Archivo de julio 4th, 2012

Comienza un tema polémico en el párrafo centésimo vigésimo cuarto de El Origen de las Especies: la selección sexual

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No contento con sembrar el fantasma semántico de la selección natural, una construcción artificial que puede substituirse por expresiones tan generales como “la naturaleza”, “la fuerza de la naturaleza” o simplemente eliminarse en todas las frases en las que aparece, sin que estas alteren su significado, el autor va a introducir ahora un nuevo fantasma semántico: La selección sexual.

 

En este y los tres párrafos siguientes va a tratar de la selección sexual. Para ello, el autor parte como de costumbre de la observación de lo que pasa en las granjas y espera, cree, que lo mismo ocurrirá en la naturaleza. Está claro que en algún punto, tarde o temprano, ha de equivocarse,  pues la naturaleza no es una granja, a no ser que su descabellado empeño reciba tan gran apoyo que la naturaleza llegue un día efectivamente a convertirse en una granja y entonces sus escritos habrán triunfado definitivamente.

 

Dice:

 

Inasmuch as peculiarities often appear under domestication in one sex and become hereditarily attached to that sex, so no doubt it will be under nature

Puesto, que en domesticidad aparecen con frecuencia particularidades en un sexo que quedan hereditariamente unidas a este sexo, lo mismo sucederá, sin duda, en la naturaleza.

 

De la frase siguiente podemos, como de costumbre,  eliminar sin problemas a la selección natural y así :

 

De este modo se hace posible que los dos sexos se modifiquen, mediante selección natural, en relación con sus diferentes costumbres, como es muchas veces el caso, o que un sexo se modifique con relación al otro, como ocurre comúnmente.

 

Convertirlo sin pérdida de información en:

 

De este modo se hace posible que los dos sexos se modifiquen en relación con sus diferentes costumbres, como es muchas veces el caso, o que un sexo se modifique con relación al otro, como ocurre comúnmente.

 

¿Qué es entonces la selección sexual? Como siempre el autor elude dar una definición clara y una respuesta directa a tan importante cuestión. Por el contrario dice:

Esta forma de selección depende, no de una lucha por la existencia en relación con otros seres orgánicos o con condiciones externas, sino de una lucha entre los individuos de un sexo -generalmente, los machos- por la posesión del otro sexo.

Y también:

 

El resultado no es la muerte del competidor desafortunado, sino el que deja poca o ninguna descendencia. La selección sexual es, por lo tanto, menos rigurosa que la selección natural. Generalmente, los machos más vigorosos, los que están mejor adecuados a su situación en la naturaleza, dejarán más descendencia; pero en muchos casos la victoria depende no tanto del vigor natural como de la posesión de armas especiales limitadas al sexo masculino.

O sea que,  para la selección sexual, otro fantasma semántico, el autor tiene destinados grandes proyectos. Cada vez que un macho se ve adornado de atributos esto será sin duda prueba de la acción de la selección sexual. Sigamos leyendo:

 

Un ciervo sin cuernos, un gallo sin espolones, habrían de tener pocas probabilidades de dejar numerosa descendencia. La selección sexual, dejando siempre criar al vencedor, pudo, seguramente, dar valor indomable, longitud a los espolones, fuerza al ala para empujar la pata armada de espolón, casi del mismo modo que lo hace el brutal gallero mediante la cuidadosa selección de sus mejores gallos.

 

Los espolones del gallo, los cuernos del ciervo son ejemplos de productos de la selección sexual. Por definición ya que la lucha por el sexo (selección sexual) es sólo expresión de la lucha general que se da en la naturaleza.

 

SEXUAL SELECTION.

 

124.

