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¿Nueva estrategia para bloquear la infección de virus como el caso de la COVID-19? Los péptidos de diseño.

Los péptidos diseñados mediante ingeniería química podrían resultar una nueva estrategia en la batalla contra algunos de los desafíos más impactantes en la salud humana de los últimos tiempos, como es el caso de la COVID-19.

Un equipo de investigadores del Instituto Politécnico Rensselaer perteneciente a la Universidad de Troy en Nueva York, han publicado recientemente en Nature Scientific Reports, un trabajo de investigación para el diseño de péptidos capaces de unirse selectivamente y específicamente al ácido polisálico (PSA), un carbohidrato que está presente en muchas células humanas y desempeña un papel clave en diversos procesos fisiológicos y patológicos, incluido el desarrollo neurológico y la progresión de ciertas enfermedades neurodegenerativas. El equipo de Rensselaer ha trabajado con un grupo de investigadores de la Universidad de Syracuse que ha utilizado un modelado computacional para proporcionarles una visión a nivel molecular de los péptidos que  han diseñado.

Esta investigación podría sentar las bases para un estudio más amplio sobre la capacidad de estos péptidos para proporcionar un vehículo eficaz para su uso como una barrera para la infección por virusDebido a que estos péptidos se unen al PSA, pueden enmascaran ese receptor y e inhibir la unión de los virus y su entrada en las células. La idea de esta investigación, según los autores sería ver si estos péptidos podrían inhibir esa interacción y, por lo tanto, inhibir la infectividad de los virus. Los investigadores han modelado esos péptidos a partir de proteínas conocidas como la lectina de tipo inmunoglobulina que tienen  capacidad de unirse con el ácido siálico, que se unen de forma natural al PSA.

Quizás sea otra estategia a tener en cuenta junto con la tan ansiada vacuna para la lucha preventiva contra las pandemias víricas como la que está sufriendo nuestra sociedad y especialmente la población mayor.

Referencia: Divya G. Shastry, Flaviyan Jerome Irudayanathan, Asher Williams, Mattheos Koffas, Robert J. Linhardt, Shikha Nangia, Pankaj Karande. Rational identification and characterisation of peptide ligands for targeting polysialic acidScientific Reports, 2020; 10 (1) DOI: 10.1038/s41598-020-64088-z

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El confinamiento provocado por la COVID-19 ha elevado los síntomas de ansiedad y depresión, sobre todo en personas mayores.

Un trabajo desarrollado por investigadores del área de Gerontología de la Universidad de Bar-Ilan y la Universidad de Haifa en Israel, han publicado recientemente en la revista científica American Journal of Geriatric Psychiatry, un estudio que relaciona la soledad obligada por el confinamiento durante la pandemia de la COVID-19 en personas mayores con el aumento de síntomas psiquiátricos como la ansiedad y la depresión. Los investigadores encontraron que el efecto de la soledad en los síntomas psiquiátricos fue más pronunciado entre los participantes que se sintieron “subjetivamente” mayores que su edad cronológica, frente a los que se sintieron más jóvenes que su edad cronológica, los cuales no mostraron síntomas psiquiátricos relacionados con la soledad.

Aunque el distanciamiento social es clave para disminuir la propagación de COVID-19, el aislamiento y la consiguiente soledad obligada pueden haber sido perjudiciales para las personas mayores. Este estudio se centró en adultos mayores, un grupo de la población con mayor riesgo de complicaciones ante la COVID-19 que permanece en un autoaislamiento más estricto que otros grupos de edad debido a este riesgo. La forma en que los adultos mayores perciben la vejez y su propio envejecimiento puede ser más importante para su supervivencia y bienestar que su propia edad cronológica.

Para aliviar la carga emocional del aislamiento, especialmente entre las personas mayores, los psicólogos recomiendan proporcionar asistencia y comunicación continuas para mitigar la sensación de soledad mientras se produce el confinamiento. Las conversaciones regulares con miembros de la familia, voluntarios e incluso extraños, pueden prevenir la aparición de una soledad más profunda y la sensación de que nadie está dispuesto a escuchar su dolor. Permitirles compartir su experiencia y sabiduría les ayuda a sentirse más valiosos. Para aquellos que enfrentan sentimientos de aburrimiento y vacío durante el aislamiento, los psicólogos sugieren que establecer una rutina con actividades como leer, escuchar música, resolver acertijos, cocinar, hacer ejercicio adaptado a cada edad y condición física, junto con otras actividades de ocio pueden refrescar la rutina normal y monótona.

