‘COVID-19’

La soledad, la distancia física, el confinamiento y sus repercusiones en el bienestar de las personas mayores que viven en residencias (Reflexiones de la Profesora Sacramento Pinazo-Hernandis)

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 Las personas que enferman en un centro residencial tienen derecho a la atención sanitaria pública y gratuita por su condición de ciudadanos y no es admisible que sean privados de este derecho por su edad o por tener discapacidad o dependencia”, son algunas de las reflexiones que la Profesora Sacramento Pinazo-Hernandis (Profesora de Psicología Social en la Universidad de Valencia) plantea en su artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC).

El artículo destaca que las medidas generales de contención de la pandemia adoptadas para las personas que viven en residencias de personas mayores han evitado contagios y en cierta medida han salvado vidas, pero no siempre tuvieron en cuenta las necesidades de esta población, ya que en muchas ocasiones se han vulnerado sus derechos y se han limitado sus libertades.

La profesora Pinazo-Hernandis centra su reflexión sobre las residencias, donde la mayor edad y las comorbilidades que presentan sus usuarios han sido y son factores de riesgo de gravedad que, junto con un entorno cerrado y en estrecho contacto con otros residentes y cuidadores, favorece la transmisión. Todo esto ha hecho que los efectos de la emergencia sanitaria provocada por la COVID-19 hayan sido particularmente graves en este grupo poblacional.

Pero a pesar de mencionar los graves efectos directos de la pandemia, el artículo se centra en mayor medida en los efectos indirectos, asociados a las consecuencias producidas por el confinamiento en los residentes durante este largo y triste año.

Se ha corroborado que el aislamiento producido por el confinamiento impacta directamente en aspectos físicos, emocionales y sociales muy relevantes para la salud de las personas mayores, relacionándose con un aumento de sentimientos de soledad, miedo o desamparo y en los índices de depresión y ansiedad que se han podido observar.

Según la profesora Pinazo-Hernandis, los centros residenciales no han tenido los recursos sanitarios necesarios para hacer frente a la pandemia, ya que no son centros sanitarios ni hospitalarios. Son espacios de convivencia y las normas que regulan su creación y funcionamiento, así como las actividades que se realizan en su interior a diario, son las de un lugar de vida.

El abordaje que se ha dado al problema de la COVID-19 no siempre ha considerado suficientemente los criterios generales de mantenimiento de la autonomía y dignidad de las personas mayores. Por el contrario, algunas de las medidas que se implementaron no tuvieron en cuenta suficientemente la voluntad y la situación de las personas en los centros residenciales. La atención integral debe considerar las necesidades físicas, sensoriales, cognitivas y emocionales, evitando la discontinuidad en los cuidados en todas sus dimensiones, tengan o no relación con la propagación del virus con el fin de preservar y mantener lo mejor posible las capacidades de los usuarios de las residencias.

Finalmente, la profesora Pinazo-Hernandis, aboga por la necesidad de una estrategia de consenso nacional para el cuidado relacional y el buen trato de las personas que viven en residencias que asegure la dignidad en la última etapa de la vida, manteniendo en la medida de lo posible la voluntad manifestada por la persona mayor y el respeto.

Puede leer el artículo completo descargando el documento PDF desde la plataforma Ágora FGCSIC.


* Ágora es un espacio de reflexión dirigido a la sociedad en su conjunto, en el que a través de la publicación de tribunas y artículos de divulgación se ofrece una visión fundamentada y de referencia sobre la actualidad científica y sus implicaciones económicas y sociales.

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Uso del aprendizaje automático para encontrar tratamiento para la COVID-19 en personas mayores

Cuando se inició la pandemia de la COVID-19 a principios de 2020, los investigadores se apresuraron a intentar encontrar tratamientos eficaces, sobre todo para las personas mayores que se mostraban, a priori, como las más vulnerables. Había poco tiempo que perder, pero fabricar nuevos fármacos lleva mucho tiempo, por lo que realmente, la única opción más rápida era/es intentar reutilizar los medicamentos existentes y ya aprobados por las distintas Agencias.

Al principio de la pandemia, quedó claro que, en promedio, la COVID-19 dañaba más a los pacientes más mayores que a los más jóvenes. La hipótesis predominante es el envejecimiento del sistema inmunológico pero ahora un grupo de investigadores del campo de la biología computacional provenientes del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Ciencias de la Computación del MIT y de Harvard, sugirieren un factor adicional: uno de los principales cambios en el pulmón que ocurre con el envejecimiento es que se vuelve más rígido. El tejido pulmonar endurecido de las personas mayores muestra patrones de expresión génica diferentes que en las personas más jóvenes, incluso en respuesta a la misma señal.

Trabajos anteriores habían mostrado ya que si se estimulan las células en un sustrato más rígido con una citocina, similar a lo que hace el virus, en realidad activan diferentes genes. Esto motivó la hipótesis actual con la que ahora trabajan estos científicos, desde un enfoque integrador observando los genes tanto en las vías relacionadas con el envejecimiento como en las que se producen por la infección con el SARS-CoV-2.

