Archivo de marzo 21st, 2014

Las dudas nos envuelven en el párrafo quingentésimo primero de El Origen de las Especies

Alguien debería haberle explicado  al autor aspectos elementales de la ciencia. Entre otros que su objetivo no es despejar el terreno de dudas. Más bien distingjr entre dudas y errores, que son cosas bien diferentes. Ahora bien, si su intención era despejar el terreno de dudas, entonces hay que reconocer que la obra constituye un fracaso estrepitoso.  Así  comienza este párrafo:

 

Si nos dirigimos a las variedades producidas, o que se supone que han sido producidas, en domesticidad, nos vemos también envueltos por alguna duda

 

Por supuesto. Si nos dirigimos a las variedades o a cualquier otro lugar. Siempre nos envolverán las dudas. Pero ¿Por qué incluye la conjunción copulativa o?

 

a las variedades producidas, o que se supone que han sido producidas,

 

Eso no es una duda. Eso es otra cosa distinta. Un error. No es lo mismo producidas que supuestamente producidas y al poner la conjunción o puede dar a indicar esa falsa similitud. Esto, en la ciencia es mucho más grave que la duda.

 

¿Es verdad la siguiente afirmación?:

 

….cuando se comprueba, por ejemplo, que ciertos perros domésticos indígenas de América del Sur no se unen fácilmente con los perros europeos,

 

¿Existen experimentos al respecto? ¿Alguno publicado?

 

 

 

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If we turn to varieties, produced, or supposed to have been produced, under domestication, we are still involved in some doubt. For when it is stated, for instance, that certain South American indigenous domestic dogs do not readily unite with European dogs, the explanation which will occur to everyone, and probably the true one, is that they are descended from aboriginally distinct species. Nevertheless the perfect fertility of so many domestic races, differing widely from each other in appearance, for instance, those of the pigeon, or of the cabbage, is a remarkable fact; more especially when we reflect how many species there are, which, though resembling each other most closely, are utterly sterile when intercrossed. Several considerations, however, render the fertility of domestic varieties less remarkable. In the first place, it may be observed that the amount of external difference between two species is no sure guide to their degree of mutual sterility, so that similar differences in the case of varieties would be no sure guide. It is certain that with species the cause lies exclusively in differences in their sexual constitution. Now the varying conditions to which domesticated animals and cultivated plants have been subjected, have had so little tendency towards modifying the reproductive system in a manner leading to mutual sterility, that we have good grounds for admitting the directly opposite doctrine of Pallas, namely, that such conditions generally eliminate this tendency; so that the domesticated descendants of species, which in their natural state probably would have been in some degree sterile when crossed, become perfectly fertile together. With plants, so far is cultivation from giving a tendency towards sterility between distinct species, that in several well-authenticated cases already alluded to, certain plants have been affected in an opposite manner, for they have become self-impotent, while still retaining the capacity of fertilising, and being fertilised by, other species. If the Pallasian doctrine of the elimination of sterility through long-continued domestication be admitted, and it can hardly be rejected, it becomes in the highest degree improbable that similar conditions long-continued should likewise induce this tendency; though in certain cases, with species having a peculiar constitution, sterility might occasionally be thus caused. Thus, as I believe, we can understand why, with domesticated animals, varieties have not been produced which are mutually sterile; and why with plants only a few such cases, immediately to be given, have been observed.

 

Si nos dirigimos a las variedades producidas, o que se supone que han sido producidas, en domesticidad, nos vemos también envueltos por alguna duda; pues cuando se comprueba, por ejemplo, que ciertos perros domésticos indígenas de América del Sur no se unen fácilmente con los perros europeos, la explicación que a todo el mundo se le ocurrirá, y que probablemente es la verdadera, es que descienden de especies primitivamente distintas. Sin embargo, la fecundidad perfecta de tantas razas domésticas, que difieren tanto en apariencia -por ejemplo, las razas de la paloma o las de la col- es un hecho notable, especialmente si reflexionamos cuántas especies existen que, aun cuando se asemejen entre sí mucho, son absolutamente estériles al cruzarse. Varias consideraciones, sin embargo, hacen menos notable la fecundidad de las variedades domésticas. En primer lugar, puede observarse que el grado de diferencia externa entre dos especies no es un indicio seguro de su grado de esterilidad mutua, de modo que diferencias análogas en el caso de las variedades no constituirían un indicio seguro. Es indudable que, en las especies, la causa descansa exclusivamente en diferencias en su constitución sexual. Ahora bien; las condiciones variables a que han sido sometidos los animales domésticos y las plantas cultivadas han tendido tan poco a modificar el sistema reproductor de manera que condujese a la esterilidad mutua, que tenemos buen fundamento para admitir la doctrina diametralmente opuesta, de Pallas, o sea, que tales condiciones, por lo general, eliminan esta tendencia, de modo que llegan a ser completamente fecundos entre si los descendientes domésticos de especies que, en su estado natural, habrían sido probablemente estériles, en cierto grado, al cruzarse. En las plantas, tan lejos está el cultivo de producir una tendencia a la esterilidad entre especies distintas, que en varios casos bien comprobados, a los que antes se hizo referencia, ciertas plantas han sido modificadas de un modo opuesto, pues han llegado a hacerse impotentes para sí mismas, aunque conservando todavía la facultad de fecundar a otras especies y de ser fecundadas por éstas. Si se admite la doctrina de Pallas de la eliminación de la esterilidad mediante domesticidad muy prolongada -doctrina que difícilmente puede rechazarse-, se hace sumamente improbable el que condiciones análogas prolongadas durante mucho tiempo produzcan igualmente la tendencia a la esterilidad, aun cuando, en ciertos casos, en especies de una constitución peculiar, pudo a veces la esterilidad producirse de este modo. Así podemos, creo yo, comprender por qué no se han producido en los animales domésticos variedades que sean mutuamente estériles, y por qué en las plantas se han observado sólo un corto número de estos casos, que inmediatamente van a ser citados.

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