Archivo de agosto, 2008

¿En que mejora la participación a la democracia representativa?

El modelo democrático representativo de origen liberal ha tenido críticas durante casi todo el siglo XX. Desde las más interesadas, provenientes de modelos totalitarios, en especial el socialista, hasta críticas constructivas, más preocupadas en ahondar en el carácter de participación de todos los ciudadanos, para que su papel no se limitase al de simples votantes.

 

En estas últimas críticas, es donde se coloca la democracia participativa. No como alternativa a la democracia representativa sino complemento y mejora  a esta. ¿Cómo hacerlo? Primero a través de un acercamiento a las instituciones y a otros ciudadanos a través de las participaciones en reuniones (si lo hacemos a partir de asambleas con presencia física) o foros (si entramos en el terreno de las TIC, donde sobresale el uso potencial de Internet como medio de comunicación).  En este acercamiento y a través de las múltiples herramientas de participación ciudadana que existen en la actualidad. Segundo, es muy interesante la posibilidad de participación a través de discusiones en las que intervienen expertos en los temas propuestos. Esta participación de expertos tiene tres caminos:

  • El experto (o los expertos) proponen un tema que debe ser discutido en asamblea o foro por los ciudadanos.
  • Los expertos son los que discuten sobre un tema o materia propuesto anteriormente ya sea por las instituciones o los ciudadanos.
  • El experto se convierte en árbitro o mediador de una discusión abierta entre ciudadanos.

 

En tercer lugar, no hay que perder de vista a las instituciones. Su labor, completamente endógena hasta este momento, se abre a la participación de los ciudadanos que las eligen. Ya no propondrán, discutirán internamente, decidirán y ejecutarán las decisiones y planes, sino que todas estas fases podrán tener la participación y el consentimiento de los ciudadanos. Cuando Rousseau demandaba una democracia participativa, se encontraba con demasiados problemas para que los ciudadanos pudiesen ejercer en su totalidad los derechos.

 

Pero esto no significa que los actuales mecanismos de representación deban ser suprimidos. Los partidos políticos y los parlamentos deben ser reforzados con estas técnicas participativas. Una de las críticas más finas (y más acertadas) a la democracia participativa es el temor a que el poder ejecutivo utilice estos mecanismos en solitario y en exclusividad, estableciendo un canal único entre el aparato – gobierno que pueda obviar al poder legislativo. Es decir, un uso perverso de ciertos mecanismos participativos por parte del poder ejecutivo puede llevar a un recorte en las instituciones democráticas. Y precisamente, esto es lo que se intenta evitar desde la participación ciudadana. Por tanto, los partidos políticos y las asambleas y parlamentos legislativos deben añadir estudios y mecanismos de participación ciudadana directa a sus estrategias. Esta aspiración debe ser real lo antes posible. En las últimas elecciones generales en España, varios candidatos pertenecientes a casi todo el espectro político han utilizado diversas formas de acercamiento a los votantes a través de recursos en la web como las páginas de “My Facebook” o blogs en el que los políticos recibían mensajes de posibles votantes, donde se reflejaban los comentarios o críticas.

 

Pero desde luego, no es suficiente. Sería interesante que los partidos políticos en sus congresos, por ejemplo, dejasen participar a los internautas en congresos virtuales, proponiendo ideas o discutiendo programas. Así, los congresos de los partidos dejarían de tener esa apariencia de refrendo a situaciones ya concebidas.

 

Estas ideas y algunas más que se irán desgranando parecen buenas razones para esgrimir el argumento de que la participación ciudadana, en especial a través de las TIC, puede mejorar el actual sistema democrático, potenciando sus mejores virtudes.

 

Lavín de la Cavada

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Participación política: Viejas aspiraciones, nuevos instrumentos

 

En estos primeros años del siglo XXI, la participación más activa y numerosa de la ciudadanía  en las decisiones políticas se ha convertido en uno de los debates más vivos en las Ciencias Políticas y de la Administración. Sin embargo, la discusión no es nueva.

 

Desde los primeros tratados políticos de la Era Moderna, la democracia directa, con la mitificación de la Atenas clásica, está presente en la discusión. Sin embargo, la propia constitución de lo que hemos dado en llamar el Estado Moderno impedía, por su extensión geográfica y poblacional, la posibilidad de que los ciudadanos participaran de modo activa en la mayoría de las decisiones que tomaban sus gobiernos (Por supuesto en gobiernos democráticos).

 

El siglo XX alentó esta posibilidad. La reducción de las distancias producida por el desarrollo tecnológico hacía cada vez más viable la afirmación de Thomas Jefferson de remediar los problemas de la democracia con más democracia. Pero el ascenso de los totalitarismos de uno u otro signo político en el período de entreguerras  mundiales volvió a dejar marchito este nuevo camino.

 

Es a partir de los años cincuenta cuando los teóricos anglosajones y germanos vuelven a relanzar la idea: la necesidad de una mayor participación de los ciudadanos en las políticas que les afectan es planteada entre otros por Hanna Arendt en el ámbito de la política o de Charles Lindblom en la administración pública. Aunque se cita siempre el ejemplo de Suiza, es interesante ver como gobiernos de países de mayor envergadura como Francia adoptan mecanismos de acción política directa como los referenda. Sin embargo, el uso constante de Charles de Gaulle de dicho mecanismo para autolegitimarse hizo que se les haya considerado en ocasiones como un golpe de estado permanente, ya que permite al Poder Ejecutivo saltarse al Poder Legislativo (también elegido democráticamente) o echar atrás sus demandas.

 

Polémicas aparte, la idea de una participación activa de la ciudadanía en la política tuvo otro impulso: la sociedad postmoderna de finales del siglo XX y principios del XXI exigía otras formas de actuación política y el espacio público, la “polis” de Hanna Arendt y de Jurgen Habermass, no podía limitarse a una participación política limitada como la de la democracia representativa. La sociedad posmoderna poseía además nuevas tecnologías de comunicación, ocio y trabajo, o más bien, estas nuevas tecnologías eran creadores, en una grandísima parte, de esta sociedad posmoderna.

 

Estas tecnologías han tenido su máxima cota en lo que a comunicación se refiere y en este campo, a mi juicio, la universalización de la Internet y del teléfono móvil, deben ser las nuevas interfaces de relación entre poder político y ciudadanía. Ojo, esto no significa el abandono de las otras formas de participación ciudadana, en especial de las elecciones, sino el complemento entre unas y otras.

 

En otros espacios de este blog, hemos visto alguna sistematización de nuevos instrumentos de participación, que deberíamos complementar con algún comentario o incluso añadiendo alguna categoría más en las próximas entradas.

 

 

 José

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