‘COVID-19’

¿Puede la vitamina C reducir la incidencia de la COVID-19 en personas mayores?

Las dosis altas de vitamina C en estudios para tratar la COVID-19 pueden beneficiar a algunas poblaciones, pero los investigadores que exploran su potencial en el envejecimiento dicen que los factores clave en la efectividad incluyen los niveles del transportador natural necesario para que la vitamina entre en las células.

La edad, la raza, el sexo, así como los niveles de expresión y las variaciones genéticas de esos transportadores de vitamina C que los hacen menos eficientes, pueden ser los factores claves de la efectividad del uso de la vitamina C contra la COVID-19, según un grupo de investigadores del Georgia Center for Healthy Aging en un artículo publicado en la revista Aging and Disease.

La falta de inmunidad contra el coronavirus ha impulsado una búsqueda mundial de tratamientos efectivos contra la COVID-19, muchas de estas estrategias dirigidas a reutilizar medicamentos con perfiles de seguridad conocidos, incluida la vitamina C, para conseguir un refuerzo del sistema inmunológico y de la capacidad antioxidante del organismo, lo que ha convertido a este componente en una potencial opción lógica para explorar en el caso de la COVID-19. Ambas estrategias son necesarias en respuesta a la infección con el nuevo coronavirus para asegurar una fuerte respuesta inmune para evitar que el virus se replique en el cuerpo y al mismo tiempo evitar la respuesta inmune excesiva y destructiva que el propio virus puede generar.

Hay al menos 30 ensayos clínicos en curso en los que la vitamina C, sola o en combinación con otros tratamientos, se está evaluando frente a la COVID-19, algunos con dosis hasta 10 veces superiores a los 65 a 90 miligramos diarios recomendados de vitamina C.

Uno de los factores claves es determinar si la vitamina C puede ingresar o no a la célula, lo que probablemente determinará la efectividad de este tipo de terapias experimentales. De hecho, sin los transportadores adecuados en la superficie de una célula para que la vitamina soluble en agua traspase la capa lipídica de las membranas celulares, las dosis particularmente grandes pueden provocar efectos adversos al permitir que la vitamina se agrupe alrededor del exterior de las células donde puede favorecer el incremento de especies reactivas del oxígeno dañino, en lugar de ayudar a eliminar esos radicales libres, peróxidos, etc.

Los investigadores sospechan que la baja o alta expresión del transportador es un factor en la variedad de la eficacia obtenida en el uso de vitamina C en los diferentes ensayos clínicos en diferentes enfermedades. Por ejemplo aplicado a la osteoartritis, una enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunológico mal dirigido ataca las articulaciones, han obtenido resultados poco concluyentes. Sin embargo, su uso en otros problemas inducidos por virus, como la sepsis potencialmente mortal, ha demostrado ser beneficioso para reducir la insuficiencia orgánica y mejorar la función pulmonar en el síndrome de dificultad respiratoria aguda, que también es una de las principales causas de enfermedad y muerte por la COVID-19.

Según estos investigadores, parte de la paradoja y la preocupación con la COVID-19 es que quienes están en mayor riesgo por edad u otras afecciones previas, tienen en su mayoría niveles más bajos de vitamina C antes de enfermarse y menos transportadores para permitir que la vitamina sea beneficiosa si se aumenta su nivel de ingesta. Destaca el hecho de que los niveles de transportadores se reducen con la edad y pueden ser un factor en la reducción de la función inmunológica que también suele acompañar al envejecimiento. Eso significa que incluso cuando tanto un joven de 20 años como una persona de 60, ambos con una dieta saludable en la que consumen cantidades similares y suficientes de vitamina C, la vitamina es menos eficaz para estimular la respuesta inmunitaria en el caso del individuo más mayor, lo que está en línea con el hecho de que la función inmunológica reducida en las personas mayores las pone en mayor riesgo de problemas más graves al padecer la COVID-19.

Los niveles bajos de vitamina C también se han correlacionado con un aumento de la mortalidad en personas mayores por causas como enfermedades cardiovasculares. El estrés oxidativo alto, un factor importante en afecciones como las enfermedades cardiovasculares, así como el envejecimiento y ahora la COVID-19, también se asocia con una expresión significativamente reducida del transportador de vitamina C.

Los investigadores también señalan que los pacientes pueden desarrollar una deficiencia más acelerada de vitamina C durante el propio curso de la COVID-19, ya que, durante una infección activa, la vitamina C se consume a un ritmo más rápido. Los niveles insuficientes pueden aumentar el daño causado por una respuesta inmune excesiva.

Si bien no se hace de forma rutinaria, la expresión del transportador se puede medir en la actualidad mediante la conocida y tan escuchada tecnología de la PCR, un método que también se usa para la detección del nuevo coronavirus y la gripe. Si bien el aumento de la expresión del transportador aún no es factible en humanos, uno de los muchos objetivos de investigación de este grupo de científicos es encontrar un fármaco u otro método para aumentar directamente la expresión de este transportador, lo que debería mejorar la salud de las personas mayores, así como de las personas con otras afecciones médicas que pueden comprometer esos niveles de vitamina C disponible.

Conocido todo esto, los investigadores dudan de que tomar mucha vitamina C sea una buena estrategia preventiva contra la COVID-19, excepto en aquellos individuos con una deficiencia conocida y diagnosticada por su médico.

Finalmente destacar que la vitamina C es una vitamina esencial, lo que significa que la mejor manera de consumirla es con una dieta variada y saludableLos alimentos con alto contenido de vitamina C son las naranjas, las patatas, los tomates, el brócoli y las coles de Bruselas, entre otros.

