‘Opinión’

¿ÉLITE?

Es 8 de septiembre. Estío languideciente, con coletazos de calor, a las puertas el otoño. Reincorporación a la vida rutinaria, también la laboral, con mayor o menor entusiasmo. Y los sanitarios adaptándose a la presencia exacerbada o larvada del coronavirus. Los fisioterapeutas celebran es este día, cada año, su día mundial. 

No nos sorprendería que el lector, con altas posibilidades de ser fisioterapeuta, no se haya enterado de esta celebración o que, aún sabiéndolo, no le haya dedicado más que un pensamiento fugaz. Pudiera ser que nos pasáramos de listos y seamos excesivamente pesimistas sobre la implicación de nuestros colegas en su profesión. También somos muy escépticos sobre el reconocimiento y desarrollo de la misma en la sanidad pública y privada. Aún así hemos  escrito en Twitter unas líneas con esa sensación.

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VOCACIÓN

¿Es necesaria la vocación para ejercer una profesión sanitaria? Esta es la pregunta que nos hemos hecho en muchas ocasiones, en rumiaciones o en conversaciones con otras personas. Hace unos días la repetimos en alto y, como en otras reuniones grupales, parece que se daba por hecho que la respuesta es un sí categórico.

En aquella conversación surgió el tema de la elección que los jóvenes bachilleres tiene que hacer en estos días, tras superar las pruebas de evaluación que les dan acceso a la universidad. Muchos de ellos lo tendrán claro por una inclinación gestada desde hace años o nacida por el contacto con alguna profesión a través de otras personas o en los multiples canales de información que conviven hoy día. Otros, sin embargo, elegirán por descarte o preferencias menos evidentes, presiones o inercias familiares, creencias sobre las salidas profesionales o sobre expectativas económicas. En todo caso, todos elegirán por algún motivo más o menos manifiesto ante los demás o ante ellos mismos.

En aquel debate amistoso se pesupuso por alguien que los sanitarios eligieron en su día por vocación. Y también se apostilló que esa vocación debiera permanecer en el tiempo en este grupo de profesionales. Surgió además la cuestión de si esta situación se daba en otras profesiones con marcado cariz de servicio, como pueden ser los policías. Habiendo en el grupo parlante representantes de ambos colectivos las respuestas no obedecían a opiniones o creencias distantes de la realidad parcial de cada uno de ellos.

En el caso del policia admitió sin ningún sonrojo por su colegas que la vocación no estaba presente en muchos de los mismos. Estamos seguros que si hubiera habido bomberos o miembros de la UME habría pasado lo mismo. Y es que, además, NO pasa nada porque sea así. Integrar el funcionariado estatal, autonómico o municipal es un privilegio, al menos así lo ve mucha parte de nuestra sociedad. Y sería inocente pensar que un bombero lo es sólo porque quiere exponerse a peligros por afán de servicio o desencarcelar accidentados. Probablemente un sueldo muy digno, la disponibilidad de jornadas laborales compaginables con otras actividades, prestigio social, etc. sean motivos suficientes.

En el caso de las profesiones sanitarias pueden darse condiciones que las hagan atractivas sin requerimiento de una vocación en el sentido un tanto romántico de sentimiento de llamada, de inclinación incontenible, de tendencia impetuosa, de generosa solidaridad. Si nos fijamos en la profesión sanitaria de más consideración social, la Medicina, podría pensarse que años de sacrificado estudio, seguido de más años de formación especializada, no pueden sobrellevarse sin un ánimo impulsado desde la vocación. No lo podemos asegurar ni refutar. Pero sí tenemos experiencias que nos indican que la vocación, si la hubo, se puede esfumar y transformarse en reclamo de mejores condiciones económicas sin las cuáles aquella no se mantendría. Ídem se puede decir de la Enfermería que a base de jornadas intempestivas, menores retribuciones y consideración que la Medicina, acaba socavada y desmotivada. Entonces, concluímos que la vocación filantrópica no es imprescindible para mantenerse en estas profesiones, las más representativas entre las sanitarias.

