Archivo de enero, 2021

La edad proporciona un “amortiguador” al impacto de la pandemia en la salud mental

Los adultos mayores están manejando el estrés de la pandemia del coronavirus mejor que los adultos más jóvenes, informando menos depresión y ansiedad a pesar de experimentar también una mayor preocupación general por la COVID-19, según un estudio publicado recientemente por investigadores de la Escuela de Enfermería de la UConn.

Esta investigación publicada en la revista Aging and Mental Health, sugiere que aunque se ha informado de una mayor angustia psicológica durante la pandemia, la vejez puede ofrecer un “amortiguador” contra los sentimientos negativos provocados por el impacto del virus.

Este estudio centrado en las personas mayores frente a los adultos más jóvenes, es parte de un macroestudio mayor realizado en Estados Unidos de un año de duración, sobre cómo cambia el comportamiento y las actitudes sociales, y qué factores influyen en esos cambios cuando las personas se enfrentan a la amenaza de una pandemia como la actual. El estudio está rastreando el bienestar, los sentimientos y el comportamiento de aproximadamente 1.000 individuos.

Según los investigadores, en promedio, los adultos mayores tienden a mostrar un mejor bienestar emocionalun estado de ánimo más positivo y más satisfacción con la vida que los adultos más jóvenes. Por eso, los investigadores querían analizar esta situación, con respecto al coronavirus, porque es contradictorio con el hecho de que estos tienen más probabilidades de tener complicaciones graves al padecer la COVID-19.

Si bien los investigadores encontraron una correlación positiva significativa entre la probabilidad de contraer la COVID-19 y los sentimientos de ansiedad en los encuestados del estudio entre las edades de 18 y 49, esa correlación no era tan fuerte para los participantes mayores. El hallazgo, escriben los investigadores, se alinea con otras investigaciones que muestran un mejor manejo emocional del estrés durante la vejez.

El estudio de los datos recopilados, parece mostrar una especie de amortiguación a esta edad en adultos mayores en la que, a pesar de que produce importantes preocupaciones sobre la pandemia, sin embargo no mostraban tasas más altas de ansiedad o depresión respectos a los adultos más jóvenes. Los datos sugieren que los adultos mayores pueden regular mejor sus emociones y afrontar mejor todo el estrés y la incertidumbre en este momento.

Las personas mayores parecen optar por centrarse más en los aspectos positivos del momento actual, escriben los investigadores, pero los riesgos del virus no parecen pasar desapercibidos para ellos. La edad avanzada se relacionó con una mayor preocupación por la COVID-19 y una mayor probabilidad percibida de morir si contraían la enfermedad.

Según los investigadores, los hallazgos presentan una oportunidad para que los legisladores y los responsables de salud pública aprendan de las formas en que los adultos mayores manejan el estrés y lidian con circunstancias inusuales para fomentar estrategias positivas de salud mental y conductual para otros grupos de población. Potencialmente, las prácticas o ejercicios de atención plena que se enfocan en el momento presente, en lugar de enfocarse en el futuro o preocuparse por el pasado, pueden ayudar a apoyar la salud mental de la sociedad. Sin embargo estos hallazgos no disminuyen la necesidad de apoyar a los adultos mayores para asegurarse que están manejando bien esta situación tan excepcional, ya que los adultos mayores todavía experimentan depresión y ansiedad, y no es que no se estén produciendo estas situaciones, sino que se percibe con menos intensidad que en el caso de los adultos más jóvenes.

Pero los investigadores también advirtieron que percibir un mayor riesgo de infección por la COVID-19 generalmente predice un mayor compromiso con los comportamientos de salud preventivos y que, si los adultos mayores perciben un bajo riesgo de infección, es menos probable que sigan las pautas de comportamiento destinadas a limitar la exposición potencial.

Hay que recordar que el estudio se centra en la sociedad norteamericana, por lo que hay que tener especial precaución con trasladar estas mismas conclusiones a nuestra sociedad.

Referencia: Jenna M. Wilson, Jerin Lee, Natalie J. Shook. COVID-19 worries and mental health: the moderating effect of ageAging & Mental Health, 2020; 1 DOI: 10.1080/13607863.2020.1856778

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El pensamiento positivo puede favorecer un envejecimiento saludable

Las personas que son capaces de proyectar su pensamiento de manera positiva en el futuro para verse como una persona saludable y con un proyecto vital al llegar a la edad adulta, es mucho más probable que experimenten ese resultado. La forma en que pensamos acerca de quiénes seremos en la vejez, es muy predictiva de cómo seremos aproximadamente, según muestra un estudio reciente de la Universidad Estatal de Oregón.

