Cuando #futuroslibro conoció a #bookcamping: primera sesión Laboratorio Procomún
Bookcamping tiene 1239 libros en sus estantes. Una iniciativa de tal envergadura merece atención y apoyo. Silvia Nanclares, impulsora del proyecto, creyó que tenía algo que contarles, aunque lo que no sabía es que tengo yo mucho más que aprender de ellos que ellos de mi, y que el que salío beneficiado fui yo. En todo caso, en esta lógica del intercambio de ideas e inquietudes en abierto, todos salimos ganando. Los #bookcampers han resumido nuestro encuentro en una entrada titulada Cuando #bookcamping conoció a Joaquín Rodríguez: primera sesión Laboratorio procomún que yo me apropio y retitulo:
El martes de la semana pasada inauguramos nuestro grupo de trabajo en el (Laboratorio del Procomún del Medialab Prado: Literatura, Cultura Libre y (des)organización editorial. Lo primero que hicimos, conocernos: alumnas de algunos de los masters de edición (Carlos III, Autónoma), #bookcampers, editores free lance, autoras, investigadoras, lectores… Compartimos saberes que cada una podía aportar al grupo e intrigas acerca de la herramienta y la propuesta del grupo. En general, muchos deseos de acercarse a la idea de procomún y a la cultura libre editorial (herramientas, formatos, modelos de producción y económicos).

En la segunda parte, tuvimos la suerte de recibir a Joaquín Rodríguez, quien comentó con nosotras el fragmento El paradigma digital (del libro homónimo escrito a cuatro manos con Manuel Gil y publicado en Trama Editorial) y amplió el debate con las preguntas del grupo.
En la sesión, que podéis descargar en vídeo/audio aquí, se tocaron cuestiones centrales para entender el panorama actual del sector editorial en crisis y el reto que está suponiendo articular una nueva arquitectura en la estela de los usos, las desintermediaciones y los nuevos agentes que nos propone la cultura digital.
A continuación, algunos puntos destacables de la charla, que os resumimos por escrito (anda que no nos gusta un texto…). Esta enumeración es una remezcla, con su permiso, de las palabras de Joaquín. Por si queréis copypastear para blogs, artículos y/o trabajos, no os olvidéis de citar(lo).
Ahí van:
Análisis (o desenmascaramiento) de las contradicciones de un sistema insostenible desde el punto de vista económico (basado en una financiarización sucesiva que se mantiene sólo gracias al ciclo enloquecido de novedades), de producción, (sobrecostes industriales inmovilizados, redes de distribución arbitrarias, impacto ambiental) y cultural (no hay conciencia del fondo editorial como patrimonio ergo se incurre en irresponsabilidad: ¿dónde está nuestro fondo editorial?).
—La revolución digital parece dibujarse como única solución para la industria editorial que, en el mejor de los casos, podría llegar a gestionar digitalmente su flujo de trabajo generando contenidos fluidos que se encarnaran de manera deliberada en cualquier tipo de soporte teniendo en cuenta siempre el algoritmo de recomposición dinámica.
—El lenguaje XML, como lenguaje estándar, universal e interoperable a través de sus distintos dialectos, nos salvaría de las opciones propietarias que proponen un modelo de negocio de integración vertical (Apple, Amazon, Google). Actualmente los software de edición más avanzados son herramientas de pago (el software libre de edición más usado y avanzado es Calibre) como censhare o Woodwing. Son herramientas que nos permiten diseñar deliberadamente con una serie de parámetros en función del tipo de soporte. Con ellos, podemos generar bases de datos de contenido en XML y a partir de ahí lograr flujos y canales de salida con diseño específico para iPad, kindle, HTC, pantalla, etc. Un repositorio en XML se acabaría replicando para el soporte deseado sin caer en exclusividades. Pronto habrá versiones libres o modulares que nos permitan generar nuestros propios programas libres de edición avanzados.
