Big data, big brother, big deal


En el año 2014 Maximiliam Schrems interpuso una denuncia en la corte irlandesa al considerar que Facebook no garantizaba la privacidad de sus datos personales y los ponía a disposición de la NSA norteamericana, contraviniendo con eso la defensa del derecho fundamental al respeto de la vida privada que la UE ampara. El juez de la audiencia irlandesa, Desmond Hogan, argumentó que existía evidencia de que los datos personales depositados en Facebook eran rutinariamente accedidos de manera “masiva e indiferenciada” por las autoridades de seguridad norteamericanas. El 18 de junio de 2014 el mismo juez ordenó que la denuncia fuera elevada a la Corte Europea de Justicia. El 6 de octubre de 2015 llegó el veredicto inapelable: “los compromisos adquiridos por los Estados Unidos pasan por alto, sin limitación alguna, las directrices de protección establecidas por el esquema legal del Safe harbor“, una norma que dejaba en manos de las compañías privadas norteamericanas la autorregulación en lo que atañe a la seguridad de los datos de los usuarios.

Teóricamente al menos, los principios internacionales Safe harbor en materia de privacidad hacen referencia a un acuerdo de cooperación por el que las organizaciones y empresas de Estados Unidos cumplen con la Directiva 95/46/CE de la Unión Europea relativa a la protección de datos personales. La artimaña legal, no obstante, permite que esa certificación, renovable anualmente, se realice mediante un proceso de autocertificación o, en contados casos, mediante la verificación de auditores externos. Esa celada legal por la que se cuelan los datos es la que pretendía cauterizar el veredicto: “el esquema (safe harbor) facilita la interferencia por parte de las autoridades públicas norteamericanas con los derechos fundamentales de las personas”. Y prosigue con la evidencia: “las autoridades de los Estados Unidos tuvieron acceso a los datos personales transferidos por los Estados miembros a los Estados Unidos y los procesaron de una manera incompatible con el propósito para el que fueron transferidos, más allá de lo que era estrictamente necesario y proporcional con la protección de la seguridad nacional”. En consecuencia, y para que no quede lugar a dudas, “por todas estas razones la Corte declara el acuerdo del Safe harbor invalid” al “comprometer la esencia del derecho fundamental a la protección jurídica efectiva”. No hacía falta rememorar a Snowden para saber que el Big Brother estaba acechando y que no quedaban lugares donde esconderse.

El 15 de enero de 2011, cuatro años antes, la Comisión Europea de Justicia lanzó una Consultation on the Commission’s comprehensive approach on personal data protection in the European Union, y entre los contribuyentes a la encuesta se encontraba Facebook. Por entonces la compañía norteamericana argumentaba que se amparaba en la legislación del Safe harbor para el procesamiento de datos de los usuarios europeos y “creía que el esquema [...] jugaba un papel muy valioso al respecto” y que constituía “un método efectivo para permitir a una compañía de servicios de internet basada en los Estados Unidos para ofrecer una alto grado de protección a los ciudadanos en la Unión Europea”.

Opiniones dispares, sin duda.

Jaron Lanier, uno de los activistas proveniente de la industria más prominente en los últimos años (obtuvo el Premio de la Paz de los libreros alemanes), argumentaba en Who Owns the Future? sin sombra de cinismo, que ya que nuestros datos son los que propulsan la economía del siglo XXI y estamos irremediablemente expuestos a que hagan uso de ellos, al menos deberíamos cobrar por ello. La plusvalia que se produce en el intercambio de datos por servicios debería ser compensada, en su opinión, mediante la percepción de un salario o un estipendio que, si no sirve para proteger nuestra privacidad, sirve, al menos, para garantizarnos el sustento. El Big data es parte, obviamente, del Big deal contemporáneo, del gran negocio del tráfico y uso más o menos legal, más o menos fraudulento, de nuestros datos.

De acuerdo con un informe de IBM existen 18.9 billones de dispositivos conectados a la red a escala mundial, lo que conllevaría que el tráfico global de datos móviles alcanzará próximamente los 10.8 Exabytes mensuales o los 130 Exabytes anuales, progresión que se incrementará si pensamos en los datos que intercambian las máquinas mismas de manera automatizada, un ecosistema universal creciente donde cada cosa se conectará a Internet para intercambiar datos. Este volumen de tráfico previsto para 2016 equivale a 33 billones de DVDs anuales o 813 cuatrillones de mensajes de texto. Una revolución, seguramente, que cambiará nuestra manera de vivir, trabajar y pensar, como argumenta uno de los más famosos libros al respecto.

Lo paradójico del Big data no es solamente que sirva a múltiples propósitos, todos ellos dispares, desde husmear lo que leemos y generar recomendaciones personalizadas o textos supuestamente adecuados a nuestros gustos a agregar los patrones de desplazamiento por carretera de millones de pesonas con el supuesto fin de mejorar la movilidad, sino que es tan intrínsecamente difícil descifrar cuál es su propósito real, que han surgido por doquier iniciativas que se autodenominan Big data for good, donde las iniciativas que se ponen en marcha tienen como fin la mejora de la vida de sus usuarios. Desde Ushaidi como plataforma para acopiar datos sobre catástrofes naturales y recabar la ayuda necesaria (Haiti, Nepal) hasta la prevención del crimen en las calles de Chicago mediante la agregación de los datos proporcionados por los ciudadanos, muchos se esfuerzan por hacer de la acumulación e interpretación de los patrones significativos que pueden arrojar los datos una nueva fórmula de conocimiento capaz de actuar poderosamente sobre la realidad. Algunos, de manera epistemológicamente ingenua y disparatada, como Chris Anderson, suponen que esas constelaciones masivas de datos acabarán generando sus propios patrones de conocimiento sin necesidad de teorías que los interpreten.