¿Y qué decir de la Fisioterapia, nuestra profesión? Pues algo parecido. Nos atrevemos a afirmar, ahora sí, que esa vocación a la que aludimos al principio del párrafo anterior NO es la que ha seducido a muchos de esos bachilleres que desean estudiarla ni a muchos de los que la estudiaron. Cierto prestigio social percibido, ciertos prejuicios y creencias sobre la empleabilidad y la remuneración, atraen a unos jóvenes naturalmente ingenuos y sorprendentemente desinformados. Y, como en todas las profesiones, sanitarias o no, las condiciones laborales, el contexto, las ambiciones, la frustración o el descubrimiento de que hay otras cosas pueden aminorar o directamente acabar con cualquier atisbo de vocación.

Repuesta a la pregunta de inicio: NO. El día a día como compañero y usuario de la sanidad, pública y privada, nos hace ver que se puede ejercer sin vocación. ¿Significa eso que se haga mal? Taxativamente NO. Obligación y responsabilidad no son incompatibles con falta de devoción y entusiasmo. Se puede ser un fisioterapeuta muy competente sin sentir ese anhelo de ayuda desinteresada ni una llamada interior hacia la profesión. Otra cosa es si eso es lo que más enriquece, reconforta o colma la vida profesional y, por qué no, la personal. Nosotros, hasta ahora, todavía vemos la Fisioterapia como una presencia que sirve para mucho más que para darnos de comer. ¿Y vos?

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SANIDAD PÚBLICA Y NUEVA AMSTERDAM

En los últimos meses hemos estado viendo una de las muchas series que la televisión nos ofrece. No somos habituales videntes de ellas, pero nos hemos dejado sorprender por alguna que otra. Eso nos ocurrió con “New Amsterdam”, seguro que condicionado por el mundo profesional que presenta, al ser precisamente una serie que se desarrolla en un entorno sanitario..

Somos selectivos de lo que vemos, leemos, escuchamos, en función de diversas variables como la disponibilidad de tiempo, las alternativas de ocio disponibles, nuestras obligaciones. La confluencia de algunas cosas nos llevó a engancharnos a esta serie “de médicos”. Y seguro que fue determinante el primer episodio, en el que aparecía un un personaje protagonista  diferente, irreverente, innovador, hasta transgresor, inmerso en un sistema sanitario muy distinto del nuestro y con ideas socializantes. Además, nos llamó la atención las continuas exposiciones implícitas y explícitas de situaciones y personajes que suponemos pretenden reflejar la sociedad de EE.UU., con su diversidad y contradicciones. Incluso nos atrevemos a intuir una pretensión moralizante y de denuncia larvada o descarada.

Por mostrar algunos ejemplos, se ve y se habla de diversidad racial y cultural, de racismo, del acceso de puestos de gestión y dirección en función de raza y sexo, de compaginar la vida personal y profesional,  de gestión eficiente de recursos humanos y materiales;  de aborto, de suicidio, de eutanasia; de liderazgo en las organizaciones, de compromiso con el hospital y con la profesión, de rigor en la formación; de relaciones interprofesionales; de relaciones con los pacientes más allá del deber y de la estricta atención sanitaria;  de equidad y accesibilidad al sistema sanitario, de conflictos éticos, de presencia de intereses crematísticos y empresariales y de su primacía sobre la asistencia sanitaria; de cambio desde las bases, de utopías.

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2020

Hacer resúmenes, balances, valoraciones de final de año es tan habitual que no es nuestro estilo. O tal vez lo fue y hoy no nos sentimos impelidos a hacerlo. Precisamente un año en el que las consideraciones generales se pueden alargar o concretarse en un simple “el 2021 lo tiene fácil”. A pesar de ello, tenemos algunos apuntes.

A 2020 le quedan pocos días. Un año con número redondo, bonito, presuntamente olímpico. Y nos salió rana. Desde sus inicios, perdido en algún noticiario, se escucharon atisbos de lo que venía. No le hacíamos caso o le quitábamos importancia, ¡como para dar vueltas a un asunto que los expertos consideraban asuntillo! E, inopinadamente, algunos empezaron a alarmarse, que aquello no era un catarro ni una gripe pejiguera.

