¿Una vacuna contra el Sida?

Me encanta hablar con los científicos, (con los que me relaciono por trabajo, amistad o casualidad) en esa hora en la que cae la oscuridad del día y todos nos relajamos, se pierden las barreras, se desdibujan los papeles y yo dejo de ser una periodista, -y, por tanto, una amenaza-, ante la que pueden bajar la guardia y dejar de medir, más que de costumbre, todas sus palabras. En esos momentos en los que he tenido la suerte de hablar con gente tan interesante, de tú a tú, siento que se me abre un mundo, una ventana hacia un universo enriquecedor y siempre desconocido, que se me da acceso, desde la puerta de atrás, -sin molestar y sin ser visto-, a una fascinante realidad que para mí hasta entonces pertenecía al mundo de la materia oscura, ese gran desconocido que creemos conforma más del 80% de nuestro universo.

Paso la noche del sábado entre científicos, una de las noches más interesantes de los últimos tiempos. Y hablo especialmente con dos. Son una pareja de chicos jóvenes pero sobradamente  preparados, envueltos en investigaciones punteras en cuestiones de SIDA bajo la tutela de uno de los científicos más prestigiosos en el sector en el Reino Unido. Ahí es nada.

Y les pregunto -cómo no- por la vacuna del SIDA. Les pregunto con la candidez de un niño que todavía mantiene una representación simple de la realidad, como si todas las preguntas tuvieran respuesta.. Les pregunto con la misma inocencia con la que me he acercado tantas veces al despacho de mi jefe “Jim, me pregunta un periodista cuantos Gigawatios hora de electricidad se necesitan para abastecer una ciudad”  esperando una respuesta sencilla: 25, 32, 47, 124… Hasta que al lanzarle la pregunta veo en su expresión y en sus ojos, en la forma de moverlos dando vueltas, que otra vez he asumido tontamente que había una respuesta sencilla a una realidad compleja “Dependerá del tamaño de la ciudad, de dónde se encuentre situada, del tipo de energía que utilice, renovable, de larga planta de combustión, de quien la suministra y desde dónde llega, del tipo de infraestructura que cuenta.. bla, bla, bla”.

Se me volvió a olvidar la máxima. En un mundo de sistemas complejos (energía, biología, etc) nunca hay respuestas sencillas.

Asi que formulo la pregunta y me ronda en la mente el salto al corazón que tiene que dar para alguien que lleva años en un laboratorio estudiando virus, células y proteínas, abrir un día el periódico y encontrar el titular “Primera vacuna eficaz contra el SIDA”. Uno –imagino- tiene que pensar entonces “¡mierda, ahora tendremos que hacer otra cosa!”. Así que yo la suelto…

¿Qué pensáis de la vacuna contra el SIDA?

Que hay una necesidad de noticias buenas, que se ha vendido como algo que es y que no es, que la realidad es mucho más compleja, que en realidad una vacuna se considera que debe cubrir al menos de manera satisfactoria a un 80% de la población y no un 30%, que es económicamente imposible y científicamente –más en los tiempos que corren- inviable analizar una muestra de 8000 individuos a los que se les administró el virus e identificar, porque no lo cogieron, que no se entiende bien como dos vacunas que no funcionaron por separado pueden hacerlo juntas, y aún es más, porque el virus sigue presente en la sangre cuando incluso las vacunas poco eficaces en otras enfermedades siempre logran eliminar al menos una pequeña parte, que  hay muchas cosas que no funcionan y que estadísticamente, -como manifiesta el análisis hecho por un artículo publicado en el New York Times-, sería fácil darle una vuelta a los datos para que pasaran a ser de escasamente relevantes, a casi insignificantes.

Vamos, que no. Que no hay vacuna (de hecho los mismos que la presentaron afirman que no se va a llevar a cabo clínicamente), que 25 años después del nacimiento de la enfermedad que cambió el mundo, impuso un peaje al sexo libre, incrustó una lastra social a los más promiscuos y diezmo la población africana, último recipiente de las consecuencias de los pecados del primer mundo, hasta convertirlo en un continente sin pasado ni futuro, donde las abuelas asumen el peso de las familias rotas, sabemos sin saber cómo el virus del SIDA es capaz de mutar rápidamente y destrozar por completo nuestro sistema inmuno defensivo.

Con lo que me hubiera gustado de verdad que esta vez- sólo al menos esta vez- todo hubiera sido sencillo.

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