En una larga e interesante entrevista a Eugeny Morozov en la New Left Review de abril del 2015, titulada “¡Socializad los centros de datos!“, argumentaba: “Creo que solamente hay tres opciones. Podemos mantener las cosas tal y como están, con Google y Facebook centralizando todo y recogiendo todos los datos, sobre la base de que ellos tienen los mejores algoritmos y generan las mejores predicciones, etcétera. Podemos cambiar el estatus de los datos para permitir que los ciudadanos sean sus dueños y los vendan. O los ciudadanos pueden ser los dueños de sus datos, pero no pueden venderlos, para permitir una planificación más comunal de sus vidas. Esa es la opción que prefiero”.

Big data, big brother, big deal o, por el contrario, Big data para el incremento del bien común, dos caras de una misma moneda.

[Sobre este mismo asunto debatiré el próximo viernes 27 de mayo junto a Mario Tascón y Antonio Delgado en la sexta edición de #Nethinking16. En streaming en directo a las 17,00 h.]

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Nórdica o la copiosa nevada


Diego Moreno veló sus armas editoriales en Ediciones de la Torre (que ahora cumplen 40 años, ni más ni menos), pero pronto alzó el vuelo y buscó su propio territorio. Le conocí como librero, seguramente porque su profunda vocación era la de construir su propia librería, pero la experiencia le advirtió de las enormes dificultades financieras de arriesgarse en un aventura así (de hecho, la cadena donde trabajaba ya no existe, lo que indica que extrajo sus consecuencias), pero ha conservado hasta tal punto el gusto por ese oficio devaluado que sigue visitando uno a uno a los libreros que son sus cómplices. Su primer proyecto y su primer infortunio editorial fue el sello hoy desaparecido de JosephK, con títulos (que atesoro en mi biblioteca), de Gogol y Svevo. Se conoce perfectamente que los reveses y los contratiempos son combustible para el ánimo de un editor vocacional, y parece que Diego Moreno debía serlo, porque arremetió con el sello Nórdica del que hoy celebramos 10 jubilosos años.

Su nombre era una trampa, porque algnos pensábamos que intentaría pescar en el remanso de la literatura y el pensamiento nórdicos buscando a los pocos y elegidos lectores que pudieran gustar de esa estética, que se conformaría con cultivar esa parcela casi intransitada de las letras escandinavas. Pero su apetito no se conformó con los manjares del norte de Europa sino que, bien pronto, enriqueció su catálogo y su despensa con literatura de otras latitudes en la que conviven italianos, checos, irlandeses, sirios, daneses, griegos, norteamericanos, noruegos, rusos… un festión donde vale  cualquier ingrediente siempre que cumpla con el precepto de ser de una calidad excepcional y de que corrobore aquella famosa aseveración de Einaudi, “edición sí vs. edición no”, de que la única edición que perdura es la que se compromete con la excelencia cultural.

Aunque la lógica predominante de su catálogo sea la del rescate, en los últimos tiempos nombres como Vila-Matas, Llamazares o Marchamalo impulsan una nueva dinámica de riesgo y descubrimiento.

Ese olfato incansable, ese hambre infatigable, es seguramente el que le llevó a topar con Tomas Tranströmer, el que a la postre sería su (primer) Premio Nobel, un premio también a su labor infatigable.

Es posible que al inicio tuviera que hacer de la necesidad virtud y encargarse del diseño, la maquetación, la selección del papel y los muchos oficios que intervienen en la construcción de un libro pero pasado el tiempo supimos que de nuevo nos engañaba y que era su gusto por el oficio lo que le llevó a experimentar, entre otras cosas, con la ilustración, uno de los rasgos por el que se ha acabado identificando en buena medida a su catálogo. La concepción del libro como el de un objeto bello y excelso, que debe cuidarse en todos sus detalles a la manera en que lo hacía Franco Maria Ricci, permea todo su trabajo y convierte a cada uno de sus libros -en el papel que utiliza, la imagen que ilustra, el texto que elige- en una fiesta de los sentidos. Pero eso no signifca que haya rehuído nunca la ineludible transformación digital del oficio porque fue uno de los primeros que se atrevió a experimentar el lenguaje de las aplicaciones digitales construyendo obras cuya arquitectura y textualidad ya no es la del libro tradicional.

Por atreverse se ha atrevido hasta colaborar con otros editores buscando el mutuo beneficio (labor por la cual les concedieron el Premio Nacional de Edición), algo inaudito en nuestro país; a emprender aventuras imaginativas con libreros para exaltar el placer de los libros (como hizo con otro premiado, esta vez en Zaragoza); a casar vinos y libros.

Algo debí hacer mal -por lo poco y lejos que me toque- en su momento, porque hace poco reconocía que “tras hacer el I Máster de Edición de Santillana me di cuenta de que era más fácil crear una editorial y que, además se podían ofrecer propuestas muy interesantes a los lectores”, todo lo contrario de lo que pretendí insuflarle…

Alcemos la copa con uno de sus vinos para celebrar los próximos 10 años de copiosas nevadas.

