Archivo de octubre, 2013

SUGERENCIAS SOBRE LA FORMACIÓN POSGRADO: A PROPÓSITO DE LOS CURSOS

 

No son nuevas nuestras cavilaciones sobre la formación disponible en el mercado cuando terminamos nuestros estudios oficiales y que nos habilitan para el ejercicio profesional. Hemos hablado sobre los matices y requerimientos que la diferencian en varias ocasiones. Ahora, inmersos de nuevo en un curso, recobramos alguna reflexión y aportamos nuevas.

En los últimos años, aunque nos parezca que hace más tiempo, han irrumpido nuevas formas de enseñanza en el ámbito de la educación formal que se han extendido a otros entornos educativos. La educación a distancia tiene ya una larga vida, pero nos referimos a la incorporacón de las tecnologías de información y comunicación (TIC) para facilitar el acceso a todo tipo de acciones formativas. Así, surgieron cursos con envío de temarios y evaluación a través de la red, campus, foros, recursos audiovisuales. Con esto estamos la mayoría, al menos de oídas, familiarizados. La incorporación de los cursos en línea masivos abiertos (COMA en su acrónimo castellano o MOOC, de Massive Open Online Courses, en inglés) ha supuesto un avance en la formación en general y en la formación a distancia en particular. La cuestión es para nosotros si no es hora de incorporar estos avances de manera determinante a la formación en la Fisioterapia.

Un comentario recurrente es que, a priori, la enseñanza de fisioterapia, dado su elevado componente práctico, no puede incluir formación a distancia. Pero parece obvio que hay una cantidad ingente y creciente de materia teórica susceptible de ser adquirida y/o recordada con los medios clásicos (libros, revistas, vídeos, audio) o a través de la red con sus múltiples recursos. Esto puede enriquecer y contribuir decididamente a una mejor formación práctica. Un curso al que estamos asistiendo nos ha hecho plantearnos cómo incorporar las TIC en el ámbito, también, de la formación en competencias no teóricas.

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Categorias: Docencia, Formación

CIENTIFICISMO EN FISIOTERAPIA*


La Fisioterapia es, decimos, una disciplina científica. Lo afirmamos solemnemente, nos enorgullecemos de ello, a sabiendas, conscientemente, de que eso nos lleva a la categoría superior y al reconocimiento por las demás disciplinas. Partiendo de esa premisa nos afanamos en discusiones sobre nuestras competencias o exponemos los supuestos logros de nuestras intervenciones. Lo que no tenemos tan claro, en nuestra opinión, es lo que eso implica.

Hace unos días leímos una breve conversación en Twitter sobre la fundamentación científica de un técnica de la que se había realizado formación también recientemente. Se cuestionaba a la formadora cuando no hay publicados estudios que respalden sus enseñanzas. No es nuestro objetivo dilucidar la valía “científica” o no de lo que se expuso sino utilizarlo como ejemplo del galimatías al que a veces nos lleva nuestro afán o nuestro desdén por el cientificismo.

Según el diccionario de la RAE el cientificismo, en una de sus acepciones, es la “teoría según la cual los únicos conocimientos válidos son los que se adquieren mediante las ciencias positivas”. También es, en otra acepción, la “tendencia a dar excesivo valor a las nociones científicas o pretendidamente científicas”. La primera es más descriptiva, la segunda más valorativa. En todo caso, pensamos, hay muchas prácticas dentro de la fisioterapia que cuentan con el aval que otorga el haber sido sometidas a estudios de validez, de mayor o menor alcance, con mayor o menor relevancia clínica. Otras muchas, al contrario, se enseñan y consideran como efectivas sin ese aval. O, lo que parece preocupante, cuando el método científico ha puesto de manifiesto su ineficacia. Estas circunstancias no son, ni mucho menos, propias de la Fisioterapia. Se dan en Medicina, Enfermería u Odontología, por nombrar algunas.

Las pruebas, desafortunadamente llamadas evidencias, son necesarias si se quiere ser científico. Eso supone un esfuerzo por parte de unos en pensar, elaborar y ejecutar estudios que las obtengan. El que lo haya hecho, o conozca el procedimiento, sabe lo arduo, prolijo y hasta costoso que puede llegar a ser. Por eso, los que lo valoran, se sienten más atañidos y agraviados por los que consideran el cientificismo en la segunda acepción de antes. El otro extremo, al que ha derivado una corriente de pensamiento en Fisioterapia, es desacreditar todo aquello que no haya sido previamente comprobado con el rigor del método científico, en una interpretación “extrema” de la Medicina Basada en Evidencias (MBE), o más extensamente denominada Atención Basada en Pruebas (ABP). Estos se encuadran en el cientificismo según la primera acepción.