Para seleccionar medicamentos aprobados y ya en el mercado, aprovecharon este nuevo enfoque, recurriendo al aprendizaje automático (ML/Deep Learning), para intentar identificar aquellos medicamentos especialmente destinados a las personas mayores y que pudieran reutilizarse. Este enfoque explicaría los cambios en la expresión génica en las células pulmonares causados tanto por la enfermedad como por el envejecimiento. Esa combinación podría permitir a los expertos buscar con mayor rapidez medicamentos para llevar a cabo pruebas clínicas en pacientes de edad avanzada, que tienden a experimentar síntomas más graves. Los investigadores señalan a la proteína RIPK1 como un objetivo prometedor  e identificaron tres fármacos aprobados que actúan sobre esta proteína.

Primero, generaron una gran lista de posibles medicamentos utilizando una técnica de aprendizaje automático llamada autocodificador (Redes Neuronales). A continuación, mapearon la red de genes y proteínas involucradas tanto en el envejecimiento como en la infección por el SARS-CoV-2. Por último, utilizaron algoritmos estadísticos para comprender la causalidad en esa red, lo que les permitió identificar genes “aguas arriba” que causaron efectos en cascada en toda la red.

En principio, los fármacos dirigidos a esos genes y proteínas deberían ser candidatos prometedores para los ensayos clínicos. Para generar una lista inicial de fármacos potenciales, el autocodificador del equipo se basó en dos conjuntos de datos clave de patrones de expresión génica. Un conjunto de datos mostró cómo la expresión en varios tipos de células respondió a una variedad de medicamentos que ya están en el mercado, y el otro mostró cómo la expresión respondió a la infección por el  virus SARS-CoV-2. El autocodificador examinó los conjuntos de datos para destacar los fármacos cuyos impactos en la expresión génica parecían contrarrestar los efectos del SARS-CoV-2. A continuación, los investigadores redujeron la lista de fármacos potenciales centrándose en las vías genéticas clave. Mapearon las interacciones de las proteínas involucradas en el envejecimiento y las vías de infección por el SARS-CoV-2. Luego identificaron áreas de superposición entre los dos mapas. Ese esfuerzo identificó la red de expresión génica precisa a la que un fármaco debería dirigirse para combatir la COVID-19 en pacientes mayores.

El equipo utilizó algoritmos que infieren causalidad en sistemas interactivos para convertir su red no dirigida en una red causal. La red causal final identificó a RIPK1 como un gen/proteína diana para posibles fármacos contra la COVID-19, estos medicamentos habían sido ya aprobados para su uso en cáncer. Otros medicamentos que también se identificaron, como la Ribavirina y el Quinapril, ya se encuentran en ensayos clínicos para tratamiento de la COVID-19.

Hay que destacar que antes de que cualquiera de los medicamentos identificados pueda aprobarse para su uso reutilizado en pacientes mayores, se necesitan pruebas clínicas para determinar su eficacia. Si bien este estudio en particular se centró en la COVID-19, los investigadores mencionan que la plataforma generada a partir de estas investigaciones podría aplicarse de manera más general para otras infecciones o enfermedades.

La investigación se ha publicado en la revista Nature Communications.

Referencia: Anastasiya Belyaeva, Louis Cammarata, Adityanarayanan Radhakrishnan, Chandler Squires, Karren Dai Yang, G. V. Shivashankar, Caroline Uhler. Causal network models of SARS-CoV-2 expression and aging to identify candidates for drug repurposingNature Communications, Feb. 15, 2021; DOI: 10.1038/s41467-021-21056-z

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Las personas con alto nivel de fragilidad y con la COVID-19, presentan mayor mortalidad

El estado de fragilidad es un síndrome clínico-biológico caracterizado por una disminución de la resistencia y de las reservas fisiológicas del adulto mayor ante situaciones estresantes, a consecuencia del acumulativo desgaste de los sistemas fisiológicos, causando mayor riesgo de sufrir efectos adversos para la salud. El riesgo de fragilidad aumenta a medida que envejecemos, pero también puede desarrollarse a diferentes edades[2].

Ahora un nuevo estudio desarrollado por la red de investigación del Geriatric Medicine Research Collaborative (GeMRC), cuya investigadora principal (Dra.Carly Welch) pertenece a la Universidad de Birmingham, ha revelado por primera vez hasta qué punto la fragilidad aumenta el riesgo de mortalidad en pacientes con la COVID-19. El estudio de observación clínica publicado este febrero de 2021 en la revista Age and Aging, se realizó con 5.711 pacientes infectados con la COVID-19, en 55 hospitales de 12 países diferentes, y en el que se pudo observar que las personas con alto nivel de fragilidad presentaban hasta tres veces más probabilidades de mortalidad que aquellas que no lo eran, incluso teniendo en cuenta su edad. También se observó que aquellos con fragilidad severa que sobrevivieron al virus tenían siete veces más probabilidades de necesitar más atención en su hogar o residencia.

No todas las personas mayores son iguales, todos envejecemos de maneras diferentes, algunas personas pueden vivir hasta bien entrados los 90 años sin desarrollar fragilidad, o incluso puede desarrollarse sin la presencia de otras afecciones a largo plazo. Según los investigadores, ahora existe mayor evidencia que muestra el aumento del riesgo en aquellos perfiles de población mayor, con alta fragilidad y/o condiciones de salud subyacentes y que padecen la COVID-19. Los hallazgos del estudio podrían demostrar que no solo la edad avanzada sino también la fragilidad, independientemente entre sí, aumentando el riesgo de muerte por la COVID-19 y también una mayor necesidad de atención para los que consiguen vencer el virus.