Estudios previos sobre el envejecimiento han encontrado que la forma en que las personas pensaban sobre sí mismas a los 50 años, podría predecir un alto porcentaje de casos sobre su estado de salud futura incluso hasta 40 años después, pudiéndose observar ese efecto tanto en eventos cardiovasculares, memoria, equilibrio, voluntad de vivir, hospitalizaciones, incluso en la propia mortalidad. Estas investigaciones han mostrado que las personas que tienen una visión positiva del envejecimiento a los 50 años viven de media hasta 7,5 años más, que las personas que no tienen esta predisposición.

Debido a que, en todas estas investigaciones previas, la autopercepción del envejecimiento se ha mostrado relacionada con muchos de los resultados de salud que se han podido seguir en el tiempo, los investigadores se propusieron en este estudio intentar comprender en qué influyen esas percepciones. Su estudio analizó específicamente la influencia de dos factores: la autopercepción como la capacidad percibida de una persona para convertirse en la persona que quiere ser en el futuro, y el optimismo como rasgo general de la personalidad.

Los investigadores midieron estos rasgos de la personalidad de los participantes mediante encuestas, pidiendo a los encuestados que comentaran en qué medida estaban de acuerdo o en desacuerdo con distintas afirmaciones. Los resultados mostraron que, como se predijo, un mayor optimismo se asoció con una autopercepción más positiva del envejecimiento, observando una correlación con su estado de salud futura.

Según los investigadores, un factor importante en la forma en que las personas se ven a sí mismas en el proceso de envejecimiento, es interiorizar los estereotipos de edad. Ejemplos de estos estereotipos incluyen la suposición de que los adultos mayores son malos conductores, o sufren problemas de memoria o ya no pueden realizar actividad física, etc. Según los investigadores, hasta los niños más pequeños ya tienen estereotipos negativos sobre las personas mayores, así que es probable que, si una persona tiene la suerte de vivir hasta la vejez y cree en esos estereotipos, es posible que se cumplan en esa persona.

Fomentar estos estereotipos pueden generar patrones de pensamiento que causan un daño real en el proceso de envejecimiento, según los investigadores. Lo que implicaría que las consecuencias negativas para la salud en la edad adulta, podrían no estar motivadas solamente desde el perfil biológico, ya que la mente y el cuerpo están completamente interrelacionados. Si una persona cree que esos pensamientos negativos van a suceder, con el tiempo, eso puede erosionar la voluntad de las personas o tal vez incluso eventualmente su capacidad para mantener unos hábitos saludables.

Una forma de mitigar esos estereotipos negativos sobre el envejecimiento sería fomentar las relaciones intergeneracionales, para que los más jóvenes puedan ver a los adultos mayores disfrutando de una vida feliz y saludable. Cuanto más estás rodeado de personas mayores, más te das cuenta de que no todo es malo. Aumentar las oportunidades para las relaciones intergeneracionales es una forma en que podríamos, como sociedad, hacer que las personas sean más optimistas sobre el envejecimiento.

Referencia: Shelbie G. Turner, Karen Hooker. Are Thoughts About the Future Associated With Perceptions in the Present?: Optimism, Possible Selves, and Self-Perceptions of AgingThe International Journal of Aging and Human Development, 2020; 009141502098188 DOI: 10.1177/0091415020981883

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Reconocernos en la población que somos (Reflexión de la investigadora Dolores Puga-CSIC)

“Cuanto antes asumamos que no volveremos a ser las poblaciones jóvenes y crecientes del pasado, antes podremos abordar la transformación de nuestros modelos de bienestar”. Esta es una de las principales reflexiones que la investigadora Dolores Puga (científica titular en el Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC) plantea en su artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC), en el que se afirma que la pandemia de la COVID-19 ha hecho patente la necesidad de transformar nuestros modelos asistenciales para ajustarlos a la realidad de la población envejecida de nuestra sociedad actual.

En el artículo se expone cómo la pandemia nos ha abierto los ojos a la realidad que han mostrado nuestros sistemas de cuidados de larga duración, constatando las dificultades de prevención y atención que se han podido observar durante estos meses del 2020.

