Amazon, el demonio y cómo exorcizarlo


Leo en Manifeste pour la librairie et les lecteurs, una obra colectiva recientemente editada en homenaje al 120 aniversario de una de las librerías francesas más representativas y reputadas, la Librería Mollat de Burdeos:”numerosos compañeros y editores temen la concurrencia de Internet y, especialmente, de Amazon. El gigante americano de Seattle, que abrió su sitio francés en el año 2000, es de una inequívoca eficacia gracias a unos algoritmos diseñados para intentar sustituir la ayuda de un librero que aconseje qué libros comprar [...] Internet es un servicio de rescate, un complemento”, que no sustituye a la experiencia cercana de compra en la librería.

Aun cuando me gustaría creer a Denis Mollat, su actual heredero y director, lo cierto es que las informaciones que la prensa francesa revela apuntan en un sentido contrario: en el año 2012 en diario Le Figaro advertía que “Amazon pourrait devenir le premier libraire de France“, esto es, que Amazon estaba a punto de convertirse en el primero librero francés contra toda la prédica generalizada del valor de la excepción cultural.

El el Journal du Net, cuatro años más tarde, para que no quepa duda alguna de la evolución real, se titulaba: “Commnet le géant Amazon écrase l’e-comerce français“, o dicho de otro modo, de qué manera el gigante norteamericano se hace con el pleno control del comercio digital y aboca a los editores a capitular y a los libreros a reinventarse o desaparecer.

Y por si fuera necesario ratificarlo con datos de última hora, Amazon.fr es, a día de hoy, el triunfador en todos los órdenes de la red en Francia de acuerdo con los datos que proporciona Zdnet. A los lectores en particular y a los usuarios en general les da lo mismo, sinceramente, si el gobierno francés desaprueba sus políticas de distribución, si sus trabajadores llaman a la huelga o si, desmintiendo a Denis Mollat, Internet es un mero complemento o un reemplazo artificial de la experiencia local. A los lectores, a los usuarios, les da exactamente lo mismo que se haya tildado incluso a Amazon en Francia como el transunto del diablo o que Vicent Monadé, el Presidente del Centre National du Livre (CNL) haya declarado, dramáticamente, que “defender la librería independiente es más que una opción de la sociedad, es una opción de civilización”, del tipo de sociedad que pretendamos construir.

Quizás los alemanes sean culturalmente más pragmáticos que los franceses, al menos después de Schiller: el pasado 30 de junio se hizo pública una nueva iniciativa cooperativa en el ámbito de las librerías alemanas, una iniciativa que pretende combatir el banal e inútil lamento contra Amazon mediante el desarrollo de una nueva plataforma de contenidos agregados y servicios comparables a los de la multinacional americana: el proyecto, Genialokal, está constituido por la cooperativa eBuch eG, la cooperativa de libreros alemanes independientes, las empresas eBuch GmbH, Co.KG y Libri GmbH, con el apoyo de Tolino como soporte sobre el que distribuir las lecturas electrónicas. Solamente la cooperativa de los libreros independientes, compuesta por unos 600 representantes, venía organizándose desde el año 2014 para plantear una alternativa real a la presencia, también pujante de Amazon, en suelo alemán. En palabras de uno de sus promotores, Norbert Iwersen, un pequeño librero independiente de un pueblo cercano a la raya danesa, “queremos avanzar con los tiempos y ofrecer a nuestros clientes el servicio en línea completa que encontraron en las librerías de Internet”. Apelan, como consta en su logo, a “Hier leben wer, hier kaufen Wir”, aquí vivimos, aquí compramos, unos de los leitmotivs de las campañas que promueven la compra local como vehículo de integración social, pero más allá de eso ofrecen una masa crítica de contenidos acrecentada (6 millones de libros), formatos electrónicos interoperables, audiolibros descargables, sencillez de la experiencia de compra y distribución de libros en papel inmediata, bien al domicilio, bien en el punto de venta elegido.

Para exorcizar los demonios de Amazon hace falta algo más que apelar al miedo o la civilización; hace falta, sobre todo, aliarse y ofrecer una experiencia de compra online al menos equiparable, si no mejorada, a la que proponen sus satánicas majestades.

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Bibliofrénico, a pesar de todo


Bibliofrenia fue escrito en el año 2010 con una mezcla de nostalgia, rabia y pundonor. Nostalgia porque resultaba obvio que esa pulsión, que llevó durante siglos a unos pocos a obsesionarse por el atesoramiento de los libros, estaba en trance de irreversible desaparición; que lo digital genera sus propias lógicas de deseo y acaparamiento; y que la especie de los bibliofrénicos puros seguramente no pervivirá más allá de la última generación que creció cuando todavía no existían los ordenadores, es decir, la mía. Rabia porque eso sucediera, porque ese objeto tan amado, perseguido y deseado como es el libro en papel, pudiera desaparecer, y con él todo el ecosistema que lo acompaña: libreros, bibliotecas, editores y ferias donde todos ellos se citan y se encuentran y fomentan el deseo compartido. Una rabia si se quiere contenida y meditada, porque después del primer gesto de arrebato y cólera por su probable desaparición, viene la reflexión y la evidencia de que los soportes se han sucedido a lo largo de la historia de manera irreversible, que unos han sustituido a los otros y que cada uno de ellos ha traído consigo unas ventajas y algunos inconvenientes. Y, por último, pundonor porque la pulsión de conocimiento, del deseo de saber, es en mi caso superior al apego a los libros, y pensar sobre la evolución de los soportes, sobre la transmisión de la información y del conocimiento, algo que marca la vida de toda la humanidad a lo largo de los siglos, me parece a la vez una obligación y una necesidad que vivo con vehemencia y apasionamiento. El dolor de la pérdida no es en mi caso superior a la dicha de vislumbrar y entender lo que vendrá a continuación, pero siempre hace falta, al menos en mi caso, una dosis de pundonor y determinación para no dejarme arrastrar por la nostalgia, la añoranza, la rabia y la comodidad. No sabía, en definitiva, que estaba padeciendo lo que Marshall McLuhan había diagnosticado como la Narcosis Narciso, ese síndrome según el cual «el hombre no es consciente de los efectos sociales y físicos de la nueva tecnología, como un pez que no es consciente del agua donde nada» y que, quizás, me estaba comportando como el «zombi y el idiota tecnológico» que ignora las profundas transformaciones a las que se ve sometido por el nuevo medio, las niega, las vitupera y, mirando por el espejo retrovisor, se aferra con denuedo a las evidencias de lo que conoce. Eso me pasa también, claro, por no leer el Playboy.