Los investigadores  de la red GeMRC, esperan que los hallazgos de la investigación influyan en las políticas de salud pública, incluidas las recomendaciones para priorizar la vacunación destinadas a aquellas personas con mayor fragilidad, independientemente de la edad. La investigación puede ayudar a disponer de una mayor comprensión de la fragilidad como algo que ocurre por separado de la edad, y que podría tener una consideración más importante, junto con la edad, en las políticas de salud pública tanto dentro como fuera de los hospitales.

Sin duda una mayor comprensión de la fragilidad entre el público en general, permitiría una óptima comunicación entre los gestores de políticas de salud, médicos, pacientes y sus familiares o cuidadores.

Referencias:

1.Red de investigadores del GeMRC. Age and frailty are independently associated with increased COVID-19 mortality and increased care needs in survivors: results of an international multi-centre studyAge and Ageing, 2021; DOI: 10.1093/ageing/afab026

2. Lluis Ramos, Guido Emilio y Llibre Rodríguez, Juan de Jesús. Fragilidad en el adulto mayor: Un primer acercamiento. Rev Cubana Med Gen Integr [online]. 2004, vol.20, n.4. ISSN 0864-2125.

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La edad proporciona un “amortiguador” al impacto de la pandemia en la salud mental

Los adultos mayores están manejando el estrés de la pandemia del coronavirus mejor que los adultos más jóvenes, informando menos depresión y ansiedad a pesar de experimentar también una mayor preocupación general por la COVID-19, según un estudio publicado recientemente por investigadores de la Escuela de Enfermería de la UConn.

Esta investigación publicada en la revista Aging and Mental Health, sugiere que aunque se ha informado de una mayor angustia psicológica durante la pandemia, la vejez puede ofrecer un “amortiguador” contra los sentimientos negativos provocados por el impacto del virus.

Este estudio centrado en las personas mayores frente a los adultos más jóvenes, es parte de un macroestudio mayor realizado en Estados Unidos de un año de duración, sobre cómo cambia el comportamiento y las actitudes sociales, y qué factores influyen en esos cambios cuando las personas se enfrentan a la amenaza de una pandemia como la actual. El estudio está rastreando el bienestar, los sentimientos y el comportamiento de aproximadamente 1.000 individuos.

Según los investigadores, en promedio, los adultos mayores tienden a mostrar un mejor bienestar emocionalun estado de ánimo más positivo y más satisfacción con la vida que los adultos más jóvenes. Por eso, los investigadores querían analizar esta situación, con respecto al coronavirus, porque es contradictorio con el hecho de que estos tienen más probabilidades de tener complicaciones graves al padecer la COVID-19.

Si bien los investigadores encontraron una correlación positiva significativa entre la probabilidad de contraer la COVID-19 y los sentimientos de ansiedad en los encuestados del estudio entre las edades de 18 y 49, esa correlación no era tan fuerte para los participantes mayores. El hallazgo, escriben los investigadores, se alinea con otras investigaciones que muestran un mejor manejo emocional del estrés durante la vejez.

El estudio de los datos recopilados, parece mostrar una especie de amortiguación a esta edad en adultos mayores en la que, a pesar de que produce importantes preocupaciones sobre la pandemia, sin embargo no mostraban tasas más altas de ansiedad o depresión respectos a los adultos más jóvenes. Los datos sugieren que los adultos mayores pueden regular mejor sus emociones y afrontar mejor todo el estrés y la incertidumbre en este momento.

Las personas mayores parecen optar por centrarse más en los aspectos positivos del momento actual, escriben los investigadores, pero los riesgos del virus no parecen pasar desapercibidos para ellos. La edad avanzada se relacionó con una mayor preocupación por la COVID-19 y una mayor probabilidad percibida de morir si contraían la enfermedad.

Según los investigadores, los hallazgos presentan una oportunidad para que los legisladores y los responsables de salud pública aprendan de las formas en que los adultos mayores manejan el estrés y lidian con circunstancias inusuales para fomentar estrategias positivas de salud mental y conductual para otros grupos de población. Potencialmente, las prácticas o ejercicios de atención plena que se enfocan en el momento presente, en lugar de enfocarse en el futuro o preocuparse por el pasado, pueden ayudar a apoyar la salud mental de la sociedad. Sin embargo estos hallazgos no disminuyen la necesidad de apoyar a los adultos mayores para asegurarse que están manejando bien esta situación tan excepcional, ya que los adultos mayores todavía experimentan depresión y ansiedad, y no es que no se estén produciendo estas situaciones, sino que se percibe con menos intensidad que en el caso de los adultos más jóvenes.

Pero los investigadores también advirtieron que percibir un mayor riesgo de infección por la COVID-19 generalmente predice un mayor compromiso con los comportamientos de salud preventivos y que, si los adultos mayores perciben un bajo riesgo de infección, es menos probable que sigan las pautas de comportamiento destinadas a limitar la exposición potencial.

Hay que recordar que el estudio se centra en la sociedad norteamericana, por lo que hay que tener especial precaución con trasladar estas mismas conclusiones a nuestra sociedad.

Referencia: Jenna M. Wilson, Jerin Lee, Natalie J. Shook. COVID-19 worries and mental health: the moderating effect of ageAging & Mental Health, 2020; 1 DOI: 10.1080/13607863.2020.1856778

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Reconocernos en la población que somos (Reflexión de la investigadora Dolores Puga-CSIC)

“Cuanto antes asumamos que no volveremos a ser las poblaciones jóvenes y crecientes del pasado, antes podremos abordar la transformación de nuestros modelos de bienestar”. Esta es una de las principales reflexiones que la investigadora Dolores Puga (científica titular en el Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC) plantea en su artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC), en el que se afirma que la pandemia de la COVID-19 ha hecho patente la necesidad de transformar nuestros modelos asistenciales para ajustarlos a la realidad de la población envejecida de nuestra sociedad actual.