La tensión se acrecentaba, o eso creemos recordar de un relato que ahora nos resulta difícil de reconstruir, y seguro que completamos con creencias reconfiguradas o con aquello de “se veía venir”. Nosotros estábamos dedicando parte de nuestro trabajo como fisioterapeuta en la planta a la UCI, una UCI menor de 10  o 12 camas en un hospital mediano de una urbe media del sur de Madrid. Por eso creímos oportuno sumarnos a ella en los trabajos de posicionamiento de los pacientes, con otros compañeros, el ahora famoso “prono”. Hemos difundido es esta bitácora lo acaecido aquellos primeros meses en nuestro hospital, nuestra experiencia necesariamente sesgada por nuestros prejuicios y nuestra visión parcial y limitada. También en Twitter, donde no parábamos de escribir aquello de #hayquEstar, en alusión a la pertinencia de la presencia del fisioterapeuta en aquel momento, pero más a la necesidad de que el fisioterapeuta sea un miembro habitual del equipo de las UCI.

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PRÁCTICUM…¿Y AHORA QUÉ? (II)

En julio de este año, inmersos en el verano, tras unas merecidas vacaciones, tras meses de trabajo alterado por la pandemia, encontramos un rato para pensar en nuestra labor docente en el hospital, en su obligado cese en marzo y en el devenir de la misma en el curso en el que ahora estamos.

Con el criterio más asentado, tras la experiencia vivida y conocida, nos atrevemos a plasmar aquí una continuación de nuestras cavilaciones. Hemos de dejar claro que no pretendemos una crítica gratuita ni haremos referencia a ninguna universidad en concreto. El lector, clínico, docente, gestor, o mezcla de ello, debe entender que nuestra preocupación es sincera. No en nuestra condición de profesor asociado o profesional sanitario, sino como ciudadano que contribuye gustosamente con sus impuestos a la formación de los futuros enfermeros, médicos o fisioterapeutas, entre otros.

Hay que recordar  y entender que la pandemia supone cambios, adaptaciones, supresiones, innovaciones también en el ámbito de la asignatura de Prácticum, como en el resto de actividad docente, universitaria o no. Lo que atisbábamos en julio en la entrada (1) a la que ahora damos continuidad era una falta de previsión para minimizar las repercusiones de la pandemia, dada la característica inherentemente presencial de las prácticas clínicas. No teníamos noticias de planes de contingencia. Seguramente estos estaban en mentes o informes, pero la consideración marginal (no es peyorativo) que la Academia tiene hacia la figura lejana de tutores o profesores asociados nos hacía ignorantes de esos programas.

Tras semanas de incertidumbre, los prácticums comenzaron ya con retraso. Comprensible cuando a la vuelta del verano se confirmaban incrementos en contagios e ingresos en los hospitales. Sea por esto, acompañado por imprevisión o relajación, o por razones que se nos escapan, la resultante es que la duración de la asignatura en su parte de presencialidad, de contacto con el entorno clínico y con el paciente se ha visto notablemente aminorada.  Quizá no en su caso, estimado lector. Pero no dude que ha ocurrido. Por eso nos vemos impelidos a repreguntar, quizá en el vacío, ¿ahora qué? En junio tendremos “en el mercado” a profesionales sin la vivencia experiencial que sólo se adquiere en el puesto asistencial, en el despacho, a la vera de una cama o en una sala de fisioterapia. Se podrá argumentar que se ha hecho lo posible, que han superado un mínimo de estancia en el hospital o centro de salud. Pero entonces, si eso les habilita para obtener su título (en el caso de los estudiantes de cuarto de Enfermería o Fisioterapia), ¿por qué no extender el modelo a futuros cursos? ¿Se va a reducir el importe de la matrícula que obedece a una carga docente mucho mayor?