Han pasado cinco años desde la primera edición de Bibliofenia y, mientras tanto, como era evidente que ocurriría, el ecosistema de los medios ha ido arrumbando el libro el papel a un lugar que, desde luego, ya no es central: si durante siglos ocupó de manera exclusiva e indiscutible el centro inamovible del ecosistema cultural y del ecosistema de la información, hoy en día son los soportes digitales de acceso y conectividad ubicuos los que asumen esa condición dominante. Pero no se trata solamente, claro está, de una mera sustitución de soportes sino de varias sustituciones concatenadas: de unos pocos creadores reconocidos y seleccionados hemos llegado a una situación en la que, mediante el uso de nuestras herramientas digitales, todos podemos generar contenidos, transmitirlos, compartirlos, modificarlos, manipularlos, recrearlos. Si bien la excelsitud creativa seguirá reservada a unos pocos, la extraordinaria democratización en las prácticas creativas que la extensión de internet conlleva supone una gigantesca e inusitada revolución. Parte del precio a pagar —y parte de la discusión actual se centra en ella— es la pérdida de referencias claras, la inexistencia de un canon indiscutible, la proliferación de contenidos de toda catadura y calidad. La inconcebible explosión creativa que internet propicia, sin embargo, no puede suponer un retroceso ni un desdoro, antes bien supone una magnífica oportunidad para que surjan nuevas modalidades de creación, nuevos lenguajes creativos, nuevas figuras de autoría, nuevas formas de propiedad. Internet también favorece, al menos potencialmente, un acceso sencillo, automático y ubicuo a contenidos que, de otra manera, no hubieran sido jamás accesibles. De hecho, las últimas recomendaciones de organismos internacionales en lo que atañe a la alfabetización en países en vías de desarrollo, sin dotación bibliotecaria ni una población con recursos económicos suficientes para adquirir ninguna clase de contenido, es que inviertan en plataformas y contenidos digitales a través de los que potenciar el uso y el acceso. Esa misma recomendación se dirige también de manera insistente a las grandes instituciones de educación superior, no sólo de los países en desarrollo, sino de las primeras potencias académicas y económicas: dejar de invertir en ladrillos y en pasivo inmovilizado para hacerlo en plataformas digitales que promuevan el acceso universal al conocimiento. Saltarse, en definitiva, la etapa que algunos adoramos: la de las librerías y la de bibliotecas de ladrillo, la de los comercios y las instituciones que nos han enseñando a establecer una relación determinada con los libros.

Ahora creamos, leemos, aprendemos y nos comunicamos, por tanto, de una manera completamente diferente: ya no resulta estrictamente necesario que establezcamos un vínculo indeleble entre biblioteca y lectura o aula y aprendizaje, porque hoy en día podemos leer, aprender, estudiar, trabajar, compartir y comunicarnos en cualquier lugar y en cualquier momento. Los muros de aquellas instituciones, bibliotecas y escuelas, ya no son los contenedores entre cuyas paredes se desplegaba un acto que no podía celebrarse en ninguna otra parte, porque la facticidad y materialidad de los objetos utilizados y de las situaciones que propiciaban, nos obligaba en buena medida a que fuera así. Hoy en día, una vez publicado y descargado un contenido, podemos consultarlo en cualquier momento, en cualquier lugar, a través de cualquiera de nuestros dispositivos (a condición de que lo hayamos almacenado en la nube y resulte accesible por cualquier medio). Leemos y aprendemos, en consecuencia, de manera diferente: los libros eran artefactos pensados para la lectura sucesiva y acumulativa, silenciosa y recogida, y demandaban, por eso, unas disposiciones completamente diferentes a las actuales: en el paso, el recogimiento y la actitud meditabunda del lector volcado en las capas de sentido estratificadas en las páginas de un libro; en el presente, la atención dividida y fragmentada que navega entre distintas fuentes que se reclaman, vinculan o se oponen entre sí. Sin embargo, el debate sobre lo que perdemos y ganamos con estos dos tipos de lectura resulta absolutamente pertinente: la lectura profunda que se demora en la persecución del sentido de un argumento aporta un tipo de conocimiento que difícilmente puede generarse de otra manera; la lectura más fragmentada y superficial que los hipervínculos favorecen, menos pausada que la tradicional, proporciona una visión panorámica. En todo caso, en los años sucesivos, siempre que nos ocupemos de estudiar con detenimiento los nuevos hábitos y las nuevas prácticas, deberemos contrapesar o no nuestras prácticas lectoras. Toda la cadena de valor tradicional del libro desaparecerá con el objeto y la tecnología que les daba fundamento y sentido: ni los autores, ni los editores, ni los distribuidores, ni los libreros, ni los bibliotecarios serán ya nunca más lo que fueron, porque todos los procesos, estrategias y productos finales estaban estrechamente ligados a un artefacto que ha dejado de ocupar el lugar que ocupó. Aparecerán nuevos oficios y nuevas competencias que sustituirán parcial o completamente lo que hemos conocido, y en esa extinción parcial pereceremos algunos en beneficio de nuevas especies digitales.

Bibliofrenia es, en este sentido, la exaltación de la memoria de una época, de una pasión que todavía nos acompañará a algunos de nosotros mientras vivamos, porque nacimos como Homo tipographycus y difícilmente abandonaremos todas las categorías de percepción, pensamiento y acción asociadas a esa condición. Porque el deleite de seguir buscando, encontrando, amontonando, colocando y leyendo libros es indeleble y seguiremos porfiando en cultivarlo. Bibliofrénicos, al fin y al cabo, aunque eso no deba nunca suponer que no entendamos la condición perecedera, transitoria y mortal de los soportes y de todas las disposiciones, emociones y sentimientos asociados, y aunque eso no deba impedirnos disfrutar del universo de posibilidades inusitadas que se abre la era digital.

Cinco años después de la primera edición, y gracias a la insistencia de Yanko González, Decano de la Universidad Austral de Chile y director de su servicio de Ediciones, estas historias de bibliofrénicos ejemplares, que vivieron por y para los libros, volverán a la vida encarnadas en pliegos de papel.

