Palabras y pantallas

En Words, uno de los últimos artículos de la serie que Tony Judt escribió para el New York Review of Books y que tan intensamente evocó Vicente Molina Foix en un artículo reciente, “La aplazada muerte de Tony Judt“, aludió de manera inequívoca al papel devaluador de la cultura que algunos medios digitales de comunicación y algunas prácticas docentes actuales representan: “la inseguridad cultural engendra su doble lingüístico. Lo mismo es cierto para los avances técnicos. En un mundo donde Facebook, MySpace y Twitter (por no mencionar los mensajes de texto), las alusiones sucintas sustituyen a la exposición. Donde una vez Internet pareció representar una oportunidad para la comunicación sin restricciones, la tendencia crecientemente comercial del medio -”Soy lo que compro”- trae consigo empobrecimiento. Mis hijos observan sobre su propia generación que la taquigrafía comunicativa de su hardware ha comenzado a filtrarse en la comunicación misma: “la gente habla como los textos” que escribe. Y la conclusión le parece irrevocable, alarmante: “esto debería preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad lo mismo le ocurre a las ideas que expresan. Si se privilegia la expresión personal sobre las convenciones formales, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que privatizamos otras muchas cosas”.

Judt sostiene que la enseñanza y asunción de las convenciones formales de la expresión y la comunicación en la escuela, son fundamentales; que la progresiva degradación de la instrucción formal, del aprendizaje y uso de las fórmulas retóricas de la comunicación, conduce no sólo al empobrecimiento del lenguaje sino, sobre todo, de las ideas que transporta y, con ello, de la república de los seres humanos que contribuye a construir y sostener. Para Judt, que según su relato creció entre la algarabía de las conversaciones y las discusiones en varias lenguas en el comedor de su casa, que cultivó la pasión a lo largo de la vida por las palabras para arrancar de ellas toda su fuerza y que constituyeron su último reducto de libertad, la degradación a la que los medios de comunicación digitales acutales las somete, es peligrosa e intolerable.

Lisa Block de Behar, en su interesante Medios, pantallas y otros lugares comunes, ahonda en el problema de la desintegración de las palabras sometidas a la tiranía omnisciente de las pantallas: “la tecnología”, asegura, “ha pantallizado el mundo transformándolo en un parque multimediático trivial y espectacular a la vez, donde las pantallas no sólo aplanan -cada vez más planas- ese mundo global; no sólo lo verticalizan -cada vez más autoritarias-, sino que regulan sus paisajes, personas, hechos, ficciones y fantasías, mostrando y ocultándolos, entrelazados y a la par. Poco o nada se vi si no está en pantalla. Lo que importa se muestra en pantalla y, si no se muestra, no importa, no existe”.

Claro que no todo el mundo compartirá los argumentos previamente esgrimidos, que sostendrá, al contrario, que lo hace falta es quebrar la univocidad del discurso tradicional, destapar las imposturas de la comunicación profesoral unidireccional, romper con las retóricas añejas del discurso, saltárselas si es necesario para adaptarlas al vocabulario de quienes ya no se sienten identificados ni con el lenguaje ni con los medios de comunicación tradicionales, adoptar las herramientas de creación y expresión digital para generar un nuevo entorno de aprendizaje colaborativo donde las jerarquías tradicionales se evaporen. Eso es, en resumen y tal como yo lo entiendo, el edupunk, el movimiento antagónico a las pedagogías habituales que propugna el maestro Alejando Piscitelli, cada vez más habitual (afortunadamente), entre nosotros. Todo eso y muchas cosas más estaba anticipado en un libro tan imprescindible como inencontrable que es Nativos digitales.

Yo soy de los que cree que la solución -si la hay- a este debate no se encuentra ni un extremo ni en otro, ni en el cultivo exclusivo de la forma y la retórica tradicional, ni en la algarabía infoxicadora de las redes sociales. Algo de eso estaba en ya recogido en Sócrates en el hiperespacio, porque no es la primera vez en la historia que los soportes y, con ellos, las modalidades de creación y expresión de la información y el conocimiento se transforman pero sí la primera, quizás, en que somos históricamente tan conscientes del momento trascendental que vivimos.