Referencia: Gregory Patterson, Carlos M. Isales, Sadanand Fulzele. Low level of Vitamin C and dysregulation of Vitamin C transporter might be involved in the severity of COVID-19 InfectionAging and Disease, 2020; DOI: 10.14336/AD.2020.0918

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La edad es uno de los factores que aumentan el riesgo de accidente cerebrovascular entre los pacientes con la COVID-19

Tristemente la COVID-19 sigue siendo un tema candente en estos tiempos, siendo una pandemia mundial que afecta a millones de personas en todo el mundo. En muchos casos, los síntomas incluyen fiebre, tos seca persistente y dificultad para respirar, y pueden provocar niveles bajos de oxígenación en sangre. Sin embargo, la infección puede causar enfermedades en otros órganos, incluido el cerebro, y en casos más graves puede provocar un derrame  y una hemorragia cerebral.

Un equipo de científicos del Grupo de Investigación de Accidentes Cerebrovasculares de la Universidad de Cambridge ha llevado a cabo un metanálisis sobre el vínculo entre la COVID-19 y el accidente cerebrovascular. Mediante este enfoque de análisis de datos y estudios realizados, a menudo contradictorios o con poca relevancia, para extraer conclusiones más sólidas, se cubrieron 61 estudios, que en total hacían un seguimiento de más de 100.000 pacientes ingresados en el hospital y diagnosticados con la COVID-19. Los resultados de su estudio se han publicado en la revista International Journal of Stroke .

Los investigadores encontraron que el accidente cerebrovascular se produjo en 14 de cada 1.000 casos. La manifestación más común fue el ictus isquémico agudo, que se presentó en poco más de 12 de cada 1.000 casos. La hemorragia cerebral fue menos común, ocurriendo en 1,6 de cada 1.000 casos. La mayoría de los pacientes habían ingresado con síntomas de la COVID-19 y el accidente cerebrovascular se produjo unos días después.

La edad fue uno de los principales factores de riesgo, y los pacientes con la COVID-19 que desarrollaron un accidente cerebrovascular eran en promedio de 4,8 años mayores que los que no lo hicieron. Por otro lado, los pacientes que experimentaron un accidente cerebrovascular eran en promedio de 6 años más jóvenes que los pacientes con accidente cerebrovascular sin la COVID-19. No hubo diferencias de sexo ni diferencias significativas en las tasas de fumadores frente a no fumadores.

Las condiciones de salud preexistentes también aumentaron el riesgo de accidente cerebrovascular. Los pacientes con presión arterial alta tenían más probabilidades de sufrir un accidente cerebrovascular que los pacientes con presión arterial normal, mientras que tanto la diabetes, como enfermedades relacionadas con las arterias coronarias, también aumentaban el riesgo. Los pacientes que tenían una infección más grave tras infectarse del virus SARSCoV2, también tenían más probabilidades de sufrir un accidente cerebrovascular.

Los investigadores encontraron que los accidentes cerebrovasculares asociados con la COVID-19 a menudo seguían un patrón característico, con un accidente cerebrovascular causado por el bloqueo de una arteria cerebral grande y las imágenes del cerebro que mostraban accidentes cerebrovasculares en más de una localización arterial cerebral. Según los investigadores, este patrón sugiere que la trombosis cerebral y/o el tromboembolismo son factores importantes que causan un accidente cerebrovascular en la COVID-19 y en general resultaron más graves y de mayor mortalidad.

Una pregunta importante que se han hecho los científicos de este estudio es, si la COVID-19 aumenta el riesgo de accidente cerebrovascular o si la asociación es simplemente el resultado de que la infección por la enfermedad de la pandemia es más generalizada ahora en la sociedad. Según los investigadores, es complicado responder esta cuestión con los datos actuales pero parece existir una relación causal en al menos una proporción de pacientes, sin embargo es probable que varios pacientes con la COVID-19 ya tengan un mayor riesgo de accidente cerebrovascular per se, y otros factores, como el estrés mental de la propia pandemia, puedan contribuir a aumentar este riesgo cerebrovascular.

Los investigadores piensan que puede haber varios mecanismos posibles detrás del vínculo entre la COVID-19 y el accidente cerebrovascular. Un mecanismo podría ser que el virus desencadene una respuesta inflamatoria que provoque un “espesamiento” de la sangre, lo que aumenta el riesgo de trombosis y accidente cerebrovascular. Otro se relaciona con ACE2, un receptor de proteína en la superficie de las células que el SARS-CoV-2 usa para penetrar en ellas. Este receptor se encuentra comúnmente en las células de los pulmones, el corazón, los riñones y en el revestimiento de los vasos sanguíneos, si el virus invade el revestimiento de los vasos sanguíneos, podría causar inflamación, contrayendo los vasos sanguíneos y restringiendo el flujo sanguíneo. Un tercer mecanismo posible es la reacción excesiva del sistema inmunológico a la infección, con la consiguiente liberación excesiva de proteínas conocidas como citocinas. Esta llamada “tormenta de citocinas” podría causar también daño cerebral.

El equipo dice que sus resultados pueden tener importantes implicaciones clínicas, por lo que reomiendan que los equípos médicos deberán estar atentos a los signos y síntomas de un accidente cerebrovascular, en particular entre los grupos que tienen mayor riesgo, teniendo en cuenta que el perfil de un paciente en riesgo es más joven de lo que cabría esperar, de tal manera que estos perfiles sean tratados como posibles casos de la COVID-19 hasta que los análisis sean negativos.