Estos estudios podrían ser de ayudar para identificar a los adultos mayores con alto riesgo de desarrollar síntomas psiquiátricos debido a la soledad relacionada con la COVID-19. Además, pueden guiar el desarrollo de intervenciones tempranas más adecuadas destinadas a reducir la percepción de la edad para mitigar el impacto negativo de dicha soledad. Los datos también deberían ser útiles para avanzar en la estrategia y planificación de asuntos sociales y de salud guiado hacia las personas mayores y dependientes para (ójala que no seceda) otras potenciales futuras pandemias.

Referencia: Amit Shrira, Yaakov Hoffman, Ehud Bodner, Yuval Palgi. COVID-19 Related Loneliness and Psychiatric Symptoms among Older Adults: The Buffering Role of Subjective AgeThe American Journal of Geriatric Psychiatry, 2020; DOI: 10.1016/j.jagp.2020.05.018

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Estado de la I+D sobre la COVID-19 y su incidencia en el envejecimiento

La actividad que los organismos de investigación de todo el mundo llevan a cabo para estudiar el “terremoto” que ha supuesto la pandemia de la COVID-19 sobre el ser humano y sus múltiples consecuencias, en sus más amplios aspectos, se ve reflejada en una producción de artículos científicos que, ha crecido exponencialmente en lo que llevamos de 2020, como cabría esperar, superando ya la cifra de los 15.000[1] documentos científicos.

A lo largo de este artículo, intentaremos proporcionar una fotografía aproximada del estado actual de la I+D sobre la COVID-19 y qué parte de esa investigación se ocupa y preocupa de los aspectos que tienen que ver con la incidencia en el envejecimiento, empleando para ello el análisis bibliométrico de los documentos científicos publicados y los datos suministrados por la Web of Science.

En primer lugar, vamos a ubicar la actividad investigadora en el contexto internacional y cómo se posiciona la producción científica en España. Para ello, podemos observar un mapa coroplético en el que por intensidad de una paleta de colores se aprecia qué países centran en mayor medida la intensidad investigadora en el ámbito de la COVID-19 en general sin focalizarlo todavía sobre aquellas investigaciones que tengan que ver con el envejecimiento:


Como se puede observar Estados Unidos (EEUU), China, Italia e Inglaterra lideran en ese orden la producción investigadora acumulando casi el 20% de los documentos científicos producidos en todo el mundo. España se encuentra en el puesto duodécimo de la producción científica con un 0,8% de la producción mundial.

Las instituciones de investigación con mayor producción científica son la Universidad de Londres (1,09% de la producción mundial), la Universidad de Harvard (0,8%), la Universidad de California (0,7%) y la Universidad de Ciencia y Tecnología de Huazhong en China (0,61%) como las cuatro primeras instituciones con mayor porcentaje de publicaciones científicas relacionadas con la COVID-19 y destacadas sobre el resto. La primera institución española que aparece por producción científica en este ámbito es la Universidad de Barcelona (UB), seguida del CIBER (Centro de Investigación Biomédica en Red).

Tratando de obtener una imagen de la investigación en relación con la incidencia de la COVID-19, podemos relacionar la producción científica de cada país con su prevalencia de casos durante la pandemia[1]. Así, podríamos tener una idea de si los países con más casos han invertido más esfuerzo en producir ciencia encaminada a paliar las consecuencias del coronavirus.


Observamos que no siempre se relacionan la incidencia de la pandemia con la intensidad de la actividad científica de ese país en dicho tema. En el gráfico superior, el tamaño del círculo representa la producción científica y el color rojo intenso nos indica los países con una mayor incidencia de la enfermedad medido en casos confirmados. Podemos observar que en EEUU se produce esa correlación, siendo el país con más casos y, al mismo tiempo, el que mayor producción científica desarrolla. Pero este comportamiento no se da en otros países, como el caso español, que siendo uno de los países con mayor incidencia de la pandemia en números brutos, presenta una relativamente baja producción científica comparada con países en situaciones similares. Esta es la situación de Italia que, teniendo menor incidencia en casos, desarrolla la mayor producción científica a nivel europeo. Otros ejemplos como el de China, con una incidencia de enfermedad más contenida que en España e Italia, desarrolla, sin embargo, una producción científica similar al líder en este ámbito, que es EEUU.

En cuanto a las áreas en las que se ha centrado la actividad investigadora sobre la COVID-19, destacan tres áreas de investigación por encima del resto: Enfermedades infecciosas, en primer lugar, Salud Pública, Medioambiental y Ocupacional en segundo y la tercera sobre Sistema respiratorio.