La Fisioterapia, y las demás disciplinas sanitarias, deben encontrar un equilibrio entre estas dos posiciones. De hecho, lo natural es tender al mismo aún permaneciendo las posturas encontradas. La definición primigenia de la MBE incluye las preferencias y expectativas del usuario y la experiencia del clínico. En su espíritu está, por tanto, considerar el conjunto de conocimientos de este último, explícitos pero también implícitos, y su pericia. El resultado final es la fundamentación de nuestros actos y el discernimiento del origen de sus consecuencias. Con ello evitaríamos reincidir en errores terapéuticos y diagnósticos, promocionar procedimientos que no han sido comprobados mínimamente y sucumbir ante el embaucamiento se supuestos sabios que carecen de respaldo científico. Los fisioterapeutas más ejercitados saben de todas estas circunstancias. También saben que se reiteran las practicas y enseñanzas que no se someten al tamiz de la ciencia y que han adquirido crédito sin base en resultados comprobados. Por ello, una vez más, apelamos al sentido crítico, construido con metodología y a que, los que se dedican a la docencia se lo transmitan a los futuros fisioterapeutas como una competencia inexcusable.

*Artículo originalmente publicado en fisioeducacion.net

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ES LA BIBLIA

 

La biblia, además de ser un libro religioso, es también, según el diccionario, una “obra que reúne los conocimientos o ideas relativos a una materia y que es considerada por sus seguidores modelo ideal”. Así, cuando se usa la expresión que titula esta entrada, nos referimos a algo ideal, sea conocimiento, procedimiento u opinión.

En una conversación ordinaria, entonces, decir que esto o aquello “es la biblia” quiere significar que es algo incuestionable o que debería serlo, sin someterse a reflexión o crítica. Podemos decir que eso que se dice, hace o piensa es evidente. Lo evidente es lo cierto, indudable, que se da por supuesto. Algo muy distinto a la poco afortunada traducción del inglés evidence, cuando hablamos de la pruebas necesarias procedentes de la investigación para que un procedimiento terapéutico o diagnóstico sea considerado como válido. Además, en ciencia, lo probado no llega a ser evidente sensu stricto, pues está siempre sometido a revisión.

Bien, tras esta contextualización lingüística, se entenderá nuestra sorpresa cuando en el curso al que aludimos en la entrada previa escuchamos a un profesional sanitario utilizar la expresión de “es la biblia” refiriéndose a la pertinencia de administrar o administrarse una medida antiinflamatoria en presencia de inflamación. Obviando así la fisiologicidad del proceso inflamatorio. No es nuestra intención discutir sobre si esto es correcto o no, o si depende de otras circunstancias. Este es un tema de debate recurrente en Fisioterapia y buen caldo de cultivo para las posturas naturalistas. Lo sustancial para nosotros aquí es la posición de afirmación taxativa, apodíctica de este y otros profesionales sanitarios. Como lo dicho en la biblia para el creyente se toma algo como dogma. En Fisioterapia conocemos muchos ejemplos de posturas cerradas, de escuelas, de marcos conceptuales propios que se asumen y no se someten a juicio reflexivo, constructivamente crítico. Se cree evidente lo aprendido, ideado, pensado, sin tener “evidences” (o sea, pruebas derivadas de la investigación). O desconociéndolas u obviándolas cuando refutan, desmienten o desaprueban nuestro proceder. O cuando, como la biblia, son palabra de un dios por el que sentimos admiración reverencial.

El ser humano se mueve mejor en el terreno de la certidumbre, le molesta la duda como el caminar por un terreno pantanoso, se puede sentir cómodo asentado en posiciones dogmáticas. Lo malo, o bueno, es que la ciencia es ajena a la certidumbre aunque no ceje en  el intento de aspirar a ella. Por eso a veces no entendemos como se puede creer “en las biblias”.

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DOLOR

 

Titulo vago, directo, exiguo, corto. Un término sin más. Todos podemos definirlo, todos lo conocemos, todos lo hemos padecido. Y algunos trabajamos cotidianamente con él. Es nuestro gran caballo de batalla. Y sin embargo sigue siendo una gran incógnita. Muchas veces esquivo, incomprensible, errático, caprichoso. 

Tenemos la oportunidad en estos días de asistir a un curso sobre él. En sí mismo, en su esencia. No hablamos de técnicas, tratamientos, escuelas. El centro es él. El profesor es un neurólogo, Arturo Goicoechea, que conocíamos indirectamente a través de su bitácora, y previamente por comentarios y alusiones  de otros colegas fisioterapeutas. Es un hombre afable, cuya presencia nos recuerda la del vetusto maestro. Su lenguaje es cercano, cotidiano con un discurso comprensible pero que hace patente una profunda sabiduría de lo que habla. Su presentación es sobria, jalonada con multitud de referencias bibliográficas recientes que nos recuerdan que la puesta al día no tiene obstáculos en la edad del que la cultiva.

Este neurólogo parece estimar a los fisioterapeutas, quizás también porque tiene familiares muy directos que lo son. Nos lo dice y lo dice en su blog (http://arturogoicoechea.wordpress.com/2013/09/30/con-los-fisios-en-bilbao/). Nuestra predisposición a escucharle quizás también esté sesgada por ello. Valora nuestro trabajo y lo conoce y ello le permite también hacer una crítica a “ese montón de técnicas” que tenemos y a la falta de justificación científica y a los sesgos que no escasean en nuestra profesión.

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