En el artículo se expone cómo la pandemia nos ha abierto los ojos a la realidad que han mostrado nuestros sistemas de cuidados de larga duración, constatando las dificultades de prevención y atención que se han podido observar durante estos meses del 2020.

Para contextualizar la situación, el artículo realiza un repaso de la evolución demográfica que ha tenido lugar en el último siglo y medio y que ha propiciado una transformación de la estructura poblacional sin precedentes, motivada por una disminución progresiva de la mortalidad a todas las edades y por el hecho de que “la longevidad humana esté aumentando a un ritmo de tres meses cada año”. Todo ello nos convierte en una población “con individuos de más edad y de más edades, en una población más compleja”. Según la Dra. Puga, debemos reconocernos en la población que somos y asumirlo lo antes posible para poder ponernos “manos a la obra” y adaptar nuestros modelos de bienestar a “las nuevas hechuras de una población envejecida”.

El artículo expone que la pandemia actual, igual que lo hicieron otras anteriores o los conflictos bélicos, dejará una huella temporal en los indicadores de supervivencia de la población (como es la esperanza de vida) durante algunos años, pero difícilmente modificará la tendencia a largo plazo en el cambio demográfico que se viene observando en el último siglo y medio. Este envejecimiento demográfico ha traído consigo un cambio en la estructura por edades de nuestras poblaciones, “incorporando nuevas edades al curso de vida colectivo” y convirtiéndonos en poblaciones más plurales y complejas, por lo que nuestro sistema de bienestar ya no se ajusta bien a esta nueva realidad, al haber sido diseñado con una estructura poblacional distinta.

Según la autora, en el debate público a menudo “se ha identificado el envejecimiento como una amenaza”, lo que ha favorecido la generación de una falsa idea de que el envejecimiento es el paso previo a la extinción y por tanto el empecinamiento, como sociedad, en intentar volver a ser poblaciones jóvenes y en buscar maneras de revertir lo irreversible. Esto ha dificultado abordar una readaptación del sistema de bienestar que nos hubiera dado mayor capacidad de enfrentar con mejor éxito esta nueva epidemia global.

Este nuevo escenario nos plantea el reto de un notable aumento de la población mayor con problemas crónicos, lo que hace necesario “transformar el actual modelo asistencial (…), un modelo centrado en el rescate, en lo agudo, en atender el episodio”, por otro que intente anticiparse para poder segmentar y predecir qué personas tendrán mayores necesidades ante un determinado riesgo como el actual y que nos permita evolucionar desde un enfoque reactivo y curativo hacia un enfoque preventivo centrado en la salud y no en la enfermedad.

En cuanto a los cuidados de larga duración, la Dra. Puga destaca el papel fundamental que tienen estos en el diseño de los sistemas de bienestar. En el caso español, se caracteriza por ir especialmente dirigido a los niveles más altos de dependencia y que en muchos casos requiere la asistencia familiar. Este modelo, según las reflexiones del artículo, debe ser adaptado para poner el acento en “las necesidades de las personas y en el cuidado en la comunidad”, para priorizar la autonomía residencial y para entender que los cuidados en instituciones deberían ser “el último eslabón en la cadena de servicios”. Es un reto que exigirá un mayor esfuerzo en servicios de prevención que combinen tecnología y apoyo personal y que permita mantener la independencia el mayor tiempo posible.

Finalmente, la Dra. Puga concluye con una reflexión sobre la baja influencia que tendrá la pandemia a largo plazo sobre el cambio de tendencia en el envejecimiento demográfico, pero llegar a “reconocernos en la población que ya somos” sería un gran aprendizaje del drama vivido en los últimos meses y una oportunidad para “mirar hacia delante y buscar sistemas nuevos para construir un mundo más seguro para todos”.

Para leer el artículo completo puede descargarse el documento PDF desde la plataforma Ágora FGCSIC

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Los cuidados de larga duración y la epidemia de la COVID-19: apuntes para la reflexión

Las formas actuales de entender la vejez y los cuidados muestran claros márgenes de mejora en nuestra sociedad. Esta es alguna de las reflexiones que el investigador Javier Yanguas (Director científico del Programa de Mayores de la Fundación “la Caixa”) presenta en el artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC) donde se analiza el ámbito de los cuidados de larga duración y propone una nueva manera de entenderlos, convirtiéndolos en un eje vertebrador de la sociedad y en una prioridad máxima en la construcción de un futuro colectivo.

Según el investigador, se calcula que unas 20.000 personas aproximadamente han muerto en las residencias para personas mayores en España a finales de agosto del 2020 (informe del Canadian Institute for Health Information), siendo España el segundo Estado con mayor porcentaje de fallecimientos en centros de cuidados de larga duración con respecto al total de fallecimientos relacionados con la enfermedad de la COVID-19 (66%), cuando la media para el conjunto de países es del 42%.

A pesar de la gravedad de los datos, el drama es aún difícil de dimensionar ya que hay un gran desconocimiento de lo que ha ocurrido en el caso de los domicilios de las personas mayores que viven solas (casi cinco millones en España).