Investigación en la COVID-19 y envejecimiento

Con toda esta información podemos profundizar un poco más y analizar mediante un filtrado, cuánta de la producción científica que se está produciendo en torno a la COVID-19, se está focalizando en el ámbito del envejecimiento. Se ha aplicado un filtrado en el que se tienen en cuenta las menciones en el título o en el resumen sobre palabras clave relacionadas con envejecimiento y todas aquellas publicaciones relacionadas con el área de Geriatría y/o Gerontología. Tras analizar los resultados, se ha obtenido que, del total de investigaciones en la COVID-19, casi un 10% corresponden con temas relacionados con envejecimiento en un amplio rango de áreas científicas.

Si hacemos una comparativa por países que más producción científica desarrollan centrados en la COVID-19 y envejecimiento, es China la que sobresale por encima del resto tomando el liderato y superando a EEUU, que lideraba en la producción general en la investigación de la COVID-19. En Europa, destaca Italia como el país con una mayor preocupación en el envejecimiento dentro de esta focalización.


Este comportamiento también lo podemos ver reflejado si comparamos en el mapamundi las dos variables, es decir los países con mayores porcentajes de producción científica sobre la COVID-19 (paleta de colores azules) y aquellos que tienen más porcentaje cuando se focaliza en el envejecimiento (paleta de colores naranjas):


Otro análisis desarrollado es la localización geográfica de focos de actividad científica sobre la COVID-19 centrados en temas de envejecimiento, de tal manera que podemos analizar las instituciones que más producción investigadora desarrollan y ubicarlas en un mapamundi.


Cómo se puede observar, se localizan varios focos principales de actividad científica centrados en tres regiones fundamentalmente, como son la costa este de EEUU, la zona este de China y centro Europa. Tres universidades chinas son las instituciones con mayor actividad investigadora en este ámbito, concretamente la Universidad de Ciencia y Tecnología de HUAZHONG, la Universidad de ZHEJIANG y la Universidad de WUHAN. Este comportamiento se puede confirmar con más detalle en el siguiente gráfico de barras. Las instituciones que se encuentran en primer lugar del listado son aquellas con mayor porcentaje de actividad científica desarrollada sobre la COVID-19 y las representadas en una gama de colores naranja más oscuro representan aquellas que son líderes en el ámbito de la COVID-19 focalizado en el envejecimiento.


Si analizamos la situación española, podemos observar que se encuentra alejada de los países con más actividad científica relacionada con la pandemia y el envejecimiento (con casi un 0,97% de la producción mundial). Mientras que España se encuentra en el puesto duodécimo en producción científica general sobre la COVID-19, su foco en el ámbito concreto del envejecimiento desciende hasta el puesto decimoquinto. La institución científica más activa en este ámbito de la COVID-19 focalizada en el envejecimiento es el CIBER (Centro de investigación Biomédica en Red). Finalmente, cabe mencionar que en España el área de Geriatría y Gerontología es la que más actividad produce relacionada con la COVID-19 y el envejecimiento, diferenciándose ligeramente del patrón observado a nivel mundial, donde las investigaciones se siguen centrando en las tres áreas principales mencionadas anteriormente (Enfermedades infecciosas; Salud Pública, Medioambiental y Ocupacional; y Sistema respiratorio).


Fuente: Elaboración propia (programación en Python y Tableau public) con datos bibliométricos suministrados a partir de la Web of Science y datos de incidencia de la COVID-19 procedentes de worldometers.info

 


[1] Datos referidos al momento en el que se elabora este artículo.

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Una reflexión que convierta en oportunidad para cambiar el modelo de cuidados para mayores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Ministro de Sanidad, Salvador Illa, comentaba semanas atrás que cuando haya pasado la pandemia del coronavirus tendrán que reflexionar y sacar “muchas lecciones” de todo lo que ha ocurrido, destacando que una de ellas, probablemente, sea la revisión de los modelos actuales del sector residencial de atención o de cuidados de larga duración de personas mayores.

Esta preocupación justificada, se produce porque estos centros son uno de los grandes focos de esta pandemia, que ha golpeado a las residencias de mayores de toda Europa, en una magnitud por ahora muy difícil de concretar con exactitud por la falta generalizada de test y por las diferencias en las formas de medir los datos en toda Europa, lo que dificulta comparar las cifras y determinar los factores que han influido en esta crisis.

Por ahora, las cifras que trascienden a cuentagotas muestran que no sólo España ha sufrido esta tragedia. Un informe del Centro Europeo para el Control y la Prevención de Enfermedades muestra que un alto porcentaje de estos centros están afectados y que en algunos países como Noruega o Bélgica, los fallecimientos suponen casi la mitad de todos los casos.

Parece probable que esta reflexión deba pasar por estimar de una forma homogénea la incidencia de la pandemia en las residencias y centros para mayores y la mejor forma para estimar estas cifras será calcular la sobremortalidad y a partir de ahí estudiar variables como tamaño de los centros, edad y patologías de los fallecidos, número de trabajadores, medidas adoptadas, y poder así ver qué factores han influido en mayor medida.

