‘Eugenio D’Ors’

La Nave de los Locos: El Origen de las Especies a la Luz de la Nueva Retórica

 

La nave de los locos, además de un famoso cuadro de El Bosco, es el título de una obra del teólogo, jurista y humanista Sebastian Brand publicada en Basilea en 1494. En sus páginas dice:

The world loves to be deceived.
(El mundo se complace en ser engañado)

Afirmación confirmada en los últimos ciento sesenta años por el éxito de la obra de Darwin titulada Sobre el Origen de las Especies por medio de la Selección Natural o la supervivencia delas Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida.

La palabra oxímoron procede de la combinación de los vocablos griegos Oxi, agudo y Môron: locura, e indica la cualidad de una expresión que no tiene significado alguno por consistir en la combinación de dos términos incompatibles. Oxímoron son aduaneros sin fronteras, banca amiga, desarrollo sostenible y cientos de expresiones en las que la presencia de un término anula el significado del otro.

Pero a pesar de su incompetencia semántica los oxímora han proliferado en las últimas décadas porque tienen una utilidad notable para el control social que consiste en su capacidad de alienación afirmando la capacidad de un interlocutor para someter al otro.

Herramientas de disciplina social basadas en la destrucción del lenguaje, los oxímora son particularmente abundantes en las áreas de Economía y Biología. Las obras fundamentales de dos pilares de estas disciplinas, Carlos Marx y Carlos Darwin, se basan en sendos oxímoron que son respectivamente La dictadura del proletariado y la selección natural.

Para hacer pasar un oxímoron por teoría científica hace falta cometer muchos errores, pero lo mismo que Pulgarcito dejaba un rastro de garbanzos para encontrar el camino de su casa, en este libro hemos seguido el rastro de los errores dejados por Carlos Darwin para descubrir su oxímoron fundamental: La Selección Natural.

El libro La Nave de los Locos: El Origen de las Especies a la Luz de la Nueva Retórica, de Emilio Cervantes y Guillermo Pérez Galicia puede descargarse gratis aquí:

http://www.darwinodi.com/gratis/pdfs/978-1981532117.pdf

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Final feliz con el mayor disparate de la historia de la ciencia en el párrafo septingentésimo primero del Origen de las Especies

 

Con este párrafo acabamos el capítulo dedicado a la Distribución Geográfica. A lo largo del mismo hemos podido seguir apreciando la riqueza léxica del idioma darwiniano o darvinés que brillantemente describió Eugenio d’Ors. Numerosas citas de autores importantes (Lyell, Forbes, Gunther etc…) ilustran párrafos y párrafos en ejemplos de argumentación ad hominem, del tipo: el contenido de este texto debe ser bueno puesto que coincide con lo que dijeron estos grandes profesores y profesionales de la ciencia.

Multitud de curiosidades y anécdotas muestran esa ingenuidad que tan a menudo se atribuye al autor y que, bajo exploración, no es más que una falsa ingenuidad que pretende pasar por teoría científica un conjunto de errores y disparates: un dogma. A tal fin, el mayor interés de estos capítulos consiste en su conjunción de variados artefactos de la retórica. Para terminar, un buen ejemplo en el último párrafo. Retórica que infaliblemente tiene por objeto conducir a un único fin: El mayor disparate de la historia de la ciencia: la selección natural.

 

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 As the late Edward Forbes often insisted, there is a striking parallelism in the laws of life throughout time and space; the laws governing the succession of forms in past times being nearly the same with those governing at the present time the differences in different areas. We see this in many facts. The endurance of each species and group of species is continuous in time; for the apparent exceptions to the rule are so few that they may fairly be attributed to our not having as yet discovered in an intermediate deposit certain forms which are absent in it, but which occur above and below: so in space, it certainly is the general rule that the area inhabited by a single species, or by a group of species, is continuous, and the exceptions, which are not rare, may, as I have attempted to show, be accounted for by former migrations under different circumstances, or through occasional means of transport,  or by the species havin become extinct in the intermediate tracts.  Both in time and space species and groups of species have their points of maximum development.


