Archivo de noviembre, 2008

La biología secuestrada. Comentario al artículo de Máximo Sandín titulado “En busca de la biología. Reflexiones sobre la evolución”. Primera parte: El secuestro


La economía atraviesa por una de las mayores crisis de su historia. El profesor Leopoldo Abadía se ha ganado la popularidad mediante unas explicaciones memorables al respecto en las que analiza las bases de dicha crisis. Curiosamente, en el blog Génesis verbal se nos hace notar que la explicación de Abadía se parece mucho a un programa de humor británico.

La crisis es tan amplia que lleva a confundir los aspectos más serios y dramáticos de la realidad con una burla. Es una crisis global. ¿Toca a la biología? Sí, de pleno. ¿Cómo? Es muy sencillo. Golpea en el corazón de la biología en la medida en que la biología puede (o no) tener su mismo fundamento en la economía. Y es que, salvo para cuatro idealistas o más bien despistados, la biología y la economía están mucho más próximas entre sí de lo que parece a primera vista………

La teoría darwinista de Evolución por Selección Natural no es científica porque es una tautología, y por tanto no puede hacer ningún bien a la ciencia; pero, sin embargo, el empeño por ponerla como base y fundamento de la biología es muy fuerte y su tenacidad dura ya ciento cincuenta años. ¿Por qué? Porque esto permite tener a la biología secuestrada en manos del capital. Darwin se inspiró, no lo olvidemos, en Malthus y en Adam Smith.

¿Qué debemos hacer los biólogos?….. (más…)

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Lo importante y lo accesorio en la Ciencia: lección de Cajal con ejemplo de Koch






 


Hace ya unos meses y con motivo del día mundial de la tuberculosis que se celebró el pasado 24 de Marzo, mi amiga y compañera de bitácora en Madrimasd, Consuelo Ibáñez, dedicaba una entrada en su blog Salud Publica y algo más a esta enfermedad  que, lejos de estar extinguida, todavía causa grandes problemas como se puede ver en los comentarios a dicha entrada.

 

Entonces, Consuelo nos invitaba a Miguel Vicente, autor del blog Esos Pequeños Bichitos, y a mí a que contribuyésemos para tratar sobre el tema de la tuberculosis y la figura de Robert Koch, uno de los fundadores de la microbiología que descubrió a las bacterias de la especie Mycobacterium tuberculosis como el agente causal de la enfermedad.


En su blog, Miguel Vicente, escribió dos magníficas entradas sobre el tema. Una, dedicada a Robert Koch, titulada Robert Koch: científico, viajero y enamorado; y otra dedicada a la complejidad de la cubierta de las micobacterias. La primera de ellas contiene un valioso resumen de la vida y la obra de Koch en el que se nos cuenta, entre otras cosas, que

había nacido el once de Diciembre de 1843, en Clausthal en las montes Harz, que fue un niño muy inteligente que aprendió solo a leer el periódico y que estudió Medicina en la Universidad de Göttingen. El nombre de Koch se asocia no sólo con grandes autores de la ciencia a quienes conoció y con quienes mantuvo relación (por ejemplo Virchow), sino también con el de aparatos y artefactos de uso habitual en microbiología. El Asa de Henle, utilizada para sembrar bacterias en las Placas de Petri debe su nombre a Jacob Henle, profesor de Anatomía en Göttingen que acababa de publicar en 1840, que las enfermedades infecciosas eran causadas por organismos parásitos vivos. Las propias Placas de Petri, antaño de vidrio y hoy de plástico desechable,deben su nombre a un colega de Koch. De casi todo esto habían tratado ya Miguel y Consuelo en sus entradas ¿Qué podría yo añadir al respecto? ¿Tal vez alguna reflexión filosófica…..? ¿Quedaría algo importante por decir…..?…….

Veamos,……

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Louis Agassiz, carismático fundador de la Historia Natural de Norteamérica


      


Las acuarelas de Winslow Homer (1836-1910) presentan la Naturaleza salvaje, misteriosa y más que generosa, espléndida, de la segunda mitad del siglo XIX en Norteamérica. La obra de Louis Agassiz titulada “Contribution to the Natural History of the United States” pretendía mostrar meticulosamente los detalles de la composición de dicha naturaleza. Los paisajes de Winslow Homer representan el hogar en donde habitan los animales objeto de estudio de Agassiz.