—Los modelos de negocio editorial en formato libre pasan por elementos comunes articulados en torno a la idea de comunidad: suscripción, liberación del catálogo, constelación de servicios generados en torno a los intereses que comparte la comunidad, venta directa, publicidad contextual. Las comunidades no se limitan a acceder a los contenidos sino que generan discusiones y masa crítica, influyendo tangencialmente en la línea editorial y en el tipo de catálogo que se realiza. Los contenidos como pre-texto para debatir y crear otras realidades. Vimos los ejemplos de O, Reilly, Traficantes de Sueños e Icaria .
—Last but not least: El libro es un tipo de bien que, afortunadamente, podemos producirlo sólo cuando se haya producido la demanda. La imprensión digital a demanda como otra alternativa al sistema hipertrofiado de volúmenes actual. Vimos el ejemplo de Safari Books. Os dejamos un post de Joaquín abundando en este tema.
—Y, de propina, un nubarrón de datos interesantes y elocuentes en el horizonte:
En España se produjeron, en 2011, 110.000 libros (ISBN), 90.000 de ellos novedades. Esta cifra es difícilmente asumible por un mercado cuyo techo ha sido alcanzado hace tiempo y va en paulatino descenso: sólo un 20% de la población compra y lee libros.
El 60/70% de estas novedades lo generan micropymes de pequeños editores.
Sólo hay 13 grandes editores en España, uno de los cuales es una editorial religiosa y otro es un sello de libros de texto.
La tirada media de un libro es de 800 ejemplares.
La cifra media de devolución supera el 50%.
*Datos del estudio La Panorámica de Edición en España del (extinto) MC
Se nos quedaron muchas preguntas en el tintero, como el precio fijo, el papel de las librerías, el incierto futuro de las bibliotecas públicas… Otra vez será.
Ah (ya nos callamos!), y Joaquín nos dejó un par de referencias de libros (Ostrom y Bordieu) que considera fundamentales en la estantería de #bookcamping El futuro del libro ya está aquí, wuo, wuo, wuo, estanteria de cabecera para el grupo de trabajo. Y @artepilpilean (Ane San Miguel) dibujó este increíble mapa gráfico “a rotu” mientras seguía la sesión por streaming. Sin palabras.
+Mil gracias a todos los #bookcampers y a toda la gente de Medialab Prado por darme la oportunidad de pasar una tarde hablando de libros.
¡Hasta la próxima! Pronto informamos sobre el qué, el cómo y el con quién de la próxima sesión, el cuándo ya lo sabemos (28 de Febrero, 18:00) y el dónde también (Medialab Prado/streaming).
Estáis invitadas a merendar libros libres.
El potlatch digital

El pasado 24 de enero Medialab Prado -el espacio más innovador de todo Madrid- nos acogió para presentar el libro El Potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún y el conocimiento compartido. En estos tiempo de obcecación financiera y monetarización extrema de la vida, donde parece que no queda espacio alguno para lo que no sea dinero contante y sonante, que no queda espacio para otras formas de interés y de intercambio, Wikipedia y otras iniciativas del mismo talante surge, cómo no, como una aberración o un milagro múltiple: como una aberración porque en ese espacio de generación y producción compartida y extendida de conocimiento, el interés que prevalece no es el del dinero, por cuanto ni existe ni es previsible que lo haga, sino que es la consecución de un cierto renombre y reconocimiento, dispensado por los miembros de la misma comunidad, el tipo de capital simbólico que sustenta y dinamiza esa manera particular de dar y recibir. Eso ya lo habían tenido oportunidad de comprobarlo los funcionarios del imperio británico cuando llegaron a la Columbia canadiense: quien pretendía convertirse en jefe y obtener el respaldo de los demás, debía prescindir de su patrimonio material transformándolo, al darlo, al entregarlo, en prestigio y reconocimiento. Y es una aberración, también, para algunos científicos, que después de dedicar toda a una vida a delimitar claramente qué es o no es ciencia, quién puede y quién no reclamar precedencia sobre el conocimiento producido, llegan unos cuantos miles de indocumentados, desconocidos, a poner en pie un proyecto de dimensiones universales que reta en su pertinencia y exactitud a las más versadas y reconocidas de las enciclopedias tradicionales.