Nos atrevemos a responder, con lástima y resignación (aunque estemos curtidos para que nos quite el sueño) que esta situación pasará, diremos que no quedaba otra; los alumnos, tras protestas más o menos airadas, se conformarán mientras tengan el papel en junio próximo; no se devolverá ningún euro. Así todos “satisfechos”. Ese capital experiencial que se asume en el trato con profesionales y estudiantes de la propia disciplina y otras, con la presencia en los centros, con el trato a pacientes y familiares, se irá construyendo, con suerte, en los próximos años, esquivando situaciones más o menos embarazosas. Se disimularán y encubrirán las fallas en la formación, esperando que no traigan consecuencias notables para los usuarios. ¿Alguien lo duda? Esperemos que ya el curso que viene la normalidad regrese. Y esperemos que si tenemos la mala suerte de precisar los servicios de los profesionales que ahora son estudiantes sepan camuflar esos déficits de conocimiento y práctica que seguro tendrán. Más nos vale a todos.

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Referencias:

1. González-García JA. PRÁCTICUM…¿Y AHORA QUÉ? En Fisioterapia https://www.madrimasd.org/blogs/fisioterapia/2020/07/24/practicum-y-ahora-que/. Acceso 15 de noviembre de 2020.

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RECETA DE FISIOTERAPEUTA (II)

Hace cerca de ocho años escribimos una entrada (1) sobre la posibilidad pretendida desde la profesión enfermera de prescripción de medicamentos. Aquello trajo conflictos, diatribas, idas y venidas lógicas y esperables entre los representantes de los colectivos implicados, médicos y enfermeros. 

Damos hoy continuación recordando que todo aquello culminó con el texto refundido de la ley de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios, publicado en forma de Real Decreto en julio de 2015 (2). En dicho texto se dice en el artículo 79: “los fisioterapeutas también podrán indicar, usar y autorizar, de forma autónoma, la dispensación de medicamentos no sujetos a prescripción médica y de productos sanitarios relacionados con el ejercicio de su profesión, mediante orden de dispensación”. Lo curioso es que esta disposición no parece ser conocida por un amplio sector de los fisioterapeutas.

En la entrada mencionada, de 2013, se incluyen algunas respuestas de lectores. Nuestra posición quedaba clara. La posibilidad de recomendar, pautar (o prescribir, ¿por qué no?) ciertos medicamentos nos parecía algo positivo para el usuario que no ponía en peligro la esencia de la fisioterapia ni suponía intrusión o asunción de competencias de otras disciplinas. La legislación apoya desde 2015 esta humilde opinión. Quizá más razonable aún sea que el fisioterapeuta recomiende “oficialmente” ortesis, medias de contención o ayudas técnicas. Lo hacíamos ya oficiosamente.

Se enarbolan banderas como las del respeto a las competencias propias y ajenas, de la fidelidad al carácter físico de la profesión o de la necesidad de una formación que no se tiene al efecto. En esta bitácora seguro que nosotros habremos esgrimido argumentos de esa índole. Estos cinco años de rodaje no parecen apoyar esas pegas. Y no es que nosotros hayamos dado un giro copernicano, sino que, como hemos dicho, el beneficio de que el fisioterapeuta pueda asumir responsabilidad (parcial y limitada) sobre la medicación es para el paciente.

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LA HISTORIA CLÍNICA Y EL ESTUDIANTE

La formación en las carreras sanitarias comprende un extenso número de competencias de carácter técnico-procedimental. Su adquisición se produce en prácticas simuladas o de laboratorio, generalmente en las universidades. Además, como elemento imprescindible para la preparación a un desempeño real, se desarrollan prácticas clínicas como asignatura que, en nuestro entorno, se denomina prácticum.

Volvemos sobre este asunto, en este caso a raíz de la dudas que nos surgen cuando el estudiante se asoma un año más al hospital y se ponen pegas para su acceso a los datos clínicos. El número de estudiantes de Ciencias de la Salud en el ámbito universitario rondan el cuarto de millón (1). Eso supone un esfuerzo considerable para propiciar y financiar su formación en centros sanitarios. Suponemos que la calidad de las prácticas es variable, pero preferimos asumir que se aspira a una consecución de las mismas que suponga un desempeño clínico-asistencial solvente y científico.