Referencia: Stefania Nannoni, Rosa de Groot, Steven Bell, Hugh S Markus. EXPRESS: Stroke in COVID-19: a systematic review and meta-analysisInternational Journal of Stroke, 2020; 174749302097292 DOI: 10.1177/1747493020972922

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La COVID-19 es un argumento más para investigar en el “rejuvenecimiento” del sistema inmunológico

En general, las enfermedades infecciosas representan un riesgo mayor para las personas mayores que para los jóvenes, como una condición impulsada por la debilidad del sistema inmunológico relacionada con la edad, que produce una creciente incapacidad eliminar patógenoscélulas de desecho, incluso para responder  eficazmente a las vacunas. Este es un estado conocido como inmunosenescencia, por el cual el sistema inmunológico a largo plazo se vuelve defectuoso e hiperactivo al mismo tiempo que pierde su eficacia, generando lo que se denomina una inflamación crónica que altera la función normal de los tejidos y estimula el desarrollo de numerosas enfermedades relacionadas con la edad. Restaurar una función inmunológica “rejuvenecida” sería enormemente beneficioso y reduciría en gran medida la mortalidad y las enfermedades relacionadas con la edad en general en las personas mayores. Este fenómeno propio de la edad, podría explicar por qué los grupos de personas mayores se ven más afectados por la COVID-19. Esto de por sí es una preocupación en aumento especialmente relevante en esta época de pandemia pero que puede tener otra implicación preocupante: las vacunas actuales y las que están por venir, y las cuales incitan al sistema inmunológico a luchar contra los invasores, sin embargo a menudo funcionan mal en las personas mayores. Lo que dejaría la principal esperanza actual para disminuir la incidencia de la pandemia, produciendo un menor efecto del deseado en el grupo poblacional que más la necesita.

El sistema inmunológico humano es increíblemente complejo y el envejecimiento afecta a casi todos los componentes. Algunos tipos de células inmunes se agotan: por ejemplo, los adultos mayores tienen menos células T inmaduras que responden a los nuevos invasores y menos células B, que producen anticuerpos que se adhieren a los patógenos invasores y los atacan para su eliminación. Aunque el proceso de inflamación temporal es una parte clave de las respuestas inmunológicas saludables, en el caso de las personas mayores, tienden a experimentar esta inflamación crónica permanente que produce que el sistema inmunológico responda posteriormente de forma menos eficaz a las agresiones externas, como resultadose produce una reacción más limitada a las infecciones y por tanto a la eficacia de las vacunas.

Fuente: Nature

Muchos de los cambios inmunológicos que vienen con el envejecimiento conducen al mismo resultado: inflamación. Debido a todo este contexto, la comunidad científica está buscando potenciales soluciones que rebajen esta respuesta inmunológica inflamatoria crónica. Una clase de fármacos, llamados senolíticos, podría ayudar a disminuir la presencia en el cuerpo de células senescentes que han dejado de dividirse pero que no morirán. Este tipo de células generalmente son eliminadas por el propio sistema inmunológico, pero a medida que el cuerpo envejece, el sistema inmunológico se hace menos eficiente y comienzan a acumularse este tipo de células, favoreciendo a su vez el aumento del estado inflamatorio crónico. En este sentido y como ejemplo de esta estratégia, un equipo de investigación realizó recientemente un estudio sobre 70 personas para probar si un senolítico llamado fisetina puede frenar la progresión de la COVID-19 en adultos mayores de 60 años. También planean probar si la fisetina puede prevenir la infección por la COVID-19 en los usuarios de residencias de ancianos.

En general, desarrollar medicamentos para mejorar la función inmunológica parece una estrategia muy interesante y que serviría de forma complementaria y sinérgica con la propia vacunación en las personas mayores. Las vacunas individuales se dirigen a patógenos específicos, pero se podría usar un medicamento de refuerzo inmunológico con cualquier vacuna para intentar aumentar su efecto en la población mayor.

Fuente: Cassandra Willyard. Nature

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Edad y probabilidad de infección por SARS-CoV-2

Los científicos han estimado que la edad de un individuo no indica la probabilidad de que esté infectado por el virus SARS-CoV-2 que produce la enfermedad de la COVID-19. Sin embargo, el desarrollo de los síntomas, la progresión de la enfermedad y la mortalidad si parece depender en mayor medida de la edad.

Por desgracia, se producen a diario una gran cantidad de muertes debido a la pandemia de la COVID-19, y se ha demostrado que las personas de edad avanzada desarrollan de manera desproporcionada síntomas graves y muestran una mayor mortalidad. Un equipo de científicos especializados en modelos epidemiológicos del Centro de Investigación para el Control de Zoonosis de la Universidad de Hokkaido, ha modelado los datos disponibles tanto de Japón como de España e Italia para mostrar que la susceptibilidad a la COVID-19 es independiente de la edad, mientras que la aparición de los síntomas más graves de la COVID-19 y la mortalidad probablemente dependan en mayor medida de la edad. Sus resultados fueron publicados en la revista Scientific Reports el 6 de octubre de 2020.

Las causas de la mortalidad en los ancianos pueden deberse a dos factores: la probabilidad de que estén infectados debido a su edad avanzada (susceptibilidad dependiente de la edad), que se refleja en el número de casos; y la probabilidad de que se vean afectados por una forma más grave de la enfermedad debido a su edad avanzada (gravedad dependiente de la edad), lo que se refleja en la tasa de mortalidad. Estos factores aún no se comprenden completamente para el caso de la COVID-19.