Louis Agassiz (1807-1873) había nacido en Motiers, en la suiza francófona. Estudió en Zurich, Heidelberg y Munich. Su educación estuvo bajo la influencia del embriólogo Ignatius Döllinger, el zoólogo Lorenz Oken, y el filósofo Friederich Schelling, quienes contribuyeron a edificarla sobre dos pilares fundamentales: la necesidad de basar la ciencia en investigaciones exactas y una visión de la naturaleza como ilustrativa de un propósito cósmico.

                              

En 1832, Agassiz se desplazó a Paris para tener acceso a la magnífica colección de peces fósiles albergada en el museo de Paleontología del Jardin des Plantes. Su objetivo era convertirse en un gran naturalista a partir de su particular interés por la ictiología. A tal efecto, trabajó con Cuvier en los últimos meses de su vida, cuyo aprecio por Agassiz le llevó a poner todos sus materiales a su disposición.

 En 1847 se estableció como profesor de Zoología y Geología en la Lawrence Scientific School de la Universidad de Harvard y a partir de entonces desarrolló una carrera docente, de promoción de la ciencia y de investigación memorable. Organizó múltiples viajes por los Estados Unidos y propuso la realización de una monumental Historia Natural de Norteamérica en diez volúmenes que la editorial Little, Brown, y Co, estuvo de acuerdo en producir en caso de que pudiese estar garantizada una venta anticipada de 450 suscripciones, a la vez que seguía recolectando ejemplares para sus colecciones.

El profesor John Lienhard, de la Universidad de Houston,  en sus páginas web tituladas Engines of our Ingenuity, nos cuenta una fantástica anécdota acerca de esta manía recolectora y un caso real ocurrido con la recolección de tortugas. La edición del relato en español está a cargo de Aymará Boggiano.

Edgard Lurie, biógrafo de Agassiz y autor del prólogo de su libro “Un ensayo sobre la clasificación” en Belknap Press de la Universidad de Harvard, nos cuenta:

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El exceso de fe puede llevar al fraude: Ernest Haeckel

                     

La dama con vestido blanco y un sombrero en las manos es Isadora Duncan (1878-1928), una bailarina estadounidense de fama mundial. El caballero que la acompaña y que se protege de los rayos del sol con un sombrero es Ernest Haeckel, a quien vemos en otra imagen posterior pintando una acuarela del natural.

                                       

Un hecho que merece cierta atención es que, al principio, es decir antes de ser universalmente aceptado, Darwin encontró mayor audiencia en Alemania que en Francia. En su libro “Les transformations du monde animal”, Depéret nos lo explica porque en Francia dominaban las ideas y puntos de vista de Cuvier, opuesto a la transformación de las especies. Puede ser. Cierto es, también, que en Alemania el darwinismo pronto encontró dos apoyos incondicionales. Uno en Haeckel (1834-1919), otro en Weismann (1834-1914).

 Haeckel fue un tenaz defensor de las tesis darwinistas. Su legado incluye enormes árboles filogenéticos como el de la figura cuyo trazado revela, a menudo, una gran imaginación, característica que, si bien puede ser útil en muchas ocasiones, también por ser utilizada sin el debido freno, puede ser fuente de errores que el tiempo se encarga de ir mostrando.

                                            

 

A pesar de haberse trazado sin la base científica suficiente, los árboles filogenéticos de Haeckel tuvieron una enorme difusión y todavía persisten en muchos libros de texto y tratados de biología. En el curso del tiempo, el conocimiento científico ha realizado podas despiadadas en dichos árboles, que han afectado sobre todo a los troncos principales dejándo un resto como de árbol desarbolado, es decir convertido en montón de leña.

En su libro titulado “Les transformations du monde animal”, (1929), Depéret no sigue uno por uno todos los detalles de la evolución de todos los tipos incluidos en los esquemas de Haeckel, pero sin embargo sí examina con cuidado las bases paleontológicas sobre las que reposan algunas de sus deducciones. Dice, por ejemplo:

 

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