En España, el goteo de casos es diario, sin tener una información clara del número de fallecimientos en estos centros, ya que es competencia de cada Comunidad Autónoma, lo que hace que la información este descentralizada y difícil de homogeneizar. Según recuentos no oficiales estiman que más de 19.000 personas han fallecido en residencias de servicios sociales con la confirmación de coronavirus o síntomas compatibles que es una parte importante de los fallecidos, ya que no fueron sometidos a ninguna prueba. En España hay muchos centros sin casos diagnosticados, pero es habitual que una vez que el virus se introduce en alguna residencia, se expanda muy fácilmente y afecte a una gran mayoría de los residentes.

Probablemente existen muchos factores que han tenido que ver con que la pandemia se haya cebado en estos centros, algunas de ellas pasan por las características propias de la población mayor altamente vulnerables, pero también por el tipo de modelo residencial generalizado en nuestro país:

  • Los usuarios de estos centros son en un gran porcentaje (cercano al 78%) población mayor de 80 años por tanto un grupo especialmente vulnerable para desarrollar cuadros graves de la enfermedad.
  • La mitad de los centros residenciales actuales (cerca del 52 %) disponen de más de 100 plazas, por tanto son espacios de alta concentración de personas especialmente vulnerables a los efectos de la pandemia.
  • España se encuentra por debajo de la proporción de plazas disponibles que recomiendan las organizaciones competentes. Tenemos un ratio de 4,1 plazas por cada 100 personas mayores de 65 años que supone estar por debajo del 5 que recomienda la OMS.
  • Escasez de plazas públicas (menos de un 16%) que ha sido compensada por una oferta privada muy fragmentada, cuya titularidad se reparten fondos de inversión de diferentes países (Francia, en especial), aseguradoras, constructoras, empresas sanitarias, y titulares de grandes fortunas, que han encontrado un interesante nicho de negocio.
  • En este modelo asistencial normalmente se convive de forma comunitaria, se comparten espacios como los comedores o zonas de ocio, se tiene contacto estrecho con cuidadores que rotan entre muchos residentes y existe un alto trasiego de visitantes y personal.
  • Un diseño arquitectónico de estos centros en el que las habitaciones suelen ser compartidas con dificultades para sectorizar adecuadamente distintas partes de los centros, lo que dificulta una rápida respuesta para un aislamiento organizado.
  • Otros factores adicionales que tiene que ver con los recursos como son la calidad de la atención que trabaja en base a un modelo asistencialista, alejado de la tan reivindicada “atención centrada en la persona”, el bajo ratio de profesionales, la baja formación o remuneración y recursos de protección individual insuficientes para los cuidadores que pudiera evitar la propagación una vez se inició la epidemia.

Probablemente estas características del sector hayan formado parte de la multitud de factores que han hecho el sistema más sensible a los efectos de esta pandemia pero aunque la crisis se hace patente ahora, el problema probablemente se ha sembrado hace tiempo.

Siendo esto más que suficiente para plantear una reflexión, quizás lo más duro no son las trágicas cifras, sino el escandaloso número de personas mayores que han fallecido en soledad y sin poder haber tenido acceso a una mínima atención sanitaria compatible con nuestro sistema de protección social y lo más doloroso, sin la posibilidad de tener la cercanía de sus seres queridos en sus últimos momentos.

Como sociedad nos vemos en la responsabilidad de reflexionar sobre la necesidad de un cambio en el modelo residencial actual, para que los centros se conviertan en “espacios de vida”, lugares para seguir teniendo un proyecto de vida con dignidad y con sentido y no para retirarse a esperar los últimos años de vida. Como referencia podemos ver modelos de otros países más avanzados que llevan tiempo intentando implantar esta filosofía en la evolución de sus modelos residenciales y de cuidados de largo plazo.

En España un grupo de investigadores, expertos y representantes de asociaciones del sector del envejecimiento y discapacidad, ya se han manifestado conjuntamente mediante una reflexión que abunda en esta idea de la necesidad de un cambio o evolución del modelo actual.