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Y es un milagro porque quienes dedican su esfuerzo y su tiempo a construir la Wikipedia están generando y gestionando uno de los procomunes (digital, en este caso), más extraordinarios que la historia de la economía pueda conocer. Que venga Elinor Ostrom y lo vea.
Las bibliotecas que necesitamos
En la IV Jornada profesional de la red de Biblioteacas del Instituto Cervantes (RBIC), tuvimos la oportunidad de discutir, gracias al buen hacer de Yolanda de la Iglesia (entre otras muchas personas que colaboraron en la organización), sobre el futuro de las bibliotecas que necesitamos, no el futuro imperfecto o hipotético, sino su futuro vinculado al mapa de las competencias del siglo XXI, a las necesidades surgidas en el seno de una sociedad que, para ser del conocimiento, requiere de otros espacios, de nuevas herramientas y recursos, de un conjunto de competencias diferentes del personal que trabaja en ellas. Destacaré en esta entrada tres intervenciones sin desdoro del resto (que recomiendo vivamente visualizar en el sitio creado al efecto). Su hilo conductor no es ni siqueira el del orden de las intervenciones, sino el fundamento lógico que las une.
David Nicholas, famoso internacionalmente por ser el padre de uno de los estudios más desacralizadores sobre los nativos digitales, Google generation, reafirmó en su intervención muchas de las cosas que ya sabíamos, y su hija parecía encarnar todas sus propiedades, según nos contó: visualizar varios canales de televisión casi simultáneamente valiéndose del mando a distancia mientras hojeaba una revista y discutía con su padre sobre su capacidad para ver, leer y debatir simultáneamente. Jóvenes multitarea capaces de atender fragmentariamente y restituir cierto sentido a esa realidad dividida. Con eso deberemos contar a la hora de construir esos antiguos espacios de orden, silencio y atención concentrada sobre un único soporte de lectura.
Mi intervención no fue contraria a los postulado de Nicholas. Pero tampoco convendría enteramente con ella. La cuestión que me interesaba destacar en una reunión con bibliotecarios es hasta qué punto las bibliotecas y los espacios educativos tradicionales de las aulas que conocimos, reproducen espacialmente ciertas convicciones pedagógicas, y cómo, correlativamente, en el siglo XXI, necesitamos nuevos espacios para nuevos tipos de competencias. No cabe deshechar la lectura tradicional, en absoluto. Pero tampoco cabe ignorar que el aprendizaje se produce mediante la búsqueda activa, mediante la indagación y la investigación, mediante la recopilación y la síntesis, mediante el debate y la discusión, mediante la exposición y la comunicación, y la biblioteca debe tender a convertirse en un espacio que dé cabida a todo eso. Al menos esa es mi convicción.
Alfonso Muñoz vino, creo yo, a refrendar esa tendencia desde el punto de vista arquitectónico: hizo un repaso histórico de su evolución morfológica y de sus connotaciones políticas como artefactos al servicio de princiipos e ideas históricamente radicados. Hoy, argumentó, las bibliotecas se están convirtiendo en espacios híbridos, flexibles, adaptables, capaces de albergar espacios de recogimiento y reflexión, de lectura y estudio, pero también de diálogo y encuentro, de socialización e intercambio, de trabajo colaborativo.
Así serán, creo yo, las bibliotecas que necesitamos.
Sesión doble
Mañana martes 24 de enero, en el Medialab Prado de Madrid, en sesión doble (si no quieres caldo, dos tazas llenas, decía mi abuela):
Bookcamping, a las 17.00:
Presentación de El Potlatch digital, en discusión con Antonio Lafuente y Felipe Ortega, a las 19.00:
Sesión doble, como en los buenos y antiguos cines. No habrá copa de vino español (salvo a la salida y a escote).