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Lecturas largas y lecturas cortas (de verano)

La revista Time dedicaba la portada de su número del 23 de agosto (¿dónde quedará ya el verano?) a Johathan Franzen, algo que solamente ha ocurrido, en la historia de esa publicación, en cinco ocasiones contadas: Salinger, Nabokov, Morrison , Joyce y Updike. Eso sitúa a Franzen, cómo no, en la nómina de los escritores consagrados cuya opinión no conviene pasar por alto. Después de casi nueve años de dedicación a su proyecto recién publicado, Freedom, Franzen tiene una idea fundamentada sobre el futuro de la novela, de la escritura y de la lectura, en su concurrencia con otros medios de comunicación y otras textualidades más ligeras y fragmentarias. La lectura, en su quietud y su concentración sostenida, es lo contrario del atosigamiento de los medios digitales. “Estamos tan distradios y tan enfrascados con las tecnologías que hemos creado y con el aluvión de la así denominada información -asegura Franzen-, que nunca como ahora sumergirse en un libro atrayente parace algo socialmente útil”. Y remata afirmando: “el lugar de la quietud o la tranquilidad que es necesario para escribir y, también, para leer seriamente, es el punto donde realmente pueden tomarse decisiones responsables, donde puedes implicarte productivamente un mundo de otra manera aterrador e inmanejable”.  Freedom va, entre otras cosas, de la manera en que hacemos uso de la libertad que se nos concede.

Tony Judt, el historiador norteamericano de origen judío recientemente fallecido y que relató su debilitamiento progresivo en la prensa, dejó dicho en Words: “si las palabras caen en el deterioro, ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos”, al menos todo lo que él tenía para comunicarse con el mundo, para resistir ante las acometidas de la enfermedad y para preservar un mínimo espacio de libertad en la penumbra. Y de la extrema importancia de las palabras habló también Enrique Gil Calvo este verano en “Lecturas en corto y ruido en la red“, un artículo de consulta imprescindible que pone el dedo en la llaga digital supurante: “Mientras que con las lecturas cortas de hoy en día, entrecruzadas como microrrelatos en la Red, ya no sucede así. En lugar de tener forma de flecha del tiempo, el formato de la lectura corta es circular o cíclico, como el de una ruleta, una noria o un tiovivo”, dice Gil Calvo. Y, un poco más adelante, extrae las consecuencias de tal aseveración: “las lecturas cortas de hoy en día, privadas como están de linealidad causal, se suceden al azar arracimándose en conglomerados gregarios sin más orden y concierto que el derivado de la promiscua casualidad. ¿Dónde va Vicente?: donde va la gente. Es la rueda de la fortuna, donde la atención lectora discurre al azar movida por las fluctuantes corrientes de la audiencia mediática, trazando así una trayectoria tan incierta y aleatoria como el corcho que flota a la deriva”. Es posible que muchos atribuyan tal opinión al regimen logocrático apegado al papel y a la textualidad lineal de todos los que se expresan en tales términos, y bien pudiera ser así en gran medida, pero no lo es menos la conclusión a la que se atreve a llegar Gil Calvo y que muchos otros callan por recelo y aprensión: “la lectura corta solo adiestra en la veleidosa práctica del nomadismo inconstante, quizás aventurero y promiscuo, pero potencialmente tránsfuga y desertor. Y ello debido a que las lecturas cortas dejan de ser eslabones de una cadena vinculante (o escalones de ascenso y descenso a cielos e infiernos) para convertirse en medios autosuficientes (fines gratificantes en sí mismos) pero también intrascendentes, ya que no ejercen consecuencias significativas ni conducen a ningún sitio. De ahí su carácter recurrente y adictivo, condenados como están al eterno retorno de lo mismo”.