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El impresor de Venecia


Paolo Manuzio, hijo de Aldo Manuzio, el célebre impresor veneciano, llega a casa de su madre, a la que casi no conoce, con la intención de redactar la biografía de su padre fallecido. Paolo había quedado bajo la tutela de su abuelo, en Venecia, a la muerte de su padre, y casi no había tenido contacto con María, su madre, que había renunciado a litigiar contra un suegro que, en aquella época y en aquel lugar, podía hacer valer el peso de la autoridad patriarcal. Paolo no conoce casi a su madre, retirada en la campiña, pero se acerca a ella con la intención de que le proporcione alguna información sobre la vida de su padre para completar su perfil biográfico. La madre se muestra inicialmente reticente, comedida, porque sabe más de su marido de lo que quiere o debe revelar a su hijo, pero se muestra igualmente conmovida cuando Paolo intenta hacer valer sus argumentos sobre la excelsitud de la figura de su padre.

“Resultaba sencillo comprobar” -argumentaba Paolo ante su madre, María-, “comparando con la obra de otros impresores de su época, que su padre era el único que había seguido un plan literario, frente a los que se dedicaban a sacar de las prensas los libros en razón del dinero que les podría proporcionar su venta o de la demanda que ciertos patricios hicieran de ellos: infinidad de libros litúrgicos, de tratados jurídicos y teológicos”. Y, algo más adelante, acolorado y convencido, prosigue: “Y en cuanto a los pequeños libros que todo el mundo llama ya aldinos, de formato octavo, era evidente que habían cambiado el modo de leer de la gente” -seguía diciendo Paolo cada vez más determinado-. “¿Cuándo se había visto a tantas personas presumiendo con su libro bajo el brazo por la calle, lejos de oscuros gabinetes?”.

Paolo Manuzio pretende en el fondo rescatar y reavivar la memoria de su padre “porque Aldo había abierto para los hombres sabios la ruta del libro, una vía nueva, la única posible, y cuantos peregrinaban por ese camino se dirigían directos al conocimiento y la felicidad que otorga la sabiduría”, y él, como tantos de nosotros, deseaba continuarla.

Háganse un favor este 23 de abril y, para celebrarlo como se debe, dense un homenaje comprando y leyendo El impresor de Venecia, de Javier Azpeitia.

De nada.

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10 años de Texturas


Para convertirse en editor hace falta desconocer el miedo, ignorar que editar libros es un negocio impracticable y casi siempre ruinoso, anteponer en la mayoría de las ocasiones los intereses estéticos e intelectuales a los financieros y contar, si resulta posible y familiarmente viable, con una herencia que dilapidar. Si uno pretende convertirse, aún más, en editor de revistas culturales, en editor de revistas culturales sobre edición y libros, es necesaria una temeridad rayana en el desvarío, una osadía que solamente cabe explicar por una profunda convicción estética e intelectual, por un inconmovible amor a los libros y a sus oficios.

Durante los últimos diez años se viene publicando la única y principal (no por única) revista sobre edición, libros, sus hechos y algunas ideas que lleva como título Texturas, un atrevimiento empresarial e intelectual ideado y desarrollado por Manuel Ortuño y Txetxu Barandiarán, acompañados poco después en la dirección por Manuel Gil, y ante todo pronóstico ha perdurado, ha crecido y ha sido reconocida, al menos por un puñado de profesionales de la edición iberoamericana, como la cabecera de referencia a uno y otro lado del Atlántico. En sus páginas pueden encontrarse toda clase de contenidos, debates e inquisiciones: artículos sobre la historia del libro, sobre sus vicisitudes comerciales, sobre librerías y bibliotecas, sobre las estrategias de comercialización y distribución, sobre la ineludible transción a lo digital. Un espacio de reflexión acogedor, como una conversación entre amigos, en el que cualquier interesado por la historia del libro y su improbable futuro debería recalar. Y su diseño y su estructura formal son un ejemplo renovado en cada número de excelencia gráfica.

Es cierto que su destino ha sido, sin embargo, paradójico, como el de tantas revistas culturales: en un país que se tiene por supuesta potencia editorial mundial, al menos desde el punto de vista de la producción, sólamente unos centenares de interesados y profesionales la siguen y la sostienen, destinteresados la mayoría por completo de la cavilación sobre su propio destino y su propio sector. Y así nos van las cosas…

Después de este cumpleaños que deberemos celebrar, es posible que Texturas deba reflexionar sobre esas cosas a las que se exponen los directores editoriales cada cierto tiempo: los formatos, los canales de distribucion, los contenidos, los públicos a los que va dirigido, porque solamente en la mutación y la innovación cabe imaginar el futuro de la revista, antes de dejarse vencer por la tentación de convertirse en una reliquia de anticuario.

“Es posible”, escribió Josep Janés i Olivé, en un magnífico discurso que recoge Texturas en su número 28, Aventuras y desventuras de un editor, “que yo sea un iluso, que detrás del programa de esta colección no se encierre ninguna obra de interés para mi país, que sea tan sólo la expresión de un delirio de grandezas, de una ansia desmesurada e inhumana de coleccionista que quiere reunir en sus arcas todos los tesoros del mundo. Es posible que así sea. Pero en todo caso nunca tesoro tan noble fue objeto de la codicia de un avaro, ni nunca arcas tan generosamente abiertas aspiraron a guardar para tantos tan precioso tesoro. Pero si mi idea no es solamente una expresión de megalomanía, si su realización encierra una contribución decisiva al movimiento editorial de nuestra época en nuestro país, permítanme que con toda la amargura de que soy capaz les confiese que, hoy por hoy, su realización, aunque lenta, es posible gracias únicamente, además del esfuerzo personal que supone, al interés que ha suscitado en todos los países del área idiomática hispánica”.

No me parece muy distante de la convicción y el impulso que sostiene a Texturas.