 


[1] La noción de Narcosis Narciso y las más acertadas reflexiones que McLuhan realizó sobre los efectos de la tecnología y los medios sobre nuestros hábitos de percepción, pensamiento y acción se encuentran, seguramente, en la entrevista que la revista Playboy le realizó en el número de marzo de 1969. La entrevista puede encontrarse, por ejemplo, en http://www.mcluhanmedia.com/m_mcl_inter_pb_01.html

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Edición académica y mundo digital: presente y futuro


El último número de la revista de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas está dedicado, entre otras cosas, a “ofrecer un balance crítico de la evolución última de la edición digital y del momento en que nos encontramos”. Para eso, “Unelibros ha reunido, en su edición de primavera y con ocasión del Día del Libro, a los tres mejores especialistas españoles en edición y mundo digital que, a partir de sus autorizadas opiniones y puntos de vista, dibujan al detalle un paisaje (editorial, tecnológico, profesional…) que es imperioso contemplar para saber dónde estamos e intuir a dónde nos dirigimos”.

En compañía de Javier Celaya y José Antonio Millán, este es el texto de la conversación:

Edición académica y mundo digital: presente y futuro

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Aprender no es transmitir


Existe una figura retórica bien conocida que consiste en acusar al contrincante de algo que no ha hecho ni ha dicho para enmendarle y ofrecerle una solución que no necesita ni ha demandado, convirtiéndose así el oferente en el clarividente redentor de lo que no existe. En uno de los últimos artículos de Fernando Savater en la prensa diaria titulado Escuela, encontramos un ejemplo antológico de tal práctica aplicado a la educación y sus reformadores: son los pedagogos que apelan a una enseñanza más significativa, en la que el alumno pueda implicarse en situaciones reales donde el contenido que aprendan no sea baldío; en la que pueda ejercitarse la noble y necesaria labor de afilar su pensamiento crítico, es decir, las razones y sin razones de cualquier argumento; en la que quepa colaborar y no simplemente competir construyendo una forma de inteligencia compartida; en la que los profesores se esfuercen por impulsar la indagación y la investigación autónoma y la autogestión del proceso de aprendizaje, apartándose del frente para darles el protagonismo; en la que -sobre todo, si cabe- se recupere la esencia lúdica del aprendizaje, el entusiasmo del descubrimiento, quienes habrían puesto patas arribas la educación, quienes la habrían devaluado y pervertido, porque de lo que se trataría es de restablecer “el orden en el aula y el magisterio de los profesores, que no deben ser meros colegas lúdicos ni animadores emocionales de la comuna escolar” y, también, porque -según establece su admirado Ricardo Moreno- “si nos hemos de entender hablando de educación hay que aceptar algo obvio pero con frecuencia ocultado: que el objetivo es la transmisión del saber”.

El problema, básicamente, es que el objetivo de la educación no es la transmisión del saber, sino el aprender a pensar: “aprender es pensar y, por tanto, si enseñar es ayudar a aprender, enseñar es, sobre todo, ayudar a pensar, es decir, ayudar a poner en marcha la inteligencia mientras se aprende”, escribía Felipe Segovia en los años 90. Hace mucho que ya sabemos eso: que el saber meramente retransmitido llega inerte a los alumnos, se desactiva inmeditamente después de la memorización y genera frustración y abandono. Es cierto que para tener la más mínima posibilidad de decir algo nuevo, es necesario conocer a fondo la tradición, el lenguaje específico de la disciplina de que se trate, pero todo el mundo sabe, también, que el esfuerzo no está reñido con el entusiasmo, más bien al contrario, que el aprendizaje verdaderamente rico y significativo se produce cuando se entrelaza con la emoción. Son sólo, claro, antagonismos ficticios -entre la letra con sangre entra y la comuna escolar-. Debe de resultar difícil abandonar las certezas del magisterio hegemónico y avenirse a la posibilidad de que los demas asuman protagonismo. Lo entiendo, pero esa no es la educación que necesitamos en el siglo XXI.

Del aprendizaje cuenta mucho menos la cantidad de lo aprendido que la manera en la que lo hemos hecho, que la estrategia que hemos seguido para aprenderlo, porque dominando el método podremos procurarnos siempre nuevos conocimientos cuando sean precisos: “la inteligencia no es igual a cantidad de conocimientos, sino igual a dominio de estrategias para procesar y evaluar los conocimientos, con lo que el orden de los objetivos educativos se altera”, escribió también Felipe Segovia. “Pasan a primer plano el desarrollo de las habilidades del pensamiento y bajan en la escala la mera acumulación o reproducción de conocimientos”. Basta echar un ojo a alguno de los principales y más serios documentos producidos en los últimos años para darse cuenta de la calidad de la reflexión en torno a la identificación de las competencias del siglo XXI y la manera de labrarlas: Habilidades y competencias en el siglo XXI, de la OCDE; Developing key competencies at school in Europe, de la Unión Europea; New vision for education, del World Economic Forum.

Es cierto que la irrupción de Internet exacerba lo que ya sabíamos pero pretendíamos no escuchar: que nuestros alumnos son seres activos, creativos, que desean implicarse en el proceso de aprendizaje, fijando sus propios objetivos y haciéndose cargo de ellos; que el ecosistema de la web facilita el acceso a una cantidad de información y contenidos antaño controlada por unos pocos y que utilizan continuamente herramientas para indagar, crear, intercambiar y comunicar de maneras que resultan inconcebibles en la pasividad del aula tradicional. Las competencias digitales no son por eso, meramente, un aditamento utilitario. “Salvo en contadas escuelas de vanguardia, la informática, a través de la sala de ordenadores, constituye únicamente un elemento de prestigio social, un adorno sin transcendencia educativa”, escribía el mismo Segovia anticipándose a una situación que hoy seguimos viviendo tal cual. La tecnología digital, los dispositivos digitales, pueden tener meras funcionalidades operativas, pero son a menudo mucho más: son compañeros imprescindibles para gestionar la información, para participar significativamente en una comunida, para comunicarse y colaborar, para aprender a resolver problemas en un proceso de búsqueda, indagación y resolución. Son, por tanto, competencias transversales imprescindibles en el siglo y el ecosistema de la información en el que vivimos, no ornamentos prescindibles arrumbados en un aula que se visita una vez a la semana. De nuevo, todos los organismos relevantes del mundo se preocupan por indagar su alcance: desde la UNESCO, Alfabetización mediática e informacional, pasando por Mapping digital competences. Toward a conceptual understanding, de la UE, hasta el Learning  Powered by Technology. Transforming american education, del gobierno norteamericano.

