Las obras del Creador en el párrafo ducentésimo octogésimo tercero de El Origen de las Especies

Como no podría ser de otro modo, el autor viene a descansar de tanta duda planteada en párrafos anteriores acomodándose en los lugares favoritos de máximo reposo y seguridad que le ofrece su tradición familiar y su formación de teólogo: las obras del creador.

¿Tenemos algún derecho a suponer que el Creador trabaja con fuerzas intelectuales como las del hombre? Pregunta el autor en este arriesgado párrafo. Imagínense ustedes que respondemos que no. Entonces ¿de qué Creador estamos hablando? ¿A qué extraña clase de fuerzas intelectuales se refiere el autor en este confuso y miserable  párrafo? ¿ acaso no consiste la ciencia ni más ni menos que en la comprensión de las leyes de la naturaleza? Si es así, entonces la inteligencia es única, si no es así, el autor no sabe de qué habla.

 

Pero ocurre que, a  estas alturas de su obra,  el autor escribe ya con total libertad. Antes de lanzar tantos miles de copias, alguien debió advertirle que sus contenidos no eran dignos de tanta difusión, a no ser que claro, como indica Hodge,  lo que realmente se esté intentando es poner en marcha un movimiento anti-teológico y anti-teleológico. Borrar del mapa toda idea de diseño. Sólo así puede concluir este párrafo de la manera en que lo hace:

 

¿podremos dejar de creer que pueda formarse de este modo un instrumento óptico viviente tan superior a uno de vidrio como las obras del Creador lo son a las del hombre?

 

Por supuesto. No sólo podemos dejar de creer tamaña insensatez, sino que necesariamente tenemos que dejar de creer y empezar a demostrar. Pero el autor no entiende de ciencia y si de creencia, de fé. No en vano sus estudios son los de Teología. Pero inconclusos.

 

 

 

283

 

It is scarcely possible to avoid comparing the eye with a telescope. We know that this instrument has been perfected by the long-continued efforts of the highest human intellects; and we naturally infer that the eye has been formed by a somewhat analogous process. But may not this inference be presumptuous? Have we any right to assume that the Creator works by intellectual powers like those of man? If we must compare the eye to an optical instrument, we ought in imagination to take a thick layer of transparent tissue, with spaces filled with fluid, and with a nerve sensitive to light beneath, and then suppose every part of this layer to be continually changing slowly in density, so as to separate into layers of different densities and thicknesses, placed at different distances from each other, and with the surfaces of each layer slowly changing in form. Further we must suppose that there is a power, represented by natural selection or the survival of the fittest, always intently watching each slight alteration in the transparent layers; and carefully preserving each which, under varied circumstances, in any way or degree, tends to produce a distincter image. We must suppose each new state of the instrument to be multiplied by the million; each to be preserved until a better is produced, and then the old ones to be all destroyed. In living bodies, variation will cause the slight alteration, generation will multiply them almost infinitely, and natural selection will pick out with unerring skill each improvement. Let this process go on for millions of years; and during each year on millions of individuals of many kinds; and may we not believe that a living optical instrument might thus be formed as superior to one of glass, as the works of the Creator are to those of man?

 

Apenas es posible dejar de comparar el ojo con un telescopio. Sabemos que este instrumento se ha perfeccionado por los continuos esfuerzos de los hombres de mayor talento, y, naturalmente, deducimos que el ojo se ha formado por un procedimiento algo análogo; pero ¿esta deducción no será quizá presuntuosa? ¿Tenemos algún derecho a suponer que el Creador trabaja con fuerzas intelectuales como las del hombre? Si hemos de comparar el ojo con un instrumento óptico, debemos imaginar una capa gruesa de tejido transparente con espacios llenos de líquido y con un nervio sensible a la luz, situado debajo, y entonces suponer que todas las partes de esta capa están de continuo cambiando lentamente de densidad hasta separarse en capas de diferentes gruesos y densidades, colocadas a distancias diferentes unas de otras, y cuyas superficies cambian continuamente de forma. Además tenemos que suponer que existe una fuerza representada por la selección natural, o supervivencia de los más adecuados, que acecha atenta y constantemente, toda ligera variación en las capas transparentes y conserva cuidadosamente aquellas que en las diversas circunstancias tienden a producir, de algún modo o en algún grado, una imagen más clara. Tenemos que suponer que cada nuevo estado del instrumento se multiplica por un millón, y se conserva hasta que se produce otro mejor, siendo entonces destruidos los antiguos. En los cuerpos vivientes, la variación producirá las ligeras modificaciones, la generación las multiplicará casi hasta el infinito y la selección natural entresacará con infalible destreza todo perfeccionamiento. Supongamos que este proceso continúa durante millones de años, y cada año en millones de individuos de muchas clases, ¿podremos dejar de creer que pueda formarse de este modo un instrumento óptico viviente tan superior a uno de vidrio como las obras del Creador lo son a las del hombre?

 

 

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