Felicidades y muchos decenios más.

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Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación (un homenaje a Ángela Ruiz Robles)


En el año 2013 apareció en el número 23 de la revista Texturas (que ahora cumple 10 meritorios años y a la que habrá que dispensar el homenaje que se merece a su debido tiempo) un artículo mío enigmáticamente titulado “Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación”, un homenaje personal a una de las precursoras de la lectura no lineal e inventora de un tipo de soporte capaz de facilitar ese tipo de consulta, Ángela Ruiz Robles. Hoy es Google y la prensa nacional e internacional quienes se hacen eco de su contribución pionera.

Reproduzco el texto completo del artículo por si todavía pudiera resultar de interés:

En una fotografía presumiblemente tomada en la Segunda Exposición Internacional de Invenciones y Nuevas Técnicas celebrada en Ginebra en el año 1969, puede verse con aspecto circunspecto y respetable, sentada en primera fila, sosteniendo mano sobre mano el diploma obtenido, a Dña. Ángela Ruiz Robles, única mujer entre quince varones inventores que presentaron sus patentes a tan reconocido evento. Inventar en la España de los años 40 y 50 -porque la patente de su invento más visionario, el libro mecánico, data de 1949-, solamente podía ser una cosa de hombres o, en el caso de que se inmiscuyera una mujer, solamente podía ser cosa de una vocación pedagógica indestructible, de una disposición indesmayable por trasladar los beneficios de la técnica a los que la necesitaban, de una enérgica convicción al servicio de la educación. En torno al año 1970, de hecho, el director de la revista Técnica e invención reconocía la anomalía que Dña. Ángela constituía en un entorno preponderantemente masculino, donde ni siquiera llamaba la atención “la ausencia de referencias a inventos femeninos”. Con el paso del tiempo su soledad no se subsanó, pero su empuje suplió con creces ese aislamiento, hasta el punto de convertirse, a finales de los años 50 en «Gestora delegada de la Agrupación Sindical de Inventores Españoles» y, algo más tarde, en los años setenta del siglo pasado, en «Jefa Provincial» de la Federación Politécnica Científica de Inventiva Internacional.

 

Reseñar su condición de mujer en una sociedad masculina, en un entorno geográfico periférico, es resaltar el redoblado esfuerzo que debió de realizar Dña. Ángela para sacar una familia como viuda adelante, para asumir profesional y voluntariamente las cargas que la profesión docente le deparó, y para sostener a lo largo de toda su vida su vocación inventiva, innovadora. El horizonte profesional que podía vislumbrar una mujer de clase relativamente acomodada, con una educación más o menos esmerada -hija de farmacéutico y ama de casa-, era el de alcanzar con mucha suerte la condición de maestra, algo que Dña. Ángela consiguió a los 22 años, después de haber cursado sus estudios de Magisterio en la Escuela superior de León. Su nombre no sería conocido, seguramente, si se hubiera conformado con asumir el papel de maestra de señoritas, de conductora y conformadora de la identidad femenina y los valores que se le presuponían, tal como muestra la foto, tomada seguramente en torno a los años 20, con la imagen de Primo de Rivera al fondo, en la escuela de Santa Uxía de Mandía, en Ferrol, donde tiempo después sus parroquianos le tributarían un homenaje espontáneo por su competencia y dedicación.

En una entrevista concedida a Radio Nacional cuando sus principales inventos habían recibido ya reconocimientos nacionales e internacionales, en un lenguaje llano, espontáneo, poco estructurado, Dña. Ángela revelaba al menos tres de los fundamentos pedagógicos, tres de las convicciones educativas, que habían sostenido su trabajo como profesora e inventora: “todo lo que se presenta ante nuestros ojos”, decía Dña. Ángela a una entrevistadora algo atildada, “tiene un poder mucho más fuerte y potente que la palabra hablada”. Esa certeza en la eficacia de lo visual por encima, incluso, de lo verbal, está presente, cómo no, en su Primer Atlas gramatical del idioma español, del año 1958, en el que los dialectos, los idiolectos, la fonética, se encarnan geográficamente, dándole a la lengua concreción territorial, topográfica. Con gran atrevimiento conceptual, el Mapa científico gramatical concretaba gráficamente lo que hoy entenderíamos por pensamiento visual o mapas de conceptos, una herramienta que permitía desagregar esquemáticamente las complejidades de las formas verbales, de la gramática del español; y se encontraría, sobre todo, en la que pasa por ser su más conspicua invención, la patente del denominado Procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para lectura de libros, más conocido como Enciclopedia mecánica: quizás por primera vez y de manera precursora se integraban en un mismo soporte imágenes y cartografías; textos, gráficos y esquemas; sonidos, todo al servicio de un tipo de aprendizaje a disposición “del deleite y el agrado” de los aprendices, como se dice en el texto de la patente, una verdadera revolución pedagógica en un contexto educativo centrado en la repetición, la memorización, la discursividad y la disciplina. “Reconociendo las conveniencias de la enseñanza intuitiva, amena y para aprovechar con rapidez los momentos que la atención pueda estar fija hacia un punto determinado recibiendo y aprovechando productos, evitando y aminorando las fatigas intelectuales que ocasiona a las facultades mentales tenerlas en actividad largo tiempo”,  puede leerse en el texto presentado a la Oficina de Patentes, con el número 190698, “ES POR LO QUE APLIQUÉ MIS FACULTADES INTELECTUALES a la labor de ingeniar e inventar la manera de que el libro participase de las admirables ventajas que estas materias (o sus similares) tienen”.

No dejaba de ser un atrevimiento singular el querer modificar la estructura de los libros tradicionales, de las fuentes de saber primordiales, de la tecnología del conocimiento por antonomasia, pero parece que Dña. Ángela respetaba no tanto las fórmulas mostrencas de transmisión del conocimiento como el uso de la tecnología al servicio de la educación y el aprendizaje. Tampoco parecía demasiado amiga de los flagelos pedagógicos y sí de la adaptación a las necesidades y progresión individuales y del lúcido disfrute del saber mediante el adecuado uso de la técnica. En la mencionada entrevista de Radio Nacional, intentando hacerse entender con no pocas dificultades, Dña. Ángela aseguraba con tanta sencillez como rotundidad: “la técnica beneficia en todo el mundo a individuos y colectividades”, la técnica, me permito reinterpretarla, es esa forma de inteligencia y asistencia suplementaria que nos transforma y nos mejora al usarla. En el preámbulo algo solemne y grandilocuente de la memoria descriptiva de la patente de su enciclopedia mecánica también lo había dejado escrito: “Considerando que, en épocas anteriores, se desconocían las materias que la elaboración inteligible del hombre nos viene proporcionando para uso y facilidad, tales como la electricidad, el llamado cristal irrompible….”, etc., así debía y podía desarrollarse un ingenio que soportara la exposición y desarrollo de todas las materias que componían el currículum; que permitiera reproducir, al menos potencialmente, imágenes y sonidos; que facilitara la interacción con el estudiante o el lector mediante el uso de teclados u otros mecanismos de introducción de datos; que fuera portable, ligero, trasladable, utilizable bajo cualquier circunstancia. En este soporte mecánico se conjugaban conceptos pedagógicos muy avanzados para aquel tiempo, quizás inasumibles: un cuerpo central con las competencias fundamentales, relativas al estudio y práctica de la lectura, la escritura, la aritmética y el cálculo, lo que hoy llamaríamos competencias fundamentales, y un segundo cuerpo dedicado a la inserción de las materias o asignaturas, en rollos extensibles o desplegables, valiéndose de las bobinas que podían instalarse y alternarse, en uno o varios idiomas, con la asistencia o no de la lámina de aumentos y la luz que el ingenio ponía a disposición de sus potenciales usuarios.

“Como que se le quita a la humanidad una preocupación bastante fuerte”, respondía literalmente Dña. Ángela a la entrevistadora radiofónica que indagaba sobre la facilidad de uso (la usabilidad) del ingenio mecánico, y así era, porque tras sus cubiertas inicialmente de bronce (sic) y luego de nylon plástico, se escondía una triple revolución que pretendía disipar y resolver esas enconadas preocupaciones, una revolución al mismo tiempo editorial, pedagógica y comunicativa: editorial, porque el soporte daba al traste con la idea misma de libro, de secuencialidad, de volumen autosuficiente, de objeto encuadernado con cierta cantidad de hojas de papel en su interior, y aventuraba abaratar la producción de sus contenidos y hacerlos más portátiles; pedagógica, por la concepción transmedial e interactiva del aprendizaje, por la preponderancia de su componente visual, por su rechazo de la instrucción basada en la opresión y su alabanza del deleite como fundamento de la educación; comunicativa, por su idea, tan avanzada, de recuperar la parte más dialógica e interactiva del proceso de aprendizaje como cimiento del conocimiento.

No es por eso exagerado reivindicar la enciclopedia mecánica como soporte antecesor de los libros electrónicos, no porque, obviamente, anticipara su futura lógica digital sino, más bien, porque entendía el aprendizaje como un proceso disconforme con la mera discursividad sucesiva y textual de los libros tradicionales, necesitada por tanto de estímulos visuales y auditivos integrados y complementarios, en soportes portátiles y ligeros que hicieran fácil y posible su traslado y acarreo, que permitieran la consulta simultánea de las distintas materias conformadoras del currículum y una interactividad incipiente que no relegara al estudiante a su condición más pasiva de mero receptor y repetidor. Y todo eso podía hacerse con el concurso de la técnica, de una innovación entendida al servicio de esa fuertes preocupaciones que la humanidad padecía.

No se adivina en las palabras de Dña. Ángela desánimo ni desaliento ninguno cuando la locutora de Radio Nacional le increpa por el desarrollo futuro de tan osada idea, quizás porque el tesón fuera un rasgo esencial de su carácter. Se trata, sin embargo, reconocía en la entrevista, de un entorno “fuertemente complicado y complejo” donde no basta tener buenas ideas ni recibir órdenes o premios nacionales o internacionales. Antes que eso hubiera sido necesario contar con una “industria fuerte” que hubiera podido hacerse cargo del desarrollo fabril de esa patente que quedaría arrumbada en el olvido hasta que hoy reconocemos en ella una precursora conceptual, quizás por ello inadmisible, de los libros electrónicos actuales.

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Medialab como comunidad de aprendizaje


Hoy recibe Medialab Prado Madrid el Premio Internacional Princesa Margarita, un galardón otorgado por la Fundación Cultural Europea a instituciones e iniciativas especialmente innovadoras en el ámbito de la cultura. La descripción que la fundación proporciona de la actividad principal de Medialab es certera y fidedigna:

Medialab-Prado is a digital platform and physical workspace where people with different skills and knowledge come together to access and build a digital commons in Madrid, across Spain and the global media sphere. Through workshops, participatory events and modes of collaborative action, Medialab-Prado has been among the front-runners for many projects that have gone on to nourish democratic processes between digital culture and the public sphere in Spain. Supported by the municipality of Madrid, Medialab-Prado demonstrates that it is possible to develop new cultural initiatives as permeable, civic-public partnerships that are capable of rethinking public institutions from within.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje o de círculos de estudio que hacen de la colaboración y la participación (ciudadana, abierta) el motor de toda actividad; cuando se habla de comunidades de práctica que aprenden haciendo, experimentando y errando y que se enriquecen mutuamente en el proceso de elaboración y descurimiento; cuando se habla de cross fertilization y aún de cross pollination como estrategia de creatividad e innovación que aflora en los intersticios de la cooperación entre disciplinas, materias e intereses diversos; cuando se habla de hubs o espacios makers como de lugares donde la ideación, el prototipado, el ensayo, el error, la rectificación y el refinamiento definitivo de las ideas es el sustrato sobre el que se fundamenta toda actividad; cuando se tiene a lo digital como la herramienta fluida, transparente y transversal que permea cualquier actividad, sin que sea necesario preguntarse o cuestionarse continuamente su relevancia o su pertinencia; cuando, en definitiva, se goza y se disfruta del descubrimiento y de la generación compartida de conocimiento, sin establecer límites a priori entre supuestos expertos y presuntos amateurs, sin necesidad de credenciales, mediante el uso de herramientas de toda naturaleza (fundamentalmente digitales) y se comparte y comunica mediante distintos canales digitales para uso del bien común, debemos mirar, sin duda, a la experiencia y el trabajo de Medialab, una institución pionera en nuestro país que, afortunadamente, sí ha sido profeta en su tierra gracias al tesón de unas cuantas personas y a la participación de una fiel comunidad (aunque a punto ha estado en repetidas ocasiones de desaparecer por la incomprensión y el desconocimiento de quienes lo gestionaban).

Su relación histórica de proyectos acometidos y terminados con éxito es apabullante: Interactivos es una plataforma de investigación y producción acerca de las aplicaciones creativas y educativas de la tecnología; Visualizar se propone como un proceso de investigación abierto y participativo en torno a la teoría, las herramientas y las estrategias de visualización de información, y casi todos sus proyectos tienen un impacto y uso social directo; Inclusiva-net es una plataforma dedicada a la investigación, documentación y difusión de la teoría de la cultura de las redes; el Laboratorio del Procomún, un espacio más dialógico y meditativo creado y gestionado por Antonio Lafuente, tiene como objetivo articular un discurso y una serie de acciones y actividades en torno a este concepto; AVLAB es una plataforma de encuentro para la creación y difusión de las artes sonoras y visuales bajo el concepto de proceso abierto y colaborativo.

La lista de proyectos, conferencias, seminarios, cursos, talleres y reuniones, más o menos formales o informales, es inacabable, y su programación una invitación permanente al desarrollo de nuevos saberes compartidos, a la creatividad no impostada, a la celebración de la curiosidad y su prole natural, la innovación con interés e impacto social.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje el primer lugar por propio merecimiento es Medialab Prado, su comunidad variable de colaboradores y el fiel equipo sabiamente dirigido por Marcos García @marcosgcm. ¡Enhorabuena!

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Los enemigos de los libros


En el año 1880 muchos hombres de letras estaban seriamente preocupados por la preservación de aquello que les procuraba el incesante gozo de aprender y conocer, de aquello que abastecía el inagotable festín de la curiosidad, de aquello que colmaba y saciaba su insaciable apetito de saber. Para aquellos hombres que nacieron en la era en la que el libro ocupaba el centro exacto del ecosistema de los medios, que habían construído enormes bibliotecas como templos consagrados a la sed de saber, perder uno solo de sus libros por el efecto de los agentes naturales -bien fuera el fuego, el agua y la humedad, el polvo y el abandono-, del voraz apetito de los insectos o de la ignorancia y el fanatismo del género humano era una suerte de accidente que debía evitarse. Los enemigos de los libros fue el recetario que a tal efecto redactó William Blades, un erudito, impresor y bibliógrafo que impulsó la creación de la Library Association.

“La posesión de todo libro antiguo”, escribía Blades, “es una encomienda sagrada, de tal suerte que cualquier propietario consciente de lo que tiene, o cualquier custodio, debería pensar que ignorar su responsabilidad en la materia es igual que para un padre dejar de atender a su hijo. Un libro antiguo, cualquiera que sea su contenido o su mérito interno, es en realidad una porción de la historia de u país. Podemos imitarlo, imprimirlo en facsímil, pero nunca podemos reproducirlo con exactitud y, como documento histórico que es, hemos de conservarlo con todo cuidado”. Sacerdotes de un culto a lo escrito que no podían permitir la disolución de su objeto de culto. Desde el punto de vista del intelectual, del hombre letrado y educado, la visión de una biblioteca repleta de innumerables posibilidades y potenciales descubrimientos debía suponer -sigue suponiendo hoy- una suerte de ubérrimo paraiso en la tierra, como tantos han expresado a lo largo de los siglos.