Diez años sin Bourdieu
El 23 de enero de 2002 falleció Pierre Bourdieu, a mi juicio uno de los cinco científicos sociales más importantes e influyentes del siglo XX, equiparable a Durkheim, Mauss, Weber o Levi-Strauss. Su trabajo y su pensamiento son difícilmente asibles, al menos a primera vista, porque su bibliografía y la gama de temas que se atrevió a abordar son tan inumerables, tan frondosos y fértiles, que requiren una web, Hyperbourdieu, para intentar enumerarlos. Hace ya años, a la vuelta de Francia, poco antes de que muriera y de que yo intentara quedarme a trabajar bajo su tutela, escribí Pierre Bourdieu. Sociología y subversión, un texto cuya aspiración era la de establecer una topografía comprensible de un pensamiento exuberante.
Por lo que atañe al ámbito de interés de este blog, alguno de sus textos son fundamentales para comprender la lógica de la génesis, desarrollo y evolución del campo literario y editorial: Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario es, simplemente, una de las obras definitivas de sociología de la cultura del siglo XX; los dos números monográficos que dedicó la revista que dirigía, Actes de la recherche en sciences sociales, a la edición y los editores, da claves esenciales para comprender la dinámica y deriva contemporánea de los editores independientes, de los mecanismos de consagración y refrendo, de las razones del envejecimiento profesional y la deriva hacia posiciones comerciales de muchos sellos editoriales; Sobre la televisión, que se leyó como un texto casi estrictamente polémico, es mucho más que eso: es una reflexión sobre los ecosistemas modernos de comunicación, sobre las censuras implícitas y explícitas que imponen determinados formatos, sobre el secuestro de la palabra y el pensamiento por parte de un medio que acaba axfisiando el mensaje. De hecho, estos textos y otros tantos relacionados con medios de comunicación, anticipan textos más básicos como los de Schiffrin, más conocidos por los editores: El control de la palabra o La edición sin editores, parecen haber salido de las calderas de Actes, donde el editor franco-norteamericano colaboraba.
Lo más fascinante de Bourdieu, aun con todo, no es el arsenal teórico que nos legó para pensar e intervenir en la realidad, sino la posibilidad de seguir construyendo sobre su propio pensamiento, porque nunca daba por cerrados ni sus conceptos ni sus indagaciones, permanentemente puestas a pruebas, interrogadas, contrastadas con la tozuda realidad. De hecho, para pensar la preocupante deriva del campo editorial actual, donde grandes corporaciones ajenas al campo editorial amenazan con romper las relaciones tradicionales del campo -tal como fueron descritas en Las reglas del arte-, y para intentar entender la manera en que los medios digitales transformarán su estructura al convertirnos a todos en editores potenciales, siempre regreso a Bourdieu e intento imaginar qué hubiera pensado él.
Pierre Bourdieu admiraba a Karl Kraus, lo tenía por un héroe de la independencia intelectual, como un insobornable y radical representante de la autonomía política y estética que él mismo encarnaba, tal como dejó escrito en muchos sitios. Su texto Manual de combate contra la dominación simbólica, leído con ocasión del centenario de Die Fackel, parece hoy más necesario y pertinente que nunca.

Bourdieu, regresa, te necesitamos…
La reconversión de la nanoindustria cultural
Según los datos que proporciona, de nuevo, la Panorámica de la Edición española de libros 2010 (empiezo a sospechar que solamente la leo yo), la producción total fue d 95959 libros en papel y 18500 en otros soportes, esto es, 114459 nuevos ISBN, de los cuales 89824, ni más ni menos, correspondieron a primeras ediciones, no se vayan a creer que todo se resuelve con pensar que se trata de simples reediciones. Nadie ha conseguido detener a lo largo de los últimos años esta brutal cifra de novedades, solamente equiparable a países como Alemania o el Reino Unido. Y eso que, supuestamente, algunos editores habían cobrado conciencia del sinsentido de inundar unos puntos de venta incapaces de asumir esa torrencial bulimia editorial.