Si hubiera que resumir las guías que deberían orientar la educación en este siglo serían, probablemente algo así:

  1. Convertir el acto de aprender en algo relevante, situado y significativo
  2. Enseñar de manera transversal, evitando la distinción forzada y artificiosa de los conocimientos
  3. Desarrollar estrategias de aprendizaje de alto y bajo nivel, sobre todo la del pensamiento crítico, la del esgrima intelectual constante que consiste en dirimir los argumentos a favor y en contra de un caso
  4. Aprender a aprender, como la más segura de las estrategias para convertir el aprendizaje en un ejercicio gustoso y autónomo a lo largo de toda la vida
  5. Promover, siempre, la transferencia del conocimiento a situaciones y contextos inusitados como única manera de comprobar si lo aprendido se ha interiorizado
  6. Trabajar cooperativamente, en grupo, dialógicamente, para generar una forma de inteligencia superior y compartida, para restañar las desigualdades sociales de origen, y para aprender a convivir con los demás
  7. Utilizar las tecnologías más adecuadas -analógicas o digitales- para sustentar y promover el aprendizaje, introduciéndolas de manera transparante y ubicua
  8. Creer firmemente que el error puede y debe ser una fuente continua de aprendizaje y que forma parte inherente de todo proceso de instrucción
  9. Fomentar siempre la emoción y el entusiasmo por aprender, la creatividad derivada de la transferencia a otros contextos del conocimiento adquirido
  10. No olvidar, jamás, que aprender es jugar, que aunque muchos se empeñen en oponer juego y esfuerzo, nadie sabe mejor que un esforzado corredor de fondo que la pasión y el empeño van de la mano

“La tarea más importante de cuantas puede realizar un profesor, si quiere mejorar la calidad de la educación, es ayudar al estudiante a utilizar el pensamiento”. Aprender no es, por tanto, transmitir…

[Mañana, a las 10.30 de la mañana, en la Feria del Libro de Madrid, discutiremos en el espacio Samsung sobre Tecnología y Educación]

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Big data, big brother, big deal


En el año 2014 Maximiliam Schrems interpuso una denuncia en la corte irlandesa al considerar que Facebook no garantizaba la privacidad de sus datos personales y los ponía a disposición de la NSA norteamericana, contraviniendo con eso la defensa del derecho fundamental al respeto de la vida privada que la UE ampara. El juez de la audiencia irlandesa, Desmond Hogan, argumentó que existía evidencia de que los datos personales depositados en Facebook eran rutinariamente accedidos de manera “masiva e indiferenciada” por las autoridades de seguridad norteamericanas. El 18 de junio de 2014 el mismo juez ordenó que la denuncia fuera elevada a la Corte Europea de Justicia. El 6 de octubre de 2015 llegó el veredicto inapelable: “los compromisos adquiridos por los Estados Unidos pasan por alto, sin limitación alguna, las directrices de protección establecidas por el esquema legal del Safe harbor“, una norma que dejaba en manos de las compañías privadas norteamericanas la autorregulación en lo que atañe a la seguridad de los datos de los usuarios.

Teóricamente al menos, los principios internacionales Safe harbor en materia de privacidad hacen referencia a un acuerdo de cooperación por el que las organizaciones y empresas de Estados Unidos cumplen con la Directiva 95/46/CE de la Unión Europea relativa a la protección de datos personales. La artimaña legal, no obstante, permite que esa certificación, renovable anualmente, se realice mediante un proceso de autocertificación o, en contados casos, mediante la verificación de auditores externos. Esa celada legal por la que se cuelan los datos es la que pretendía cauterizar el veredicto: “el esquema (safe harbor) facilita la interferencia por parte de las autoridades públicas norteamericanas con los derechos fundamentales de las personas”. Y prosigue con la evidencia: “las autoridades de los Estados Unidos tuvieron acceso a los datos personales transferidos por los Estados miembros a los Estados Unidos y los procesaron de una manera incompatible con el propósito para el que fueron transferidos, más allá de lo que era estrictamente necesario y proporcional con la protección de la seguridad nacional”. En consecuencia, y para que no quede lugar a dudas, “por todas estas razones la Corte declara el acuerdo del Safe harbor invalid” al “comprometer la esencia del derecho fundamental a la protección jurídica efectiva”. No hacía falta rememorar a Snowden para saber que el Big Brother estaba acechando y que no quedaban lugares donde esconderse.

El 15 de enero de 2011, cuatro años antes, la Comisión Europea de Justicia lanzó una Consultation on the Commission’s comprehensive approach on personal data protection in the European Union, y entre los contribuyentes a la encuesta se encontraba Facebook. Por entonces la compañía norteamericana argumentaba que se amparaba en la legislación del Safe harbor para el procesamiento de datos de los usuarios europeos y “creía que el esquema [...] jugaba un papel muy valioso al respecto” y que constituía “un método efectivo para permitir a una compañía de servicios de internet basada en los Estados Unidos para ofrecer una alto grado de protección a los ciudadanos en la Unión Europea”.

Opiniones dispares, sin duda.

Jaron Lanier, uno de los activistas proveniente de la industria más prominente en los últimos años (obtuvo el Premio de la Paz de los libreros alemanes), argumentaba en Who Owns the Future? sin sombra de cinismo, que ya que nuestros datos son los que propulsan la economía del siglo XXI y estamos irremediablemente expuestos a que hagan uso de ellos, al menos deberíamos cobrar por ello. La plusvalia que se produce en el intercambio de datos por servicios debería ser compensada, en su opinión, mediante la percepción de un salario o un estipendio que, si no sirve para proteger nuestra privacidad, sirve, al menos, para garantizarnos el sustento. El Big data es parte, obviamente, del Big deal contemporáneo, del gran negocio del tráfico y uso más o menos legal, más o menos fraudulento, de nuestros datos.

De acuerdo con un informe de IBM existen 18.9 billones de dispositivos conectados a la red a escala mundial, lo que conllevaría que el tráfico global de datos móviles alcanzará próximamente los 10.8 Exabytes mensuales o los 130 Exabytes anuales, progresión que se incrementará si pensamos en los datos que intercambian las máquinas mismas de manera automatizada, un ecosistema universal creciente donde cada cosa se conectará a Internet para intercambiar datos. Este volumen de tráfico previsto para 2016 equivale a 33 billones de DVDs anuales o 813 cuatrillones de mensajes de texto. Una revolución, seguramente, que cambiará nuestra manera de vivir, trabajar y pensar, como argumenta uno de los más famosos libros al respecto.

Lo paradójico del Big data no es solamente que sirva a múltiples propósitos, todos ellos dispares, desde husmear lo que leemos y generar recomendaciones personalizadas o textos supuestamente adecuados a nuestros gustos a agregar los patrones de desplazamiento por carretera de millones de pesonas con el supuesto fin de mejorar la movilidad, sino que es tan intrínsecamente difícil descifrar cuál es su propósito real, que han surgido por doquier iniciativas que se autodenominan Big data for good, donde las iniciativas que se ponen en marcha tienen como fin la mejora de la vida de sus usuarios. Desde Ushaidi como plataforma para acopiar datos sobre catástrofes naturales y recabar la ayuda necesaria (Haiti, Nepal) hasta la prevención del crimen en las calles de Chicago mediante la agregación de los datos proporcionados por los ciudadanos, muchos se esfuerzan por hacer de la acumulación e interpretación de los patrones significativos que pueden arrojar los datos una nueva fórmula de conocimiento capaz de actuar poderosamente sobre la realidad. Algunos, de manera epistemológicamente ingenua y disparatada, como Chris Anderson, suponen que esas constelaciones masivas de datos acabarán generando sus propios patrones de conocimiento sin necesidad de teorías que los interpreten.

En una larga e interesante entrevista a Eugeny Morozov en la New Left Review de abril del 2015, titulada “¡Socializad los centros de datos!“, argumentaba: “Creo que solamente hay tres opciones. Podemos mantener las cosas tal y como están, con Google y Facebook centralizando todo y recogiendo todos los datos, sobre la base de que ellos tienen los mejores algoritmos y generan las mejores predicciones, etcétera. Podemos cambiar el estatus de los datos para permitir que los ciudadanos sean sus dueños y los vendan. O los ciudadanos pueden ser los dueños de sus datos, pero no pueden venderlos, para permitir una planificación más comunal de sus vidas. Esa es la opción que prefiero”.

Big data, big brother, big deal o, por el contrario, Big data para el incremento del bien común, dos caras de una misma moneda.

[Sobre este mismo asunto debatiré el próximo viernes 27 de mayo junto a Mario Tascón y Antonio Delgado en la sexta edición de #Nethinking16. En streaming en directo a las 17,00 h.]

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Nórdica o la copiosa nevada


Diego Moreno veló sus armas editoriales en Ediciones de la Torre (que ahora cumplen 40 años, ni más ni menos), pero pronto alzó el vuelo y buscó su propio territorio. Le conocí como librero, seguramente porque su profunda vocación era la de construir su propia librería, pero la experiencia le advirtió de las enormes dificultades financieras de arriesgarse en un aventura así (de hecho, la cadena donde trabajaba ya no existe, lo que indica que extrajo sus consecuencias), pero ha conservado hasta tal punto el gusto por ese oficio devaluado que sigue visitando uno a uno a los libreros que son sus cómplices. Su primer proyecto y su primer infortunio editorial fue el sello hoy desaparecido de JosephK, con títulos (que atesoro en mi biblioteca), de Gogol y Svevo. Se conoce perfectamente que los reveses y los contratiempos son combustible para el ánimo de un editor vocacional, y parece que Diego Moreno debía serlo, porque arremetió con el sello Nórdica del que hoy celebramos 10 jubilosos años.

Su nombre era una trampa, porque algnos pensábamos que intentaría pescar en el remanso de la literatura y el pensamiento nórdicos buscando a los pocos y elegidos lectores que pudieran gustar de esa estética, que se conformaría con cultivar esa parcela casi intransitada de las letras escandinavas. Pero su apetito no se conformó con los manjares del norte de Europa sino que, bien pronto, enriqueció su catálogo y su despensa con literatura de otras latitudes en la que conviven italianos, checos, irlandeses, sirios, daneses, griegos, norteamericanos, noruegos, rusos… un festión donde vale  cualquier ingrediente siempre que cumpla con el precepto de ser de una calidad excepcional y de que corrobore aquella famosa aseveración de Einaudi, “edición sí vs. edición no”, de que la única edición que perdura es la que se compromete con la excelencia cultural.

Aunque la lógica predominante de su catálogo sea la del rescate, en los últimos tiempos nombres como Vila-Matas, Llamazares o Marchamalo impulsan una nueva dinámica de riesgo y descubrimiento.

Ese olfato incansable, ese hambre infatigable, es seguramente el que le llevó a topar con Tomas Tranströmer, el que a la postre sería su (primer) Premio Nobel, un premio también a su labor infatigable.

Es posible que al inicio tuviera que hacer de la necesidad virtud y encargarse del diseño, la maquetación, la selección del papel y los muchos oficios que intervienen en la construcción de un libro pero pasado el tiempo supimos que de nuevo nos engañaba y que era su gusto por el oficio lo que le llevó a experimentar, entre otras cosas, con la ilustración, uno de los rasgos por el que se ha acabado identificando en buena medida a su catálogo. La concepción del libro como el de un objeto bello y excelso, que debe cuidarse en todos sus detalles a la manera en que lo hacía Franco Maria Ricci, permea todo su trabajo y convierte a cada uno de sus libros -en el papel que utiliza, la imagen que ilustra, el texto que elige- en una fiesta de los sentidos. Pero eso no signifca que haya rehuído nunca la ineludible transformación digital del oficio porque fue uno de los primeros que se atrevió a experimentar el lenguaje de las aplicaciones digitales construyendo obras cuya arquitectura y textualidad ya no es la del libro tradicional.

Por atreverse se ha atrevido hasta colaborar con otros editores buscando el mutuo beneficio (labor por la cual les concedieron el Premio Nacional de Edición), algo inaudito en nuestro país; a emprender aventuras imaginativas con libreros para exaltar el placer de los libros (como hizo con otro premiado, esta vez en Zaragoza); a casar vinos y libros.

Algo debí hacer mal -por lo poco y lejos que me toque- en su momento, porque hace poco reconocía que “tras hacer el I Máster de Edición de Santillana me di cuenta de que era más fácil crear una editorial y que, además se podían ofrecer propuestas muy interesantes a los lectores”, todo lo contrario de lo que pretendí insuflarle…

Alcemos la copa con uno de sus vinos para celebrar los próximos 10 años de copiosas nevadas.

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El impresor de Venecia


Paolo Manuzio, hijo de Aldo Manuzio, el célebre impresor veneciano, llega a casa de su madre, a la que casi no conoce, con la intención de redactar la biografía de su padre fallecido. Paolo había quedado bajo la tutela de su abuelo, en Venecia, a la muerte de su padre, y casi no había tenido contacto con María, su madre, que había renunciado a litigiar contra un suegro que, en aquella época y en aquel lugar, podía hacer valer el peso de la autoridad patriarcal. Paolo no conoce casi a su madre, retirada en la campiña, pero se acerca a ella con la intención de que le proporcione alguna información sobre la vida de su padre para completar su perfil biográfico. La madre se muestra inicialmente reticente, comedida, porque sabe más de su marido de lo que quiere o debe revelar a su hijo, pero se muestra igualmente conmovida cuando Paolo intenta hacer valer sus argumentos sobre la excelsitud de la figura de su padre.

“Resultaba sencillo comprobar” -argumentaba Paolo ante su madre, María-, “comparando con la obra de otros impresores de su época, que su padre era el único que había seguido un plan literario, frente a los que se dedicaban a sacar de las prensas los libros en razón del dinero que les podría proporcionar su venta o de la demanda que ciertos patricios hicieran de ellos: infinidad de libros litúrgicos, de tratados jurídicos y teológicos”. Y, algo más adelante, acolorado y convencido, prosigue: “Y en cuanto a los pequeños libros que todo el mundo llama ya aldinos, de formato octavo, era evidente que habían cambiado el modo de leer de la gente” -seguía diciendo Paolo cada vez más determinado-. “¿Cuándo se había visto a tantas personas presumiendo con su libro bajo el brazo por la calle, lejos de oscuros gabinetes?”.

Paolo Manuzio pretende en el fondo rescatar y reavivar la memoria de su padre “porque Aldo había abierto para los hombres sabios la ruta del libro, una vía nueva, la única posible, y cuantos peregrinaban por ese camino se dirigían directos al conocimiento y la felicidad que otorga la sabiduría”, y él, como tantos de nosotros, deseaba continuarla.

Háganse un favor este 23 de abril y, para celebrarlo como se debe, dense un homenaje comprando y leyendo El impresor de Venecia, de Javier Azpeitia.

De nada.

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10 años de Texturas


Para convertirse en editor hace falta desconocer el miedo, ignorar que editar libros es un negocio impracticable y casi siempre ruinoso, anteponer en la mayoría de las ocasiones los intereses estéticos e intelectuales a los financieros y contar, si resulta posible y familiarmente viable, con una herencia que dilapidar. Si uno pretende convertirse, aún más, en editor de revistas culturales, en editor de revistas culturales sobre edición y libros, es necesaria una temeridad rayana en el desvarío, una osadía que solamente cabe explicar por una profunda convicción estética e intelectual, por un inconmovible amor a los libros y a sus oficios.

Durante los últimos diez años se viene publicando la única y principal (no por única) revista sobre edición, libros, sus hechos y algunas ideas que lleva como título Texturas, un atrevimiento empresarial e intelectual ideado y desarrollado por Manuel Ortuño y Txetxu Barandiarán, acompañados poco después en la dirección por Manuel Gil, y ante todo pronóstico ha perdurado, ha crecido y ha sido reconocida, al menos por un puñado de profesionales de la edición iberoamericana, como la cabecera de referencia a uno y otro lado del Atlántico. En sus páginas pueden encontrarse toda clase de contenidos, debates e inquisiciones: artículos sobre la historia del libro, sobre sus vicisitudes comerciales, sobre librerías y bibliotecas, sobre las estrategias de comercialización y distribución, sobre la ineludible transción a lo digital. Un espacio de reflexión acogedor, como una conversación entre amigos, en el que cualquier interesado por la historia del libro y su improbable futuro debería recalar. Y su diseño y su estructura formal son un ejemplo renovado en cada número de excelencia gráfica.

Es cierto que su destino ha sido, sin embargo, paradójico, como el de tantas revistas culturales: en un país que se tiene por supuesta potencia editorial mundial, al menos desde el punto de vista de la producción, sólamente unos centenares de interesados y profesionales la siguen y la sostienen, destinteresados la mayoría por completo de la cavilación sobre su propio destino y su propio sector. Y así nos van las cosas…

Después de este cumpleaños que deberemos celebrar, es posible que Texturas deba reflexionar sobre esas cosas a las que se exponen los directores editoriales cada cierto tiempo: los formatos, los canales de distribucion, los contenidos, los públicos a los que va dirigido, porque solamente en la mutación y la innovación cabe imaginar el futuro de la revista, antes de dejarse vencer por la tentación de convertirse en una reliquia de anticuario.

“Es posible”, escribió Josep Janés i Olivé, en un magnífico discurso que recoge Texturas en su número 28, Aventuras y desventuras de un editor, “que yo sea un iluso, que detrás del programa de esta colección no se encierre ninguna obra de interés para mi país, que sea tan sólo la expresión de un delirio de grandezas, de una ansia desmesurada e inhumana de coleccionista que quiere reunir en sus arcas todos los tesoros del mundo. Es posible que así sea. Pero en todo caso nunca tesoro tan noble fue objeto de la codicia de un avaro, ni nunca arcas tan generosamente abiertas aspiraron a guardar para tantos tan precioso tesoro. Pero si mi idea no es solamente una expresión de megalomanía, si su realización encierra una contribución decisiva al movimiento editorial de nuestra época en nuestro país, permítanme que con toda la amargura de que soy capaz les confiese que, hoy por hoy, su realización, aunque lenta, es posible gracias únicamente, además del esfuerzo personal que supone, al interés que ha suscitado en todos los países del área idiomática hispánica”.

No me parece muy distante de la convicción y el impulso que sostiene a Texturas.

Felicidades y muchos decenios más.

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Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación (un homenaje a Ángela Ruiz Robles)


En el año 2013 apareció en el número 23 de la revista Texturas (que ahora cumple 10 meritorios años y a la que habrá que dispensar el homenaje que se merece a su debido tiempo) un artículo mío enigmáticamente titulado “Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación”, un homenaje personal a una de las precursoras de la lectura no lineal e inventora de un tipo de soporte capaz de facilitar ese tipo de consulta, Ángela Ruiz Robles. Hoy es Google y la prensa nacional e internacional quienes se hacen eco de su contribución pionera.

Reproduzco el texto completo del artículo por si todavía pudiera resultar de interés:

En una fotografía presumiblemente tomada en la Segunda Exposición Internacional de Invenciones y Nuevas Técnicas celebrada en Ginebra en el año 1969, puede verse con aspecto circunspecto y respetable, sentada en primera fila, sosteniendo mano sobre mano el diploma obtenido, a Dña. Ángela Ruiz Robles, única mujer entre quince varones inventores que presentaron sus patentes a tan reconocido evento. Inventar en la España de los años 40 y 50 -porque la patente de su invento más visionario, el libro mecánico, data de 1949-, solamente podía ser una cosa de hombres o, en el caso de que se inmiscuyera una mujer, solamente podía ser cosa de una vocación pedagógica indestructible, de una disposición indesmayable por trasladar los beneficios de la técnica a los que la necesitaban, de una enérgica convicción al servicio de la educación. En torno al año 1970, de hecho, el director de la revista Técnica e invención reconocía la anomalía que Dña. Ángela constituía en un entorno preponderantemente masculino, donde ni siquiera llamaba la atención “la ausencia de referencias a inventos femeninos”. Con el paso del tiempo su soledad no se subsanó, pero su empuje suplió con creces ese aislamiento, hasta el punto de convertirse, a finales de los años 50 en «Gestora delegada de la Agrupación Sindical de Inventores Españoles» y, algo más tarde, en los años setenta del siglo pasado, en «Jefa Provincial» de la Federación Politécnica Científica de Inventiva Internacional.

 

Reseñar su condición de mujer en una sociedad masculina, en un entorno geográfico periférico, es resaltar el redoblado esfuerzo que debió de realizar Dña. Ángela para sacar una familia como viuda adelante, para asumir profesional y voluntariamente las cargas que la profesión docente le deparó, y para sostener a lo largo de toda su vida su vocación inventiva, innovadora. El horizonte profesional que podía vislumbrar una mujer de clase relativamente acomodada, con una educación más o menos esmerada -hija de farmacéutico y ama de casa-, era el de alcanzar con mucha suerte la condición de maestra, algo que Dña. Ángela consiguió a los 22 años, después de haber cursado sus estudios de Magisterio en la Escuela superior de León. Su nombre no sería conocido, seguramente, si se hubiera conformado con asumir el papel de maestra de señoritas, de conductora y conformadora de la identidad femenina y los valores que se le presuponían, tal como muestra la foto, tomada seguramente en torno a los años 20, con la imagen de Primo de Rivera al fondo, en la escuela de Santa Uxía de Mandía, en Ferrol, donde tiempo después sus parroquianos le tributarían un homenaje espontáneo por su competencia y dedicación.

En una entrevista concedida a Radio Nacional cuando sus principales inventos habían recibido ya reconocimientos nacionales e internacionales, en un lenguaje llano, espontáneo, poco estructurado, Dña. Ángela revelaba al menos tres de los fundamentos pedagógicos, tres de las convicciones educativas, que habían sostenido su trabajo como profesora e inventora: “todo lo que se presenta ante nuestros ojos”, decía Dña. Ángela a una entrevistadora algo atildada, “tiene un poder mucho más fuerte y potente que la palabra hablada”. Esa certeza en la eficacia de lo visual por encima, incluso, de lo verbal, está presente, cómo no, en su Primer Atlas gramatical del idioma español, del año 1958, en el que los dialectos, los idiolectos, la fonética, se encarnan geográficamente, dándole a la lengua concreción territorial, topográfica. Con gran atrevimiento conceptual, el Mapa científico gramatical concretaba gráficamente lo que hoy entenderíamos por pensamiento visual o mapas de conceptos, una herramienta que permitía desagregar esquemáticamente las complejidades de las formas verbales, de la gramática del español; y se encontraría, sobre todo, en la que pasa por ser su más conspicua invención, la patente del denominado Procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para lectura de libros, más conocido como Enciclopedia mecánica: quizás por primera vez y de manera precursora se integraban en un mismo soporte imágenes y cartografías; textos, gráficos y esquemas; sonidos, todo al servicio de un tipo de aprendizaje a disposición “del deleite y el agrado” de los aprendices, como se dice en el texto de la patente, una verdadera revolución pedagógica en un contexto educativo centrado en la repetición, la memorización, la discursividad y la disciplina. “Reconociendo las conveniencias de la enseñanza intuitiva, amena y para aprovechar con rapidez los momentos que la atención pueda estar fija hacia un punto determinado recibiendo y aprovechando productos, evitando y aminorando las fatigas intelectuales que ocasiona a las facultades mentales tenerlas en actividad largo tiempo”,  puede leerse en el texto presentado a la Oficina de Patentes, con el número 190698, “ES POR LO QUE APLIQUÉ MIS FACULTADES INTELECTUALES a la labor de ingeniar e inventar la manera de que el libro participase de las admirables ventajas que estas materias (o sus similares) tienen”.

No dejaba de ser un atrevimiento singular el querer modificar la estructura de los libros tradicionales, de las fuentes de saber primordiales, de la tecnología del conocimiento por antonomasia, pero parece que Dña. Ángela respetaba no tanto las fórmulas mostrencas de transmisión del conocimiento como el uso de la tecnología al servicio de la educación y el aprendizaje. Tampoco parecía demasiado amiga de los flagelos pedagógicos y sí de la adaptación a las necesidades y progresión individuales y del lúcido disfrute del saber mediante el adecuado uso de la técnica. En la mencionada entrevista de Radio Nacional, intentando hacerse entender con no pocas dificultades, Dña. Ángela aseguraba con tanta sencillez como rotundidad: “la técnica beneficia en todo el mundo a individuos y colectividades”, la técnica, me permito reinterpretarla, es esa forma de inteligencia y asistencia suplementaria que nos transforma y nos mejora al usarla. En el preámbulo algo solemne y grandilocuente de la memoria descriptiva de la patente de su enciclopedia mecánica también lo había dejado escrito: “Considerando que, en épocas anteriores, se desconocían las materias que la elaboración inteligible del hombre nos viene proporcionando para uso y facilidad, tales como la electricidad, el llamado cristal irrompible….”, etc., así debía y podía desarrollarse un ingenio que soportara la exposición y desarrollo de todas las materias que componían el currículum; que permitiera reproducir, al menos potencialmente, imágenes y sonidos; que facilitara la interacción con el estudiante o el lector mediante el uso de teclados u otros mecanismos de introducción de datos; que fuera portable, ligero, trasladable, utilizable bajo cualquier circunstancia. En este soporte mecánico se conjugaban conceptos pedagógicos muy avanzados para aquel tiempo, quizás inasumibles: un cuerpo central con las competencias fundamentales, relativas al estudio y práctica de la lectura, la escritura, la aritmética y el cálculo, lo que hoy llamaríamos competencias fundamentales, y un segundo cuerpo dedicado a la inserción de las materias o asignaturas, en rollos extensibles o desplegables, valiéndose de las bobinas que podían instalarse y alternarse, en uno o varios idiomas, con la asistencia o no de la lámina de aumentos y la luz que el ingenio ponía a disposición de sus potenciales usuarios.

“Como que se le quita a la humanidad una preocupación bastante fuerte”, respondía literalmente Dña. Ángela a la entrevistadora radiofónica que indagaba sobre la facilidad de uso (la usabilidad) del ingenio mecánico, y así era, porque tras sus cubiertas inicialmente de bronce (sic) y luego de nylon plástico, se escondía una triple revolución que pretendía disipar y resolver esas enconadas preocupaciones, una revolución al mismo tiempo editorial, pedagógica y comunicativa: editorial, porque el soporte daba al traste con la idea misma de libro, de secuencialidad, de volumen autosuficiente, de objeto encuadernado con cierta cantidad de hojas de papel en su interior, y aventuraba abaratar la producción de sus contenidos y hacerlos más portátiles; pedagógica, por la concepción transmedial e interactiva del aprendizaje, por la preponderancia de su componente visual, por su rechazo de la instrucción basada en la opresión y su alabanza del deleite como fundamento de la educación; comunicativa, por su idea, tan avanzada, de recuperar la parte más dialógica e interactiva del proceso de aprendizaje como cimiento del conocimiento.

No es por eso exagerado reivindicar la enciclopedia mecánica como soporte antecesor de los libros electrónicos, no porque, obviamente, anticipara su futura lógica digital sino, más bien, porque entendía el aprendizaje como un proceso disconforme con la mera discursividad sucesiva y textual de los libros tradicionales, necesitada por tanto de estímulos visuales y auditivos integrados y complementarios, en soportes portátiles y ligeros que hicieran fácil y posible su traslado y acarreo, que permitieran la consulta simultánea de las distintas materias conformadoras del currículum y una interactividad incipiente que no relegara al estudiante a su condición más pasiva de mero receptor y repetidor. Y todo eso podía hacerse con el concurso de la técnica, de una innovación entendida al servicio de esa fuertes preocupaciones que la humanidad padecía.

No se adivina en las palabras de Dña. Ángela desánimo ni desaliento ninguno cuando la locutora de Radio Nacional le increpa por el desarrollo futuro de tan osada idea, quizás porque el tesón fuera un rasgo esencial de su carácter. Se trata, sin embargo, reconocía en la entrevista, de un entorno “fuertemente complicado y complejo” donde no basta tener buenas ideas ni recibir órdenes o premios nacionales o internacionales. Antes que eso hubiera sido necesario contar con una “industria fuerte” que hubiera podido hacerse cargo del desarrollo fabril de esa patente que quedaría arrumbada en el olvido hasta que hoy reconocemos en ella una precursora conceptual, quizás por ello inadmisible, de los libros electrónicos actuales.

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Medialab como comunidad de aprendizaje


Hoy recibe Medialab Prado Madrid el Premio Internacional Princesa Margarita, un galardón otorgado por la Fundación Cultural Europea a instituciones e iniciativas especialmente innovadoras en el ámbito de la cultura. La descripción que la fundación proporciona de la actividad principal de Medialab es certera y fidedigna:

Medialab-Prado is a digital platform and physical workspace where people with different skills and knowledge come together to access and build a digital commons in Madrid, across Spain and the global media sphere. Through workshops, participatory events and modes of collaborative action, Medialab-Prado has been among the front-runners for many projects that have gone on to nourish democratic processes between digital culture and the public sphere in Spain. Supported by the municipality of Madrid, Medialab-Prado demonstrates that it is possible to develop new cultural initiatives as permeable, civic-public partnerships that are capable of rethinking public institutions from within.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje o de círculos de estudio que hacen de la colaboración y la participación (ciudadana, abierta) el motor de toda actividad; cuando se habla de comunidades de práctica que aprenden haciendo, experimentando y errando y que se enriquecen mutuamente en el proceso de elaboración y descurimiento; cuando se habla de cross fertilization y aún de cross pollination como estrategia de creatividad e innovación que aflora en los intersticios de la cooperación entre disciplinas, materias e intereses diversos; cuando se habla de hubs o espacios makers como de lugares donde la ideación, el prototipado, el ensayo, el error, la rectificación y el refinamiento definitivo de las ideas es el sustrato sobre el que se fundamenta toda actividad; cuando se tiene a lo digital como la herramienta fluida, transparente y transversal que permea cualquier actividad, sin que sea necesario preguntarse o cuestionarse continuamente su relevancia o su pertinencia; cuando, en definitiva, se goza y se disfruta del descubrimiento y de la generación compartida de conocimiento, sin establecer límites a priori entre supuestos expertos y presuntos amateurs, sin necesidad de credenciales, mediante el uso de herramientas de toda naturaleza (fundamentalmente digitales) y se comparte y comunica mediante distintos canales digitales para uso del bien común, debemos mirar, sin duda, a la experiencia y el trabajo de Medialab, una institución pionera en nuestro país que, afortunadamente, sí ha sido profeta en su tierra gracias al tesón de unas cuantas personas y a la participación de una fiel comunidad (aunque a punto ha estado en repetidas ocasiones de desaparecer por la incomprensión y el desconocimiento de quienes lo gestionaban).

Su relación histórica de proyectos acometidos y terminados con éxito es apabullante: Interactivos es una plataforma de investigación y producción acerca de las aplicaciones creativas y educativas de la tecnología; Visualizar se propone como un proceso de investigación abierto y participativo en torno a la teoría, las herramientas y las estrategias de visualización de información, y casi todos sus proyectos tienen un impacto y uso social directo; Inclusiva-net es una plataforma dedicada a la investigación, documentación y difusión de la teoría de la cultura de las redes; el Laboratorio del Procomún, un espacio más dialógico y meditativo creado y gestionado por Antonio Lafuente, tiene como objetivo articular un discurso y una serie de acciones y actividades en torno a este concepto; AVLAB es una plataforma de encuentro para la creación y difusión de las artes sonoras y visuales bajo el concepto de proceso abierto y colaborativo.

La lista de proyectos, conferencias, seminarios, cursos, talleres y reuniones, más o menos formales o informales, es inacabable, y su programación una invitación permanente al desarrollo de nuevos saberes compartidos, a la creatividad no impostada, a la celebración de la curiosidad y su prole natural, la innovación con interés e impacto social.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje el primer lugar por propio merecimiento es Medialab Prado, su comunidad variable de colaboradores y el fiel equipo sabiamente dirigido por Marcos García @marcosgcm. ¡Enhorabuena!

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