No debemos olvidar, sin embargo, que más de un siglo antes un paisano suyo, Jonathan Swift, describía en sus Viajes de Gulliver a una especie denominada Hoyhnhnm que, siendo en apariencia semejantes a un caballo común, poseían un sorprendente manejo de la razón, sin intermediación ni conocimiento de las letras, sin instinto alguno, porque eran seres plenamente razonables, “sin letras”, entregados a la tradición de lo oral para transmitir su conocimiento. “The Houyhnhnms have no letters, and consequently their knowledge is all traditional”, escribió Swift. El clérigo irlandés contraponía ya en el siglo XVIII a los hombres comunes, del pueblo, que siendo plenamente razonables e integrados desconocían por completo las letras, y a los intelectuales inadaptados que disfrutaban ya de la vasta e inabarcable memoria escrita recogida en los libros y que confiaban en consecuencia la transmisión del saber a ese artefacto. Un contemporáneo de Blades, Friedrich Nietzsche, andaba por la misma época dividido entre la líbido bibliofrénica y la tentación bibliocasmática, entre la adoración a los libros y la escritura y su total rechazo como un apósito innecesario o incluso fastidioso para la vida corriente. En una de sus reflexiones al respecto llegó a escribir: “nosotros los modernos” somos como “enciclopedias andantes incapaces de vivir y de actuar en el presente, obsesionados por un sentido histórico que lesiona y finalmente destruye la materia viva, sea un hombre, sea el pueblo, sea un sistema cultural”.

En las culturas orales todo el mundo participa natural y activamente del acervo cultural, y la memoria histórica como tal apenas existe, porque no se conserva registro escrito de ella; en todo caso se manipula a conveniencia de cada generación, de acuerdo a un principio de amnesia estructural que todas las culturas orales poseen. Solamente al precio del aislamiento y la soledad cabría pensar que algún miembro de una sociedad oral no participara de la encomienda común. La paradoja que los textos de Swift y Nietzsche resaltan, en un momento de apogeo de la cultura libresca, de la construcción de las grandes bibliotecas que como templos albergarían ese culto, es que en las culturas alfabetizadas, que giran en torno al libro, muy pocas personas pueden obtener una visión global y completa del significado de lo que viven, apenas rascan la superficie del conocimiento erudito, porque la cantidad creciente de libros es tan inabarcable, que aboca a la renuncia y a la segregación. Paradoja entre las paradojas en las sociedades contemporáneas, sin duda, que estos y otros biblioclasmáticos encarnaron entonces y ahora.

No puede leerse el libro de Blades, por tanto, sin su reverso complementario. No puede entenderse el amor fati por los libros sin comprender la aversión que puede provocar en quienes los amaron. El libro de William Blades, Los enemigos del libro, bellamente editado por Fórcola y prologado por Andrés Trapiello, es testimonio (parcial) de ello.

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Amazon en el altillo


En el último número del suplemento cultural Babelia, Colm Tólbín, el escritor irlandés, recibe en su domicilio a Winston Manrique: “Está su habitación, que da a la calle, con una antigua cama de madera presidida por un mosaico de retratos con sus dioses tutelares: Henry James, James Joyce, Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Thomas Mann… Otra puerta conduce a su estudio. Es un refugio de paredes tapizadas de libros en cuyo suelo de madera crecen pilas de obras literarias de donde emerge una mesa desbordada de más libros y papeles”. Una descripción sin duda ideal del refugio del creador.

Lo que seguramente no tuviera en cuenta el entrevistador, quizás se le pasara por alto, es el detalle de la caja que reposa en la cúspide de libros y envalajes dispuestos sobre una repisa, una mesilla o un altillo en la cabecera de la cama del escritor: al lado de las deidades literarias, al mismo nivel, incluso un poco por encima de ellas, una caja de libros de Amazon contempla el templo creativo. Es posible que Tólbín siga rindiendo tributo a ciertas majestades literarias indiscutibles, pero se hace con sus títulos -o con los de otros dioses menores-, en la mayor librería online del mundo, no en librerías de maderas olorosas y personal competente, como Chapters, The Gutter Bookshop o The Winding Stair. Conscientes seguramente de que ese cliente distinguido que antes rondaba por las librerías ya no comparece con la misma asiduidad, las liberías irlandesas han comenzado a cavilar, colectivamente, qué hacer ante esa situación. En How are Irish bookshops coping against Amazon?, el propietario de The Gutter Bookshop, esa librería que Tólbín seguramente ya no visite, declaraba: “Amazon es un gigantesco retailer multinacional y constituye la mayor amenaza para las librerías físicas en Irlanda. También contribuye poco a la economía irlandesa en términos de impuestos y empleo. Como gran multinacional, intenta acaparar tantos clientes como sea posible. Es necesario reestablecer el equilibrio “. Es posible que Bob Johnston, el propietario de la librería y, adicionalmente, Presidente del Gremio de Libreros, no conozca el dormitorio de Tólbín ni sus nuevos hábitos de compra porque su enrocamiento en las certezas tradicionales no le deja ver la luz digital: “hay una gran presión para que las tiendas independientes venden en línea, pero no hay necesidad de competir directamente con Amazon. Mientras que todo el mundo necesita una presencia en línea para animar a los clientes potenciales, las librerías tienen que hacer valer sus puntos fuertes. Nuestras fuerzas están en la recomendación de libros a nuestros clientes y en el servicio personalizado”. Bien. Quizás su antiguo cliente piense de otra manera.

No quiero llevar al extremo algo que bien pudiera ser anecdótico y ocasional, en todo caso real y legítimo, pero la imagen me parece lo suficientemente inquietante como para desencadenar una reflexión colectiva en torno al futuro de la librería tradicional, de su ceguera corporativa. Escruten la fotografía del dormitorio de Tólbín, con una lupa, y vean en el altillo la caja de libros de Amazon, y piensen después de qué manera han cambiado los usos y hábitos de compra y lectura de, incluso, los más exquisitos y excelsos representantes de la cultura.