En este sentido, hacemos una revisión de los aspectos más generales que destacan los expertos o las experiencias de los países más avanzados en los que deberá ponerse el énfasis para implementar estos cambios o la evolución de nuestro modelo:

  • Aspecto sanitario

Sin duda el apoyo sanitario es un aspecto especialmente sensible que se ha visto comprometido en la crisis actual. Es indudable que las personas que necesitan estos servicios residenciales, en su mayoría presentan difíciles condiciones de salud (alta prevalencia de enfermedades crónicas, comorbilidad y deterioro cognitivo) y dependencia de cuidadores para realizar actividades básicas de la vida diaria, lo que hace indispensable un apoyo sanitario fácilmente accesible como cualquier otro ciudadano. Por tanto, habría que hacer compatibles estructuras que organicen espacios de vida (y por tanto no considerarlos servicios hospitalarios) con un apoyo seguramente externo pero cercano y proporcionado por los servicios nacionales de salud. En este sentido, los avances que hemos experimentado en comunicación virtual y que han demostrado su eficacia, deben desarrollarse más aún en el futuro como la videoconsulta que puedan agilizar la atención y comunicación entre hospital y residencias de una manera coordinada  y sin el perjuicio del traslado de los residentes más vulnerables.

Otro aspecto que se debería tener en cuenta es la importancia y la mayor flexibilización de la Atención Primaria, dotándola de más recursos y desarrollando programas específicos de atención y seguimiento de centros residenciales de manera coordinada. En este sentido, antes de la pandemia ya existían algunas experiencias en algunas Comunidades Autónomas pero que se encuentran dentro de lo anecdótico y que podrían ser la base de una generalización en los modelos del futuro, como son programas en los que el servicio de medicina interna de algunos hospitales trabajan con centros de mayores en los que se fomenta una comunicación directa y el internista se desplaza al centro para ver a los enfermos, les evalúa y en su caso el tratamiento es seguido y coordinado mediante videoconsultas.

  • Atención domiciliaria

Por supuesto, no sólo el desarrollo de estas tecnologías debe concentrarse en los centros residenciales, quizás el modelo tienda hacia el fomento del uso de los propios domicilios (mucho más fáciles de aislar en casos de pandemia y cómodos para las personas) como centros individuales de cuidados de largo plazo mediante nuevas tecnologías de apoyo a la atención domiciliaria como son los sensores o predictores mediante inteligencia artificial de caídas y potenciales enfermedades a través de diferentes variables como la frecuencia de visitas al baño, calidad del sueño o incluso por la frecuencia de apertura de la puerta de la nevera, etc. Otros servicios de acompañamiento y cuidado para permitir mantenerse en el domicilio particular a mayor largo plazo pueden ser a través de la robótica, los cuales ya existen muchas experiencias que ahora podrían tener una fase acelerada de implementación generalizada.

Los países nórdicos llevan bastante tiempo en los que han ido tomando protagonismo los modelos domiciliarios sobre el modelo residencial de grandes centros en los que se concentran muchos usuarios. En estos modelos domésticos prima un concepto de vivienda con asistencia domiciliaria y apoyo ambulatorio desde fuera. En los países nórdicos, no cuentan con asistencia sanitaria especializada dentro de los centros, pero la tienen muy accesible y coordinada desde fuera. Parece una tendencia en estos países más avanzados ir hacia modelos que se basan en grupos pequeños, no hospitalizados pero con una buena asistencia sanitaria desde el exterior.

  • Recursos

Sin duda otro aspecto que debe tenerse en cuenta es el incremento de recursos en los centros residenciales, tanto materiales como humanos, aumentando las ratios de personas cuidadoras y mejorando su formación tanto desde los aspectos éticos hasta la especialización y actualización asistencial, tratando de sustituir el modelo institucionalizado y apostando por modelos alternativos más parecidos a un hogar. Es previsible que este cambio deba ser liderado por las propias administraciones públicas.

  • Diseño arquitectónico

En los países más avanzados se ha evolucionado, ya desde la década pasada, desde los modelos denominados de tercera generación o modelo residencial implantados de forma generalizada en España, hacia los modelos de cuarta generación o modelos de familia que han evolucionado en “unidades de convivencia” mediante agrupaciones de 8-12 personas cuya estructura da protagonismo a la propia persona y fomenta un proyecto de vida con una atención integral mediante personal especializado con presencia continua, sin que exista una separación de funciones entre cuidados, tareas domésticas y asistencia social. Esto se materializa en diseños arquitectónicos que se estructuran en pisos compartidos normalmente concebidos como proyectos de barrio en los que se fomenta una relación de inclusión en una comunidad más amplia, con propuestas de participación ciudadana, de mejora de los entornos de barrio y ciudad (ej. proyecto de Ciudades Amigables con las Personas Mayores…), que se completa con una mejora y coordinación de los sistemas de atención a domicilio.

En España es necesario mencionar el esfuerzo que están haciendo en este sentido algunas administraciones como la Junta de Castilla y León y el Gobierno Vasco, y organizaciones como la Fundación Matia y la Fundación Pilares para la Autonomía Personal, para desarrollar este tipo de modelos de cuarta generación.

