Archivo de noviembre 13th, 2013

A vueltas con la paloma volteadora en el párrafo cuadrigentésimo undécimo de El Origen de las Especies

El autor, fascinado por las palomas,  no puede evitar mencionar de cuando en cuando alguno de sus ejemplos favoritos. Ahora toca el turno precisamente a las palomas tumbler,  caracterizadas, al igual que el autor,  por dar vueltas.

 

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Domestic instincts are sometimes spoken of as actions which have become inherited solely from long-continued and compulsory habit, but this is not true. No one would ever have thought of teaching, or probably could have taught, the tumbler-pigeon to tumble—an action which, as I have witnessed, is performed by young birds, that have never seen a pigeon tumble. We may believe that some one pigeon showed a slight tendency to this strange habit, and that the long-continued selection of the best individuals in successive generations made tumblers what they now are; and near Glasgow there are house-tumblers, as I hear from Mr. Brent, which cannot fly eighteen inches high without going head over heels. It may be doubted whether any one would have thought of training a dog to point, had not some one dog naturally shown a tendency in this line; and this is known occasionally to happen, as I once saw, in a pure terrier: the act of pointing is probably, as many have thought, only the exaggerated pause of an animal preparing to spring on its prey. When the first tendency to point was once displayed, methodical selection and the inherited effects of compulsory training in each successive generation would soon complete the work; and unconscious selection is still in progress, as each man tries to procure, without intending to improve the breed, dogs which stand and hunt best. On the other hand, habit alone in some cases has sufficed; hardly any animal is more difficult to tame than the young of the wild rabbit; scarcely any animal is tamer than the young of the tame rabbit; but I can hardly suppose that domestic rabbits have often been selected for tameness alone; so that we must attribute at least the greater part of the inherited change from extreme wildness to extreme tameness, to habit and long-continued close confinement.

 

Se ha hablado algunas veces de los instintos domésticos cómo de actos que se han hecho hereditarios, debido solamente a la costumbre impuesta y continuada durante mucho tiempo; pero esto no es cierto. Nadie tuvo que haber ni siquiera pensado en enseñar -ni probablemente pudo haber enseñado- a dar volteretas a la paloma volteadora, acto que realizan, como yo he presenciado, los individuos jóvenes, que nunca han visto dar volteretas a ninguna paloma. Podemos creer que alguna paloma mostró una ligera tendencia a esta extraña costumbre, y que la selección continuada durante mucho tiempo de los mejores individuos en las sucesivas generaciones hizo de las volteadoras lo que son hoy, y, según me dice míster Brent, cerca de Glasgow hay volteadoras caseras, que no pueden volar a una altura de diez y ocho pulgadas sin dar la vuelta. Es dudoso que alguien hubiera pensado en enseñar a un perro a mostrar la caza, si no hubiese habido algún perro que presentase, naturalmente, tendencia en este sentido; y se sabe que esto ocurre accidentalmente, como vi yo una vez en un terrier de pura raza; el hecho de mostrar, es, probablemente, como muchos han pensado, tan sólo la detención exagerada de un animal para saltar sobre su presa. Cuando apareció la primera tendencia a mostrar la selección metódica y los efectos hereditarios del amaestramiento impuesto en cada generación sucesiva, hubieron de completar pronto la obra, y la selección inconsciente continúa todavía cuando cada cual -sin intentar mejorar la casta- se esfuerza en conseguir perros que muestren y cacen mejor. Por otra parte, la costumbre sólo en algunos casos ha sido suficiente; casi ningún otro animal es más difícil de amansar que el gazapo de un conejo de monte, y apenas hay animal más manso que el gazapo del conejo amansado; pero difícilmente puedo suponer que los conejos domésticos hayan sido seleccionados frecuentemente, sólo por mansos, de modo que tenemos que atribuir a la costumbre y al prolongado encierro la mayor parte, por lo menos, del cambio hereditario, desde el extremo salvajismo a la extrema mansedumbre.

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