Todos estos datos acompañan a las reflexiones que aborda Javier Yaguas, en el que pone el acento sobre la prioridad de revisar los cuidados de larga duración, un ámbito con déficits muy relevantes y especialmente sacudido por la COVID-19.

Bases para un nuevo modelo de cuidados

Este artículo presenta tanto un análisis como diversas propuestas de cambio del modelo de cuidados que se relacionan con tres categorías diferentes: por un lado, transformaciones en los modos de entender la vejez y estrategias relativas al rol del cuidado en nuestra sociedad; por otro, diversos enfoques alternativos sobre nuevos servicios y provisión de los cuidados; y finalmente, un abordaje de las nuevas formas de cuidado que demandan los cuidadores.

En lo relativo a las estrategias sobre el cuidado, Javier Yanguas reflexiona sobre la necesidad de que estos se transformen en el eje vertebrador de nuestra sociedad, en una prioridad máxima en la construcción de nuestro futuro colectivo, integrando más y mejor autonomía y dependencia y asumiendo que la vulnerabilidad, que forma parte de toda nuestra vida, también está presente, y de una manera más “explicita”, durante el proceso de envejecimiento. Según el investigador, “es recomendable normalizar los modelos asistenciales donde la vejez también es vulnerabilidad y, quizá para muchas personas, por desgracia, dependencia” y superar los modelos que se centran solo en la autonomía.

Javier Yanguas profundiza en la idea de los “cuidados de proximidad”, desde la convicción de que las personas mayores prefieren vivir y envejecer en su casa (o como en su casa) y afirma que es necesario desarrollar nuevos e innovadores servicios y profesiones, centrando el domicilio particular como la pieza básica de nuestro entorno, redefiniendo y mejorando el conjunto de apoyos y servicios de atención domiciliaria. Según el autor, se debe repensar el modelo residencial de largos pasillos llenos de habitaciones a ambos lados, que parten de un núcleo central donde están los “espacios comunes”, y en los que la vida, en términos de proyecto personal, es muy difícil. A diferencia de ese modelo, el autor defiende la necesidad de apartamentos y pisos “con tu nombre en la puerta”, preparados para vivir y recibir ayuda, y en los que los servicios se adaptan a las personas y no las personas a los servicios.

Otro de los temas que se abordan, es el de los cuidadores profesionales, insistiendo en la necesidad de crear nuevas profesiones de la mano de la formación profesional, haciendo atractivo el sector y reconociendo la labor de estos profesionales con sueldos dignos, alta capacitación y, por supuesto, una mayor exigencia y responsabilidad profesional.

Asimismo, se pone el foco en el papel de las Administraciones públicas sobre los cuidados de larga duración. La crisis de la COVID-19 ha dejado patente una falta de control de lo “público”, no solo proveyendo de estos servicios, sino asumiendo la responsabilidad en el control y supervisión de lo que sucede con los ciudadanos más vulnerables, exigiendo cambios que mejoren la calidad de la atención, en especial en el sector residencial.

Finalmente, el artículo destaca el papel de los cuidados familiares o informales, donde se están produciendo importantes transformaciones que tienen que ver con las aspiraciones de los cuidadores para poder compatibilizar cuidados y vida personal. Para ello resulta pertinente plantear y desarrollar nuevas formas de conciliación de vida laboral y familiar, sin las cuales “el cuidado no puede tener un futuro esperanzador“.

Concluye el autor, remarcando la idea de la necesidad de convertir el cuidado en un elemento clave de la sociedad, “como lo es la lucha contra el cambio climático, porque de ello depende el futuro de la cohesión social”.

Para consultar el artículo completo, visite la plataforma Ágora (FGCSIC)

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¿Puede la vitamina C reducir la incidencia de la COVID-19 en personas mayores?

Las dosis altas de vitamina C en estudios para tratar la COVID-19 pueden beneficiar a algunas poblaciones, pero los investigadores que exploran su potencial en el envejecimiento dicen que los factores clave en la efectividad incluyen los niveles del transportador natural necesario para que la vitamina entre en las células.

La edad, la raza, el sexo, así como los niveles de expresión y las variaciones genéticas de esos transportadores de vitamina C que los hacen menos eficientes, pueden ser los factores claves de la efectividad del uso de la vitamina C contra la COVID-19, según un grupo de investigadores del Georgia Center for Healthy Aging en un artículo publicado en la revista Aging and Disease.

La falta de inmunidad contra el coronavirus ha impulsado una búsqueda mundial de tratamientos efectivos contra la COVID-19, muchas de estas estrategias dirigidas a reutilizar medicamentos con perfiles de seguridad conocidos, incluida la vitamina C, para conseguir un refuerzo del sistema inmunológico y de la capacidad antioxidante del organismo, lo que ha convertido a este componente en una potencial opción lógica para explorar en el caso de la COVID-19. Ambas estrategias son necesarias en respuesta a la infección con el nuevo coronavirus para asegurar una fuerte respuesta inmune para evitar que el virus se replique en el cuerpo y al mismo tiempo evitar la respuesta inmune excesiva y destructiva que el propio virus puede generar.

Hay al menos 30 ensayos clínicos en curso en los que la vitamina C, sola o en combinación con otros tratamientos, se está evaluando frente a la COVID-19, algunos con dosis hasta 10 veces superiores a los 65 a 90 miligramos diarios recomendados de vitamina C.