La Unión Europea lleva un tiempo apostando por una transición común que vaya desde los modelos de atención institucional a los cuidados basados en la comunidad dando cobertura a la idea generalizada de que el deseo principal de los actuales usuarios de residencias sería permanecer en el hogar por lo que se apoyan proyectos que ayuden a evolucionar desde el concepto de centros residenciales a comunidades de barrio con entornos donde se pueda envejecer en casa sin perder la conexión con la comunidad. En este sentido, algunos proyectos europeos ya se encuentran en marcha desde hace tiempo, explorando estas ideas y puede ser el momento, más que nunca, de tomar todas esas conclusiones para enriquecer las reflexiones que quedan por venir. Por ejemplo el proyecto piloto MYSPHERA en 525 hogares de personas mayores para el monitoreo continuo mediante sensores tanto en el hogar como en el barrio para promover la vida autónoma. Los sensores desplegados permiten modelar patrones de comportamiento habituales en una persona e identificar desviaciones significativas que pueden representar una oportunidad para una intervención temprana. Dentro del hogar, las desviaciones se informan al dispositivo móvil del cuidador a través de una aplicación. Otro ejemplo es el proyecto europeo “Hogar dulce hogar” como una experiencia para aplicar un nuevo conjunto integral de servicios de asistencia domiciliaria económicamente sostenible para fomentar una vida independiente.

Todas estas estrategias parecen muy compatibles con una respuesta rápida de aislamiento y cuidados ante nuevas crisis de pandemias que puedan surgir. Quizás muchas de estas ideas de los expertos y proyectos innovadores o la evolución que han experimentado en otros países más avanzados, tengan que ser parte de las reflexiones a las que hacía mención el Ministro de Sanidad como parte de la revisión de los modelos actuales que sin duda debería ser profunda.´

Referencias:

  • Innovaciones en Residencias para personas en situación de dependencia. Pilar Rodríguez (Presidenta y fundadora de Fundación Pilares)
  • Nuevo enfoque e innovaciones para el cuidado de personas mayores. Peter Michell-Auli & Christine Sowinski. Kuratorium Deutsche Altershilfe
  • Informe 2016: Las personas mayores en España. Coordinador: Jesús Norberto Fernández Muñoz. IMSERSO
  • The Coronavirus and the Risks to the Elderly in Long-Term Care. William Gardner, David States & Nicholas Bagley (2020). Journal of Aging & Social Policy
  • La epidemia de COVID-19 en las residencias para personas mayores. Elena Gonzalo Jiménez, Eva Martín Ruiz y Antonio Olry de Labry Lima. Escuela Andaluza de Salud Pública
  • Otro modelo de residencias de mayores es posible. Pablo Recio. www.65ymas.com
  • Peligros y desviaciones de la política social durante el Coronavirus. Frank Schulz-Nieswandt. Kuratorium Deutsche Altershilfe
  • 9 propuestas covid-19 de la geriatría y gerontología. Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG)
  • La telemedicina, una asignatura pendienteNicole Hass, especialista en Patient Advocacy & Stakeholder Engagementwww.redaccionmedica.com
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Los microARN responsables de atacar al coronavirus disminuyen con la edad.

La característica más importante y sorprendente de la COVID-19 es el aumento de la tasa de mortalidad en personas de edad avanzada, de tal manera que casi la mitad de los pacientes que requieren hospitalización tienen 65 años o más, y estas personas mayores representan alrededor del 80% de las muertes.

Ante la infección vírica, normalmente, el sistema inmune entra en juego para destruir al virus, pero en ocasiones ante una gran carga viral que además continúa replicándose, se produce una respuesta inflamatoria abrupta, que finalmente provoca “tormentas” de citoquinas que en estas cantidades destruyen en vez de proteger nuestros órganos. Un grupo de investigadores  del Departamento de Medicina y Centro para el Envejecimiento Saludable en el Colegio Médico de Georgia en la Universidad de Augusta, trabajan en la hipótesis que un grupo de microARN, que son algunos de los responsables de atacar al virus que causa la COVID-19, se ven disminuidos con la edad y los problemas de salud crónicos. Una reducción de estos niveles puede facilitar la gravedad de la enfermedad, esto  en cierta medida probablemente ayuda a explicar por qué las personas mayores y las personas con afecciones médicas preexistentes son poblaciones vulnerables.

Estos microARN desempeñan un papel importante en nuestro metabolismo en el control de la expresión génica, y también son una línea de contención frente a virus, de tal manera que se adhieren a ellos y cortan el ARN viral, el material genético del virus, desactivando la infección. Pero con la edad y algunas condicionantes de enfermedades crónicas, la cantidad de microARN disminuyen, reduciendo nuestra capacidad de responder a los virus. Al no disponer de suficientes “soldados”, el coronavirus secuestra nuestra maquinaria celular para poder replicarse, y estos microARN claves involucrados en la respuesta inmune al virus, no pueden identificarlos y desencadenar la respuesta adecuadamente.

