Archivo de junio, 2008

Como Darwin es utilizado por Engels II

                        

Sigamos leyendo en la misma obra de Engels que habíamos leido en la entrada anterior (“Del socialismo utópico al socialismo científico”, publicada en Inglaterra en 1875):

Pero al extenderse la producción de mercancías, y, sobre todo, al aparecer el modo capitalista de producción, las leyes de producción de mercancías, que hasta aquí apenas habían dado señales de vida, entran en funciones de una manera franca y potente. Las antiguas asociaciones empiezan a perder fuerza, las antiguas fronteras locales se vienen a tierra, los productores se convierten más y más en productores de mercancías independientes y aislados. La anarquía de la producción social sale a la luz y se agudiza cada vez más……..Hasta que por fin, la gran industria y la implantación del mercado mundial dan carácter universal a la lucha, a la par que le imprimen una inaudita violencia. Lo mismo entre los capitalistas individuales que entre industrias y países enteros, la posesión de las condiciones-naturales o artificialmente creadas-de la producción, decide la lucha por la existencia. El que sucumbe es arrollado sin piedad. Es la lucha darvinista por la existencia individual, transplantada con redoblada furia de la naturaleza a la sociedad. La condiciones naturales de vida de la bestia se convierten en el punto culminante del desarrollo humano.

 
Como vemos, Darwin había visto en la Naturaleza lo mismo que Engels en la sociedad. Los planteamientos de competencia y selección de aquel, convienen a éste en sus propios argumentos. Una coincidencia que el propio Engels destaca cuando en el discurso ante la tumba de Marx (1883), se muestra, una vez más, favorable a Darwin:

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Como Darwin es utilizado por Engels I

En la Introducción de su obra ”La Dialéctica de la Naturaleza” (1875), Engels escribe:

 Es de notar que casi al mismo tiempo en que Kant atacaba la doctrina de la eternidad del sistema solar, CF Wolff desencadenaba, en 1759, el primer ataque contra la  teoría de la constancia de las especies y proclamaba la teoría de la evolución. Pero lo que en él era sólo una anticipación brillante tomó una forma concreta en manos de Oken, Lamarck y Baer y fue victoriosamente implantado en la ciencia por Darwin en 1859, exactamente cien años después.

¿Que podemos extraer de la lectura entre líneas de este párrafo?. Al menos las siguientes conclusiones (3):

1.  Que la formación científica de Engels dejaba mucho que desear. Ninguna teoría digna de tal nombre existió en la ciencia que pueda con propiedad ser llamada “de la constancia de las especies”, así como, tampoco hay una teoría única, en términos estrictamente científicos que pueda llamarse “la teoría de la evolución”. El conjunto de conocimientos acerca de la evolución puede, efectivamente, denominarse “Teoría de la Evolución”, pero como tal conjunto de conocimientos no se ciñe al concepto de teoría en sentido estricto (una explicación de algo que puede ser sometida a experimentación) y, por ser, en este sentido patrimonio común, no puede asociarse exclusivamente con la obra de un solo autor. Es un grave (y todavía frecuente, pero no por ello menos grave) error asociar a Darwin con la teoría de evolución, así a secas. La suya no es “la teoría de evolución”. La de Darwin es, no lo olvidemos, la Teoría de Evolución de las Especies por Selección Natural. Nada que pueda someterse a experimentación y,…. por tanto, una tautología.

Pero no una tautología cualquiera, sino una que, como veremos más adelante, resulta muy útil al materialismo.

2.  Que la transformación  de las especies (evolución) es muy anterior a Darwin y que, al menos cien años antes de la publicación de “El Origen de las Especies” según Engels, en 1759 Wolff ya había hablado de ello.

3. Que en el momento de escribir este texto, le conviene a Engels dejar a Darwin en el lugar del vencedor, en donde le resulta útil para sus propósitos. La visión de la Ciencia como combate y de Darwin como  vencedor implica, como veremos, el utilizarlos a ambos, a la Ciencia y a Darwin, para sus propósitos. Será el propio Engels quien ponga de manifiesto más adelante, la falta de objetividad y de rigor de sus propios planteamientos.

En un artículo titulado “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, publicado en 1876, dice Engels:

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Los profetas y sus largas barbas

                  

En algunas de las imágenes que nos han llegado tanto de Marx como de Engels y de Darwin los tres presentan un aspecto parecido, en el que predomina una gran barba patriarcal que para algún comentarista insolente ha servido ya como recuerdo de aquellas barbas blancas que los profetas e incluso la divinidad misma ostentaban en algunas de sus imágenes más clásicas. Y es que, seguramente para cumplir su función de mitos en la Tierra,  nuestros nuevos profetas del materialismo tendrían que ocupar los tronos antaño ocupados por los mitos anteriores y; para ello, nada mejor que unas buenas barbas como garantes del patriarcal gesto siempre necesario en dichos tronos.