Uno de los factores claves es determinar si la vitamina C puede ingresar o no a la célula, lo que probablemente determinará la efectividad de este tipo de terapias experimentales. De hecho, sin los transportadores adecuados en la superficie de una célula para que la vitamina soluble en agua traspase la capa lipídica de las membranas celulares, las dosis particularmente grandes pueden provocar efectos adversos al permitir que la vitamina se agrupe alrededor del exterior de las células donde puede favorecer el incremento de especies reactivas del oxígeno dañino, en lugar de ayudar a eliminar esos radicales libres, peróxidos, etc.

Los investigadores sospechan que la baja o alta expresión del transportador es un factor en la variedad de la eficacia obtenida en el uso de vitamina C en los diferentes ensayos clínicos en diferentes enfermedades. Por ejemplo aplicado a la osteoartritis, una enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunológico mal dirigido ataca las articulaciones, han obtenido resultados poco concluyentes. Sin embargo, su uso en otros problemas inducidos por virus, como la sepsis potencialmente mortal, ha demostrado ser beneficioso para reducir la insuficiencia orgánica y mejorar la función pulmonar en el síndrome de dificultad respiratoria aguda, que también es una de las principales causas de enfermedad y muerte por la COVID-19.

Según estos investigadores, parte de la paradoja y la preocupación con la COVID-19 es que quienes están en mayor riesgo por edad u otras afecciones previas, tienen en su mayoría niveles más bajos de vitamina C antes de enfermarse y menos transportadores para permitir que la vitamina sea beneficiosa si se aumenta su nivel de ingesta. Destaca el hecho de que los niveles de transportadores se reducen con la edad y pueden ser un factor en la reducción de la función inmunológica que también suele acompañar al envejecimiento. Eso significa que incluso cuando tanto un joven de 20 años como una persona de 60, ambos con una dieta saludable en la que consumen cantidades similares y suficientes de vitamina C, la vitamina es menos eficaz para estimular la respuesta inmunitaria en el caso del individuo más mayor, lo que está en línea con el hecho de que la función inmunológica reducida en las personas mayores las pone en mayor riesgo de problemas más graves al padecer la COVID-19.

Los niveles bajos de vitamina C también se han correlacionado con un aumento de la mortalidad en personas mayores por causas como enfermedades cardiovasculares. El estrés oxidativo alto, un factor importante en afecciones como las enfermedades cardiovasculares, así como el envejecimiento y ahora la COVID-19, también se asocia con una expresión significativamente reducida del transportador de vitamina C.

Los investigadores también señalan que los pacientes pueden desarrollar una deficiencia más acelerada de vitamina C durante el propio curso de la COVID-19, ya que, durante una infección activa, la vitamina C se consume a un ritmo más rápido. Los niveles insuficientes pueden aumentar el daño causado por una respuesta inmune excesiva.

Si bien no se hace de forma rutinaria, la expresión del transportador se puede medir en la actualidad mediante la conocida y tan escuchada tecnología de la PCR, un método que también se usa para la detección del nuevo coronavirus y la gripe. Si bien el aumento de la expresión del transportador aún no es factible en humanos, uno de los muchos objetivos de investigación de este grupo de científicos es encontrar un fármaco u otro método para aumentar directamente la expresión de este transportador, lo que debería mejorar la salud de las personas mayores, así como de las personas con otras afecciones médicas que pueden comprometer esos niveles de vitamina C disponible.

Conocido todo esto, los investigadores dudan de que tomar mucha vitamina C sea una buena estrategia preventiva contra la COVID-19, excepto en aquellos individuos con una deficiencia conocida y diagnosticada por su médico.

Finalmente destacar que la vitamina C es una vitamina esencial, lo que significa que la mejor manera de consumirla es con una dieta variada y saludableLos alimentos con alto contenido de vitamina C son las naranjas, las patatas, los tomates, el brócoli y las coles de Bruselas, entre otros.

Referencia: Gregory Patterson, Carlos M. Isales, Sadanand Fulzele. Low level of Vitamin C and dysregulation of Vitamin C transporter might be involved in the severity of COVID-19 InfectionAging and Disease, 2020; DOI: 10.14336/AD.2020.0918

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La edad es uno de los factores que aumentan el riesgo de accidente cerebrovascular entre los pacientes con la COVID-19

Tristemente la COVID-19 sigue siendo un tema candente en estos tiempos, siendo una pandemia mundial que afecta a millones de personas en todo el mundo. En muchos casos, los síntomas incluyen fiebre, tos seca persistente y dificultad para respirar, y pueden provocar niveles bajos de oxígenación en sangre. Sin embargo, la infección puede causar enfermedades en otros órganos, incluido el cerebro, y en casos más graves puede provocar un derrame  y una hemorragia cerebral.

Un equipo de científicos del Grupo de Investigación de Accidentes Cerebrovasculares de la Universidad de Cambridge ha llevado a cabo un metanálisis sobre el vínculo entre la COVID-19 y el accidente cerebrovascular. Mediante este enfoque de análisis de datos y estudios realizados, a menudo contradictorios o con poca relevancia, para extraer conclusiones más sólidas, se cubrieron 61 estudios, que en total hacían un seguimiento de más de 100.000 pacientes ingresados en el hospital y diagnosticados con la COVID-19. Los resultados de su estudio se han publicado en la revista International Journal of Stroke .