Los científicos optaron por analizar datos de Italia, España y Japón para determinar si existe alguna relación entre la edad, la susceptibilidad y la gravedadEstos tres países fueron elegidos porque tienen datos bien registrados y disponibles al público y son de los países más longevos dentro de los ranking de longevidad. En mayo de 2020, la tasa de mortalidad (número de muertes por cada 100.000) fue de 382,3 para Italia, 507,2 para España y 13,2 para Japón. Sin embargo, a pesar de la gran disparidad en las tasas de mortalidad, la distribución por edad de la mortalidad (el número proporcional de muertes por grupo de edad) fue similar para estos tres países.

Los científicos desarrollaron un modelo matemático para calcular la susceptibilidad en cada grupo de edad en diferentes condiciones. También tomaron en cuenta el nivel estimado de contacto de persona a persona en cada grupo de edad, así como los diferentes niveles de restricción para las actividades fuera del hogar en los tres países.

El modelo mostró que la edad no debe influir en la susceptibilidad, sino que debe influir negativamente en la gravedad y la mortalidad, para poder explicar el hecho de que la distribución por edades de la mortalidad es similar entre los tres países.

Referencia: Ryosuke Omori, Ryota Matsuyama, Yukihiko Nakata. The age distribution of mortality from novel coronavirus disease (COVID-19) suggests no large difference of susceptibility by ageScientific Reports, 2020; 10 (1) DOI: 10.1038/s41598-020-73777-8

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La senescencia celular como marcador de la gravedad de la COVID-19

El difícil equilibrio entre inflamación y envejecimiento, causante de preactivar muchas de las enfermedades relacionadas con la edad, ha puesto el foco en las células senescentes y el papel fundamental que juegan en todos estos procesos. Nuestras células se vuelven senescentes constantemente a lo largo de nuestra vida pero especialmente, según avanza la edad, tienden a permanecer en los tejidos y aumentar en número. Las células senescentes cesan su replicación, aumentan de tamaño y secretan una potente mezcla de señales inflamatorias pero normalmente se autodestruyen o son destruidas por el sistema inmunológico poco después de entrar en ese estado senescente. Sin embargo cumplen una serie de propósitos útiles cuando están presentes a corto plazo, como por ejemplo ayudar en la supresión del cáncer y curación de heridas. Sin embargo, cuando la señalización de las células senescentes continúa sin cesar, altera la estructura y función de los tejidos y activa el sistema inmunológico de una forma permanente dando lugar a un estado de inflamación crónica. Esta es una de las causas más importantes que contribuyen a la aparición de un estado de envejecimiento degenerativo.

En el caso del virus SARS-CoV-2, el nuevo coronavirus que infecta el tracto respiratorio inferior y puede causar la desgraciadamente tan famosa enfermedad de la COVID-19, muestra en los datos epidemiológicos que tiene una mortalidad alta especialmente entre personas de edad avanzada, lo que ha hecho pensar en una correlación directa entre la gravedad de la infección y el proceso de envejecimiento biológico que si los expertos consiguen comprender del todo, podría proporcionar una vía manejable para una terapia de prevención ante esta enfermedad.

En un artículo publicado en la revista Aging Cell, un grupo de investigadores han hecho una revisión sobre la hipótesis que relaciona de forma estrecha, el nivel de presencia de células senescentes y su contribución a la gravedad de la COVID-19, ya que existe una participación extra de las células senescentes para generar la tormenta de citocinas no controlada característica del agravamiento de la enfermedad y una reacción inflamatoria excesiva durante la fase inicial. Además se producen diversos mecanismos por los cuales las células senescentes promueven el daño tisular que conduce a la insuficiencia pulmonar y disfunciones en diferentes tejidos propios de los casos más graves. Los investigadores además, argumentan su teoría de porqué una presencia excesiva de células senescentes podría tener un impacto negativo en la eficacia de la futura vacuna contra la COVID-19.

Por tanto según estos investigadores, utilizar el nivel de senescencia celular de un individuo podría servir como marcador predictor temprano de la gravedad de la COVID-19, lo que podría proporcionar mejores estrategias para atacar los mecanismos asociados a la senescencia antes y después de la infección por SARS-CoV-2 para intentar limitar los daños más graves y mejorar la eficacia de las futuras vacunas.

Referencia: Nehme J, Borghesan M, Mackedenski S, Bird TG, Demaria M. Cellular senescence as a potential mediator of COVID‐19 severity in the elderly. Aging Cell. 2020;00:e13237. https://doi.org/10.1111/acel.13237

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El delirio es una posible señal clave de la COVID-19 en personas mayores frágiles

Una nueva investigación basado en el análisis de datos realizado por científicos del King’s College London utilizando información de la aplicación COVID Symptom Study y de pacientes ingresados en el St Thomas ‘Hospital en Londres, intentan demostrar que el delirio, un estado de confusión aguda asociado con un mayor riesgo de enfermedad grave y muerte, aparece como un síntoma clave de la COVID-19 en personas mayores frágiles.

Los hallazgos, que han sido publicados en la revista Age and Aging, destacan que los médicos y cuidadores deben ser conscientes de que el delirio se puede  presentar como una posible señal de advertencia temprana de la COVID-19 en los ancianos, incluso en ausencia de síntomas más típicos como tos o fiebre.

Los investigadores analizaron datos de dos grupos de personas mayores de 65 años desde marzo a mayo. El primer grupo incluyó a 322 pacientes ingresados en el hospital con la COVID-19 confirmada, mientras que el segundo estaba compuesto por 535 usuarios de la aplicación COVID Symptom Study que informaron haber tenido un resultado positivo en la prueba.

