Mi experiencia personal como emprendedor en biotecnología

Mi experiencia como emprendedor en biotecnología comenzó en una noche de verano en Manhattan, en la soledad del apartamento 1313 del piso 13 de un edificio de arenisca roja. Impermeable a semejante augurio de dolor futuro, me di cuenta de que en mí se combinaban tres serios problemas que me impedían dedicarme a la honrosa carrera funcionarial. Uno, se me ocurrían proyectos e ideas constantemente, y además quería hacerlos realidad. Dos, era  genéticamente incapaz de soportar a un jefe. Tres, quería curar enfermedades terribles, mejorar el mundo, y quería hacerlo creando algo estable que creciese y que un día fuese independiente de mí.

En aquel momento de mi vida decidí que la iniciativa privada era la que me permitiría desarrollarme profesionalmente, y puesto que tenía prisa por empezar y nula experiencia en el sector privado, me puse a mí mismo en el mercado y le di el “yes, I do” a la mejor oferta que tuve. Trabajé buscando posibles fármacos activos en el sistema cardiovascular, en un proyecto bien financiado pero mal dirigido. La empresa se hundió, quiero pensar que no fue culpa mía, que diría mi admirado Borges. Pero yo aprendí varias lecciones importantes. Primero: escoge muy bien el proyecto y a tus compañeros de viaje, crear una empresa es como el matrimonio, el principio es siempre dulce, pero el infierno puede llegar muy fácilmente si no hay compatibilidad. El proyecto debe entusiasmarte, elevar tus aspiraciones, motivarte sin reservas. Es imprescindible que tus socios sientan lo mismo que tú, y que su nivel de riesgo en el proyecto sea equivalente al tuyo (recuerda que un socio financiero mayoritario podrá llevarse el dinero cómo y cuando quiera). Finalmente, el equipo directivo es esencial, además de buena química entre todos, debe haber complementariedad en la formación de cada uno, su visión y sus capacidades. Segundo: haz el mejor plan de empresa posible, estudia el mercado, usa siempre números reales y huye de las proyecciones a más de cinco años, busca clientes futuros, visítalos, habla con ellos; y sobre todo ponte siempre en los peores supuestos. Aclara todas las dudas, pregunta a expertos, lee muchos informes y artículos. Tercero: calcula cuánta financiación necesitarás en el peor de los casos, y luego multiplícala por 1.5. Es esencial que en tu equipo cuentes con alguien que ya tenga un buen bagaje financiero y fiscal, que sepa la diferencia entre un leasing y un lease back, por ejemplo. Esta persona te centrará en tus momentos de euforia, y te propondrá soluciones y salidas en los momentos oscuros. El plan de tesorería también es esencial, debes saber en qué te gastarás el dinero, cuánto y cuándo, y debes ser extremadamente respetuoso con este plan. Cuarto: hay que ser inasequible al desaliento; el fracaso de un proyecto no es más que la oportunidad para hacerlo mejor la próxima vez.

 

Algo que poca gente ve al principio es la necesidad de conciliar la vida personal y la laboral. Si se desequilibra, el emprendedor ya no rinde al 100%. En mi caso, mi familia siempre estuvo a mi lado, comprendiendo mis pasiones y a veces participando de ellas. También es muy importante el tener una fe inquebrantable en uno mismo, porque te encontrarás con mucha gente (la suegra, el director de tesis o la señora de la limpieza son excelentes ejemplos) que, en su infinita sabiduría, pretenderán saber qué es lo mejor para ti mismo. Te dirán que tienes demasiados pájaros en la cabeza, o que esto es España y no California, etc. Incluso existe un cierto fenotipo de conocido que, cual ave carroñera, espera en su percha a que tus proyectos se hundan, para soltar el proverbial “ya te lo había dicho yo”.  Es aquí donde se forja el carácter, donde, parafraseando a John Donne, uno mira al abismo y el abismo le devuelve la mirada a uno, y donde uno decide consigo mismo de qué están hechos sus sueños. Si se es capaz de seguir adelante, uno comprende de repente que le quedan una infinidad de sufrimientos, que muchas de las personas en las que más confiará le acabarán traicionando, que nadie va a compartir tu visión íntima más que tú mismo y que por ello el resto de tu vida deberás liderar al resto de tu grupo (y esta tarea es agotadora, creedme), etc. Pero nunca pierdas el norte, nunca dejes de ver el horizonte a muy largo plazo, el fracaso o el éxito diario son dos impostores, como decía Kipling en su poema “if”. Es el objetivo final lo que cuenta, eso y sentirse satisfecho con uno mismo.

 

(Antonio Molina, Agrenvec)

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