Este blog se adelantará a los eventos conmemorativos del segundo centenario del nacimiento de Darwin analizando en una serie de entradas algunos detalles de su curiosa relación con el filósofo materialista Friedrich Engels, soporte de Karl Marx y teórico del materialismo dialéctico y del marxismo.

Para resumir aquí en breve en qué consiste dicha relación indicaré simplemente que, Engels, en sus escritos dirigidos al gran público en los que expone su planteamiento materialista,  se sirve de los escritos de Darwin utilizándolo cuando y como le conviene; sin embargo, después de haber hecho esto, en algunos escritos de difusión más reducida, como por ejemplo en alguna de sus cartas, el mismo autor confiesa no tomar en serio la obra de Darwin. Engels, que no era tonto, utilizó a Darwin de manera ejemplar en un materialista. Tomando de él lo que le convino para terminar denostándolo cuándo ya está satisfecho con lo que se ha servido.

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Convocar proyectos desde la ignorancia




El año que viene (2009) se conmemorará el segundo centenario del nacimiento de un fenómeno histórico: Charles Darwin y, si excesiva ha sido la importancia que se ha dado a sus escritos durante más de cien años, excesivas serán también las conmemoraciones del segundo centenario de su nacimiento que ya se empiezan a preparar por todo el Mundo.

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Evolucionistas rusos del XIX

                  

A lo largo del siglo XIX, numerosos científicos rusos defendieron puntos de vista favorables a la evolución de las especies. Así, Herzen (1812-1870) en sus “Cartas para el estudio de la Naturaleza”, presenta una teoría de la evolución del mundo. En su obra,  Tchernychevsky (1828-1889), subraya la idea de un origen común para el hombre con los animales. Conocedor de Lamarck, ensalza la parte materialista de su discurso rechazando su idealismo. El estonio Karl Ernst von Baer (1792-1876) describió los óvulos humanos y de otros mamíferos. Sus trabajos en embriología contribuyeron al desarrollo de las ideas evolucionistas. Karl Roulié (1814-1868), profesor en la Universidad de Moscú, presentaba en sus clases la teoría de la evolución diez o quince años antes de la aparición de la obra de Darwin, para lo cual se basaba en pruebas geológicas, paleontológicas, embriológicas y anatómicas. Según su punto de vista, la naturaleza es una unidad en perpetuo cambio, no tiene ni puede tener especies inmutables. La evolución de las especies es lenta, progresiva, permanente y sometida a la influencia del medio exterior. Al estudiar las formas fósiles, Roulié describió que la tierra pudo haber conocido un periodo en el cual la vida estaba ausente, que los primeros protistas aparecieron primero y que las formas vivas actuales son el resultado de la evolución. Para Roulié, los animales terrestres tienen sus antepasados en animales marinos y el hombre tiene un origen animal.

Borzenkov, discipulo de Roulié y profesor, como él, en la Universidad de Moscú, a propósito del Origen de las Especies, de Darwin, escribió:

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El tamaño justo de una sombra: Carlitos Darwin y el Marqués de Villena, personajes históricos complementarios

Cuenta la tradición que el Marqués de Villena fue alumno aventajado en la Academia de Nigromancia de la cueva de Salamanca, en donde los alumnos del maligno entraban cada siete años y en grupos de siete, de los cuales uno debería permanecer encerrado. Contrariamente a lo predicho en las amenazas de sus (diabólicos) maestros, el dicho marqués  consiguió escapar de tan siniestra academia, si bien quedó marcado para los restos con una señal peculiar e inconfundible: A partir de ese momento, su figura carecería de sombra.

Por curiosidades de la vida, tan extraña anécdota no es ajena al mundo de la Historia Natural. Una de las obras del naturalista romántico Chamisso nos cuenta una aventura cuyo protagonista, Peter Schlemihl, vendió su sombra al diablo. Curiosamente, tal personaje sin sombra era asimismo un naturalista dedicado a explorar el mundo y clasificar los organismos vivos. Chamisso, que en su relato podría muy bien haberse inspirado en su propia experiencia de botánico o en su conocimiento de algún naturalista anterior (verbigracia Linneo), parece sugerir la existencia de una misteriosa relación entre el estudio y clasificación de la naturaleza y el hecho de perder la sombra. Siendo así, digo yo que también podría darse la relación inversa, es decir entre estudio de la naturaleza y aumento del tamaño de la sombra de uno o de la distancia alcanzada por su proyección.