Por si fuera poco, Calamaro está claramente en contra de Twitter, de su vaguedad y su vaciedad: “que perdida de tiempo escribir para hijos de homero simpson (…) participar en un coro de subnormales generadores de concepto Light (…) pero… que hago metido en el medio de la república de los culoblandos (…) que lastimado estaría mi pudor/ si resulto ser la cara amable del termo twitter/ 140 caracteres/ pueden metérselos profundo en el medio del ojete/ me importa tres pepinos/ perder un segundo más en el rebaño de boludos con blackberry”.

Sea cual sea la conclusión que pudiéramos sacar de la lectura de los textos y opiniones anteriores, lo cierto es que no pueden desmerecerse achacándoles, simplemente, que han sido pronunciadas por caducos ancianos logocráticos; tampoco pueden devaluarse los méritos de las textualidades digitales ni, menos aún, concluir de su posible incapacidad para transmitir mensajes complejos que no se vayan a convertirse en el lenguaje del siglo XXI, en el lenguaje de nuestra época. Lo que resulta obvio es que habrá que prestar atención a su convivencia y evolución,  a que difícilmente podamos prescindir de ninguno de los dos, y a que debamos aprender, en consecuencia, la manera de hacerlos convivir y cohabitar.

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Por qué Libranda no funcionará, al menos por ahora (Bonus track)

Sé que me había despedido, pero la cabra tira al monte digital… y además sé que ni siquiera en las calenturas estivales mi improbable legión de lectores me abandona. El asunto de Libranda, a cuyo trapo no quise entrar directamente, al menos no públicamente, es como el de un tábano veraniego molesto y zumbón que todo el mundo trata de quitarse a manotazos pero pocos tratan de comprender. No digo que mi juicio ni mi veredicto sean los últimos, ni siquiera los más versados, pero quizás sí uno de los más sistémicos y comprehensivos. Me explicaré, dando un rodeo analógico y unas pinceladas de design thinking:

imaginemos que quiero comercializar coches que se mueve con biocombustible. Antes de hacerlo, o al mismo tiempo, al menos, me preocuparía por generar una red de abastecimiento capaz de satisfacer la demanda de los nuevo vehículos; me interesaría, también -ya que estaríamos metidos en un negocio verde-, por el ciclo de vida de los materiales que se utilizan en la construcción de los coches que importo, por cumplir con los requisitos de reciclaje de materiales y deshechos que pudieran generar al final de su vida; me importaría también, por último, como mínimo, desarrollar una campaña de comunicación en la que se hablara, sobre todo, de un nuevo modo de vida, de la manera en que un tipo de transporte distinto, que aminora el impacto sobre el medio, puede cambiar nuestra existencia.

Lo mismo pasa, a mi juicio, con los libros: no basta con crear una plataforma de distribución digital de algunos grandes editores (a los que se suman algunos pocos editores). Es necesario, es imperativo, cambiar el ecosistema completo del libro, realizar una verdadera reingeniera de toda su cadena de valor, que conciba la forma en que los libreros deben participar (no, desde luego, la irrisoria que se les asinga ahora, que nadie toma en serio); la manera en que los distribuidores tradicionales necesitan concentrarse y dirimir sus diferencias en una plataforma de distribución digital única (y no los tímidos y descoordinados intentos actuales); el modo en que una gran cantidad de editores agreguen sus contenidos a esa plataforma de gestión digital única, enriqueciendo de manera sistemática los registros de DILVE; los procedimientos mediante los que los lectores puedan disfrutar de los contenidos que adquieran en el soporte que deseen, sin tasa ni limitación (y no, como ahora, que padecen la escasez en las librerías tradicionales y las cortapisas tecnológicas en las librerías digitales); y hablando de soportes, preocuparse de manera sistemática por la certificación de las cadenas de aprovisionamiento de las materias primas propias de la industria del libro, sea el papel, sean circuitos electrónicos (que no es oro casi nada de lo que reluce).

Queda la pincelada del diseño, entendido como ejercicio de reconceptualización sistemática de la experiencia del usuario: ¿alguien se ha preocupado por realizar una mínima etnografía digital que replique las experiencias de los usuarios, la lucha desigual contras las dificultades tecnológicas, la inexplicable preferencia por unos formatos y unos soportes sobre otros (que excluyen a los más extendidos), la aplicación de un sistema de control sobre su distribución que recorta los derechos del lector sobre aquello que ha adquirido?