A partir del análisis de todos estos datos descubrieron que los adultos mayores ingresados en el hospital que se clasificaron como frágiles según una escala estándar, tenían más probabilidades de haber tenido delirio como uno de sus síntomas iniciales que las personas de la misma edad que no estaban clasificadas como frágiles. El delirio, junto con el cansancio y la dificultad para respirar, también fueron más comunes en los usuarios más frágiles de la aplicación móvil, en comparación con las personas más en forma de la misma edad.

Un tercio de los usuarios de aplicaciones que experimentaron delirio no informaron haber sufrido los síntomas “clásicos” de la COVID-19 de tos y fiebre, mientras que el delirio fue el único síntoma para alrededor de uno de cada cinco (18,9%) de los pacientes hospitalizados.

La fragilidad en el grupo de pacientes hospitalizados se midió mediante la prueba Clinical Frailty Scale (CFS). Al mismo tiempo se pidió a los usuarios de la aplicación móvil que completaran un breve cuestionario preguntando sobre su salud, que es comparable a la CFS.

Este es el primer estudio que muestra que el delirio es un síntoma probable de la COVID-19 en adultos mayores frágiles, aunque aún debe aclararse cuál es la conexión biológica exacta entre las dos condiciones. Los invesatigadores aconsejan que los médicos y cuidadores deben estar atentos a cualquier cambios en el estado mental en personas mayores, como confusión o comportamiento extraño, y estén alerta al hecho de que esto podría ser un signo temprano de infección por coronavirus.

Los últimos seis meses han demostrado que la COVID-19 puede propagarse de manera catastrófica a través de las residencias de mayores. Saber que el delirio es un síntoma en las personas más frágiles ayudará a las familias y a los cuidadores a detectar los signos de la COVID -19 y actuar de manera apropiada y poner en marcha medidas tempranas de control de infecciones como aislamiento, mayor higiene y equipo de protección personal para proteger a este grupo altamente vulnerable.

Los hallazgos también destacan la necesidad de una evaluación sistemática de la fragilidad de las personas mayores, junto con la concienciación y la detección del delirio para esta población vulnerable principalmente en hospitales, residencias, y centros sociales.

Referencia: Maria Beatrice Zazzara, Rose S Penfold, Amy L Roberts, Karla A Lee, Hannah Dooley, Carole H Sudre, Carly Welch, Ruth C E Bowyer, Alessia Visconti, Massimo Mangino, Maxim B Freydin, Julia S El-Sayed Moustafa, Kerrin Small, Benjamin Murray, Marc Modat, Jonathan Wolf, Sebastien Ourselin, Mark S Graham, Finbarr C Martin, Claire J Steves, Mary Ni Lochlainn. Probable delirium is a presenting symptom of COVID-19 in frail, older adults: a cohort study of 322 hospitalised and 535 community-based older adultsAge and Ageing, 2020; DOI: 10.1093/ageing/afaa223

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Un modelo de éxito para la lucha contra la COVID-19 en residencia de mayores

Un artículo recién publicado en el Journal of the American Geriatrics Society analiza el grado de impacto e influencia en la prevención de la transmisión del coronavirus en las residencias de ancianos y la implantación de nuevos protocolos, especialmente el uso adecuado de equipo de protección individual (EPI) y estrategias de agrupación, como formar “burbujas” de residentes en función de su riesgo de infección o si dieron positivo en la COVID-19, y cómo estos métodos influyeron en las tasas de infección y mortalidad semanales.

Este análisis ha sido llevado a cabo por un equipo de investigadores especializados en al ámbito del envejecimiento del Instituto Hebrew SeniorLife, que han desarrollado un programa de control de infecciones para comprobar cómo detener la tasa de infección entre las poblaciones vulnerables de residencias de ancianos, y cómo se podía implementar en una prueba piloto en el estado de Massachusetts en Estados Unidos.

En abril de 2020, las residencias de Massachusetts (como en otras muchas regiones de los países más afectados por la COVID-19) se convirtieron en un foco para las infecciones producidas por la transmisión del virus SARS-CoV-2 y desgraciadamente con muchas muertes asociadas. En respuesta, el gobernador del estado, asignó $ 130 millones en fondos adicionales para estas residencias durante dos meses. La financiación dependía del cumplimiento de una serie de de criterios de prevención, que incluían pruebas PCR obligatorias de todos los residentes y el personal, y una lista de verificación de control de infecciones que incluían diferentes medidas agrupadas en:

  • Medidas relacionadas con la agrupación de casos de la COVID-19
  • Cierre de espacios dónde se podían congregar los residentes
  • Formación práctica inmediata para el uso adecuado de los EPI’s
  • Implantación de procedimientos adecuados de control de infecciones
  • Formación del personal para reconocer y responder a los signos y síntomas de la infección por la COVID-19.

Tras este anuncio del Gobernador, el Instituto de Hebrew SeniorLife y la Asociación de Atención para Personas Mayores de Massachusetts colaboraron para organizar rápidamente un Comité de gestión coordinada y cinco equipos para dar respuestas y soporte a estas instituciones sobre:

  • consultas y capacitación en control de las infecciones;
  • Adquisición de EPI’s; y
  • dotación de personal, pruebas y gestión de datos.

La prueba piloto se desarrollo sobre 80 residencias de ancianos con deficiencias previas en el control de infecciones y 43 instalaciones adicionales que no pasaron una auditoría inicial de la Oficina Ejecutiva de Salud y Servicios Sociales del Estado de Massachusetts. Entre las iniciativas para ajustarse a estos nuevos procesos y su rápida implantación, se promovieron consultas virtuales y seminarios webs semanales sobre procedimientos de control de infecciones. Las instalaciones también fueron informadas de forma proactiva por la Massachusetts Senior Care Association de los recursos extraordinarios puestos a disposición de estas residencias en un tiempo muy breve, como la adquisición de EPI’s y la posibilidad de reclutar personal de apoyo, y la movilización del Ejercito para proporcionar pruebas PCR a todos los residentes.