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Curiosa manera de hablar de Genética

   

La imagen presenta la portada del libro de Alfred Sturtevant titulado “A History of Genetics” que fue publicado por primera vez en 1965 por Harper & Row y en una edición más reciente (la que yo tengo) por Cold Spring Harbor Laboratory Press en 2001. Su primer capítulo, titulado Before Mendel, ocupa un poco más de siete páginas (pp 1-8). En el se mencionan algunos investigadores que realizaron cruzamientos con el fin de ver cómo se heredan los caracteres como Kölreuter, Gärtner, Herbert o Lecoq. Asimismo se cita también la obra de Darwin titulada “The variation in animals and plants under domestication”, si bien como Sturtevant reconoce:

 Darwin was looking for generalizations, and extracting them from masses of observations was his special hability. But, in the case of heredity, the method yielded very little.

 Y más adelante:

 On the origin of variability, Darwin had little to say that sounds modern.

He compuesto una tabla que contiene los autores citados en dicho capítulo y el número de veces que se cita a cada uno:

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Richard Owen, zoólogo y paleontólogo riguroso y anti-darwinista ejemplar

Darwin no fue, ni mucho menos, el primero en hablar de transformación de las especies; ni en general (ya vimos ejemplos anteriores como el de Lamarck), ni tampoco en el entorno británico.

Robert Chambers, publicó su obra titulada Vestiges of the Natural History of Creation en 1844, en la cual discutía la transmutación (hoy llamaríamos evolución).


Tras la publicación de la obra de Darwin titulada (no lo olvidemos) “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”, la teoría darwinista de evolución de las especies por selección natural encontró, entre sus adversarios, dos tipos de argumentos. No entraré  en argumentos basados en razones éticas y religiosas sino que me concentraré en el segundo grupo de argumentos anti-darwinistas en base a razones puramente científicas

 Adam Sedgwick ( 1785-1873), uno de los fundadores de la Geología y profesor de Darwin, era un hombre religioso y preocupado por la ética. No obstante se opuso firmemente a la teoría de evolución por selección natural con motivos científicos, por no haber seguido el método inductivo. Recordaré esta frase de Sedgwick que ya copié en otra parte y en la cual su argumento anti-darwinista no es ético ni religioso, sino sólidamente científico:

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Edward Blyth, la historia jamás contada (por ahora)

En la historia de las teorías evolutivas hay mucha enjundia y misterio. Por ejemplo, no me cabe la menor duda de que muchas veces, obrando de manera consciente o inconsciente, se ha fomentado la confusión  con intereses particulares. Así, si en la redacción de un artículo o de un libro admitimos sin problemas las historias y las teorías científicas tal y como se nos vienen contando, podremos llegar a nuestros objetivos antes que si, a cada frase, nos tenemos que detener cuestionando la exactitud de lo que viene dándosenos como “verdad asumida”. Y es que el andar por un camino llano y bien pavimentado es mucho más confortable que hacerlo por un sendero pedregoso. La vía del éxito está marcada y se accede antes viajando en un coche de lujo (aceptar los paradigmas) que en una bicicleta roñosa (si tomamos posturas críticas).

Es mediante este sencillo proceso de aceptación conformista e indiscutida de las versiones más en boga de los hechos, como las imágenes públicas de determinadas figuras históricas van creciendo como bolas de nieve hasta tropezar en una pared o caer al río. Es entonces cuando, desde un punto de vista global, puede sorprender cuán diferente hubo de ser la realidad de lo que vino a ser la proyección de su imagen en el futuro.

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Un panorama victoriano: El Big Ben y su hermana pobre, la selección natural

            

En 1831 la población de Londres era de un millón y medio de habitantes. En 1897, cuando se celebraron los sesenta años de la reina Victoria en el trono (diamond jubilee), superaba los cinco millones. Esas décadas aportaron a la City cambios sin precedentes. A partir de un incendio ocurrido en 1834 se reconstruyó el edificio del parlamento en un estilo neogótico que recuerda inquietantemente al de algunas catedrales. Poco después, se levantaron todos los edificios del gobierno en Whitehall.

La primera estación de ferrocarril se construyó en 1836 (London Bridge) el año anterior a que Victoria fuese proclamada reina. Desde ese momento en adelante, el panorama de la City es testigo de grandes cambios: estaciones,  embarcaderos, puentes,… todo ello resultado de una actividad comercial e industrial sin precedentes. Tomemos como ejemplo  los puentes:

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