Inasmuch as peculiarities often appear under domestication in one sex and become hereditarily attached to that sex, so no doubt it will be under nature. Thus it is rendered possible for the two sexes to be modified through natural selection in relation to different habits of life, as is sometimes the case; or for one sex to be modified in relation to the other sex, as commonly occurs. This leads me to say a few words on what I have called sexual selection. This form of selection depends, not on a struggle for existence in relation to other organic beings or to external conditions, but on a struggle between the individuals of one sex, generally the males, for the possession of the other sex. The result is not death to the unsuccessful competitor, but few or no offspring. Sexual selection is, therefore, less rigorous than natural selection. Generally, the most vigorous males, those which are best fitted for their places in nature, will leave most progeny. But in many cases victory depends not so much on general vigour, but on having special weapons, confined to the male sex. A hornless stag or spurless cock would have a poor chance of leaving numerous offspring. Sexual selection, by always allowing the victor to breed, might surely give indomitable courage, length of spur, and strength to the wing to strike in the spurred leg, in nearly the same manner as does the brutal cockfighter by the careful selection of his best cocks. How low in the scale of nature the law of battle descends I know not; male alligators have been described as fighting, bellowing, and whirling round, like Indians in a war-dance, for the possession of the females; male salmons have been observed fighting all day long; male stag-beetles sometimes bear wounds from the huge mandibles of other males; the males of certain hymenopterous insects have been frequently seen by that inimitable observer M. Fabre, fighting for a particular female who sits by, an apparently unconcerned beholder of the struggle, and then retires with the conqueror. The war is, perhaps, severest between the males of polygamous animals, and these seem oftenest provided with special weapons. The males of carnivorous animals are already well armed; though to them and to others, special means of defence may be given through means of sexual selection, as the mane of the lion, and the hooked jaw to the male salmon; for the shield may be as important for victory as the sword or spear.

 

Puesto, que en domesticidad aparecen con frecuencia particularidades en un sexo que quedan hereditariamente unidas a este sexo, lo mismo sucederá, sin duda, en la naturaleza. De este modo se hace posible que los dos sexos se modifiquen, mediante selección natural, en relación con sus diferentes costumbres, como es muchas veces el caso, o que un sexo se modifique con relación al otro, como ocurre comúnmente. Esto me lleva a decir algunas palabras sobre lo que he llamado selección sexual. Esta forma de selección depende, no de una lucha por la existencia en relación con otros seres orgánicos o con condiciones externas, sino de una lucha entre los individuos de un sexo -generalmente, los machos- por la posesión del otro sexo. El resultado no es la muerte del competidor desafortunado, sino el que deja poca o ninguna descendencia. La selección sexual es, por lo tanto, menos rigurosa que la selección natural. Generalmente, los machos más vigorosos, los que están mejor adecuados a su situación en la naturaleza, dejarán más descendencia; pero en muchos casos la victoria depende no tanto del vigor natural como de la posesión de armas especiales limitadas al sexo masculino. Un ciervo sin cuernos, un gallo sin espolones, habrían de tener pocas probabilidades de dejar numerosa descendencia. La selección sexual, dejando siempre criar al vencedor, pudo, seguramente, dar valor indomable, longitud a los espolones, fuerza al ala para empujar la pata armada de espolón, casi del mismo modo que lo hace el brutal gallero mediante la cuidadosa selección de sus mejores gallos. Hasta qué grado, en la escala de los seres naturales, desciende la ley del combate, no lo sé; se ha descrito que los cocodrilos riñen, rugen y giran alrededor -como los indios en una danza guerrera- por la posesión de las hembras. Se ha observado que los salmones machos riñen durante todo el día; los ciervos volantes machos, a veces llevan heridas de las enormes mandíbulas de los otros machos; el inimitable observador monsieur Fabre ha visto muchas veces los machos de ciertos insectos himenópteros riñendo por una hembra determinada que está posada al lado, espectador en apariencia indiferente de la lucha, la cual se retira después con el vencedor. La guerra es quizá más severa entre los machos de los animales polígamos, y parece que éstos están provistos muy frecuentemente de armas especiales. Los machos de los carnívoros están siempre bien armados, aun cuando a ellos y a otros pueden ser dados por medio de la selección sexual, como la melena del león, y la mandíbula de gancho al salmón macho, pues el escudo puede ser tan importante para la victoria como la espada o lanza.

 

 

 

 

 

Etiquetas: