‘Opinión’

YA SOY CONSULTOR

Tras la convocatoria extraordinaria y la reactivación de la carrera profesional en el Sistema Sanitario de la Comunidad de Madrid los profesionales que forman parte de las instituciones sanitarias públicas pudieron solicitar el acceso al nivel que por antigüedad y méritos les correspondiera. Pasados varios años al fin se abría la posibilidad de ver reconocida la labor desempeñada en distintos ámbitos de nuestra actividad laboral.

El acuerdo que dio origen a la carrera profesional (1) data de 2006 y fue aprobado por el Consejo de Gobierno en enero de 2007 (2). Nosotros expusimos nuestra opinión abiertamente en los albores de esta bitácora (3). Como se puede comprobar, no nos satisfacía por no ser la forma la adecuada para su propósito, es decir,  ”ser un elemento de motivación para los profesionales sanitarios, que muestre y valore el devenir de su vida profesional” (anexo II, 1).

Según la Ley 16/2003, de 28 de mayo, de cohesión y calidad del Sistema Nacional de Salud, la carrera profesional es “el derecho de los profesionales a progresar, de forma individualizada, como reconocimiento a su desarrollo profesional en cuanto a conocimientos, experiencia en las tareas asistenciales, investigación y cumplimiento de los objetivos de la organización en la cual prestan sus servicios” (artículo 41.1). Durante estos 10 años el reconocimiento de nivel inicial es el único que ha tenido efectos económicos, sin duda un elemento motivador básico para cualquier trabajador. La crisis hizo que los sucesivos reconocimientos fruto de convocatorias en los centros no tuvieran repercusión dineraria.

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VACACIONES

Ciertamente no es un título muy original para las fechas que corren. O acabamos de disfrutar de ellas, o estamos en ellas, o paladeamos con antelación esas sensaciones de un cercano tiempo de viaje, ocio, descanso, idas y venidas, o un poco de todo. Los sanitarios no somos una excepción a las vacaciones. Cada uno según sus circunstancias podrá dejar consulta, centro u hospital, con mayor o menor holgura dependiendo de la coyunturas laborales. En cualquiera de los casos, usuarios o pacientes tendrán que prescindir de nuestros servicios.

Como otros veranos, entre cada una de nuestras vacaciones partidas, trabajamos con trasiego de compañeros y pacientes que se van o regresan. Son épocas de cierta languidez hospitalaria, en las que es muy fácil caer en la procrastinación. Ya vendrá septiembre con aire que nos empuje hacia algún proyecto, a retomar algo abandonado o diferido sine die o terminar eso que en junio nos pareció que podía esperar.

Ese clima de flojera, al que ayuda también el otro clima, se deja notar en la dinámica de nuestras unidades. La plantilla disminuye, con ello el número de pacientes y la actividad en general. No es el momento para reuniones, planes, sesiones clínicas o propuestas.

El paciente percibe a buen seguro esa situación. Y la comprende, son momentos del merecido descanso que todos tenemos o deberíamos tener. Ahora, eso no significa la ausencia de inconvenientes. Hemos transitado por estos espacios temporales como usuario de la sanidad, y resultan ciertamente incómodos. El interlocutor habitual deja paso al suplente, percibes la inexperiencia del profesional novicio cuando es el caso, repites una y otra vez la misma historia para poner al día a los nuevos o al recién llegado de vacaciones. Cuando oímos hablar de la humanización, te das cuenta de que a veces es casi imposible casarla con las situaciones inevitables de las estructuras sanitarias.

Y las unidades de fisioterapia no son ajenas a lo anterior. Se dan casos en los que, por mor de las ausencias de los titulares y de las sustituciones o suplencias, un mismo paciente puede ser atendido por tres o cuatro fisioterapeutas durante el verano. Además de la aludida repetición de lo que le pasa se puede llegar a “sufrir” la variación de enfoque con el que se aborda el tratamiento. Hemos hablado en más ocasiones de la variabilidad en la práctica clínica. Es algo habitual en todas las profesiones sanitarias y no tiene por qué producir perjuicio al paciente. Pero entendemos que pueda ser desconcertante cómo el fisioterapeuta anterior “no me tocaba” y “me mandaba ejercicio” y ahora, el nuevo, “me estira, me mueve y me da masaje”. O la situación inversa. Es normal que pueda causar cierta desconfianza ver cómo “mi problema” se aborda de manera tan diferente.

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CARRERA TERMINADA, ¿FORMACIÓN COMPLETADA?

La formación del profesional es un contínuum, algo inacabado por su propia naturaleza. Ni todo se sabe, ni el conocimiento sobre una materia es abarcable en su totalidad por su constante dinamismo, por la aportación permanente de avances, descubrimientos y experiencias. Por tanto, la pregunta con la que abrimos esta entrada no deja de ser retórica.

Cuando terminamos nuestros estudios universitarios, ahora de Grado, antes diplomaturas o licenciaturas, se nos supone un saber, un conjunto de conocimientos capacitantes para ejercer una profesión. Al menos eso parece que se pretende, que esa es la intención de la dedicación al estudio y la práctica durante cuatro años. Sin embargo, hay un comentario repetido entre muchos estudiantes de distintas disciplinas. Ahora parece que la obtención de un título universitario sería un primer paso, al que ha de seguir el concurso en un máster si se quiere aspirar a, ya sí, un puesto de trabajo, de mayor o menor calidad.

Esta podría ser la situación de los egresados de las escuelas y facultades de Fisioterapia. Así lo recoge Tomás Gallego, para nosotros eximio profesor, al que hemos aludido en otras ocasiones en esta bitácora. Lo hace en una de las páginas de la revista “30 Días de Fisioterapia”, publicada por el Colegio de Fisioterapeutas de Madrid en este mayo. Hace una recomendación a los recién titulados, que no es otra que hay que ser crítico con la formación posgrado que se pretende. Quizá porque este potencial cliente de tanta oferta formativa es el más vulnerable e impresionable. No podemos sino manifestar acuerdo con esa idea central de su discurso. Lo hemos dicho aquí en distintas ocasiones. Y ahora que una nueva hornada de fisioterapeutas saldrá al mercado laboral, nos parece buen momento para recordarlo. (más…)

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CENTROS DE APOYO O MEDIA ESTANCIA, POR FAVOR

El paciente ha sido intervenido recientemente. Eran previsibles inconvenientes derivados de su condición de persona que vive sola. Sí, tiene familia, hijos, pero viven a unos pocos kilómetros y, además, trabajan en jornada completa. Nada fuera de lo común. El médico responsable habla con el fisioterapeuta que sube a planta y le solicita un informe para un centro de apoyo. 

La estructura de la pirámide poblacional es seguro uno de los factores que hace que eso de los centros de recuperación o de apoyo sea familiar a muchos de los que trabajan en los hospitales de agudos. Por ello también muchas personas de lo común habrán oído hablar de esos sitios cuando por familiares, vecinos o amigos han conocido el caso de fulanita o menganito. Sin embargo, nos resulta extraño como incluso entre muchos profesionales  se desconoce la finalidad y características de este tipo de establecimientos sanitarios.

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CARTA ABIERTA A “EL CLÍNICO”

Espero que los lectores que siguen a este escribidor poco prolífico, los visitantes fortuitos de esta bitácora y los responsables de los blogs de Madrimasd me permitan unas cuantas palabras de carácter personal, alejadas de cualquier pretendido o pretencioso tono científico. Me gustaría dirigirme, hoy sí en primera persona, a unos cuantos profesionales que nos han hecho más llevadera la desdicha sobrevenida allá por el mes de mayo.

Se veían las nieves, resistentes aún a este condenado cambio climático, en las cumbres de la Sierra de Madrid. Sin esperarlo, con la mente puesta ya en unas próximas y comprometidas vacaciones, una desgraciada fractura abierta de pierna, de consecuencias que estaba muy lejos de atisbar, irrumpió en la vida de quien me dió la vida. Diligentes, competentes, los profesionales del SUMMA prestaron su atención, su alivio y, nada esperado en esas circunstancias, su comprensión. Nos propusieron el Hospital Clínico para el traslado, aceptamos tras algún titubeo. Al fin y al cabo era el hospital de referencia de toda la vida. Un poco más tranquilos, Servicio de Urgencias, personal de enfermería y aparecen esos médicos jóvenes y piensas que serán los MIR del turno de sábado por la tarde, de cuya competencia no quieres dudar, pero esperando que tras esas puertas haya algún adjunto avezado. Son momentos de sufrimiento, llamadas, llanto escondido, algún reproche y mucha, mucha incertidumbre. Por fin, “la operamos esta misma tarde”. Alivio. Incertidumbre de nuevo.

Tras unas horas la operación sale bien, pero hay que atender a las circunstancias propias de un hueso añoso y fragmentado. Pasa a la Unidad de Reanimación, o URPA , como allí la llaman. Le das la mano, muchos besos, “todo va a salir bien”, y tratas de que no aparezca la lágrima que la inquiete. Pasa a planta, y te quedas con la enferma, no se debe quedar sola cuando siente, y siento, otra dosis de incertidumbre. Comienza esa primera etapa de ingreso, heridas frescas, rutina hospitalaria: comidas, curas, cuñas. Aparecen visitas, distintos médicos, con pijamas de distintos colores, con informaciones varias, a veces muy parcas. Otras, pausadas, detalladas, concretas, como las del geriatra, Mora. Llega la lucha por la aceptación de la independencia perdida, la aceptación de la ayuda para lo más simple e íntimo. Y aparece la reflexión de un profesional que, como este fisioterapeuta escribidor, ha pasado al otro lado. Escudriñas en tus actos y en los de “tus compañeros”, los cuidados cotidianos toman otra dimensión, las palabras de ánimo y de cariño hacia tu ser querido las ves a 72 puntos. Y aparece un enfermero, pongamos que se llama Sergio. Mirada limpia, cuidado sereno, te cuenta, te explica, y está muy predispuesto a ayudar.

Alta, dependencia, soledad, cuidados ajenos, espera, y más, más incertidumbre. Semanas, varias consultas, “vamos a esperar un poco más para apoyar”, “esa herida hay que vigilarla”. Seis semanas,  y apoya, anda, nos lo dice Antonio, se apellida Urda. Se ha levantado, te ha dado la mano, y te enseña la radiografía con explicaciones de cómo va ese hueso añoso.  Te das cuenta de la importancia de esos gestos. Pero la herida sigue regulín. Debes ver al que sabe de eso, otro médico, el cirujano plástico. Te recibe pronto, se llama Rubén. Y cuando ya no estás busca un momento para telefonearte, que vayas en dos días que quiere adelantar las pruebas porque, otra vez, la tienen que operar. Es mayor, su tejidos, sus arterias aguantan menos una cirugía de colgajo. Te lo explica, lo dibuja, sabe que soy fisioterapeuta porque se lo dijo el traumatólogo, y algo entenderé. Otra vez a quirófano, otra vez la maldita incertidumbre. (más…)

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FORMADORES, ¿GRATIS?

Muchos profesionales sanitarios, mayoritariamente los que trabajan en centros de atención especializada, participan en la formación de sus futuros colegas. Los hacen bajo distintas figuras, con y sin remuneración, con y sin reconocimiento explícito. Es algo normalizado, poco cuestionado, quizás porque nos sentimos deudores de los que de la misma forma estuvieron antes formándonos a nosotros.

Esto ocurre tanto en formación pregrado como posgrado. Nos interesa, ahora, sobre todo la primera. Se da en todas las profesiones pero hablaremos de la que conocemos un poco, la Fisioterapia. En el código deontológico del Colegio de Fisioterapeutas de la Comunidad de Madrid, en su artículo 26,  se dice “el fisioterapeuta ha de contribuir a la formación profesional de los estudiantes de fisioterapia, ofreciendo su experiencia y sus conocimientos a las necesidades de su aprendizaje”. Nada más lejos de nuestra intención cuestionar la filosofía que subyace a ese encargo. Creemos que no es otra que la de compartir el saber y la experiencia como contribución a la sociedad y a la profesión. Esto está incrustado en la génesis de las disciplinas sanitarias.

Para los que estudiaron en la universidad pública lo dicho puede tener sentido.  Se les formó en centros con la participación de sus trabajadores y, en justa reciprocidad con su contribución y con la de la sociedad que los pagaba con sus impuestos, se les pide ahora que no eludan esa responsabilidad. En el caso de la universidad privada este argumento se debilita a no ser que se tome la formación como algo inherente al puesto, sin más consideración.

Ya hemos escrito sobre la docencia en las prácticas en el pasado y dejamos clara nuestra opinión (1-2). Fue hace ocho años, en un contexto distinto, el de la antigua Diplomatura de Fisioterapia, que dio paso al actual Grado. En el asunto de la formación, selección, evaluación, valoración de los formadores podrían haberse producido cambios aunque dudamos si tienen alguna trascendencia real en el quehacer cotidiano de tutores y profesores. En cuanto a la remuneración la situación parece similar. Decíamos entonces que “se puede ser profesor vinculado, con  reconocimiento legal, derechos laborales y retribución salarial. Se puede ser tutor de prácticas, con asignación dineraria no reglada y con un reflejo curricular de reconocimento discrecional. O se puede estar obligado a acoger alumnos en el puesto de trabajo sin ningún tipo de contraprestación”.

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AL OTRO LADO

Los profesionales sanitarios participamos en la atención de todos aquellos que acuden a nosotros. Para eso nos formamos. También somos pacientes potenciales y reales, acudiendo a colegas, compañeros o simplemente al profesional que nos corresponde cuando toca. Vemos esa atención que se nos dispensa, inevitablemente, desde una perspectiva diferente del no sanitario. Lo mismo ocurre cuando es un familiar el que necesita cuidados.

Esa diferente óptica nos hace considerar aspectos distintos y distintivos. Escudriñamos las actuaciones, las actitudes, las aptitudes, las habilidades del profesional con la visión de lo que se hace en otros sitios, de lo que se haría, de lo que haríamos, de lo que desearíamos o creemos que se debería hacer. Y esto también puede hacernos replantear lo que sabíamos y conocíamos, e incluso nuestra manera de hacer y pensar en situaciones análogas en las que nosotros o nuestros compañeros fuéramos los profesionales que prestasen la atención.

Todo eso nos ha ocurrido. O nos ocurrirá en un futuro poco deseado en el que nosotros o nuestros conocidos seamos pacientes. Es una manera cotidiana de proceder de la mente. La reflexión se genera, brota, cuando nos vemos sorprendidos o sometidos a incertidumbres. Más si cabe cuando hablamos de la enfermedad, del padecimiento propio o vecino. En las  esperas, las dudas, las decisiones apresuradas, las noches de vigilia, pensamos sin poder desprendernos de nuestra condición de terapeutas o cuidadores.

En esa suerte de ambivalencia permanecemos expectantes, indagadores, atentos. Somos padecientes  o familia a la par  que volvemos la mirada sobre nosotros mismos cuando miramos al profesional que nos atalanta.Y descubrimos los beneficios de una sonrisa, una palabra cálida, una petición de paciencia o una invitación a la despreocupación. E incluso damos un valor renovado a la respuesta solícita a una petición de información cuando nos sentimos perdidos. Distinguimos a distintos profesionales que se coordinan y nos hacen más llevadera la estancia obligada. Y, claro, también vemos cuando las cosas podrían ser de otra manera.

Esperamos tener presente siempre la importancia de los pequeños detalles, de un gesto, de una muestra de comprensión, de una palabra amable. No debería ser necesario, pero a veces se nos olvida que cualquier día podemos estar al otro lado.

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ESPERANZAy3

Un quinquenio parece ser un periodo de tiempo simbólico, un plazo habitual para medir, limitar, evaluar. Hace ya 5 años de un acontecimiento que marca un hito en la Historia reciente de España de una naturaleza y alcance que se verá con más justicia en el futuro. Nosotros estuvimos en la Puerta del Sol de Madrid en 2011. Lo escribimos aquí, y dos años después lo recordamos antes a que la coyuntura política española tuviera cambios más que relevantes.

Por aquel entonces, como ahora, había unas elecciones inminentes. Lo que a priori pudiera plantarse en la calle no tuvo un refrendo en la urnas. Nosotros nos dejamos ver el plumero sin rubor porque entendimos que el movimiento del 15M era eso precisamente, un movimiento desde las bases de la sociedad, informadas, demandantes de mejoras en el plano social y ético. No nos pareció nada instrumentalizado en origen, ni creemos que pecáramos de ingenuos.  Desde una perspectiva socioética, como ciudadano y como profesional sanitario con convicciones, creemos que hay que tomar partido, con respeto y curiosidad hacia lo que opinen otros.

El primigenio 15M era fresco, transversal, ilusionante, imaginativo. Con el tiempo, aún más, es difícil hacer una crítica de la acidez de las que se escucharon por entonces. Han pasado muchas cosas, y de aquel brote han salido distintas ramas. No nos cabe duda de que removieron y aunaron distintas corrientes de indignados. Ahora muchos se arrogan el engendramiento o la participación en el movimiento, se encumbran en un pedestal por unos méritos que son más bien compartidos.  No nos decantaremos por nadie,  ni orientaremos a hacerlo. Esa es la base de proponer un pensamiento crítico, la incitación a llegar a conclusiones propias con el tamiz de razonamiento. Pero sí consideramos necesario cuestionarnos qué supone aquel recuerdo en nuestras vidas y si tiene alguna trascendencia en lo personal y profesional.

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ESTADÍSTICA Y OTRAS COSAS, ¿ASIGNATURAS PENDIENTES?

Los estudios de Fisioterapia se desarrollan en el Estado español a lo largo de cuatro cursos académicos. La implantación de esta estructura, superando la previa de tres cursos, propició la inclusión de nuevos contenidos que beneficiarían una formación más amplia y sólida de los fisioterapeutas. Sería razonable pensar que fuera así.

Ha habido más ocasiones en las que nos preocupó escribir algo al respecto. Si el lector lo desea puede adentrarse un poco más, sin esfuerzo ímprobo, en lo  que pensábamos.  Escribimos sobre los entonces nuevos planes de estudio, sobre el aprovechamiento, o no, de los créditos académicos, o sobre la integración del nuevos procedimientos en el Grado.

En definitiva, nuestra opinión, que  por repetida es ya hasta cansina, es que el Grado en Fisioterapia puede incorporar la enseñanza de conocimientos y el adiestramiento en habilidades que posibiliten la construcción de un fisioterapeuta capacitado para el tratamiento integral de un usuario de su atención. Ello sin necesidad perentoria de formaciones complementarias, incorporando como ineludibles capacidades gestoras y de investigación.

La reincidencia en esta cuestión viene a cuento por la reflexión surgida al revisar la formación universitaria de otras disciplinas, y más en concreto la Estadística. Vemos que esta se incluye en muchos planes de estudio de Fisioterapia. Sin embargo, constatamos que los fisioterapeutas, también los más recientes, no tenemos conocimientos solventes en esta materia. Estamos generalizando, claro. Si nos equivocamos, agradeceríamos una aclaración. Se trata de una muestra, de un campo concreto de conocimiento, no relacionado con aspectos técnicos. Pero es una muestra válida para exponer la cuestión que nos interesa.

Por poner un ejemplo, en universidades españolas, Psicología también dura cuatro años. Se abarcan asignaturas de Estadística o se elaboran pequeños proyectos de investigación desde primer curso. No habría excusa para que en Fisioterapia no pudiera ocurrir lo mismo. Insistimos, de nuevo, cuatro cursos pueden ser suficientes. Nos apena,  como clínico parcialmente docente, como fisioterapeuta interesado en el desarrollo de su profesión, ver que el tiempo corre y “no es suficiente” para abarcar una serie de contenidos transversales y disciplinares. Otra cuestión es si, a pesar de lo aprendido en la universidad, esto pasa al baúl de los recuerdos. La base, la inquietud, la necesidad,  el contenido mínimo han de generarse en el Grado.

Quizás observar esta realidad, desde la distancia, con perspectivas distintas, nos hace creer que se puede incrementar el bagaje durante el tránsito universitario. No pensamos que sea una utopía.

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CONSENTIMIENTO INFORMADO, ¿SÍ O NO?

 

En las pasadas Jornadas Nacionales de Dolor Miofascial, celebradas el 22 de mayo en el Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda, se abordaron distintos aspectos de esta alteración muscular. Especial interés despertó en nosotros, y creemos que fue compartido por los asistentes, un aspecto nada técnico. Se trata de la necesidad del consentimiento informado cada vez que se pinche a un paciente.

Si no interpretamos mal, tras la magnífica y amena explicación del abogado especialista en Derecho Sanitario Javier Moreno Alemán, todo acto de punción seca debe ir precedido del consentimiento informado escrito. De no ser así, correría peligro el amparo proporcionado por el seguro de responsabilidad civil en caso de reclamación legal.

La LEY 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica, recoge en el capítulo I, artículo 2, que “toda actuación en el ámbito de la sanidad requiere, con carácter general, el previo consentimiento de los pacientes o usuarios. El consentimiento, que debe obtenerse después de que el paciente reciba una información adecuada, se hará por escrito en los supuestos previstos en la Ley”. La misma disposición define el consentimiento informado como “la conformidad libre, voluntaria y consciente de un paciente, manifestada en el pleno uso de sus facultades después de recibir la información adecuada, para que tenga lugar una actuación que afecta a su salud”. El consentimiento informado, según dice el artículo 8.2, capítulo II, “será verbal por regla general. Sin embargo, se prestará por escrito en los casos siguientes: intervención quirúrgica, procedimientos diagnósticos y terapéuticos invasores y, en general, aplicación de procedimientos que suponen riesgos o inconvenientes de notoria y previsible repercusión negativa sobre la salud del paciente”.

