Las aventuras de un joven cientifista en el rebaño de lobos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antiguamente los oficios eran transmitidos según una cadena cuyos eslabones eran sucesivamente maestros u oficiales y alumnos o aprendices. En cada momento, el maestro enseñaba a su aprendiz que, sólo con el tiempo y la experiencia acumulada llegaría a ser, a su debido tiempo, maestro.

Para llegar a ser oficial o tener cierta práctica en un asunto cualquiera, el aprendiz debía pasar una larga temporada en el taller de un maestro. Solo así adquiría el conocimiento y habilidades necesarias para el desempeño de su oficio.

Curiosamente, hoy el método se mantiene con bastante rigor en algunos casos pero ha desaparecido completamente en otros. Así en la ciencia, la carrera profesional lleva a sus aspirantes a realizar un doctorado en un laboratorio bajo la supervisión de un científico senior más experimentado (ya doctor, el director de Tesis). Pero, curiosamente y también en la ciencia, va cobrando cada vez más relieve la figura del llamado “divulgador científico” quien no tiene necesidad de haber pasado por una fase previa de investigación, ni tener completado un doctorado, ni siquiera tener conocimiento especial o estudio alguno.

En muchos casos el divulgador científico es un valiente o atrevido free lance, que, aunque se enfrente a su tarea desde la soledad, pronto verá que hay unas tendencias o corrientes principales, que siguiéndolas asegurará su propia aceptación por un grupo numeroso de divulgadores pseudocientíficos.

La conclusión es ruinosa para la ciencia puesto que estos grupos, verdaderos rebaños, pero de lobos, contribuyen a establecer dogmas y puntos de vista que no tienen ningún fundamento, y lo que es peor, unos modales lamentables por su falta de respeto con las posturas ajenas que denota una escasa educación.

Y ahora vamos ya con el ejemplo. Defendía yo el otro día en tuiter la contraportada del libro Ciencia y Política: La Genética como herramienta, en donde se afirma:

“En la Ciencia es muy difícil distinguir el conocimiento de la manipulación”

Cuando vino uno de estos jóvenes pseudo-escépticos diciendo:

 

-Madre mía, qué fácil es escribir estupideces en un libro y que haya gente que se las crea.

 

Al leerlo pensé con alegría que quien esto comentaba había leído el libro, pero no. Me equivocaba ya que, a mi pregunta sobre si había leído el libro, respondía él:

-No. Sólo he leído la reseña que aparece en la imagen. Y eso es exactamente lo que he criticado. Concretamente, la frase “En la Ciencia es muy difícil distinguir el conocimiento de la manipulación” denota un profundo desconocimiento de cómo funciona la Ciencia.

 

O sea que el amigo se permite criticar la conclusión de un libro que no ha leído. Y no contento con eso me acusa de desconocimiento y, acto seguido, indica:

 

-No he criticado todo el libro. He criticado lo que dice la reseña, que es una burrada. Solo eso. Un saludo.

 

Los insultos son un recurso muy habitual en este tipo de “divulgadores científicos”. Como recurso, el insulto tiene la ventaja de que intimida al oponente. Pero su inconveniente, es bien conocido también, y consiste en que el insulto es la parte visible de la falta de argumentos y revela una postura insostenible por su debilidad. Otras características de estos cientifistas grupales son: 1) el abuso de falacias de todo tipo, sobre todo ad hominem, puesto que piensan que la obra de grandes autores está escrita para apoyar cualquier cosa que ellos defiendan y , en la misma línea, 2) el abuso de ejemplos que no tienen nada que ver con el caso que se debate. Además tienen una curiosa tendencia a acusar al oponente de sus propios vicios y defectos argumentales.

Así por ejemplo en respuesta a un tuit sobre la relación entre las entidades bancarias y la Universidad que decía lo siguiente:

-          Con respecto a la COOPTACIÓN de las universidades, esto por sí solo explica por que hay tantísimos biólogos, químicos, veterinarios, ingenieros agrónomos, médicos, nutricionistas, informáticos, etc, etc, etc… defendiendo execrables intereses corporativos en nombre de la ciencia

 

Nuestro amigo defendía a la ciencia en general y al método científico en particular mediante dos ejemplos:

 

  1. Un ejemplo es el del tabaco: Inicialmente se desconocían los riesgos del consumo de tabaco. Las tabacaleras pagaron estudios científicos para intentar ocultar el daño producido por el tabaco. Lograron ocultarlo durante muy pocos años.

Y 2. Otro ejemplo: La industria del alcohol cada cierto tiempo paga a científicos y sobre todo periodistas para que hagan creer a la gente que un consumo moderado de vino o cerveza puede tener algún beneficio para la salud.

Quedándose tan ancho y permaneciendo aparentemente a flote como un gran defensor de la ciencia, cuando precisamente lo que hacía era lo contrario, es decir, permitir que para muchas personas, posibles lectores del tuit inicial que habrían sido llevados natural -y lícitamente – a interrogarse sobre las relaciones entre la ciencia y la banca, todo aquello quede en agua de borrajas, porque nuestro joven amigo garantiza que la ciencia y el método quedan fuera de toda duda, limpios a golpe de escoba pseudocientífica.

Triste participación que tiene como lamentable conclusión mantener al lector a distancia del asunto que se trata y, en definitiva, anular la posibilidad de que un día pueda haber cierta capacidad de control de la ciencia por la opinión externa. Algo absolutamente necesario, puesto que, al contrario de lo que defendía nuestro amigo, la revisión por pares no es garantía suficiente para la calidad de la ciencia.

 

Hoy hemos vuelto a las andadas y me permito recoger un par de anécdotas más. Primero nuestro amigo se ha permitido soltar la siguiente sentencia:

 

- Para publicar algo de cierta relevancia que sea falso y que se mantenga durante mucho tiempo tendrías que comprar a TODOS los investigadores de esa rama. Si tienes dinero, es fácil que compres a algunos. Pero es imposible que los compres a todos ni con todo el dinero del mundo.

 

Que es contraria a toda la evidencia puesto que existen, a lo largo de la historia existieron y seguramente existirán falsedades que se han mantenido sin necesidad de que su autor haya realizado pago alguno. Al revés, hemos sido infinidad de pobres incautos los que hemos pagado por leerlas durante generaciones.

 

Y para terminar, como no, ha salido nuestro joven en defensa del Dr. López Otín, quien después de retractarse de siete trabajos en los que se han encontrado imágenes falsificadas, es todavía presentado en la prensa como un héroe maltratado. Dice ahora el joven pseudo-escéptico:

-Y los distintos grupos de investigación están en competencia entre sí. El artículo de El País que ha enlazado es un ejemplo de ello. Si yo publico algo erróneo, al resto de investigadores les interesa descubrir algún fallo en mi artículo y publicar ellos la corrección.

Lo cual está de nuevo en contra de la evidencia, puesto que, en este caso la prensa se ha volcado para encontrar personas, que no argumentos, en defensa del profesor en cuestión.

Más información sobre el tema:

Pseudociencias, mancias, magufos y más estafadores zeteticos…

 Aventuras de un joven cientifista

 

 

 

 

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