Groups of species, living during the same period of time, or living within the same area, are often characterised by trifling features in common, as of sculpture or colour. In looking to the long succession of past ages, as in looking to distant provinces throughout the world, we find that species in certain classes differ little from each other, whilst those in another class, or only in a different section of the same order, differ greatly from each other. In both time and space the lowly organised members of each class generally change less than the highly organised; but there are in both cases marked exceptions to the rule. According to our theory, these several relations throughout time and space are intelligible; for whether we look to the allied forms of life which have changed during successive ages, or to those which have changed after having migrated into distant quarters, in both cases they are connected by the same bond of ordinary generation; in both cases the laws of variation have been the same, and modifications have been accumulated by the same means of natural selection.

 

 

Como el difunto Edward Forbes señaló con insistencia, existe un notable paralelismo en las leyes de la vida en el tiempo y en el espacio; pues las leyes que rigen la sucesión de formas en los tiempos pasados son casi iguales que las que rigen actualmente las diferencias entre las diversas regiones. Vemos esto en muchos hechos. La duración de cada especie o grupos de especies es continua en el tiempo, pues las aparentes excepciones a esta regla son tan pocas, que pueden perfectamente atribuirse a que no hemos descubierto hasta ahora, en un depósito intermedio, las formas que faltan en él, pero que se presentan tanto encima como debajo: de igual modo, en el espacio, es con seguridad la regla general que la extensión habitada por una sola especie o por un grupo de especies es continua, y las excepciones, que no son raras, pueden explicarse, como he intentado demostrar, por emigraciones anteriores en circunstancias diferentes, o por medios ocasionales de transporte, o porque las especies se han extinguido en los espacios intermedios. Tanto en el tiempo como en el espacio, las especies y grupos de especies tienen sus puntos de desarrollo máximo. Los grupos de especies que viven dentro del mismo territorio están con frecuencia caracterizados en común por caracteres poco importantes, como el color o relieves. Considerando la larga sucesión de edades pasadas y considerando las distintas provincias de todo el mundo, encontramos que en ciertas clases las especies difieren poco unas de otras, mientras que las de otras clases, o simplemente de una sección diferente del mismo orden, difieren mucho más. Lo mismo en el tiempo que en el espacio, las formas de organización inferior de cada clase cambian generalmente menos que las de organización superior; pero en ambos casos existen notables excepciones a esta regla. Según nuestra teoría, se comprenden estas diferentes relaciones a través del espacio y del tiempo; pues tanto si consideramos las formas orgánicas afines que se han modificado durante las edades sucesivas, como si consideramos las que se han modificado después de emigrar a regiones distantes, en ambos casos están unidas por el mismo vínculo de la generación ordinaria y en ambos casos las leyes de variación han sido las mismas y las modificaciones se han acumulado por el mismo medio de la selección natural.

 

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Las islas y sus dificultades en el párrafo sexcentésimo octogésimo octavo del Origen de las Especies

El autor no es científico.  La obra tampoco. Su lenguaje es, como hemos visto, especial. El darvinés, descubierto por Eugenio d’Ors y al que ya nos hemos referido en muchas ocasiones, no es lenguaje para científicos. Aquí encontramos nuevos ejemplos de este peculiar lenguaje:

 

Hay 26 aves terrestres, de las cuales 21, o quizá 23, son consideradas como especies diferentes; se admitiría ordinariamente que han sido creadas allí, y, sin embargo, la gran afinidad de la mayor parte de estas aves con especies americanas se manifiesta en todos los caracteres, en sus costumbres, gestos y timbre de voz.

 

¿se admitiría ordinariamente que han sido creadas allí? ¿Quién lo admitiría? Lamarck, desde luego, no. Y Lamarck nació en 1744, es decir sesenta y cinco años antes que Darwin.