Para contextualizar la situación, el artículo realiza un repaso de la evolución demográfica que ha tenido lugar en el último siglo y medio y que ha propiciado una transformación de la estructura poblacional sin precedentes, motivada por una disminución progresiva de la mortalidad a todas las edades y por el hecho de que “la longevidad humana esté aumentando a un ritmo de tres meses cada año”. Todo ello nos convierte en una población “con individuos de más edad y de más edades, en una población más compleja”. Según la Dra. Puga, debemos reconocernos en la población que somos y asumirlo lo antes posible para poder ponernos “manos a la obra” y adaptar nuestros modelos de bienestar a “las nuevas hechuras de una población envejecida”.

El artículo expone que la pandemia actual, igual que lo hicieron otras anteriores o los conflictos bélicos, dejará una huella temporal en los indicadores de supervivencia de la población (como es la esperanza de vida) durante algunos años, pero difícilmente modificará la tendencia a largo plazo en el cambio demográfico que se viene observando en el último siglo y medio. Este envejecimiento demográfico ha traído consigo un cambio en la estructura por edades de nuestras poblaciones, “incorporando nuevas edades al curso de vida colectivo” y convirtiéndonos en poblaciones más plurales y complejas, por lo que nuestro sistema de bienestar ya no se ajusta bien a esta nueva realidad, al haber sido diseñado con una estructura poblacional distinta.

Según la autora, en el debate público a menudo “se ha identificado el envejecimiento como una amenaza”, lo que ha favorecido la generación de una falsa idea de que el envejecimiento es el paso previo a la extinción y por tanto el empecinamiento, como sociedad, en intentar volver a ser poblaciones jóvenes y en buscar maneras de revertir lo irreversible. Esto ha dificultado abordar una readaptación del sistema de bienestar que nos hubiera dado mayor capacidad de enfrentar con mejor éxito esta nueva epidemia global.

Este nuevo escenario nos plantea el reto de un notable aumento de la población mayor con problemas crónicos, lo que hace necesario “transformar el actual modelo asistencial (…), un modelo centrado en el rescate, en lo agudo, en atender el episodio”, por otro que intente anticiparse para poder segmentar y predecir qué personas tendrán mayores necesidades ante un determinado riesgo como el actual y que nos permita evolucionar desde un enfoque reactivo y curativo hacia un enfoque preventivo centrado en la salud y no en la enfermedad.

En cuanto a los cuidados de larga duración, la Dra. Puga destaca el papel fundamental que tienen estos en el diseño de los sistemas de bienestar. En el caso español, se caracteriza por ir especialmente dirigido a los niveles más altos de dependencia y que en muchos casos requiere la asistencia familiar. Este modelo, según las reflexiones del artículo, debe ser adaptado para poner el acento en “las necesidades de las personas y en el cuidado en la comunidad”, para priorizar la autonomía residencial y para entender que los cuidados en instituciones deberían ser “el último eslabón en la cadena de servicios”. Es un reto que exigirá un mayor esfuerzo en servicios de prevención que combinen tecnología y apoyo personal y que permita mantener la independencia el mayor tiempo posible.

Finalmente, la Dra. Puga concluye con una reflexión sobre la baja influencia que tendrá la pandemia a largo plazo sobre el cambio de tendencia en el envejecimiento demográfico, pero llegar a “reconocernos en la población que ya somos” sería un gran aprendizaje del drama vivido en los últimos meses y una oportunidad para “mirar hacia delante y buscar sistemas nuevos para construir un mundo más seguro para todos”.

Para leer el artículo completo puede descargarse el documento PDF desde la plataforma Ágora FGCSIC

Ágora es un espacio de reflexión dirigido a la sociedad en su conjunto, en el que a través de la publicación de tribunas y artículos de divulgación se ofrece una visión fundamentada y de referencia sobre la actualidad científica y sus implicaciones económicas y sociales.

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Sangre y Riqueza…no es un título, son potenciales biomarcadores para predecir la futura discapacidad

Un nuevo estudio de investigación llevado acabo por la Escuela de Medicina de Norwich de la Universidad de East Anglia (Reino Unido), muestra cómo la salud biológica de las personas podría llegar a predecir la discapacidad y la demanda de atención médica en una ventana temporal de unos cinco años. Tan simple como un análisis de sangre en el que se miden algunos “biomarcadores” como el colesterol o la inflamación, podrían llegar a predecir la probabilidad de que una persona desarrolle alguna discapacidad.

