La fragilidad de los sabios y el fin del pensamiento

 

Oh Quam gravis est scriptura. Occulos gravat, renes frangit, simul et omnia membra contristat

(“¡Qué cansado es esto de escribir! Se te cansa la vista, los riñones se te hacen polvo, y acabas con todos los miembros entumecidos”)

Monje del siglo VIII. W. Watterbach: Das Schriftwessen in Mittelater, Leipzig 1896, red. Graaz 1958, p 283. Versión castellana de V. García Lobo.

Tomado de la p 67 de Scriptorium, Tábara Visigoda y Mozárabe, de Fernando Regueras Grande y Hermenegildo García-Aráez Ferrer.Ayto. de Tábara, CEB Ledo del Pozo y Parroquia de Tábara. 2001.

 

En Anno domini de 2009,  las Ediciones AKAL publicaron el libro de José Carlos Bermejo Barrera, con el siguiente título apocalíptico:

 

La fragilidad de los sabios y el fin del pensamiento

 

En su contraportada, se advierte:

 

 

A lo largo de la historia occidental, se creyó en la existencia de un determinado tipo de personas que dedicaron su vida al cultivo desinteresado del saber, obteniendo a cambio de ello un prestigio especial. Las figuras de estos sabios fueron durante muchos años la garantía de que las sociedades occidentales podían lograr el acceso sin trabas a la verdad. Sin embargo, dichos sabios fueron en realidad unos seres enormemente frágiles, debido a su carencia de recursos económicos y a su dependencia de los poderes reales: eclesiásticos y políticos.

 

Fue en el siglo XIX, con el nacimiento de la ciencia y las universidades modernas, cuando pareció haberse logrado un cierto equilibrio entre el poder, el dinero y el trabajo intelectual, gracias a la creación de las figuras de los profesores y los científicos, que deberían encarnar a un ser humano dotado de espíritu crítico e incensante y escéptico buscador de unos saberes que nunca habrían de ser definitivos. Con la instauración del sistema de la tecnociencia y del aparato militar-industrial después de la Segunda Guerra Mundial, esa figura ha encontrado ya su fin, al caer en la definitiva dependencia del poder económico y político, con lo que ello supone de pérdida de la dignidad que los reductos académicos garantizaban. Y el discurso que esos sabios han construido en torno a dos campos –el de la enfermedad mental y el de la cosmología– pone de manifiesto sus propias debilidades humanas, así como su vana pretensión de lograr la verdad definitiva, gracias a la construcción de unos saberes «cerrados» y «perfectos».

 

 

En su interior más cosas interesantes,  por ejemplo (p 28):

Los científicos del mundo de la tecnociencia hacen un uso pervertido de la ciencia y la razón, hasta el punto de que John Ralston Saul los ha llamado “los bastardos de Voltaire”, el autor que encarnó los valores liberadores de la Ilustración (Saul, 1998). Ello es así porque no sólo aceptan el orden político, como los viejos profesores, sino sobre todo el orden económico y su supuesta racionalidad, sentando las bases para la eliminación de la universidad, si es que trabajan en el cada vez más minoritario ámbito de la ciencia académica.

Si los valores del conocimiento y la dignidad e independencia académicas se sustituyen por los de eficacia y rentabilidad, se sientan las bases para el desmantelamiento o adelgazamiento de la universidad, tal como hace ya años señaló Bill Readings (Readings, 1996). Un profesor o un científico no pueden competir con un político en el campo de la política, en el que siempre llevarán las de perder, a menos que acepten las reglas del juego político y se conviertan en políticos de profesión, tal como hace muchos años había señalado Max Weber.

Lo mismo ocurriría en el campo de la rentabilidad empresarial. En él, lo scientíficos profesores tienen la guerra perdida, puesto que las empresas siempre serán más ágiles que las viejas universidades  y podrán utilizar a sus investigadores  como una parte dle proceso productivo, que puede ser a veces desechable , con la etiqueta de “recursos humanos”, complementarios de los recursos materiales.

 

 

 

 

Y también (p 91):

 

Desde hace algunos años, cuando se pone en duda la validez de constructos narrativos, como la “cosmología estándar” o la teoría de la evolución, los paladines de la ciencia acusan a quienes critican sus constructos no científicos, sino metacientíficos (o narrativos) , de defender el creacionismo o la Biblia, a pesar de que esos críticos, en muchos casos no lo hagan. Ello es así porque los defensores de la “ciencia”- que no son todos los científicos- son conscientes de que están asumiendo un papel que en otros tiempos correspondió a la religión: la producción de verdades absolutas, en último término.

 

 

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