Todo esto lo han comprendido hace mucho Apple, Google, Telefónica, Vodafone o cualquiera de los muchos agentes que, instaurando modelos de negocio de perfecta integración vertical, consiguen poner de acuerdo a parte de nuestra industria, dejando fuera a mucha otra. En la lógica de la economía digital, sólo la suma transversal de esfuerzos, la agregación masiva y regular de contenidos enriquecidos, el uso de formatos estándares y abiertos, la redefinición de los servicios y, por tanto, de la cadena de valor en su conjunto y del lugar que cada agente debe ocupar en ella, podría llegar a tener éxito frente las iniciativas de las grandes multinacionales ajenas al sector.

Este es el Bonus Track del verano.

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La novela (al menos durante este verano) no morirá

El año pasado la editorial Trotta reeditó un libro olvidado y muy interesante, de juventud, de Harold Bloom, titulado La ansiedad de la influencia, un texto que analizaba la manera en que los autores, sin poder presincidir nunca del pasado, de la tradición poética de la que procedan, del ascendiente que otros autores pudieran haber ejercido sobre ellos, intentaban borrar o decolorar, al menos, las huellas de esa influencia. No hay originalidad en estado puro, obviamente, y todos somos el resultado del entrecruzamiento de influencias históricas y contemporáneas, que luego sabremos deglutir mejor o peor para desarrollar una voz y un lenguaje propios. Ese ejercicio es innato al del creador, al menos -con permiso de Bourdieu-, desde que el campo literario existe.

Aunque se publicó en el año 2006, en Estados Unidos, yo he conocido este libro ahora, antes de marcharme de vacaciones: The Anxiety of Obsolescence. The american novel in the age of television, y no me cabe duda de que su autora, Kathleen Fitzpatrick, conocía el libro de Bloom. La cuestión que Fitzpatrick aborda es de actualidad recurrente, más que nunca ahora, porque de lo que se trata es de saber si un género narrativo tan ligado a un tipo de soporte podrá perdurar cuando éste último desaparezca. Más todavía: si una textualidad lineal apoyada en las convenciones estructurales del inicio, el nudo y el desenlance, desarrollados linealmente (por mucho que se complique su trama y su red de relaciones internas), sobrevivirá en un entorno crecientemente digital e hipertextual, alineal. Más aún: si habrá alguien en el futuro, alguno de los que son hoy aborígenes digitales, que aún quiera tener cierta familiaridad con ese rancio soporte y esa indigente textualidad. Otrosí: ante la innegable proliferación de la oferta de los medios de comunicación, ¿tienen los libros algún lugar en sus intersticios? ¿Cabe suavizar la tensa relación entre la TV y los creadores, como demuestra el caso de la inexistente y aplazada entrevista entre Jonathan Franzen y Oprah Winfrey?

Fitzpatrick da alguna respuesta (casi) tranquilizadora: de la misma manera que el invento de la fotografía no sustituyó a la pintura sino que contribuyó a que adquiriera mayor libertad creativa, dando lugar a la pintura contemporánea, lo mismo puede suceder con los medios digitales, que se incorporarán al lenguaje de la novela, no al contrario. El número de verano de The New Yorker tiene como título: Summer fiction: 20 under 40, de manera que, al menos durante este verano, tenemos garantizada la supervivencia de aquellas novelas creadas por estos (nuevos) genios de menos de cuarenta años. Un escritor de apenas 30 años, Dinaw Mengestu, sostiene firmemente la llama de la literatura, como hicieran los escritores del XIX, y eso me insufla cierto optimismo respecto al futuro del género:

What, in your opinion, makes a piece of fiction work?

As for most writers, language is vital for me: a writer’s ability to render a fictional world—characters, landscape, emotions—into something original that alters or deepens my understanding of both literature and life. Then, there’s something that I think of as the space that a work of fiction provides the reader to feel emotionally and intellectually invested in the text.