La revisión y el análisis de los datos recopilados por los investigadores del programa, mostraron que las tasas de infección tanto de los residentes como del personal en las instalaciones disminuyeron rápidamente al mismo bajo nivel del inicio de la pandemia después de que las residencias implementaran las intervenciones recomendadas para el control de infecciones. Por ejemplo, las tasas de infección de residentes disminuyeron del 10% (17 de mayo) a aproximadamente el 0% (5 de julio).

Esta puesta en marcha en un tiempo record por parte de la administración ayudó a los proveedores de atención de cuidados de larga duración para conseguir aumentar su conocimiento y el acceso a las mejores prácticas de control de infecciones y reducir el riesgo de propagación de la COVID-19 tanto para los residentes como para el personal en un breve espacio de tiempo antes de que la infección se descontrolase.

Lou Woolf, presidente y director ejecutivo de Hebrew SeniorLife dijo: “Esperamos que esta intervención se repita en otros estados, se financie adecuadamente y se mantenga en todos las residencias de ancianos, de modo que las futuras oleadas de la COVID-19 y otras pandemias puedan prevenirse o cuanto menos mitigarse”.

Sin duda, casos de estudio y análisis como este, muestran la importancia de priorizar las pruebas de vigilancia, la financiación de personal de apoyo, formación y de rápida adquisición de los EPI’S para proteger tanto al personal como a los residentes, lo que en este caso fueron aspectos clave para disminuir la propagación del virus en este tipo de instalaciones tan sensibles.

ReferenciaLewis A. Lipsitz, Alida M. Lujan, Alyssa Dufour, Gary Abrahams, Helen Magliozzi, Laurie Herndon, Mohammad Dar. Stemming the Tide of COVID‐19 Infections in Massachusetts Nursing HomesJournal of the American Geriatrics Society, 2020; DOI: 10.1111/jgs.16832

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Diferente respuesta inmunitaria de las personas mayores en la COVID-19

Aunque todas las persona de cualquier rango de edad pueden infectarse con el virus SARS-CoV-2, como trágicamente hemos podido comprobar, aquellos pacientes con edades más avanzadas presentan un mayor riesgo de padecer la COVID-19 con un desarrollo más grave que los pacientes más jóvenes. Dentro de las innumerables teorías que intentan explicarlo, una nueva investigación que compara la respuesta inmune entre grupos de edad, publicada esta semana en mBio (Sociedad Americana de Microbiología), llegando a la conclusión que aquellos pacientes mayores que se infectan con el virus, tienen frecuencias de respuesta más bajas de células inmunitarias necesarias para eliminar el virus.

Para explicar este proceso, un grupo de investigadores del Hospital Universitario Essen (Alemania) analizaron muestras de sangre de 30 personas con casos de COVID-19 para observar cómo responden las células T, que son necesarias para el reconocimiento y eliminación de las células infectadas, durante la infección por SARS-CoV-2. Las edades de los pacientes iban desde los 20 hasta los 96 años. En todos los pacientes, los investigadores encontraron que las infecciones agudas por SARS-CoV-2 condujeron a un menor número de células T en la sangre de los pacientes, en comparación con los individuos sanos.

Esta reducción ha sido una de las muchas sorpresas no deseadas de la COVID-19. La mayoría de los virus, una vez dentro del cuerpo, desencadenan un aumento en la expansión de las células T del sistema inmunológico. Estos incluyen las células T “asesinas”, que desempeñan un papel fundamental en la erradicación de las células infectadas por virus, ya que producen moléculas citotóxicas que destruyen las células infectadas del cuerpo. Pero si el sistema inmunológico de una persona produce menos de estas células T, tendrá menos probabilidad de éxito en combatir una infección viral.

En el grupo de pacientes con COVID-19, los investigadores encontraron que el número de células T CD8 +, que producen moléculas citotóxicas en respuesta al virus, disminuyó con el aumento de la edad, y esa reducción fue significativamente mayor en promedio, en aquellos pacientes mayores de 80 años. Además, las células T de pacientes entre 80 y 96 años produjeron moléculas citotóxicas con una frecuencia menor que las células similares de pacientes más jóvenes.

El virus SARS-CoV-2 se adhiere a las células de la nariz o la boca. Desde allí, pueden extenderse a los pulmones y pasar a otros órganos, desencadenando una infección potencialmente mortal. Las células T citotóxicas realmente luchan por el control durante esta fase aguda de la infección. Si el sistema inmunológico de un paciente mayor produce menos células T “asesinas”, y estas células no están adecuadamente armadas, es posible que estén construyendo una defensa insuficiente contra el SARS-CoV-2. Las partículas virales pueden continuar propagándose y, como resultado, la infección puede empeorar.

Los nuevos datos sugieren que las células T citotóxicas juegan un papel clave en el control de las infecciones tempranas, aunque parece demasiado pronto para asegurar si esa conexión se puede aprovechar para diseñar una inmunoterapia eficaz que utilice estas células. En estudios previos sobre infecciones virales en ratones, este grupo de investigación descubrió un inhibidor del punto de control, una inmunoterapia que activa las células T “asesinas” y libera eficazmente los frenos del sistema inmunológico, lo que mejoró el control del virus al principio, pero tenía el potencial de causar daño posteriormente a los pulmones y otros órganos. Por tanto todavía se necesitan más estudios, para comprender mejor los riesgos y beneficios potenciales de interferir en las células T como una forma de controlar el SARS-CoV-2 y otros potenciales virus pandémicos.

