Archivo de octubre 5th, 2009

Conservando la máquina incapaz de distinguir: “Evolución” de Dobzhansky, Ayala, Stebbins y Valentine, donde se demuestra que la Selección Natural no es teoría sino proceso


Dobzhansky                 Ayala                     Stebbins              Valentine

Según va uno leyendo y re-leyendo el libro “Evolución”, de Theodosius Dobzhansky, Franciso J. Ayala, George Ledyard Stebbins y James W. Valentine, publicado primero en inglés en 1977 y después en español por Omega (Barcelona) en 1980, se encuentra con una defensa estratégica pero de escaso rigor científico de la Selección Natural. Las sospechas de ir penetrando en las cavernas del dogmatismo se confirman página a página. 

La Selección Natural, juego de palabras, puede nombrar una y sólo una de dos cosas: El argumento teórico que explica la evolución (teoría) o el mecanismo o proceso biológico que la dirige (hecho,  proceso o mecanismo). Ambas cosas son incompatibles: Si es una teoría para explicar algo, entonces no puede ser un proceso y si se trata de un proceso entonces no puede ser la teoría que lo explique. Como mecanismo rector de la evolución después de décadas de biología molecular, no tiene defensa posible. No cabe que un único mecanismo sea responsable de la evolución de todas las especies. Como explicación de la evolución, menos, porque como ya se ha explicado es una tautología.(ver por ejemplo esto, esto otro o también aquí, por citar sólo tres ejemplos). Pero, centremos las palabras en el análisis del libro, para ver finalmente qué es la Selección Natural a juicio de sus autores. Dejemos que ellos nos lo expliquen porque puede que el análisis descubra que Dobzhansky, Ayala, Stebbins y Valentine, sabían muy bien cuando escribían su libro que no trataban de teoría científica alguna, sino de otra cosa. No haré un análisis detallado del libro y de la defensa que sus autores hacen de la selección natural y por tanto del darwinismo (La Teoría de Evolución por Selección Natural es la base del darwinismo). Por el contrario, iré directamente casi al final de este tratado o catecismo darwinista (p. 502), en donde nos encontramos una gruesa perla. Donde dice:

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