Me llevo un par de esos descubrimientos bajo el brazo, junto a un lote más de viejas glorias, hasta la vuelta en septiembre….

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Elegías a Gutenberg

Hace ya una década Sven Birkets publicó un libro titulado Elegías a Gutenberg, una premonición bien fundamentada de lo que se avecinaba, de lo que estaba por venir. En el fondo, sin embargo, ni siquiera barruntaba lo que estaba por llegar, porque las tecnologías digitales e internet no  habían salido aún de su más tierna infancia. Por entonces los libros desleídos en la nube digital no existían, la virtualización de los contenidos no pasaba de ser un entelequia y el acceso en ningún caso era todavía un sustituto de la posesión.

Hoy, tan sólo una década después, la velocidad de los cambios ha sido muy superior a la que esperábamos y en el horizonte podemos ya vislumbrar un probable futuro sin  libros en papel, al menos un futuro en el que las nuevas generaciones digitales hayan prescindido de esa mediación lineal tradicional y en el que muchos otros inmigrantes de edad más madura sientan que ha llegado la hora de deshacerse de esos mamotretos de 500 páginas que tanto tardan en llegar a un desenlace plausible.

Se amontonan en los últimos tiempo, sin embargo, novedades editoriales que, como un último canto de cisne, como un coro elegíaco, celebran los quinientos más novecientos años (la historia del libro en papel más la de su precedesor, el códice) de historia de un objeto, para muchos, insustituible: el libro. Nadie acabará con los libros, de Eco; Bibliotecas llenas de fantasmas, de Bonnet; el mismo libro de Román Gubern, Metamorfosis de la lectura (que retiene la esperanza, en sus últimas páginas, de una perduración frágil y quebradiza); las memorias de Diana Athill, Stet, vale lo tachado, como elegía de un oficio y de una época; Bibliofrenia, del que suscribe; o, cómo no, Tocar los libros, de Jesús Marchamalo.

Mañana no espero que tengamos tanta gente como en la explanada de Príncipe Pío (o a lo mejor sí, quién sabe), pero en todo caso hemos quedado a las 19.00 en la Sala Ambito Cultural,7ª planta de El Corte Inglés, en Serrano 52, para entonar una feliz y dichosa elegía por esos compañeros que nos han hecho como somos -porque de eso va, en el fondo, el libro de Marchamalo, o, al menos, así lo he leído yo-, los libros, y por aquel señor de Mainz que juntó una prensa de vino y unos moldes de orfebre para fabricarlos.

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Dejemos que la web trabaje por la ciencia

No es nada estrictamente nuevo, porque entre los muchos modelos de negocio que se llevan barajando los últimos años, las versiones free, freemium y premium de los contenidos que una plataforma digital pueda ofrecer, son bien conocidos. También estamos ya habituados a las suscripciones a cambio de acceso, sea este cual sea (indefinido, condicionado, para todos o para unos cuantos, etc.). Lo que sorprende de la última de las iniciativas censadas es su coherencia, su magnitud, el interés intrínseco de los contenidos que proporciona y el reto que  plantea a la concepción tradicional de la edición técnica, profesional o universitaria. No quiero ni imaginarme lo que estarán pensando algunos miembros de la UNE, o algunos representantes de editoriales comerciales, cuando lean lo siguiente: PAPER’C es una iniciativa alemana que permite consultar el contenido de todos los libros de su catálogo sin restricción alguna.

Basta con registrarse para tener acceso a cada una de las páginas de los libros, técnicos, que su base de datos aloja. No es casualidad, claro, que buena parte de su catálogo esté conformado por los libros de O’Really, un decidido defensor del modelo de negocio en abierto, sobre el que Tim O’Really ha hablado en muchas ocasiones:

El acceso Premium es el que permite, por 10 céntimos de € cada página, descargar, copiar, citar, distribuir y anotar (cierto es que el precio que resultaría de la descarga de un libro entero sería equivalente a la de su hermano de papel, lo que no deja de ser una debilidad discordante del modelo). Si ese catálogo puede consultarse ya en la web, ¿cuánto tiempo creen las editoriales universitarias y científico técnicas que podrán seguir ocultando sus libros en los almacenes de sus Universidades? ¿Cuánto tiempo creen que será suficiente con proporcionar un acceso restringido y cauteloso a una parte minúscula de sus propuestas? ¿Cuánto dinero se seguirá invirtiendo en publicidad convencional en detrimento de acciones digitales coordinadas?