Los investigadores de este etudio observaron la secuencia de ARN de dos coronavirus, el SARS, que apareció en 2002, y el actual SARS-CoV-2, que causa la COVID-19, y por otro lado la secuencia de los microARN que parecían ser los candidatos para defendernos contra esos virus. Utilizando una simulación por ordenador intentaron averiguar cuál de esos candidatos de microARN encajaría como piezas de puzzles para activar la defensa.

Encontraron que 848 microARN se dirigen al genoma del virus SARS y 873 al SARS-CoV-2, de los cuales 558 combaten a ambos virus. Los microARN con más capacidad para atacar el SARS-CoV-2 mostraron más de 10 sitios objetivo y, en última instancia, podrían ser los mejores candidatos en la lucha contra el virus. También descubrieron que los microARN dirigidos al SARS-CoV-2 estaban asociados con otros muchos procesos biológicos, desde la producción de moléculas hasta la respuesta inmune, etc. Se conoce además que estos microARN de estos procesos biológicos se desregulan y/o disminuyen con la edad. También las enfermedades subyacentes como diabetes y enfermedad cardiovascular, son un factor probable en la disminución de los niveles de microARN y por tanto, aumentaría la probabilidad de agravamiento de la enfermedad y las tasas de mortalidad observadas en estos individuos, según los propios investigadores.

Un ejemplo de este tipo de microARN es el miR-15b-5p, que tiene una alta afinidad por el SARS-CoV-2, pero en personas con patologías relacionadas con las arterias coronarias presentan niveles disminuidos. Sin embargo, en personas jóvenes y sanas, estos microARN con alta afinidad para unirse al virus en su presencia, son más propensos a hacer lo que deberían y evitar la replicación.

Este estudio se ha desarrollado a partir de 29 muestras de enfermos tomadas entre enero y abril de 2020 de cinco continentes que cubren 17 países desde Estados Unidos hasta Alemania y Tailandia, observándose la presencia de los mismos tipos de microARN, lo que indica que el virus tiene una presencia bastante uniforme a nivel internacional y que cualquier tratamiento o vacuna desarrollada debería  ser eficaz en un amplio rango geográfico de la población.

Al haber sido una investigación con modelos por ordenador, el siguiente paso según los investigadores, es desarrollar estudios in-vitro y en animales de laboratorio para garantizar que los hallazgos son consistentes con el análisis por ordenador desarrollado en el estudio actual.

Si se confirman estos estudios preliminares, podrían existir un conjunto clave de microARN que son importantes para procesos biológicos normales pero también muy importantes para desencadenar una respuesta inmune adecuada al ataque del virus y por tanto, comprobar si esto podría ser utilizado como una herramienta terapéutica complementaria.

Ante todos estos hallazgos, se nos plantean otro tipo de dudas, por ejemplo en el caso de personas jóvenes afectadas gravemente por la COVID-19 y que no es la edad la desencadenante de la disminución de los niveles de estos microRNA, en estos casos, ¿cuál sería el patrón?.

Como siempre, todos estos estudios parecen esperanzadores para encontrar estrategias que nos acerquen al fin último de tener una terapia para luchar contra esta pandemia lo antes posible, pero debemos ser muy cautos con este tipo de avances por que queda mucha etapas por desarrollar para confirmar su validez.

Referencia: Fulzele Sadanand, Sahay Bikash, Yusufu Ibrahim, Lee Tae Jin, Sharma Ashok, Kolhe Ravindra, Isales Carlos M. COVID-19 Virulence in Aged Patients Might Be Impacted by the Host Cellular MicroRNAs Abundance/ProfileAging and Disease, 2020; 11 (3): 509-522 DOI: 10.14336/AD.2020.0428 

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El rejuvenecimiento del sistema inmunitario podría ser una de las estrategias para el tratamiento preventivo de la COVID-19 en personas mayores.

El envejecimiento es un proceso complejo y multifactorial que resulta el mayor factor de riesgo para las principales patologías humanas, como el cáncer, la diabetes, los trastornos cardiovasculares y las enfermedades neurodegenerativas.

