores se están dando cuenta de que, como bien decía nuestro compañero Fernando Carrasco en uno de sus blogs, “cuando el ciudadano de a pie conozca la investigación de calidad que se realiza en su país y se sienta orgulloso de ella, cuando sepa que en nuestros laboratorios se realizan descubrimientos útiles para el progreso de la sociedad, cuando llegue incluso a sentir la misma admiración por una personalidad científica que por un deportista o un artista… Entonces no tardará en exigirle a la autoridad competente que en nuestro país se sitúe a la ciencia en el lugar que merece”.

 

Además, es fundamental que la  sociedad esté al tanto de los avances científicos por el bien de todos, puesto que el conocimiento científico despierta la mente, dota de criterios para la toma de decisiones a cualquier nivel…, en resumen, hace a la sociedad más libre. Esto lo saben muy bien los dictadores porque si no ¿a razón de qué se empeñan todos ellos en mantener a la población con los ojos cerrados?  Así que, científicos de España y de Europa, ¡a divulgar!

 

Otro de los temas que ha salido a relucir innumerables veces, ha sido la falta de vocación científica en Europa, que entre otras cosas se atribuía al deterioro de la educación en ciencia y a la carencia de divulgación científica, a la par que al cambio cultural que está sufriendo la población. Yo he de decir, que en parte discrepo con estas afirmaciones. Es cierto que la generación actual o comúnmente apodada generación “einstein” antepone la devoción a la obligación, saben lo que quieren pero son poco responsables en general y poco disciplinados, es decir, buscan el camino más fácil. Pero también es cierto que hay que tener una vocación gigantesca y una paciencia ilimitada para dedicarse a la ciencia y no lo digo porque la obtención de resultados sea complicada. Lo digo porque hay que luchar contra viento y marea para obtener una estabilidad laboral. Parece que los científicos nos alimentáramos de la “proteasa” con la que trabajamos. La edad media de obtención de una plaza o contrato Ramón y Cajal ronda los 40 años y eso el que lo consigue después de 15 años dedicándose a la ciencia, sin contar la precaria situación durante esos 15 años. Por tanto, yo creo que habría que preocuparse no sólo por la falta de vocaciones científicas sino por la pérdida de las que ya tenemos y Europa debería empezar a plantearse la forma de mejorar la situación laboral de nuestros científicos. 

Ahí queda eso. Espero que en el próximo congreso sobre Comunicación Social de la Ciencia estos temas que he planteado, únicamente se comenten como problemática pasada ya resuelta.

Marta Ramos (OCCUAM)

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