La apertura de los contenidos, en estas condiciones, permite compaginar una decidida apuesta por los Science Commons al tiempo que aboga por una forma de comercialización que elimina buena parte de los costes industriales y de distribución y permite pensar en una amortización razonable de las inevitables inversiones iniciales.

Dejemos que la web trabaje por la diseminación de la ciencia.

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La velocidad de la lectura

Uno de los misterios esenciales del aprendizaje de la lectura es el de la invariabilidad: nuestro cerebro aprende a pasar por alto, progresivamente, las variaciones irrelevantes de los caracteres y, al contrario, a maximizar o ampliar las diferencias relevantes. Es decir: un lector cualquiera, para poder tener siquiera la posibilidad de descifrar un texto, tiene que pasar por alto las diferencias de rasgos ornamentales que constituyen una letra (imagínense si tuviéramos que aprender cada una de las “t” de cada una de las familias tipográficas que existen para poder entender la  palabra “tarugo”). En esto, lo cierto es que no me queda más remedio que contradecir a los tipógrafos, diseñadores y componedores de toda la vida: el rasgo o el palo seco nada quitan o añaden a la legibilidad de un texto.

Ese aprendizaje de la invariabilidad, que nos permite comprender millones de textos distintos independientemente de la fuente que utilicen, también afectan a su tamaño o cuerpo, el lugar que la letra o la palabra ocupe en la página o la forma que adopte el carácter (cursiva,  negrita, etc.). Ese es parte del misterio del aprendizaje de la lectura. Sabemos que ocurre y que es así porque practicamos una suerte de economía de la lectura que, sin embargo, debe amplificar cambios aparentemente pequeños: si, al contrario, escribo “tinta” o “pinta”, sabremos que lo primero sirve para escribir y, lo segundo, para celebrar que mañana ganará alguna de las dos selecciones que se enfrenta en el Mundial. Una simple letra retrata dos campos semánticos completamente distintos.

Acaba de  hacerse público un estudio sobre la velocidad de la lectura en cuatro soportes que conviven en la actualidad: un IPad, un Kindle, la pantalla de un ordenador y un libro de papel. Los resultados obtenidos mediante una muestra de 24 usuarios de nivel cultural alto y buenos lectores (para aminorar las diferencias que pudieran deberse, precisamente, a las diferencias de competencia lectora), son significativas: el soporte de mejor legibilidad, el que facilita la lectura y propicia una mayor velocidad, es el libro de papel, aquel cuya resolución, opacidad, composición de  la página, largo de línea, interlineado e interletrado, mejor asegura, todavía hoy, la lectura de un cuento de Hemingway (que fue el texto que leyeron todos los encuestados); la velocidad en el IPad descendió un 6,2%; con el Kindle se aminoró en un 10,7% y, en la pantalla del ordenador, definitivamente poco capacitada para ese propósito, muy inferior. Si esos datos son extrapolables -aunque otros especialistas lo desmientan y defiendan que la experiencia lectora es equiparable, como José Antonio Cordón-, ¿a qué puede obedecer esa diferencia? Si nuestro cerebro lector está entrenado en la invariabilidad y no podemos achacar discrepancia al tamaño, la forma o el rasgo del alfabeto, ¿cabe pensar que existe una disimilitud esencial entre los soportes? ¿Se salvará, simplemente, con mejoras técnicas sucesivas en la resolución de las pantallas o persistirá para siempre…?

POdeMos LEEr a VELociDAdeS norMalES indePENdiENtEMente del TAmaÑo dE Los CARActERes y de La FAMilIA tIPOgrAFIca EMPleaDA.