Ahora, además, tristemente se suma la COVID-19 dentro de esta alta prevalencia en la que el virus se muestra más infeccioso y letal con las personas mayores. Las estadísticas mundiales de la pandemia del SARS-CoV-2 parecen indicar que es una infección que afecta en mayor proporción a las personas mayores. Según Worldometers, un recurso en línea que agrega datos sobre COVID-19, de las 1.864.639 personas infectadas en todo el mundo al 13 de abril de 2020, 433.825 pacientes se habían recuperado y 115.101 han muerto. En base a estos datos, se determina que la tasa de mortalidad (nº muertes/nº casos detectados) son hasta ahora de 3,6% para individuos de 60 a 69 años, 8% para individuos de 70 a 79 años y 14,8% para 80 años o más. La mayoría de la población infectada tiene 50 años o más, mientras que la mayoría de los fallecidos tiene 60 años o más.


Entre otras, una de las posibles causas de los aumentos mostrados en la mortalidad, gravedad y letalidad de la infección por la COVID-19 asociados con la edad es la inmunosenescencia, que es el deterioro gradual del sistema inmune provocado por el avance “natural” de la edad. Entre los factores que contribuyen a la inmunosenescencia se encuentra la disminución de la actividad crónica del timo con el transcurso de la edad. De hecho, las tasas de infección de COVID-19, estratificadas por edad, se correlacionan con esta disfunción del timo. Esta glándula es más activa en la edad infantil, alcanzando su tamaño máximo durante el primer año. Su actividad luego disminuye con la edad hasta que un individuo alcanza entre los 40 a 50 años, después de lo cual quedan pequeños rastros del timo restante, reemplazado por tejido conectivo fibroso. Como resultado de esta disfunción del timo, la generación de nuevas células T disminuyen significativamente según avanza la edad.

Esta inmunosenescencia asociada a la edad conduce a una capacidad cada vez más reducida para resistir las infecciones, lo cual produce daño biológico y pérdida de la homeostasis, lo que a su vez contribuye a un envejecimiento acelerado y al desarrollo de enfermedades relacionadas con la edad generando una especie de “pescadilla que se muerde la cola”.

En este contexto, las medidas preventivas clásicas y las estrategias de tratamiento utilizadas hasta ahora para atacar enfermedades infecciosas como el caso de la COVID-19 pueden no ser tan efectivas, y podrían ser necesario contemplar estrategias alternativas geroprotectoras.

Estas alternativas de intervención deberían permitir especialmente a las personas mayores inmunocomprometidas generar una respuesta inmune más eficiente a las vacunas que se desarrollaran para ayudar a erradicar la enfermedad y así reducir la mortalidad asociada. Una vez que podamos salir de esta fase de intervención y con el propósito de disminuir esta tasa de mortalidad y mejorar la calidad de vida, principalmente entre las personas mayores y las poblaciones más vulnerable, los gobiernos y los sistemas de salud deben investigar estrategias preventivas y de intervención derivadas de los avances ya realizados en las investigaciones del envejecimiento.

Se han iniciado en la mayoría de los países y a nivel global diferentes vías de financiación para la investigación de tratamientos de enfermedades infecciosas en respuesta a la COVID-19, y aunque sin duda se invertirá mucho dinero en diferentes alternativas investigadoras, quizás sería interesante también asegurar la financiación de aquellas líneas prometedoras que ya estaban en marcha como por ejemplo las mencionadas sobre la mejora de la función inmune en las personas mayores.

En este punto podemos hacer una breve mención de las investigaciones alrededor de la mejora de la función inmune más destacables realizadas hasta la fecha como por ejemplo, la estrategia ya mencionada sobre el desarrollo de medicamentos que apuntan a la reactivación del timo atrofiado, donde se reactiva la producción de células T, o el desarrollo de inhibidores de mTOR que parece que han mostrado signos de ajustar el metabolismo para mejorar el sistema inmune.

Otras estrategias prometedoras son la regeneración de los ganglios linfáticos, vital para la coordinación de una respuesta inmunológica adecuada o la regeneración de la población de células madre hematopoyéticas que crea todas las células inmunes o la destrucción selectiva de células inmunes defectuosas o senescentes, las cuales han mostrado ser enfoques prometedores, pero todavía lejos de estar preparados para su salto a los ensayos clínicos. Quizás la estrategia de eliminación de células senescentes mediante terapias senolíticas es una perspectiva a más corto plazo para poder hacerse realidad.

Por tanto, resultaría interesante tener presente para aplicar en las etapas más avanzadas, estrategias preventivas de investigación contra la COVID-19 que puedan proporcionar terapias capaces de hacer que una persona de 70 años exhiba el perfil y la respuesta inmune de una persona más joven. Para ello, se requiere la voluntad para asegurar ahora los fondos de investigación para avanzar en las investigaciones más prometedoras de rejuvenecimiento del sistema inmune.

Referencia: Geroprotective and senoremediative strategies to reduce the comorbidity, infection rates, severity, and lethality in gerophilic and gerolavic infections. Alex Zhavoronkov. https://www.aging-us.com/article/102988/text

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