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Las 400 librerías


La primera noticia que saltó a los medios especializados decía que Amazon pretende, aparentemente, abrir 300 librerías a pie de calle, 300 librerías de ladrillo para complementar la descomunal maquinaria de su plataforma online. Otros medios profesionales, inmediatamente después, se han venido haciendo eco sobre la posible expansión terrenal del gigante digital, y otros han sumado 100 más hasta llegar a las 400.

Hay quien se echa las manos a la cabeza porque Amazon haya tomado esta decisión, pero a mi me parece perfectamente lógica y legítima: apostó por el mercado digital cuando ningún librero ni editor creía en él; generó una plataforma que facilita la búsqueda y adquisición de toda clase de libros, nuevos y descatalogados, gracias a la integración de Abebooks y sus filiales; su sitema de recomendación automatizado y su espacio para los comentarios de los lectores han marcado una tendencia ineludible; su soporte de lectura digital, capaz de encadenar al lector mediante su formato propietario, permite al usuario buscar, elegir, descargar y leer en apenas unos pocos pasos; su agresiva política de precios, además, cuando no trabaja en mercados de precio fijo, daba a los lectores la oportunidad de comprar más por menos; su espacio de autopublicación ha dado visibilidad global a autores desconocidos que ahora pueden aspirar a ser leídos y, lo que resulta todavía más decisivo, su plataforma da cobijo a los editores independientes, que venden ya mucho más que los Big five norteamericanos. El 45% del millón de ebooks diarios que se venden en Amazon son títulos de editores independientes.

Dominado el mercado digital completamente -y un cuarto de la venta online de todos las novedades físicas de trade y dos tercios de todos los trade normales-, desarbolada la competencia -sobre todo la de los libreros renuentes y los editores despistados- cuando no en liquidación o arruinada, quedaba conquistar un espacio físico desguarnecido. Y a eso parece que van a dedicarse ahora.

Este artículo, aunque no lo parezca, no es una loa de Amazon, pero tampoco una diatriba. Si ha conquistado el mercado digital hasta casi el monopolio de hecho, ha sido tanto por sus propios méritos como por los deméritos de los demás. Reconquistar el espacio perdido es apenas una hipótesis, una quimera, pasado ya el tiempo en que una respuesta coordinada, transversal, respaldada por los colectivos profesionales y las administraciones públicas, hubiera podido persuadir al usuario de que existía una verdadera alternativa. Escudarse en que las condiciones laborales que ofrece a sus trabajadores son pésimas o en que apresa a sus lectores en sus formatos propietarios, me suena al argumento de Los 400 golpes, cuando la culpa y el miedo arrastran al protagonista a una proferir una serie de mentiras que poco a poco van calando en su ánimo. De la misma manera, Las 400 librerías redundarán en la culpa, el miedo y la incertidumbre de libreros y editores y, si no cambian mucho las cosas, en su parálisis y desaparición.

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Contra los gigantes


En un reciente artículo así titulado en la prensa alemana, Contra los gigantes, se resaltaba el éxito de la estrategia que los editores y libreros alemanes pusieron en marcha al conjurarse en torno a un dispositivo digital compartido (Tolino), a la agregación de contenidos para incrementar la disponibilidad de títulos, a la apuesta por la interoperabilidad y la desaparición de los DRM estrictos, etc., etc. Algo de todo eso deberíamos aprender si pretendemos que las mera eclosión puntual de nuevas librerías sea algo más que flor de un día.

La afirmación inicial es, no obstante, relativamente engañosa: los grupos que inicialmente impulsaron este acuerdo, con la intención de contrarrestar fundamentadamente el empuje de las grandes iniciativas multinacionales, no eran tampoco pequeños editores o libreros independientes: a la cabeza estaban el grupo WeltBild, Hugendubel, Thalia y el gigantesco y tentacular grupo Bertelsmann. Es cierto que a ese grupo de pioneros se han ido sumando otros miembros relevantes, como puede ser el caso de la cadena de librerías Osiander en el sur de Alemania o de Mayersche en Nordrhein-Westfalen, porque subyace la convicción de que solamente mediante la cooperación y la neutralidad cabe plantar cara a la tormenta digital: de acuerdo con las últimas cifras proporcionadas por la empresa especializada de estudios de mercado GfK, la cuota de mercado de Amazon en Alemania ha descendido por primera vez a causa de la extensión de Tolino, del millón de libros disponibles en formatos estándares, y de la tecnología que garantiza y asegura la interoperabilidad. A día de hoy, la cuota de mercado de Tolino y su red asociada de distribución es del 40%; la de Amazon del 47%.

Si la cuota del Tagus en España sigue siendo irrelevante, no es porque el dispositivo sea mejor o peor, sino porque la estrategia global de su puesta en marcha y funcionamiento fue asumida por un sólo grupo, porque seguramente aquí hicimos todo lo contrario de lo que el Director de la Börsenverein aconseja: “Tiene que aumentar la comprensión de que, sobre todo en los negocios digitales, solamente las solcuiones grandes y colectivas llegan a su objetivo”. La puesta en marcha de una estrategia multicanal respaldada por todos los agentes implicados, es una apuesta por el futuro colectivo del sector.

De acuerdo con las últimas cifras proporcionadas en el verano pasado por el gremio de editores, la cuota de mercado había ascendido aun 4,3%, las ventas habían alcanzado los 24,8 millones de ejemplares, y el precio medio había caído a los 7,8 €. El gremio, como en otros lugares, se ha quejado de la posición monopolística que pueden llegar a alcanzar los gigantes, pero no se limita a comportarse como un enano quejoso, sino que desarrolla una estrategia colectiva al servicio de los intereses de los lectores y de los agentes de la cadena del libro.

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