Referencia: Jaana Westmeier, Krystallenia Paniskaki, Zehra Karaköse, Tanja Werner, Kathrin Sutter, Sebastian Dolff, Marvin Overbeck, Andreas Limmer, Jia Liu, Xin Zheng, Thorsten Brenner, Marc M. Berger, Oliver Witzke, Mirko Trilling, Mengji Lu, Dongliang Yang, Nina Babel, Timm Westhoff, Ulf Dittmer, Gennadiy Zelinskyy. Impaired Cytotoxic CD8+ T Cell Response in Elderly COVID-19 PatientsmBio, 2020; 11 (5) DOI: 10.1128/mBio.02243-20

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Nueva teoría de la Bradicinina explicaría las complicaciones de la COVID-19 en personas mayores

No parece estar claro del todo a día de hoy la explicación de la variabilidad de los síntomas que se presentan en la COVID-19, ni su distinta incidencia en la población. Se sabe que mientras que en algunas personas la enfermedad tiene un curso leve, incluso asintomático, en otras tiene una forma grave y de distinta sintomatología y alteración de las funciones de órganos vitales.

La teoría más extendida para explicar este proceso de la enfermedad es lo que se ha llamado la “tormenta de citoquinas”, un fenómeno en el que el cuerpo comienza a producir una respuesta inflamatoria sistémica mediada por citoquinas proinflamatorias. Cuando la repuesta inmune no es capaz de controlar eficazmente el virus, como en personas mayores con un sistema inmune debilitado, el virus se propagaría de forma más eficaz produciendo daño tisular pulmonar, lo que activaría a los macrófagos y granulocitos y conduciría a la liberación masiva de citoquinas proinflamatorias que favorecería una hiperinflamación pulmonar asociada al síndrome de insuficiencia respiratoria aguda que se ha descrito como la principal causa de mortalidad.

Ahora surgen nuevas teorías que explicarían la diversidad de síntomas que se observan clínicamente y su mayor incidencia en personas mayores. Se trata de la teoría de la Bradicinina

Al inicio de este verano, la supercomputadora Summit del Laboratorio Nacional Oak Ridge en Tennessee se dedicó a procesar datos de más de 40.000 genes de unos 17.000 muestras genéticas en un esfuerzo por comprender mejor el proceso de infección y desarrollo de la COVID-19. El proceso de análisis de los datos en esta supercomputadora, a pesar de ser la segunda computadora más rápida del mundo, implicó más de 2.500 millones de combinaciones genéticas, y llevó más de una semana de intensas operaciones computacionales. Tras el análisis de los datos, los científicos encontraron una nueva teoría sobre cómo la COVID-19 impacta en el organismo humanoLa hipótesis proporciona un modelo que explica muchos de los síntomas de la enfermedad, incluidos algunos de los más extraños que se han ido observando. También sugiere más de 10 tratamientos potenciales, muchos de los cuales ya están aprobados para otras dolencias por la FDA. El grupo de investigadores publicó sus resultados en un artículo en la revista eLife a principios del mes de julio.

Según estos hallazgos, una infección por SARS-CoV-2 generalmente comienza cuando el virus ingresa al cuerpo a través de los receptores de la enzima convertidora de angiotensina (ECA2) localizados en la la nariz (los receptores, a los que se sabe que ataca el virus, son abundantes allí). Posteriormente el virus avanza a través de los distintos tejidos del cuerpo, llegando a otros órganos donde también está presente la ECA2, como el sistema digestivo, los riñones y el corazón. Esto probablemente explica al menos, algunos de los síntomas cardíacos y gastrointestinales de la enfermedad. Pero según los datos analizados por la supercomputadora muestran que el virus no se contenta simplemente con infectar células que ya expresan muchos receptores ECA2, sino que secuestran activamente los propios sistemas del cuerpo, engañándolos para que regulen al alza los receptores ECA2 en lugares donde generalmente se expresan en niveles bajos o medios, como por ejemplo los pulmones. Por usar una analogía[1], se podría asemejar el SARS-CoV-2 a un ladrón que entra a robar nuestra casa pero no contento con ello, abre todas las puertas y ventanas para que al resto de ladrones les sea más fácil entrar también.

El sistema renina-angiotensina (RAS) controla muchos aspectos del sistema circulatorio, incluidos los niveles corporales de una sustancia química llamada bradicinina, que normalmente ayuda a regular la presión arterial. Según los investigadores, el virus modifica el RAS y provoca que los mecanismos para regular la bradicinina se alteren y deje de descomponerse de manera efectiva. (La ECA normalmente degrada la bradiquinina, pero cuando el virus la desregula, no puede hacerlo con la misma eficacia). El resultado final es la liberación de una “tormenta” de bradicinina, que produce una acumulación masiva y descontrolada en el cuerpo. Según esta hipótesis, es esta tormenta la responsable en última instancia de muchos de los efectos mortales de la COVID-19. El equipo de investigación trabaja con la hipótesis de que la patología de la COVID-19 es probablemente el resultado de tormentas de bradicinina en lugar de tormentas de citoquinas, aunque los dos procesos pueden estar estrechamente relacionados.

A medida que la bradicinina se acumula en el cuerpo, aumenta drásticamente la permeabilidad vascularEn resumen, hace que los vasos sanguíneos tengan “fugas”. Esto se alinea con datos clínicos recientes, que ven cada vez más a la COVID-19 principalmente como una enfermedad vascular, en lugar de respiratoria pero con un efecto sobre los pulmones que pueden llenarse de líquido y células inmunes que provocan una alta inflamación.