Entonces, ¿qué podemos decir sobre el consentimiento informado en fisioterapia?, ¿qué decir en los procedimientos invasivos? En la práctica cotidiana de la fisioterapia asistencial no parece necesario incrementar la carga burocrática con consentimientos escritos. Pero debemos tener meridianamente claro que el consentimiento verbal es preceptivo. Este se supone implícito en todo acto al que se somete el usuario, pues el hecho de recibir cualquier intervención diagnóstica o terapéutica es, en principio, voluntario.  Pero, como dice la ley, también se presupone que el profesional explica el procedimiento, su objetivo, sus complicaciones, sus posibles efectos adversos y las alternativas si las hubiera. Por tanto, consentimiento informado siempre. Será verbal por defecto y en caso de conflicto en esta materia siempre se supondría, entendemos. Otra cosa es que lo reflejemos explícitamente en la historia clínica por rigor o suspicacias por el perfil de usuario.

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FORMACIÓN TRANSVERSAL

 

En este mes de mayo y en el pasado mes de abril hemos participado en acciones formativas dirigidas a sanitarios. Como discente y como docente, y ello nos ha recordado la transversalidad de varias de las competencias que como profesionales debemos o podemos tener, sin importar el ámbito de nuestra disciplina concreta.

La ocupación de estos meses nos ha impedido dedicar ningún tiempo a esta bitácora. Ello no era óbice para que la ideas, fruto de nuestra convivencia con otros profesionales y pacientes, fueran surgiendo entorno a este tema.

En nuestro trabajo asistencial, pero sobre todo en el docente, aparece la necesidad de explicitar la competencias generales que promuevan una atención de una mejor calidad, no siempre visible. Los alumnos, da la impresión, no recuerdan esas competencias. Son compartidas no sólo con otros profesionales sanitarios, sino con las demás titulaciones universitarias, aunque su aplicación y valía excede el ámbito académico.

Cuando compartimos espacios y tiempos con con otras disciplinas tenemos, en general, conciencia de las competencias específicas, definitorias o características de cada una de ellas. Ello no evita, como hemos dicho otras muchas veces en esta bitácora, diatribas sobre aspectos compartidos. También somos conscientes de que el conocimiento de cantidad de facetas comunes es útil y necesario. Así, sería el caso de ciencias básicas como la anatomía, la fisiología o la epidemiología. También otras menos “biológicas” como la informática.

Como hemos dicho, recientemente asistimos como alumno a un curso que abordaba precisamente un aspecto de relativa reciente incorporación entre los profesionales sanitarios. Se trató del curso sobre competencias digitales, organizado por Fuden, fundación para el desarrollo de la Enfermería. Lo impartía nuestro colega Luis Bernal Ruiz . Los asistentes, en su abrumadora mayoría enfermeros, aprendieron a construir su propio sitio web o a desenvolverse en las redes sociales, entre otras cosas.

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FISIOTERAPIA DE LA MANO

 

Hace más de dos años publicamos una entrada (1) sobre la intrusión entre profesiones de las ciencias de la salud, en el marco de la virtuosa interdisciplinariedad. No pretendimos ofender a nadie, pero sí se suscitaron algunas respuestas en relación con la terapia de la mano que hemos recordado con motivo de la lectura en una bitácora norteamericana.

Eric Robertson analiza en PT Think TanK una situación que, de no ser por sus consecuencias, puede parecer sarcástica y hasta humorística. Describe un panorama que ni siquiera atisbamos en la Fisioterapia española, y suponemos que de otros muchos lugares del mundo. Habla de la prohibición que parece que se hace en muchos establecimientos a los fisioterapeutas de tratar el miembro superior, con salvedad del hombro. Los profesionales que lo harían serían los terapeutas ocupacionales.

No es ya que se usen las formas de tratamiento por las que se define la fisioterapia (si es que no nos han convencido de que no son los medios los que nos definen) sino de que se impide su uso al propio fisioterapeuta cuando se aplican a una determinada parte del cuerpo. No nos congratulamos de que ya hace dos años advirtiéramos esa posibilidad, a remedo de otros grupos profesionales que en EEUU promueven la exclusividad de técnicas que aquí consideramos una parte más de la Fisioterapia (léase movilizaciones de alta velocidad, punción, etc.). Cuando se propone como modelo a otros países, por la lógica humana del beneficio propio, es normal hacerlo cuando se parece a lo que pretendemos para nosotros. Por eso, como en este caso, hablamos hace unos meses de los peligros de la americanización  (3). El modelo estadounidense no nos conviene. A no ser que la pereza nos haga aquiescentes ante los intentos de desautorizar al fisioterapeuta.

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