 

 

 

 

 

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ON THE RELATIONS OF THE INHABITANTS OF ISLANDS TO THOSE OF THE NEAREST MAINLAND.

 

The most striking and important fact for us is the affinity of the species which inhabit islands to those of the nearest mainland, without being actually the same. Numerous instances could be given. The Galapagos Archipelago, situated under the equator, lies at a distance of between 500 and 600 miles from the shores of South America. Here almost every product of the land and of the water bears the unmistakable stamp of the American continent. There are twenty-six land birds. Of these twenty-one, or perhaps twenty-three, are ranked as distinct species, and would commonly be assumed to have been here created; yet the close affinity of most of these birds to American species is manifest in every character in their habits, gestures, and tones of voice. So it is with the other animals, and with a large proportion of the plants, as shown by Dr. Hooker in his admirable Flora of this archipelago. The naturalist, looking at the inhabitants of these volcanic islands in the Pacific, distant several hundred miles from the continent, feels that he is standing on American land. Why should this be so? Why should the species which are supposed to have been created in the Galapagos Archipelago, and nowhere else, bear so plainly the stamp of affinity to those created in America? There is nothing in the conditions of life, in the geological nature of the islands, in their height or climate, or in the proportions in which the several classes are associated together, which closely resembles the conditions of the South American coast. In fact, there is a considerable dissimilarity in all these respects. On the other hand, there is a considerable degree of resemblance in the volcanic nature of the soil, in the climate, height, and size of the islands, between the Galapagos and Cape Verde Archipelagos: but what an entire and absolute difference in their inhabitants! The inhabitants of the Cape Verde Islands are related to those of Africa, like those of the Galapagos to America. Facts, such as these, admit of no sort of explanation on the ordinary view of independent creation; whereas, on the view here maintained, it is obvious that the Galapagos Islands would be likely to receive colonists from America, whether by occasional means of transport or (though I do not believe in this doctrine) by formerly continuous land, and the Cape Verde Islands from Africa; such colonists would be liable to modification—the principle of inheritance still betraying their original birthplace.

 

El hecho más importante y llamativo para nosotros es la afinidad que existe entre las especies que viven en las islas y las de la tierra firme más próxima, sin que sean realmente las mismas. Podrían citarse numerosos ejemplos. El archipiélago de los Galápagos, situado en el Ecuador, está entre 500 y 600 millas de distancia de las costas de América del Sur. Casi todas las producciones de la tierra y del agua llevan allí el sello inequívoco del continente americano. Hay 26 aves terrestres, de las cuales 21, o quizá 23, son consideradas como especies diferentes; se admitiría ordinariamente que han sido creadas allí, y, sin embargo, la gran afinidad de la mayor parte de estas aves con especies americanas se manifiesta en todos los caracteres, en sus costumbres, gestos y timbre de voz. Lo mismo ocurre con otros animales y con una gran proporción de las plantas, como ha demostrado Hooker en su admirable flora de este archipiélago. El naturalista, al contemplar los habitantes de estas islas volcánicas del Pacífico, distantes del continente varios centenares de millas, tiene la sensación de que se encuentra en tierra americana. ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué las especies que se supone que han sido creadas en el archipiélago de los Galápagos y en ninguna otra parte, han de llevar tan visible el sello de su afinidad con las creadas en América? Nada hay allí, ni en las condiciones de vida, ni en la naturaleza geológica de las islas, ni en su altitud o clima, ni en las proporciones en que están asociadas mutuamente las diferentes clases, que se asemeje mucho a las condiciones de la costa de América del Sur; en realidad, hay una diferencia considerable por todos estos conceptos. Por el contrario, existe una gran semejanza entre el archipiélago de los Galápagos y el de Cabo Verde en la naturaleza volcánica de su suelo, en el clima, altitud y tamaño de las islas; pero ¡qué diferencia tan completa y absoluta entre sus habitantes! Los de las islas de Cabo Verde están relacionados con los de África, lo mismo que los de las islas de los Galápagos lo están con los de América. Hechos como éstos no admiten explicación de ninguna clase dentro de la opinión corriente de las creaciones independientes; mientras que, según la opinión que aquí se defiende, es evidente que las islas de los Galápagos estarían en buenas condiciones para recibir colonos de América, ya por medios ocasionales de transporte, ya -aun cuando yo no creo en esta teoría- por antigua unión con el continente, y las islas de Cabo Verde de África; tales colonos serían susceptible de modificación-el principio de la herencia sigue traicionando a su lugar de nacimiento.

