Charles Darwin, o el origen de la máquina incapaz de distinguir

 

 

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus

 

Así termina la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco: permanece el nombre de la rosa prístina, lo que tenemos son las palabras desnudas, única vía para entendernos y comprender al mundo. Curiosamente, en estos
tiempos en los que la Ciencia pone todo su empeño en la aplicación y la rentabilidad de sus resultados es cuando se demuestra que nada hay más útil que una refl exión acerca de las palabras y su uso en el lenguaje; reflexión
que ha de contener una crítica abierta y que, so pena de parecer a veces testaruda o en exceso meticulosa, tendrá como objetivo cuidar con esmero las palabras buscando su corrección. Paradójicamente, en tiempos de una
ciencia institucionalizada y mercantilizada presenciamos el resurgir de uno de los principales y más antiguos objetivos de la Ciencia con mayúsculas: el de proporcionar una limpia y cuidadosa descripción de la naturaleza y
del mundo, o dicho de manera ya encarnizada y en una o dos palabras: precisión, rigor.

Entre las facultades del lenguaje, algunas misteriosas y otras aún desconocidas, no es la menor la que consiste en ser herramienta para la propia depuración, puesta a punto y cuidado de sí mismo y de sus palabras. No en vano Wittgenstein indicaba que el fi lósofo es un jardinero del lenguaje, y Heidegger vino a decir que el asunto que concierne a la filosofía es el de preservar el poder de las palabras más elementales a través de las cuales el
ser humano se expresa.

Comencemos con la propia palabra “Ciencia”…….

 

Este es el comienzo de un artículo titulado “Charles Darwin, o el origen de la máquina incapaz de distinguir”, publicado en Despalabro V, 2011. El PDF completo del artículo se encuentra en Digital CSIC .  Hacer click aquí para leerlo.

 

Imagen de Vita Nova

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