Pero además en el proceso de investigación de esta población estudiada, los investigadores también encontraron una correlación positiva entre las personas con ingresos más altos y la probabilidades de buscar más citas con el médico de cabecera y los posteriores tratamientos ambulatorios para sus problemas médicos, en todos los tipos de uso de los servicios de salud.

Es un patrón que se repite de forma habitual en casi todas las sociedades, las personas más pobres pierden más de una década de buena salud en comparación con las más ricas. Por lo que entender mejor los vínculos entre el estatus social de las personas y su estado de salud futura, ha sido uno de los principales objetivos de esta investigación, y comprobar si los análisis de sangre podrían ser un fácil predictor de discapacidad futura y del nivel de uso de los servicios de atención médica, lo que podría ayudar, entre otros, a los planificadores de salud pública para dimensionar sus políticas de gestión o desarrollar programas de detección y prevención.

A partir de estos supuestos, los investigadores observaron los biomarcadores elevados del torrente sanguíneo relacionados con diferentes enfermedades como una medida objetiva de la salud. Estos biomarcadores pueden proporcionar mucha información sobre lo que sucede en el organismo, incluso antes de que comiencen los primeros síntomas de las enfermedades. Las pruebas de colesterol “malo” en la sangre, por ejemplo, pueden mostrar un riesgo de enfermedad cardíaca.

El grupo de investigación, ya abordó en otros proyectos anteriores cómo los biomarcadores del estrés están relacionados con la posición socioeconómica y cómo esta correlación podía revelar algunos de los mecanismos ocultos que conectan la desigualdad social con la salud.

En este caso, este proyecto estudiaba los biomarcadores sanguíneos de una muestra de población de 5.286 participantes involucrados en un gran estudio longitudinal en el Reino Unido llamado Understanding Society. A través de estos datos, los investigadores observaron aspectos como el colesterol, la función e inflamación del hígado y los riñones, la respuesta del cuerpo a las infecciones o al estrés crónico, además de medidas de obesidad, fuerza de agarre, frecuencia cardíaca en reposo, presión arterial y función pulmonar, entre otros.

Tras el análisis de todos estos datos los investigadores encontraron que las diferencias de biomarcadores subyacentes están relacionadas con la discapacidad futura y que la salud de las personas está también relacionada con la demanda futura de servicios de salud como consultas médicas y ambulatorias, así como con el tiempo que pasan posteriormente en el hospital. Otro de los hallazgo en el análisis de estos datos fue que las personas con cierto n ivel de los biomarcadores elegidos pueden desarrollar una discapacidad en cinco años, lo que resulta en un aumento de las necesidades sociales y de atención médica. Entre los biomarcadores con mayor poder predictivo de discapacidad futura se encontraron los que están asociados con la función pulmonar, la fuerza de agarre, la obesidad, la anemia, las hormonas relacionadas con el estrés y la función hepática. Y aquellos indicadores como la presión arterial y el colesterol, que son el enfoque actual de los programas de detección de salud pública, son menos útiles como predictores de discapacidad.

Los autores del estudio destacan que todos estos datos podrían ser recogidos fácilmente utilizando muestras de sangre seca (gotas de sangre total recogidas en papel de filtro de un pinchazo en el dedo) que ofrece una base mínimamente invasiva para realizar una amplia gama de análisis de sangre a bajo costo y que facilitaría enormemente desarrollar programas de detección de salud pública más avanzados.

Referencia: Apostolos Davillas, Stephen Pudney. Biomarkers, disability and health care demandEconomics & Human Biology, 2020; 39: 100929 DOI: 10.1016/j.ehb.2020.100929

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El autocontrol y reflexión durante la infancia tiende a desarrollar un envejecimiento más saludable

Como en muchos otros artículos que podemos leer sobre envejecimiento, se constata la idea de una conexión entre el desarrollo de nuestra infancia y la evolución de nuestro envejecimiento. Este es otro de esos proyectos de investigación que reafirman esta idea.

En este caso la investigación se centra en la idea de cómo el autocontrol y la reflexión durante la infancia, pueden repercutir en un desarrollo más saludable en la edad adulta. El autocontrol es la capacidad de contener los propios pensamientos, sentimientos y comportamientos, y trabajar hacia un objetivo. Es uno de los rasgos de personalidad que hace que un niño esté listo para ir al colegio. Y resulta que este rasgo también les ayuda para enfrentarse a la vida que se encontrarán.