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Los tópicos o lugares comunes del idioma darvinés en el párrafo sexcentésimo trigésimo primero del Origen de las Especies

Ya hemos visto algunos ejemplos del darvinés: lenguaje inventado por Darwin y descubierto posteriormente por Eugenio d’Ors. En este párrafo se ponen de relieve algunas de sus características principales como el recurso  a los lugares comunes habituales: selección natural, lucha por la vida y competición.

 

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There is no evidence, as was remarked in the last chapter, of the existence of any law of necessary development. As the variability of each species is an independent property, and will be taken advantage of by natural selection, only so far as it profits each individual in its complex struggle for life, so the amount of modification in different species will be no uniform quantity. If a number of species, after having long competed with each other in their old home, were to migrate in a body into a new and afterwards isolated country, they would be little liable to modification; for neither migration nor isolation in themselves effect anything. These principles come into play only by bringing organisms into new relations with each other and in a lesser degree with the surrounding physical conditions. As we have seen in the last chapter that some forms have retained nearly the same character from an enormously remote geological period, so certain species have migrated over vast spaces, and have not become greatly or at all modified.

 

Como se hizo observar en el capítulo anterior, no hay prueba alguna de la existencia de una ley de desarrollo necesario. Como la variabilidad de cada especie es una propiedad independiente, que será utilizada por la selección natural sólo hasta donde sea útil a cada individuo en su complicada lucha por la vida, la intensidad de la modificación en las diferentes especies no será uniforme. Si un cierto número de especies, después de haber competido mutuamente mucho tiempo en su patria, emigrasen juntas a un nuevo país, que luego quedase aislado, serían poco susceptibles de modificación, pues ni la emigración ni el aislamiento por si solos producen nada. Estas causas entran en juego sólo en cuanto colocan a los organismos en relaciones nuevas entre sí y también, aunque en menor grado, con las condiciones físicas ambientes. Del mismo modo que hemos visto en el capítulo anterior que algunas formas, han conservado casi los mismos caracteres desde un período geológico remotísimo, también ciertas especies se han diseminado por inmensos espacios, habiéndose modificado poco o nada.

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Críticos de Darwin: O

O

 

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d’Ors Eugenio (1882-1954)

Donde las ideas aparecen, el resultado suele ser todavía peor. Porque el historicismo, durante los años que nos preceden, tan se ha puesto a la escuela del prejuicio evolucionista, que la sombra de Darwin parece presidir la íntima devoción de cada una de estas compilaciones que, a escuela darwiniana se colocan, cuando no ocurre que, no poco a estilo de monsieur Jourdain, hablen en darviniano sin saberlo.

Esto se las conoce en su general relativismo, y más aparentemente aún y para empezar, en la gran preponderancia que se les ve conceder, desde las primeras páginas, no ya a lo prehistórico, sino a lo paleontológico, y hasta lo geológico, cuando no se llega a lo astronómico, con tendencia evidente a rebajar el color propiamente humano en la evocación del pasado del mundo. Así como en la hora de Copérnico y de Galileo la tierra pasó a ser , astronómicamente, un simple caso particular, en un sistema cosmológico más vasto, de concepción más “neutral” desde el punto de vista de los intereses humanistas o del orgullo humano, así, en otra paralela, el evolucionismo moderno tiende a sumir la civilización en la vida y ésta en la materia, con lo cual la historia humana, capitulillo insignificante por lo que dice a su duración en tiempo, viene a achicarse en importancia, ante las grandes cifras que representan cronológicamente el proceso de los mundos. No hay que insistir en lo que representan, como radicalismo evolucionista, las tres versiones de diversa envergadura dadas en su Esquema de la Historia por Herbert Wells. Pero tampoco hay por qué ocultar que principios análogos presiden sin duda a la Historia del Mundo, de José Pijoan, que el editor Salvat viene publicando en Barcelona.