La atención sanitaria conlleva el manejo de conocimiento teórico-práctico e información adecuados a cada caso, en un entorno dinámico, cambiante como es la propia biología de la salud. Además, el abordaje suele ser, sobre todo en el ámbito hospitalario, multidisciplinar. Manejamos datos objetivos, impresiones, experiencias, habilidades propias y coordinadas con otros profesionales. Todo eso posee un extraordinario e imprescindible instrumento de compartición que vehicula el flujo de información, la historia clínica electrónica. Hemos escrito previamente del tema en esta bitácora, siempre otorgándole ese papel esencial. Naturalmente, habrá sitios o entornos en los que la historia clínica sea en papel o no estará en red. Incluso habrá sitios donde tenga un desarrollo “testimonial” o ni siquiera exista una parcela en ella  para algunos profesionales. Pero asumimos que eso no es lo correcto, por no decir que no es es lo legal.

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DE VUELTA

Tras el veraneo nos hemos incorporado a nuestro puesto de trabajo en el hospital. Si el lector conoce las entradas previas sabe de algunos detalles de nuestro periplo profesional en los últimos meses. Así, desde la distancia, escudriñamos en los recuerdos. Pensábamos, a la par que se iban relajando las medidas impuestas para impedir la propagación del bicho,  que todo se iría normalizando y que nos quedaríamos con lo bueno que había emergido o se había acelerado por la desgraciada pandemia.

Así, aquella sensación de comunión con los compañeros salvando barreras intraprofesionales; la revalorización de la sanidad pública; el reconocimiento de su valía para todos sin distinción de clases; la necesidad de promover la investigación y la diversificación de nuestra economía; las nuevas formas de reunión, comunicación, formación y difusión del conocimiento; la colaboración trasnacional; el olvido de rencillas intranacionales, etcétera, etcétera.

Sin embargo, nos topamos con un virus resistente al calor, con el descuido intencionado de las medidas de prevención, el desprecio a las recomendaciones científicas, la distinción caótica entre territorios, las contradicciones secuenciales de muchos (ir)responsables políticos, el negacionismo y el resurgimiento de conspiranoias. Los propios profesionales hemos sido aquiescentes, tolerantes o participes de comportamientos poco cautelosos, acaso cansados por tantas minuciosas precauciones de forma tan dilatada.

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PRÁCTICUM…¿Y AHORA QUÉ?

Verano, vacaciones, viajes, pandemia, resaca,…¿nueva ola? Varias palabras que se conectan en un estado de cosas desconocido. Continuamos expectantes ante el futuro inmediato y el mediato. No salimos todavía de la incertidumbre provocada por el coronavirus del 2019 que transformó el 2020.

Vamos, avanzamos con tiento y recelo, reculamos. El bicho nos trae de cabeza, muchas veces por falta precisamente de cabeza. Se habla de “nueva normalidad” aunque lo inestable de la situación no parece que sea nada normal. Seguimos participando de la historia que, con cierta incredulidad, no pensábamos allá por marzo que sería la que está siendo. Todo se ha trastocado, y lo que nos queda.

Podríamos hablar de cualquier cosa, casi todo nos daría pie a especulaciones, lamentaciones, esperanzas o elucubraciones. Pero el título de la entrada nos delata. El prácticum es, para el lector ajeno a estas lides, una asignatura de multitud de titulaciones universitarias que supone la inmersión del alumnado en un entorno laboral y profesional. En el caso de las titulaciones sanitarias como Enfermería o Fisioterapia abarca alrededor de la cuarta parte de las mismas, es decir, como un curso académico de los cuatro que tienen las carreras. Su vocación es la integración de los contenidos teórico-prácticos adquiridos en la universidad con el trabajo de campo, en un entorno real de interacción con compañeros y profesionales que dé sentido totalizador a las habilidades, conocimientos, aptitudes y actitudes que se van imbricando, trabando y conectando en el currículo académico. Claro está, todo relacionado con la práctica asistencial, es decir, con la ineludible relación con los usuarios y pacientes. Esa relación es inmanente en la práctica sanitaria.

