Participación política: Viejas aspiraciones, nuevos instrumentos
En estos primeros años del siglo XXI, la participación más activa y numerosa de la ciudadanía en las decisiones políticas se ha convertido en uno de los debates más vivos en las Ciencias Políticas y de la Administración. Sin embargo, la discusión no es nueva.
Desde los primeros tratados políticos de la Era Moderna, la democracia directa, con la mitificación de la Atenas clásica, está presente en la discusión. Sin embargo, la propia constitución de lo que hemos dado en llamar el Estado Moderno impedía, por su extensión geográfica y poblacional, la posibilidad de que los ciudadanos participaran de modo activa en la mayoría de las decisiones que tomaban sus gobiernos (Por supuesto en gobiernos democráticos).
El siglo XX alentó esta posibilidad. La reducción de las distancias producida por el desarrollo tecnológico hacía cada vez más viable la afirmación de Thomas Jefferson de remediar los problemas de la democracia con más democracia. Pero el ascenso de los totalitarismos de uno u otro signo político en el período de entreguerras mundiales volvió a dejar marchito este nuevo camino.
Es a partir de los años cincuenta cuando los teóricos anglosajones y germanos vuelven a relanzar la idea: la necesidad de una mayor participación de los ciudadanos en las políticas que les afectan es planteada entre otros por Hanna Arendt en el ámbito de la política o de Charles Lindblom en la administración pública. Aunque se cita siempre el ejemplo de Suiza, es interesante ver como gobiernos de países de mayor envergadura como Francia adoptan mecanismos de acción política directa como los referenda. Sin embargo, el uso constante de Charles de Gaulle de dicho mecanismo para autolegitimarse hizo que se les haya considerado en ocasiones como un golpe de estado permanente, ya que permite al Poder Ejecutivo saltarse al Poder Legislativo (también elegido democráticamente) o echar atrás sus demandas.
Polémicas aparte, la idea de una participación activa de la ciudadanía en la política tuvo otro impulso: la sociedad postmoderna de finales del siglo XX y principios del XXI exigía otras formas de actuación política y el espacio público, la “polis” de Hanna Arendt y de Jurgen Habermass, no podía limitarse a una participación política limitada como la de la democracia representativa. La sociedad posmoderna poseía además nuevas tecnologías de comunicación, ocio y trabajo, o más bien, estas nuevas tecnologías eran creadores, en una grandísima parte, de esta sociedad posmoderna.
Estas tecnologías han tenido su máxima cota en lo que a comunicación se refiere y en este campo, a mi juicio, la universalización de la Internet y del teléfono móvil, deben ser las nuevas interfaces de relación entre poder político y ciudadanía. Ojo, esto no significa el abandono de las otras formas de participación ciudadana, en especial de las elecciones, sino el complemento entre unas y otras.
En otros espacios de este blog, hemos visto alguna sistematización de nuevos instrumentos de participación, que deberíamos complementar con algún comentario o incluso añadiendo alguna categoría más en las próximas entradas.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario