Tipos de NEBT: IX la levantadora

Enrique salió con diecisiete años de su Galicia natal para cursar Química en la Complutense, años después se trasladaría a Estados Unidos para, en sus propias palabras, aprender de los mejores, no sólo conoció los últimos avances en Biología Molecular sino que además volvió a España con la idea de que la Ciencia exigía sacrificar todo lo demás. Esta idea se vio comprometida tras la prematura muerte de su madre y la enfermedad de su padre, este último consiguió convencer a Enrique para que cursara un MBA del Instituto de Empresa, durante aquel año su grupo del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa publicó su primer Science, y Enrique tuvo que decidir entre Ciencia y todo lo demás. Conocer a Marisa, la que a la postre sería su mujer, acabó por inclinarle hacia la segunda opción. Estaba decidido, iba a crear su propia empresa, a casarse – lo que le reportaría un pequeño título nobiliario -, y también a apuntarse al gimnasio.
Enrique cambió como del día a la noche, ni sus compañeros le reconocían, y no tardaron en aparecer las envidias, lo más curioso es que de repente apareció en él una capacidad dialéctica que lo revestía de liderazgo; se sentía como Peter Parker tras ser picado por la araña, una nueva persona, y su entorno confiaba en él ciegamente. Más de una noche le fue difícil conciliar el sueño al ver las nuevas responsabilidades que su liderazgo le había dado, llegó a sentir vértigo ante el futuro, pero logro sobreponerse a ello porque su valentía y su ambición le ayudaron mucho.
Como proyecto fin de máster diseñó su propia empresa, su proyecto era tan ambicioso que provocó alguna que otra risa en el tribunal que lo evaluó, es cierto que la terapia genética sonaba a ciencia ficción, no obstante in dubio pro reo, se llevó un aprobado, y la firme convicción de que en España jamás encontraría financiación privada para su empresa. Como se había transformado en un hombre emintentemente práctico, lo primero que hizo fue buscar dinero en todos los organismos públicos que pudo, y acto seguido, hacer lo propio en todos los fondos de capital riesgo norteamericanos que se le pusieron a tiro; lo hizo con un notable éxito, de manera que llegó a sobre-financiar su empresa al punto que comenzó a invertir en otras NEBTs – nueve en la actualidad -, hoy Ernesto es uno de los más reputados levantadores de financiación, si el capital riesgo se le da bien, con las subvenciones públicas hace maravillas, también es cierto que atesora varios cargos en asociaciones y una sensacional red de contactos, y tampoco ha perdido su capacidad para rodearse de científicos mejores que él.
Hoy, nueve años después de crear su primera empresa, su gran proyecto científico sigue sin llegar al mercado pero tiene financiación garantizada para los dos próximos años; y aquí nos surgen una dicotomía: es incertidumbre o humo. Son muchas personas las que ponen todo su talento al servicio de vender humo, sin ir más allá, por esta oficina han pasado este año un proyecto que viola el Segundo Principio de la Termodinámica y otro que pretendía fabricar silicio ultrapuro en el garaje de su casa. Por contra, la I+D es, por definición, un proceso lleno de incertidumbres, además, en investigación no hay medalla de plata y de bronce como ocurre en las Olimpiadas, sólo hay oro, y para ganar el oro has de apoyarte en hombros de gigantes, sí, pero también tendrás que recorrer una senda tenebrosa por la que nadie ha pasado antes, senda que, quizás no lleve a ningún lugar.

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