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La edición cultural: sentido y oportunidades

ARCE celebra hoy y mañana en El Escorial su seminario anual, dedicado este año a reflexionar sobre algo tan acuciante y, a veces, tan desvaído, como la posibilidad de seguir editando contenidos culturalmente exigentes, políticamente comprometedores, intelectualmente desafiantes. A lo largo de todo el día de hoy, jueves 1 de julio, intervendrán Fabricio Caivano (Periodista. Fundador de Cuadernos de Pedagogía. Editor de la revista CLIJ), Antón Castro (Periodista cultural. Coordinador del suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón, director del programa Borradores de la Televisión de Aragón), Diego Moreno (Editorial Nórdica) y Manuel Rodríguez Rivero (Periodista cultural. Editor). La segunda Mesa, visibilidad de la edición cultural, reúne a Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez (Consultores editoriales. Paradigma Libro), Carola Moreno (Ediciones Barataria), Juan Miguel Salvador (Librería Diógenes), Luis Suñén (Editor y director de la revista Scherzo).

Live Video streaming by Ustream

Canal UStream Futurosdellibro en Directo

Todos ellos, en directo, en el canal TV futurosdellibro.

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Libros y fútbol

Tengo un amigo, escritor famoso, que organiza una fiesta todos los veranos en su ático. Este año ha enviado un correo avisándonos que el día en que está convocada pudiera suceder que España jugara algún tipo de repesca -no lo he entendido demasiado bien- que le obligaría a crear dos ambientes en su casa, uno para los que quieran comentar la última novela de Thomas Ruggles Pynchon y otro para los que aman el fútbol. Mi amigo, ilustre escritor es, además, amante del fútbol. Tengo otro amigo, ilustre científico, que nos ha avisado que esta tarde haría caso omiso de la reunión que habíamos convocado con un ilustre profesor norteamericano, Yochai Benkler, porque tenía que seguir el España-Portugal; tengo un magnífico amigo, extraordinario editor y afamado crítico musical, que describe con lujo de detalles los movimientos de los jugadores y las tácticas de los equipos de fútbol; soy, por otra parte, devoto admirador de la escritura de Jorge Semprún, que se reconoce, como Galeano, como rendido seguidor del fenómeno del fútbol -escondido tras las páginas de un periódico deportivo, durante tantos años, en una clandestinidad que le convertiría en forofo-.

Ha habido muchos otros escritores que han descrito el fútbol como una forma de religión laica que sustituye la proyección neurótica hacia dioses inexistentes por una proyección carnal y tangible hacia estrellas de carne y hueso. Puede ser. Reconoczo que carezco por completo de la capacidad de apreciar el fútbol. De hecho, escribo esto mientras sucede el match ibérico y la ciudad respira en calma tensa. Si a mis amigos, a los que aprecio, valoro y estimo, les gusta el fútbol y a mí no, es que algo me pasa. Estoy dispuesto a reconocerlo, no a hacer acto de contricción -aunque haya visto ya dos partidos-, pero sí al menos a conceder que padezco alguna clase de indisposición. Vale.

En Alemania, el portero del HSV, acaba de publicar un libro titutaldo Die Liga liest, esto es, La liga lee, o lo que es lo mismo, los jugadores de fútbol son capaces de mostrar también empatía al contrario, demostrar interés por la cultura  los libros, leer en voz alta textos de Böll, Grass, Hornby, Loriot, etc., para que los jóvenes se contagien o se impregnen de esa misma afición. Si el fútbol se intelectualiza por mediación de los intelectuales a los que les gusta, ¿por qué no podría ser también al revés, que los futbolistas mostraran interés público por las obras de producción intelectual? En Inglaterra,  hace ya varios años, una de las campañas más provechosas de fomento de la lectura promovida por el National Literacy Trust, está basada, precisamente, en el concurso de futbolistas que leen en voz alta textos que transmitan a los jóvenes el interés simultáneo por el deporte y por la lectura. Una cosa no debería quitar la otra, al contrario. Es cierto que en España la Federación de Gremios de Editores de España firmó hace algún tiempo un acuerdo con la Liga Profesional de Fútbol para promover el interés por los libros, pero me parece, aunque no pueda decirse que yo frecuente los estadios de fútbol, que esa relación no ha debido ser muy próspera.