La excepcionalidad de la pandemia obligó a soluciones insólitas en el último tercio del curso 2019-20. Miles de estudiantes tuvieron que prescindir parcial o totalmente de la asignatura que, por su naturaleza, podemos considerar la más importante de la carrera. No hace falta discurrir mucho (casi mejor no hacerlo) para atisbar las implicaciones en la formación de muchos estudiantes que hoy ya son profesionales. Habrá enormes huecos en sus capacitaciones que con cierto empeño voluntarista podrán cubrir con los años. Otros aprendizajes netamente experienciales nunca podrán ser adquiridos.

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CORONAVIRUS Y FISIOTERAPIA

Suponemos que a estas alturas, con una situación de alarma y excepcionalidad en todos los ámbitos de la vida de la mayor parte de la población, se han escrito, y se escribirán, miles de artículos en todo el mundo. Escribimos desde la inmediatez, en la etapa álgida de una situación que durará todavía unas semanas.

Domingo por la tarde. En una ciudad española a 18ºC, sol y nubes. No se ve un alma por la calle, no hay vehículos y se oye el trino de los pájaros. Está prohibido moverse por la vía pública si no es por situación de necesidad. Se apela a la responsabilidad individual y colectiva para aminorar el ascenso de nuevos contagios por el coronavirus que aumenten descontroladamente los casos de COVID-19. Debemos evitar el colapso del sistema sanitario. Un panorama apocalíptico, o casi, y la sensación de estar participando de un hecho histórico que esperamos contar a los nietos. No podemos evitar acordarnos de la película Contagio (2011). La aconsejamos, aunque mejor fuera de este contexto.

 

El lector puede estar, como nosotros, en la fase crítica. Ahora mismo podríamos transmitir muchas sensaciones personales y percibidas de otros, aunque el encierro limita nuestra visión del panorama. Por mencionar algunas cosas, sentimos emoción por atisbar desprendimiento, solidaridad, agradecimiento, compromiso. Incluso apertura de miras, comunión con el vecino de barrio, ciudad y país. Claro, la hipercomunicabilidad del móvil nos espeta la irresponsabilidad, el egoísmo que desprecia al otro, la irreverencia de muchos, que nos han conducido a contagios evitables. También nos recuerda que las disputas, los recelos, el afán de protagonismo de muchos políticos no encuentran freno, ni siquiera cuando es políticamente correcto mostrar acuerdo aunque sea fingido. Pero quedémonos con lo bueno, por ahora.

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ME HA TOCADO UNA BECA, ¡LÁSTIMA!

Cualquiera en sus sanos cabales se alegraría de que le concedieran una beca. Es el caso, aunque con un poco de pesar. El pasado 25 de abril se celebró la asamblea general de los fisioterapeutas colegiados en la Comunidad de Madrid. Y en ella es costumbre el sorteo de becas de formación entre los asistentes. Nunca nos ha tocado la lotería, al menos en una cantidad notable, pero sí hemos sido agraciados tres veces con este premio a la asistencia.

Créanos el lector que no hay arreglo para favorecernos. Hemos participado en el Colegio de Fisioterapeutas de Madrid activamente en la elaboración de su revista mensual hace casi veinte años, hemos redactado multitud de artículos para la misma en años posteriores; y hemos disfrutado de la participación y apoyo de la entidad colegial en eventos organizados para la profesión como las cinco Jornadas Interhospitalarias de Fisioterapia y la más reciente Jornada de Prácticum. Pero no, no nos han favorecido en el sorteo. Ha sido una pura cuestión de azar. Desgraciadamente.

