El conocimiento en nuestras manos…

A todos nos atraen y asombran descubrimientos en lugares exóticos y casi todos hemos soñado con ser aventureros en tierras desconocidas, pero existe un universo por explorar al alcance de la palma de nuestra mano…

 

Supongo que la gran mayoría estará enterado de quién es Craig Venter. Quien no lo conozca por ser el fundador de Celera Genomics que, en 1999, anunció su propio Proyecto Genoma Humano, lo conocerá por fundar el TIGR (The Institute for the Genomic Research) o por su gran viaje a bordo de su yate Sorcerer II recogiendo ADN medioambiental para descubrir nuevos genes e información sobre la biodiversidad de la Tierra. Incluso, los más desconocedores del panorama científico internacional habrán oído su nombre porque el año pasado anunció la creación del primer genoma artificial, noticia que ha sido señalada como uno de los hitos científicos de 2008. Así que, aprovechando que ya se ha hablado mucho de él, hoy quiero señalar un ejemplo de otra investigación faraónica no tan exótica pero igualmente excitante.

 

El Sorcerer II navegó e investigó el metagenoma de lugares paradisíacos como el mar de los Sargazos o la gran barrera de coral, pero es normal que sitios tan poco conocidos y a los que llegan pocas misiones científicas (por el alto coste del proyecto) nos deparen muchas sorpresas. Lo que yo quiero comentar hoy, a la manera de Gerald Durrell que nos mostró el exotismo de la vida en un jardín, son las sorpresas microbiológicas que escondemos en nuestras manos.

 

Noah Fierer es un científico de la Universidad de Colorado que investiga ecosistemas microbianos principalmente mediante la metagenómica y, el año pasado, publicó en PNAS un artículo sobre las comunidades microbianas de las manos aplicando una nueva y potente técnica de secuenciación denominada pirosecuenciación o plataforma 454.

 

Empecemos por el principio, N. Fierer aprovechando su condición de profesor universitario y, tras un examen, pidió voluntarios entre sus alumnos, consiguió 51 (por supuesto tanto hombres como mujeres). Se tomaron muestras de las palmas de ambas manos de cada sujeto y todas esas muestras se secuenciaron para averiguar, sin cultivo intermedio, los microorganismos que componían el ecosistema en cada caso y relacionarlos con el sexo y otros datos que los sufridos estudiantes tuvieron que aportar como cuál era la mano dominante o cuánto hacía que se habían lavado las manos.

 

Así han descubierto que, en una mano tipo, hay más de 150 especies microbianas distintas y, aunque hay un núcleo común compartido, éste es muy pequeño y lo que prima es la diversidad, ya sea entre personas (sólo se comparten el 13% de las especies) o entre manos de un mismo sujeto (increíblemente sólo hay un 17% de especies comunes). Ya sólo este asombroso dato de la inesperada diversidad existente vale todo el trabajo realizado. Pero, por supuesto, el artículo de N. Fierer nos aporta alguna conclusión además de la lista de microorganismos. Por ejemplo, la mano dominante suele tener una diversidad más significativa que la no dominante, lo cual parece lógico ya que con ella tocamos más focos de contaminación. Las mujeres solemos tener más diversidad en las manos y, para explicar esto se apuntan tímidamente factores como el pH de la piel (más ácido en los hombres), hormonas o, incluso, el uso de cosméticos. Y también es importante el asunto de lavarse las manos, aunque el jabón elimina gran parte de esa diversidad, existen microorganismos resistentes que colonizan la palma a los tiempos cortos tras el lavado para después recuperarse otros colectivos que van tomando protagonismo en el ecosistema hasta la próxima vez que cojamos el jabón en nuestras manos.

 

Todos estos datos nos deberían hacer reflexionar sobre el hecho de que la magia de los lugares exóticos no debe velar las maravillas que se nos ofrecen al alcance de nuestras manos (de la palma en este caso) pero, como casi siempre, también podemos sacarles un provecho más aplicado ya que ahora que empezamos a aprender algo sobre la dinámica poblacional de los microorganismos de las manos, podemos empezar a relacionarla con determinadas enfermedades y procesos de contagio, importantes para la salud pública. Así que, los científicos que no podemos comprarnos un yate estamos de enhorabuena, nuestras manos también pueden aportar mucho a la comunidad.

 

Olga Zafra

Centro de Astrobiología (CAB-INTA).

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