Los datos recopilados en esta investigación científica se basan en el estudio multidisciplinar de salud y desarrollo de Dunedin, un gran estudio de investigación que ha seguido a mil personas desde su nacimiento hasta los 45 años en Nueva Zelanda. Este estudio ha sido desarrollado por un grupo de científicos de la Universidad de Michigan junto con la Universidad de Duke y que se ha publicado el 4 de enero de 2021 en Proceedings of the National Academy of Sciences, donde se determina que las personas que tenían niveles más altos de autocontrol y capacidad reflexiva durante su infancia se han convertido en adultos que envejecían más lentamente que otros compañeros del estudio a los 45 años. Para ello se han evaluado distintos indicadores psicológicos y fisiológicos, como el caracter de los niños, teniendo en cuenta también los criterios de sus padres y profesores a distintas edades. Se evaluó en los niños la impulsividad, la agresividad y otras formas de sobreactividad, perseverancia y falta de atención, entre otras. De los 26 a los 45 años, los participantes también fueron medidos en busca de signos fisiológicos del envejecimiento en varios órganos, incluido el cerebro. En todas las medidas, un mayor autocontrol y capacidad reflexiva durante la infancia se correlacionó con un envejecimiento más lento.

Los niños con mejor autocontrol tienden a ser de familias con mayor seguridad financiera y suelen tener un mayor coeficiente intelectual. Sin embargo, los hallazgos de un envejecimiento más lento a los 45 años con más autocontrol pueden separarse de su estado socioeconómico y de su coeficiente intelectual en la infancia. Sus análisis mostraron que el autocontrol fue el factor que marcó la diferencia.

En las entrevistas, el grupo evaluado con mayor autocontrol también mostró que pueden estar mejor equipados psicológicamente para manejar los desafíos de salud, financieros y sociales que se han encontrado a lo largo de su trayectoria vital. Los investigadores utilizaron entrevistas estructuradas y distintas verificaciones para evaluar la preparación ante estos retos. Los participantes con alto autocontrol infantil expresaron opiniones más positivas sobre el envejecimiento y se sintieron más satisfechos con la vida en la actualidad, ya con mediana edad.

Los investigadores también encontraron casos que habían cambiado sus niveles de autocontrol cuando eran adultos y esto también influyó en obtener mejores resultados de salud de lo que hubieran predicho las evaluaciones en su niñez. Esto podría demostrar que el autocontrol y la capacidad reflexiva también se pueden “enseñar y entrenar”. Los investigadores sugieren que una inversión social y psicológica en dicha capacitación podría mejorar la duración y la calidad de vida posterior, no solo durante la infancia, sino también quizás en la mediana edad. Existe una amplia evidencia de que cambiar los comportamientos en la mediana edad (dejar de fumar o hacer ejercicio por ejemplo) conducen a un envejecimiento más saludable, que no hacerlo en ningún momento.

Todo el mundo tememos tener un envejecimiento con enfermedades que nos impidan tener una mínima calidad de vida, envejecer en solitario o sin capacidad financiera para desarrollar las actividades que nos hacen más felices, por lo que envejecer de la forma más saludable también requiere que invirtamos en prepararnos desde lo más temprano posible, tanto en el aspecto físico como psicológico para enfrentar las posibles dificultades a lo largo de nuestra vida, pero en todo caso, nunca es tarde para ello.

Referencia: Leah S. Richmond-Rakerd, Avshalom Caspi, Antony Ambler, Tracy d’Arbeloff, Marieke de Bruine, Maxwell Elliott, HonaLee Harrington, Sean Hogan, Renate M. Houts, David Ireland, Ross Keenan, Annchen R. Knodt, Tracy R. Melzer, Sena Park, Richie Poulton, Sandhya Ramrakha, Line Jee Hartmann Rasmussen, Elizabeth Sack, Adam T. Schmidt, Maria L. Sison, Jasmin Wertz, Ahmad R. Hariri, Terrie E. Moffitt. Childhood self-control forecasts the pace of midlife aging and preparedness for old ageProceedings of the National Academy of Sciences, 2021; 118 (3): e2010211118 DOI: 10.1073/pnas.2010211118

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