¿Sería mucho pedir que dado que la mayoría de los intelectuales se han rendido a la belleza del fútbol, a su potencialidad mitológica, a la efusión colectiva, que sucediera también lo contrario, que se mostrara un interés recíproco del mismo calibre, que Villa, sin ir más lejos, leyera a Jorge Semprún o Luisgé Martín en voz alta, ante las cámaras?

Me voy corriendo, que parece que han marcado el segundo…

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La inutilidad de la escritura (y la intrascendencia de quienes la practican)

Todos lo temíamos pero ninguno querríamos haber encontrado una evidencia tan palpable: cuenta J. M. Coetzee que alguno de sus libros fue publicado en Sudáfrica porque el censor encargados de evaluarlos, aún habiendo encontrado evidencias punibles, escenas más o menos explícitas de sexo o alusiones contrariadas en contra del gobierno, no entrañaban peligro alguno para la estabilidad de la administración blanca ni el régimen del Apartheid, porque “aunque describe el sexo más allá de las líneas de color”, es decir, entre personas de piel distinta, segregadas en ese momento, “sólo lo leerán y lo disfrutarán los intelectuales”. “The censor and the censored, linked by literature” se llama el artículo en el que se revela la inutilidad de la escritura y la intrascendencia de quienes la practican.

Aun cuando muchos escribamos, sobre todo, para explicarnos a nosotros mismos y para intentar entender lo que nos rodea, no deja de ser cierto que existe el prurito de la comunicación pública, de la difusión del mensaje, de la interlocución muda entre el que lanza el mensaje y quien lo recibe y, quizás, lo lee. Pero los censores tienen para eso mucho mejor ojo: saben que la circulación de esos textos aparentemente intoxicadores solamente llegan a los que están previamente intoxicados. “The censors reading my books regarded themselves as guardians of the Republic of Letters, too,†dice Coetzee en el artículo mencionado. “In their eyes, they were on my side.â€

Ese espejismo de camarilla lectora, de complicidad silente y de liga clandestina que daba sentido a los textos y a los escritores, acabó con los censores. Quizás haya que revivirlos, resucitarlos. Vicente Verdú nos lo cuenta hoy de manera diáfana en “El oficio de tirarse por la ventana“: “lo más importante”, asegura, “es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el escritor de culto”. ¿Queda algo de esa confabulación política y cultural a cuatro bandas entre escritor, lector, editor y censor? No lo parece: “ahora, por contraste”, sigue Verdú, “ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto al espectáculo de las superventas”.

Publicamos, ahora, unos 72000 títulos anuales, entre novedades, reediciones y reimpresiones pero, como todos sabemos y casi nadie queremos reconocer, “de esas decenas de miles de títulos un 95% o más no se come una rosca”, y el 5% restante constituye esa codiciada pieza por la que casi todas las editoriales suspiran, esa “bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa”.  El campo editorial español -y recomiendo echar un ojo a la entrada anterior de este mismo blog, para comprender más cabalmente esta aseveración- parece sufrir, por eso, una parálisis doble: ya no existe complicidad entre el escritor y los intelectuales. Los censores ni siquiera tienen que preocuparse de eso. A lo máximo que un escritor nocillero puede aspirar es a propagar sus textos por el canal que más beneficios le reporte, pertenecer a ese 5% de superventas destinado a un público al que la lectura le interesa sólo residualmente. Ya no hay espacio alguno que ocupar porque todo ha sido ocupado, invasivamente, por los sellos que alientan un tipo de campo editorial volcado primordialmente hacia la comercialización.

Escribíamos mejor contra la censura (parafraseo a Manuel Vázquez Montalbán), cuando el oficio de la escritura y de la edición aún tenían sentido.

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