DE EMERGENCIAS Y ALERTAS: DIEZ AÑOS DEL VERTIDO DE AZNALCÓLLAR

La mayor parte de los medios se ha hecho eco del décimo aniversario del vertido de la mina de Aznalcóllar en Andalucía. La emergencia ponía al entorno del Parque Nacional de Doñana en el punto de mira de todo el mundo; la riada, que arrastró millones de toneladas de lodos de color negro, cubrió kilómetros de cauce del río Guadiamar, así como los terrenos circundantes, incluyendo tierras de cultivos agrícolas, que se cubrieron igualmente de materiales de color negro. Muchas de las imágenes que hoy se han reproducido (se pueden consultar en la página de CSIC, www.csic.es) dieron la vuelta al mundo, lo que no contribuía precisamente al prestigio de nuestro país. Todo ello es ya historia, en muchos casos bien documentada a través de publicaciones científicas producto del seguimiento que muchos investigadores llevaron a cabo. La revista internacional Science of the Total Environment llegó incluso a dedicar un número monográfico a estas investigaciones, con lo que todo el mundo puede tener acceso a datos fiables acerca del vertido.

La transformación química de los materiales almacenados en la balsa siniestrada, en donde se acumulaban como residuos de una actividad minera que implicaba su molienda y pulverización, determinaba ese aspecto negro, de unos lodos mineros tan abundantes en sulfuros metálicos. Con ello, el accidente adquiría unos tintes verdaderamente dramáticos, a pesar de que lo que se había derramado eran materiales autóctonos, propios del mineral abundante en la zona. Eran muchas las preguntas que suscitaban los lodos desparramados a lo largo de muchos kilómetros cuadrados. Cuál era su composición química y su previsible evolución en las tierras y aguas en las que se esparcieron. Qué consecuencias podía tener el vertido para los ambientes a los que accedió, así como para los seres vivos de un entorno natural protegido y para la salud de la población. Cómo abordar la limpieza y, en su caso, la restauración de los lugares afectados. Eran interrogantes que podían tener una respuesta científica, por lo que urgía ponerse a trabajar en los organismos que podía dar respuesta.

También era grande la tentación de opinar acerca de las consecuencias de todo ello y no faltó quien lo hizo sin mucho conocimiento de causa. Además, tal como ocurre siempre una y otra vez, los responsables políticos, presionados para dar cuenta de lo que ocurre, se encuentran ante múltiples tentaciones. Entre ellas: minimizar la importancia de lo ocurrido, pero evitar que les puedan acusar de ocultación de peligros; señalar los riesgos, pero controlar las alarmas excesivas; asegurar que en su ámbito de responsabilidades todo se hizo correctamente, pero acusar a otros cargos o administraciones de negligencia, sobre todo si estos son de distinto signo político.

Así son las cosas. En aquellos momentos, en el CSIC decidimos abordar la respuesta al interrogante fundamental, cuál era la realidad del vertido tal como lo podíamos estudiar desde el punto de vista científico. Como Presidente del CSIC en aquellos momentos, tenía muy presentes otras situaciones anteriores –como la del síndrome del aceite tóxico, de la primavera de 1981- en las que la voz de los científicos quedó oscurecida por una pugna política extraordinariamente radicalizada. Lo primero era conocer la valoración de los científicos expertos, lo que nos llevó a reunir a un comité de científicos del organismo, basado en los expertos de la Estación Biológica de Doñana. Pronto se disponía de otras muchas colaboraciones de fuera de la institución, para hacer un seguimiento de la emergencia e informar a la opinión pública y a las administraciones de qué ocurría, y de las medidas correctoras más aconsejables.

Hace pocos días resumí mis impresiones de todo esto en el artículo “El sistema periódico derramado”, anexo a este blog. No repetiré esas valoraciones, pero sí creo necesario insistir en la necesidad de una información científica fiable en situaciones de emergencia. Es seguro que habrá debate y cruce de argumentos sobre la responsabilidad política. Pero sólo una presentación científica de los hechos reales –los demostrados y los probables- puede serenar los conflictos, además de ofrecer una referencia fiable para la opinión pública. Desde la tragedia que supuso el aceite de colza adulterado, con sus consecuencias mortales o gravemente patológicas para muchas personas (no hay parangón por su gravedad), pasando por Aznalcóllar, las vacas locas y el Prestige, han sido muchas las situaciones. Pero, la conclusión sigue siendo clara: los datos fiables, explicados por expertos son la clave. Sin ellos, los políticos pueden ser creíbles para sus partidarios, mientras que sus detractores suelen encontrar más razones para combatirlos. A día de hoy, en relación con lo que parece una crisis menor, seguimos sin saber lo primero que ha debido ser determinado, es decir, la naturaleza del hidrocarburo que adultera algunas partidas de aceite de girasol. Sólo desde esa información, cuya determinación está al alcance de tantos laboratorios en España, cabe construir un mensaje sobre el alcance de la emergencia y las medidas que cabe tomar para atajarla.   

César Nombela 

 

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Comentarios

Que fácil es predicar y que difícil dar trigo. La transparencia siempre es una pretensión, pero para los otros. Algún día sabremos de que riesgo hablamos y, lo podremos valorar, mientras tanto a tener fe. En el gobierno.

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