Sin ponernos trágicos, decimos desgraciadamente porque ese azar era de probabilidad fácil.  En las distintas asambleas a las que hemos acudido no recordamos haber llegado nunca a la centena de presentes. En esta ocasión dudamos si llegaban a cuarenta. Así cualquiera. Recordamos haber usado la bitácora al menos en otras dos ocasiones para quejarnos de la poca implicación del colectivo en el Colegio. Lo hicimos en una entrada en 2010 y de nuevo al año siguiente. A riesgo de parecer pesados, reiterativos y gruñones no nos hemos querido escapar a la crítica de la “asamblea vaciada”,  haciendo uso de ese adjetivo que se oye últimamente en otros planos reivindicativos. Esa crítica pretende ser constructiva. Si en 2011 parecía haber 7200 razones para no asistir este año debió haber más de 11000.

Entrada del CPFM. La mayoría de sus propietarios no saben ni dónde está.

En el pasado año hubo elecciones para elegir al equipo que gobierna el colegio. La participación fue destacada por muchos, aún sin llegar a 1000 votos, si no recordamos mal. Es decir, ni el 10% de los colegiados. Los números nos delatan. Eso es incuestionable. Tiraremos de expresión hecha: mal de muchos, consuelo de tontos. No creemos que haya mucha diferencia con otros colectivos, sanitarios o no. (más…)

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PARLAMENTEMOS: ENTRE EL RIGORISMO CIENTIFICISTA Y EL CREDULISMO

Durante los últimos meses hemos estado estudiando un poco la historia de una disciplina que consideramos muy cercana a la nuestra, la Psicología. Su actual cerebrocentrismo, el estudio de la conducta, su vinculación con el comportamiento ante lo cotidiano, ante la enfermedad, el estudio de las relaciones humanas, la hacen muy interesante para un fisioterapeuta.

Resulta inevitable establecer nexos entre muchos de los problemas, cuestiones, que circundan el devenir del ejercicio de la Fisioterapia y los asuntos estudiados por la Psicología. También pensar que tiene poco más de un siglo de historia como disciplina reconocible, independiente, en el mundo académico. La Fisioterapia, desde ese criterio, es aún más inexperta. Su identificación como profesión difiere de unos países a otros, en España tiene apenas 60 años, y tan sólo treinta y tantos como disciplina que se estudia en la universidad. Raposo Vidal et al (1) hacen un recorrido por esa historia en 2001 y citan al Boletín Oficial del Estado cuando anuncia que “la experiencia y madurez alcanzada por estas enseñanzas aconsejan su incorporación a la universidad, para ser impartidas en escuelas universitarias”.

Pero no es la historia lo que queremos acometer hoy, sino la reflexión  a raíz de la lectura de  unas líneas sobre la Psicología que bien se pueden extrapolar a la Fisioterapia. Nosotros nos hemos posicionado en relación con la práctica basada en pruebas o basada en “evidencias”. Leímos en su momento partes el libro de Sackett, Medicina Basada en la Evidencia, y lo tratamos de ajustar a nuestro trabajo. Probablemente la opinión que mantenemos haya evolucionado desde entonces. Quizá nos dejamos cautivar en un principio por el parecer de que toda intervención debía basarse en lo probado y mostrado en publicaciones periódicas actualizadas. No lo recordamos, pero creemos que, como muchos, obviamos que los creadores de este paradigma apuntaban que la experiencia del profesional y las preferencias del paciente jugaban también un papel protagónico, sin menoscabo de las “evidencias” aportadas por la literatura científica.

Se escucha en los mentideros fisioterápicos, reales y virtuales, mucha referencia a los estudios, a la sacrosanta evidencia. Es necesario, imprescindible, evidente que fundemos nuestros conocimientos sobre la base de lo estudiado sistemáticamente, con datos, fruto del trabajo experimental o de la observación, con metodología cuantitativa y cualitativa. No ponemos en duda eso. Sin embargo, debemos ser modestos. La investigación no puede recoger la complejidad del contexto en el que se desarrolla una intervención como la fisioterapia. Hay variables difícilmente cuantificables y, a veces, eluden la misma observación. Conceptos como “ojo clínico”, intuición, conocimiento procedimental,  creencias, prejuicios, expectativas, rodean el tratamiento, influyen en el resultado.

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