No poco de lo bueno que contiene este notable esfuerzo queda inútil por culpa de ese desdichado espíritu que ha movido a abrir, por ejemplo, las ilustraciones del primer volumen, con grabados y láminas de plesiosauros, volcanes, bólidos y otras nebulosas.

Eugenio d’Ors. 1949. Nuevo Glosario. Vol III 1934-1943. Aguilar Madrid. P 78.

 

Desde fines del siglo XVIII, una interpretación capciosa de la historia de la humanidad ha pretendido encontrar su explicación en ciertas teorías biológicas. La fundamental tendencia anticristiana de esta interpretación toma el color de un “naturalismo” que creyó durante más de un siglo encontrar su base en sucesivos descubrimientos científicos. El conjunto de aquella se designa con el nombre de “evolución”, y con el de “evolucionismo” y, en las Ciencias naturales de “transformismo” el sistema teórico que la animaba. Esencialmente, el evolucionismo parte del principio de que las especies de los seres vivos son mudables las unas en las otras; por lo cual cada una, tomada en su generalidad, se encuentra en continuo proceso de cambio hacia la aparición de otra especie distinta. Algunos descubrimientos de sabios como Goethe, Lamarck y Darwin movieron a atribuir a tales procesos el carácter de ley universal; este último quiso dar a la pretendida ley todo su alcance, por lo cual la teoría que la preconiza es también designada con el nombre de “darwinismo”. Lo humano y la historia humana pasan entonces a ser considerados como simples episodios, por dilatados en el tiempo que sean, de esta evolución general. Los caracteres, tanto físicos, como intelectuales, propios de la especie humana, deben así verse explicados como adquisiciones ganadas en algún momento, por vago que se presente, del proceso natural; acaso desarrollos asentados sobre el tipo de alguna especie anterior, el mono por ejemplo, cuyas semejanzas anatómicas con la especie humana llamaron la atención de los naturalistas.

 

Con el juego de estas hipótesis, la ciencia ha trabajado durante el siglo de referencia en eliminar la necesidad de ciertas grandes intervenciones de algún poder sobrenatural en la naturaleza: en primer lugar, la Creación , que la saca del no existir; Luego la Revelación, que introduce los elementos de la racionalidad en la mente del hombre; el Pecado original y la Redención, en fin; el primero como introductor de cierta ruptura en el orden de la naturaleza, de la cual ruptura sale, para el individuo, la necesidad de la muerte; la segunda, la Redención, como fijación de un contorno, gracias al cual la especie humana es pensada por los hombres como una, a pesar de su dispersión local, y como fija, a pesar de su continuidad en el tiempo. Otro prejuicio, formado entre los modernos con cierta anterioridad al de evolución, vino a  apoyar, en cierto modo, las concepciones de ésta: el del progreso indefinido, según el cual el continuo cambio o mutación de la especie humana se producía en el sentido de una sucesiva y continuada perfección, comparable a la que el curso de la vida introduce en nuestro organismo; salvo que, para la totalidad de la especie, no había de producirse la decadencia que en éste introduce la caducidad del individuo, su vejez. De ahí salían las tesis de que la más antigua situación de la humanidad tenía que haber sido la de inhabilidad e ignorancia; de que el camino de la misma a través del tiempo constituía un itinerario de avance en la industria y en el conocimiento, en las destrezas como en los saberes; de que, por consiguiente, el hombre primitivo había sido siempre un salvaje en un estado de civilización comparable al de los grupos humanos que todavía conocemos y que, por haber quedado rezagados en esa marcha progresiva de la civilización, se presentan a nosotros con una vida rudimentaria, a la cual llamamos precisamente “salvajismo”.