Esta teoría de la bradicinina también podría explicar la mayor incidencia en personas mayores ya que la presión arterial aumenta con la edad y, por lo tanto, el riesgo de que una persona sea hipertensa aumenta en las personas mayores de 65 años. A esta edad su prevalencia alcanza entre el 60% y el 70% y es en este grupo poblacional donde abundan los tratamientos para tratar la presión arterial alta que producen un efecto similar al virus SARS-CoV-2 en el sistema RAS, aumentando los niveles de bradicinina. Esta descompensación influiría en el desequilibrio del sistema RAS que controla aspectos de las contracciones cardíacas y la presión arterial. Estos fármacos (inhibidores de la ECA) para bajar la presión arterial, es sabido que como efectos secundarios a veces causan tos seca, fatiga, pérdida del gusto y el olfato, que son síntomas que se producen también en la COVID-19. Esto haría que se produjera un efecto acumulativo que potenciaría esa tormenta de la bradicinina, según los investigadores.

Aunque sigue siendo una teoría inicial, la hipótesis de la bradicinina explica varios otros síntomas aparentemente extraños de la COVID-19. El equipo de investigadores especulan que el aumento de la permeabilidad vascular causada por las tormentas de bradicinina podría ser también responsable de los efectos neurológicos de la COVID-19, que son algunos de los elementos más sorprendentes y preocupantes de la enfermedad. Estos síntomas (que incluyen mareos, convulsiones, delirio y accidente cerebrovascular) están presentes en hasta la mitad de los pacientes hospitalizados con la COVID-19La bradicinina, especialmente en dosis altas, puede provocar una ruptura de la barrera hematoencefálicaEn circunstancias normales, esta barrera actúa como un filtro entre el cerebro y el sistema circulatorio, dejando entrar sólo nutrientes y moléculas pequeñas necesarias para su funcionamiento, mientras mantiene alejadas las toxinas y patógenos. Sin embargo con la ruptura de esa barrera, podría permitir la entrada de compuestos dañinos al cerebro, lo que provocaría inflamación, potencial daño cerebral y algunos de los síntomas neurológicos que experimentan los pacientes con la COVID-19.

Según los investigadores, esta teoría también podría explicar otros síntomas que se presentan en menor medida como los dedos de los pies morados, una condición que involucra dedos hinchados y magullados que experimentan algunos pacientes. La bradicinina también puede afectar a la glándula tiroides, lo que podría producir los síntomas de la tiroides recientemente observados en algunos pacientes.

La “buena” noticia sería que varios medicamentos existentes (incluída la Vitamina D) y aprobados ya por la FDA para otras dolencias, reducen la producción de bradicinina o reducen su señalización, lo que podrían ser potencialmente aplicadas para el tratamiento de la COVID-19.

Como siempre es necesario recordar que cualquiera de estas intervenciones farmacológicas debe estudiarse previamente en ensayos clínicos bien diseñados y con tiempo suficiente, para confirmar todas estas hipótesis previas.

Referencias:

1. Thomas Smith. A Supercomputer Analyzed Covid-19 — and an Interesting New Theory Has Emerged. Elemental (Medium)

2. Joseph A. Roche, Renuka Roche. A hypothesized role for dysregulated bradykinin signaling in COVID‐19 respiratory complications. 2020 May 2: 10.1096/fj.202000967

3. Euronews. Bradiquinina, la esperanza para entender el Covid-19 venida de un superordenador.

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Una glicoproteína de la sangre identificada como contribuyente potencial a la gravedad de la COVID-19

Actualmente no se sabe con certeza por qué algunas personas desarrollan síntomas leves o son asintomáticos cuando se infectan de SARS-CoV-2 que es el coronavirus que causa la COVID-19, mientras que otras personas experimentan formas graves y potencialmente mortales de la enfermedad. Sin embargo, se sabe que el riesgo de que la COVID-19 se vuelva severo aumenta con la edad y es mayor en hombres que en mujeres. Muchos casos graves de la COVID-19 se caracterizan por un aumento de la coagulación sanguínea y la formación de trombosis.

Un equipo de científicos de la Facultad de Biociencias de la Universidad de Kent y el Instituto de Virología Médica de la Universidad Goethe en Frankfurt, han identificado una glucoproteína conocida como transferrina que puede contribuir de manera crítica a las formas graves de la COVID-19. El equipo combinó datos existentes sobre la expresión génica en humanos y células infectadas para buscar moléculas involucradas en la coagulación de la sangre que difieren entre mujeres y hombres, cambian con la edad y se regulan en respuesta a la infección por SARS-CoV-2.

De más de 200 factores candidatos, los investigadores identificaron una glicoproteína llamada transferrina como procoagulante (una causa de coagulación de la sangre) que aumenta con la edad, es más alta en hombres que en mujeres y es más alta en células infectadas con SARS-CoV-2 . Por lo tanto, la transferrina podría tener potencial como biomarcador para la identificación temprana de pacientes con COVID-19 con alto riesgo de un desarrollo grave de la enfermedad, según estos investigadores.

Referencia: Katie-May McLaughlin, Marco Bechtel, Denisa Bojkova, Christian Münch, Sandra Ciesek, Mark N. Wass, Martin Michaelis, Jindrich Cinatl. COVID-19-Related Coagulopathy — Is Transferrin a Missing Link? Diagnostics, 2020; 10 (8): 539 DOI: 10.3390/diagnostics10080539

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