Los investigadores encontraron que el accidente cerebrovascular se produjo en 14 de cada 1.000 casos. La manifestación más común fue el ictus isquémico agudo, que se presentó en poco más de 12 de cada 1.000 casos. La hemorragia cerebral fue menos común, ocurriendo en 1,6 de cada 1.000 casos. La mayoría de los pacientes habían ingresado con síntomas de la COVID-19 y el accidente cerebrovascular se produjo unos días después.

La edad fue uno de los principales factores de riesgo, y los pacientes con la COVID-19 que desarrollaron un accidente cerebrovascular eran en promedio de 4,8 años mayores que los que no lo hicieron. Por otro lado, los pacientes que experimentaron un accidente cerebrovascular eran en promedio de 6 años más jóvenes que los pacientes con accidente cerebrovascular sin la COVID-19. No hubo diferencias de sexo ni diferencias significativas en las tasas de fumadores frente a no fumadores.

Las condiciones de salud preexistentes también aumentaron el riesgo de accidente cerebrovascular. Los pacientes con presión arterial alta tenían más probabilidades de sufrir un accidente cerebrovascular que los pacientes con presión arterial normal, mientras que tanto la diabetes, como enfermedades relacionadas con las arterias coronarias, también aumentaban el riesgo. Los pacientes que tenían una infección más grave tras infectarse del virus SARSCoV2, también tenían más probabilidades de sufrir un accidente cerebrovascular.

Los investigadores encontraron que los accidentes cerebrovasculares asociados con la COVID-19 a menudo seguían un patrón característico, con un accidente cerebrovascular causado por el bloqueo de una arteria cerebral grande y las imágenes del cerebro que mostraban accidentes cerebrovasculares en más de una localización arterial cerebral. Según los investigadores, este patrón sugiere que la trombosis cerebral y/o el tromboembolismo son factores importantes que causan un accidente cerebrovascular en la COVID-19 y en general resultaron más graves y de mayor mortalidad.

Una pregunta importante que se han hecho los científicos de este estudio es, si la COVID-19 aumenta el riesgo de accidente cerebrovascular o si la asociación es simplemente el resultado de que la infección por la enfermedad de la pandemia es más generalizada ahora en la sociedad. Según los investigadores, es complicado responder esta cuestión con los datos actuales pero parece existir una relación causal en al menos una proporción de pacientes, sin embargo es probable que varios pacientes con la COVID-19 ya tengan un mayor riesgo de accidente cerebrovascular per se, y otros factores, como el estrés mental de la propia pandemia, puedan contribuir a aumentar este riesgo cerebrovascular.

Los investigadores piensan que puede haber varios mecanismos posibles detrás del vínculo entre la COVID-19 y el accidente cerebrovascular. Un mecanismo podría ser que el virus desencadene una respuesta inflamatoria que provoque un “espesamiento” de la sangre, lo que aumenta el riesgo de trombosis y accidente cerebrovascular. Otro se relaciona con ACE2, un receptor de proteína en la superficie de las células que el SARS-CoV-2 usa para penetrar en ellas. Este receptor se encuentra comúnmente en las células de los pulmones, el corazón, los riñones y en el revestimiento de los vasos sanguíneos, si el virus invade el revestimiento de los vasos sanguíneos, podría causar inflamación, contrayendo los vasos sanguíneos y restringiendo el flujo sanguíneo. Un tercer mecanismo posible es la reacción excesiva del sistema inmunológico a la infección, con la consiguiente liberación excesiva de proteínas conocidas como citocinas. Esta llamada “tormenta de citocinas” podría causar también daño cerebral.

El equipo dice que sus resultados pueden tener importantes implicaciones clínicas, por lo que reomiendan que los equípos médicos deberán estar atentos a los signos y síntomas de un accidente cerebrovascular, en particular entre los grupos que tienen mayor riesgo, teniendo en cuenta que el perfil de un paciente en riesgo es más joven de lo que cabría esperar, de tal manera que estos perfiles sean tratados como posibles casos de la COVID-19 hasta que los análisis sean negativos.

Referencia: Stefania Nannoni, Rosa de Groot, Steven Bell, Hugh S Markus. EXPRESS: Stroke in COVID-19: a systematic review and meta-analysisInternational Journal of Stroke, 2020; 174749302097292 DOI: 10.1177/1747493020972922

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La COVID-19 es un argumento más para investigar en el “rejuvenecimiento” del sistema inmunológico

En general, las enfermedades infecciosas representan un riesgo mayor para las personas mayores que para los jóvenes, como una condición impulsada por la debilidad del sistema inmunológico relacionada con la edad, que produce una creciente incapacidad eliminar patógenoscélulas de desecho, incluso para responder  eficazmente a las vacunas. Este es un estado conocido como inmunosenescencia, por el cual el sistema inmunológico a largo plazo se vuelve defectuoso e hiperactivo al mismo tiempo que pierde su eficacia, generando lo que se denomina una inflamación crónica que altera la función normal de los tejidos y estimula el desarrollo de numerosas enfermedades relacionadas con la edad. Restaurar una función inmunológica “rejuvenecida” sería enormemente beneficioso y reduciría en gran medida la mortalidad y las enfermedades relacionadas con la edad en general en las personas mayores. Este fenómeno propio de la edad, podría explicar por qué los grupos de personas mayores se ven más afectados por la COVID-19. Esto de por sí es una preocupación en aumento especialmente relevante en esta época de pandemia pero que puede tener otra implicación preocupante: las vacunas actuales y las que están por venir, y las cuales incitan al sistema inmunológico a luchar contra los invasores, sin embargo a menudo funcionan mal en las personas mayores. Lo que dejaría la principal esperanza actual para disminuir la incidencia de la pandemia, produciendo un menor efecto del deseado en el grupo poblacional que más la necesita.