 

 

Eugenio d’Ors. Pp 35-37. La Civilización en la historia. Criterio Libros. Madrid 2003

 

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Ossadón Valdés, Juan Carlos

 

Hoy los estudiantes creen que esta teoría ha sido descubierta por biólogos e impuesta por sus pruebas científicas. La verdad es muy diferente: ha sido inspirada por el pensamiento liberal e impuesta por presión ambiental en nombre de la ciencia

 

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Owen, Richard (1804-1892)

 

la mayoría de las afirmaciones de Mr Darwin eluden, por su vaguedad e incompletitud, la prueba de los hechos de la Historia Natural.

 

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Eugenio d’Ors, descubridor del idioma darwiniano o darvinés

Hace un par de meses el blog Humor Darwinista anunciaba el descubrimiento del idioma darvinés como lenguaje impuesto en la biología.  Me pareció entonces que habíamos encontrado un filón para la lingüística y que faltaría sólo encontrar la piedra de roseta, la clave correspondiente que nos permitiría traducir tantos textos del darvinés a otros idiomas corrientes y viceversa, de los lenguajes nativos al darvinés.

Pero, ….la tarea no es tan sencilla.  En parte porque no hay nada nuevo bajo el sol, ese gran mentiroso,  y ahora resulta que el idioma darvinés o darviniano conocido ya hace tiempo, se había instalado ampliamente en diversos dominios.   Su uso va mucho más allá de los límites de la Biología,  y resulta que ya era el lenguaje impuesto en la Historia hace setenta años.

En uno de sus escritos fechado allá por los años treinta o cuarenta del último siglo del pasado milenio, Eugenio d’Ors descubría ya los trucos y la las complejidades del darvinés cuando decía:

Donde las ideas aparecen, el resultado suele ser todavía peor. Porque el historicismo, durante los años que nos preceden, tan se ha puesto a la escuela del prejuicio evolucionista, que la sombra de Darwin parece presidir la íntima devoción de cada una de estas compilaciones que, a escuela darwiniana se colocan, cuando no ocurre que, no poco a estilo de monsieur Jourdain, hablen en darviniano sin saberlo.
Esto se las conoce en su general relativismo, y más aparentemente aún y para empezar, en la gran preponderancia que se les ve conceder, desde las primeras páginas, no ya a lo prehistórico, sino a lo paleontológico, y hasta lo geológico, cuando no se llega a lo astronómico, con tendencia evidente a rebajar el color propiamente humano en la evocación del pasado del mundo. Así como en la hora de Copérnico y de Galileo la tierra pasó a ser , astronómicamente, un simple caso particular, en un sistema cosmológico más vasto, de concepción más “neutral” desde el punto de vista de los intereses humanistas o del orgullo humano, así, en otra paralela, el evolucionismo moderno tiende a sumir la civilización en la vida y ésta en la materia, con lo cual la historia humana, capitulillo insignificante por lo que dice a su duración en tiempo, viene a achicarse en importancia, ante las grandes cifras que representan cronológicamente el proceso de los mundos. No hay que insistir en lo que representan, como radicalismo evolucionista, las tres versiones de diversa envergadura dadas en su Esquema de la Historia por Herbert Wells. Pero tampoco hay por qué ocultar que principios análogos presiden sin duda a la Historia del Mundo, de José Pijoan, que el editor Salvat viene publicando en Barcelona.

No poco de lo bueno que contiene este notable esfuerzo queda inútil por culpa de ese desdichado espíritu que ha movido a abrir, por ejemplo, las ilustraciones del primer volumen, con grabados y láminas de plesiosauros, volcanes, bólidos y otras nebulosas

Bibliografía

Eugenio d’Ors. 1949. Nuevo Glosario. Vol III 1934-1943. Aguilar Madrid.
P 78

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