Archivo de abril 15th, 2013

Todo son dudas acerca de la selección natural en el párrafo ducentésimo octogésimo segundo de El Origen de las Especies

 

La creencia en la selección natural permite al autor explicarlo todo. Hasta una deliciosa e ingenua conclusión a fin de párrafo:

 

but I have felt the difficulty far to keenly to be surprised at others hesitating to extend the principle of natural selection to so startling a length.

 

 

pero he sentido la dificultad demasiado vivamente como para  sorprenderme de que otros duden en ampliar el principio de la selección natural a tan sorprendente longitud.

 

Creencia, convencimiento, sorpresa, ilusión, confianza. Todo un marasmo de sensaciones se agolpa en torno a la Selección Natural. ¿Será posible que esto ocurra tratándose de los rigores de una teoría científica? Sospechamos  que no.

 

Así de nuevo vuelve el autor a acertar y es que es muy fácil no hacerlo cuando se mantiene una cosa y su contraria.  Pero cierto, al fin y al cabo, es que todo son dudas acerca de la selección natural. Menos la duda principal: No existe salvo en la fe del creyente. Porque aunque se hubiese demostrado el cambio de ojo sencillo a ojo complicado, lo cual no se ha hecho, aun así tal cambio no sería debido a la selección natural por muchas citas de Míster Wallace, Mr Owen, Mr Virchow y otros puedan juntarse en un párrafo.

 

 

 

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He who will go thus far, ought not to hesitate to go one step further, if he finds on finishing this volume that large bodies of facts, otherwise inexplicable, can be explained by the theory of modification through natural selection; he ought to admit that a structure even as perfect as an eagle’s eye might thus be formed, although in this case he does not know the transitional states. It has been objected that in order to modify the eye and still preserve it as a perfect instrument, many changes would have to be effected simultaneously, which, it is assumed, could not be done through natural selection; but as I have attempted to show in my work on the variation of domestic animals, it is not necessary to suppose that the modifications were all simultaneous, if they were extremely slight and gradual. Different kinds of modification would, also, serve for the same general purpose: as Mr. Wallace has remarked, “If a lens has too short or too long a focus, it may be amended either by an alteration of curvature, or an alteration of density; if the curvature be irregular, and the rays do not converge to a point, then any increased regularity of curvature will be an improvement. So the contraction of the iris and the muscular movements of the eye are neither of them essential to vision, but only improvements which might have been added and perfected at any stage of the construction of the instrument.” Within the highest division of the animal kingdom, namely, the Vertebrata, we can start from an eye so simple, that it consists, as in the lancelet, of a little sack of transparent skin, furnished with a nerve and lined with pigment, but destitute of any other apparatus. In fishes and reptiles, as Owen has remarked, “The range of gradation of dioptric structures is very great.” It is a significant fact that even in man, according to the high authority of Virchow, the beautiful crystalline lens is formed in the embryo by an accumulation of epidermic cells, lying in a sack-like fold of the skin; and the vitreous body is formed from embryonic subcutaneous tissue. To arrive, however, at a just conclusion regarding the formation of the eye, with all its marvellous yet not absolutely perfect characters, it is indispensable that the reason should conquer the imagination; but I have felt the difficulty far to keenly to be surprised at others hesitating to extend the principle of natural selection to so startling a length.

 

Quien llegue hasta este punto, no deberá dudar en dar otro paso más si, al terminar este volumen, encuentra que por la teoría de la modificación por selección natural se pueden explicar grandes grupos de hechos inexplicables de otro modo; deberá admitir que una estructura, aunque sea tan perfecta como el ojo de un águila, pudo formarse de este modo, aun cuando en este caso no conozca los estados de transición. Se ha hecho la objeción de que para que se modificase el ojo y para que, a pesar de ello, se conservase como un instrumento perfecto, tendrían que efectuarse simultáneamente muchos cambios, lo cual se supone que no pudo hacerse por selección natural; pero, como he procurado mostrar en mi obra sobre la variación de los animales domésticos, no es necesario suponer que todas las modificaciones fueron simultáneas, si fueron muy lentas y graduales. Clases diferentes de modificación servirían, pues, para el mismo fin general. Míster Wallace ha hecho observar que si una lente tiene el foco demasiado corto o demasiado largo, puede ser corregida mediante una variación de curvatura o mediante una variación de densidad; si la curvatura es irregular y los rayos no convergen en un punto, entonces todo aumento de regularidad en la curvatura será un perfeccionamiento. Así, ni la contracción del iris ni los movimientos musculares del ojo son esenciales para la visión, sino sólo perfeccionamientos que pudieron haber sido añadidos y completados en cualquier estado de la construcción del instrumento. En la división más elevada del reino animal, los vertebrados, encontramos como punto de partida un ojo tan sencillo, que consiste, como en el anfioxo, en un saquito de membrana transparente, provisto de un nervio y revestido de pigmento, pero desprovisto de cualquier otro aparato. En los peces y reptiles, como Owen ha hecho observar, «la serie de gradaciones de las estructuras dióptricas es muy grande». Es un hecho significativo que aun en el hombre, según la gran autoridad de Virchow, la hermosa lente que constituye el cristalino está formada en el embrión por un cúmulo de células epidérmicas situadas en una depresión de la piel en forma de saco, y el humor vítreo está formado por tejido embrionario subcutáneo. Para llegar, sin embargo, a una conclusión justa acerca de la formación del ojo, con todos sus caracteres maravillosos, aunque no absolutamente perfectos, es indispensable que la razón venza a la imaginación; pero he pero he sentido la dificultad ahora demasiado vivamente como para  sorprenderme de que los demás duden en ampliar el principio de la selección natural a tan sorprendente una longitud.

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