El sistema inmunológico humano es increíblemente complejo y el envejecimiento afecta a casi todos los componentes. Algunos tipos de células inmunes se agotan: por ejemplo, los adultos mayores tienen menos células T inmaduras que responden a los nuevos invasores y menos células B, que producen anticuerpos que se adhieren a los patógenos invasores y los atacan para su eliminación. Aunque el proceso de inflamación temporal es una parte clave de las respuestas inmunológicas saludables, en el caso de las personas mayores, tienden a experimentar esta inflamación crónica permanente que produce que el sistema inmunológico responda posteriormente de forma menos eficaz a las agresiones externas, como resultadose produce una reacción más limitada a las infecciones y por tanto a la eficacia de las vacunas.

Fuente: Nature

Muchos de los cambios inmunológicos que vienen con el envejecimiento conducen al mismo resultado: inflamación. Debido a todo este contexto, la comunidad científica está buscando potenciales soluciones que rebajen esta respuesta inmunológica inflamatoria crónica. Una clase de fármacos, llamados senolíticos, podría ayudar a disminuir la presencia en el cuerpo de células senescentes que han dejado de dividirse pero que no morirán. Este tipo de células generalmente son eliminadas por el propio sistema inmunológico, pero a medida que el cuerpo envejece, el sistema inmunológico se hace menos eficiente y comienzan a acumularse este tipo de células, favoreciendo a su vez el aumento del estado inflamatorio crónico. En este sentido y como ejemplo de esta estratégia, un equipo de investigación realizó recientemente un estudio sobre 70 personas para probar si un senolítico llamado fisetina puede frenar la progresión de la COVID-19 en adultos mayores de 60 años. También planean probar si la fisetina puede prevenir la infección por la COVID-19 en los usuarios de residencias de ancianos.

En general, desarrollar medicamentos para mejorar la función inmunológica parece una estrategia muy interesante y que serviría de forma complementaria y sinérgica con la propia vacunación en las personas mayores. Las vacunas individuales se dirigen a patógenos específicos, pero se podría usar un medicamento de refuerzo inmunológico con cualquier vacuna para intentar aumentar su efecto en la población mayor.

Fuente: Cassandra Willyard. Nature

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Edad y probabilidad de infección por SARS-CoV-2

Los científicos han estimado que la edad de un individuo no indica la probabilidad de que esté infectado por el virus SARS-CoV-2 que produce la enfermedad de la COVID-19. Sin embargo, el desarrollo de los síntomas, la progresión de la enfermedad y la mortalidad si parece depender en mayor medida de la edad.

Por desgracia, se producen a diario una gran cantidad de muertes debido a la pandemia de la COVID-19, y se ha demostrado que las personas de edad avanzada desarrollan de manera desproporcionada síntomas graves y muestran una mayor mortalidad. Un equipo de científicos especializados en modelos epidemiológicos del Centro de Investigación para el Control de Zoonosis de la Universidad de Hokkaido, ha modelado los datos disponibles tanto de Japón como de España e Italia para mostrar que la susceptibilidad a la COVID-19 es independiente de la edad, mientras que la aparición de los síntomas más graves de la COVID-19 y la mortalidad probablemente dependan en mayor medida de la edad. Sus resultados fueron publicados en la revista Scientific Reports el 6 de octubre de 2020.

Las causas de la mortalidad en los ancianos pueden deberse a dos factores: la probabilidad de que estén infectados debido a su edad avanzada (susceptibilidad dependiente de la edad), que se refleja en el número de casos; y la probabilidad de que se vean afectados por una forma más grave de la enfermedad debido a su edad avanzada (gravedad dependiente de la edad), lo que se refleja en la tasa de mortalidad. Estos factores aún no se comprenden completamente para el caso de la COVID-19.

Los científicos optaron por analizar datos de Italia, España y Japón para determinar si existe alguna relación entre la edad, la susceptibilidad y la gravedadEstos tres países fueron elegidos porque tienen datos bien registrados y disponibles al público y son de los países más longevos dentro de los ranking de longevidad. En mayo de 2020, la tasa de mortalidad (número de muertes por cada 100.000) fue de 382,3 para Italia, 507,2 para España y 13,2 para Japón. Sin embargo, a pesar de la gran disparidad en las tasas de mortalidad, la distribución por edad de la mortalidad (el número proporcional de muertes por grupo de edad) fue similar para estos tres países.

Los científicos desarrollaron un modelo matemático para calcular la susceptibilidad en cada grupo de edad en diferentes condiciones. También tomaron en cuenta el nivel estimado de contacto de persona a persona en cada grupo de edad, así como los diferentes niveles de restricción para las actividades fuera del hogar en los tres países.

El modelo mostró que la edad no debe influir en la susceptibilidad, sino que debe influir negativamente en la gravedad y la mortalidad, para poder explicar el hecho de que la distribución por edades de la mortalidad es similar entre los tres países.

Referencia: Ryosuke Omori, Ryota Matsuyama, Yukihiko Nakata. The age distribution of mortality from novel coronavirus disease (COVID-19) suggests no large difference of susceptibility by ageScientific Reports, 2020; 10 (1) DOI: 10.1038/s41598-020-73777-8

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