El hecho de que las tiradas medias hayan descendido, históricamente, a 1734 unidades por cada libro, demuestra hasta que punto la lógica de empantanamiento y anegación de la librería es imperante. La necesidad de alimentar un ciclo de financiación perverso que obliga a los pequeños editores a tomar el dinero que la librería les abona para sufragar su siguiente operación y la casi irrenunciable de necesidad de hacerse visibles y presentes en un mercado que penaliza la mesura y la autocontención, hacen que todos los editores se lancen a una vertiginosa carrera hacia la nada.
La tasa de devoluciones de lo que llega las librerías, de las centenares de cajas y albaranes que deben tramitarse y reembolsarse, es apabullante, superior, según se prevé en este febrero del 2012, al 50 o 60% de lo enviado. La cifra que ofrece El sector del libro en España 2010, no resulta creíble a no ser que nos conformemos con los promedios, que es otra forma de tergiversar la incontrovertible realidad: “el número de ejemplares devueltos”, dice ese texto, “alcanza los 59,8 millones de unidades —un 5,8% más que en el año anterior—. El porcentaje de devolución se ha situado en un 15,8% en el caso de libros de Texto no universitario (15,4% en 2009) y en un 31,1% en los libros de Otras materias (26,9% en 2009)”.
La realidad es muy distinta: son los pequeños editores los que hacen crecer la cifra de los libros que concurren al mercado y añaden leña al fuego de una espiral sin resolución, al menos dentro de la lógica del modo de producción actual. Recortar la compra pública destinada a la red de bibliotecas estatales, puede ser una buena medida cautelar, porque sin duda eso contribuirá a que desaparezcan un buen puñado de agentes editoriales. Ya que el autocontrol no funciona y el número de ISBN alcanza un índice estratosférico, a lo mejor va a ser que menguar los presupuestos de adquisiciones es la solución… Lo paradójico es que nadie parece pararse a pensar que esa lógica de la sobreproducción es fruto del funcionamiento desbocado de un modo de producción predigital, algo que salta a la vista cuando se lee que el número de títulos producidos bajo demanda fue, tan sólo, de 2869.
Ver Recortes en servicios bibliotecarios en un mapa más grande
En lugar de recortar los presupuestos de las bibliotecas estatales y autonómicas, y ahora que estamos dentro de industrias culturales, ¿no sería más coherente desarrollar un plan de gestión digital integral de los contenidos que observara, adicionalmente, la instalación de máquinas bajo demanda en los puntos de venta? ¿No sería más razonable afrontar la realidad y desmantelar una lógica de la producción que muestra todas sus fallas e incoherencias estructurales sustituyéndola por un modo de producción digital apoyado por las administraciones?
Alguien tendrá que afrontar la reconversión de la nanoindustrial cultural.
Nanoindustrias culturales
De acuerdo con los datos aportados recentísimamente por la Panorámica de la edición española 2010, publicada por el extinto Ministerio de Cultura, el 98.3% de las empresas editoriales españolas era de carácter privado, el 89.3% de las cuales produjo menos de 10 libros a lo largo del año reseñado. Desde el año 2000 el censo editorial, por otra parte, no registra irrupción de ninguna empresa que cupiera denominar de gran agente (productor de entre 1000 a 10000 títulos anuales). Este tejido empresarial compuesto primordialmente de Pymes y Micropymes, por otra parte, es lo habitual de todos los sectores empresariales españoles, nada fuera de lo común. La polarización de esa estructura empresarial editorial es, sin embargo, grande: 19 editoriales privadas superan la cota de 700 libros al año mientras que 1617 agentes producen menos de 4 títulos y otros 1066 producen menos de 10, es decir: 2683 agentes de entre los censados (3473 en total), son pequeños agentes con una actividad muchas veces residual y apurada, no por eso menos necesaria.
Si nos fijamos en los parámetros de “inactividad y cese de actividades” podremos comprobar que en el censo 1035 agentes no declararon actividad alguna y que, en todo caso, “el abandono de la actividad”, cito textualmente, “fue muy superior a a las nuevas incorporaciones”. La editoriales que de hecho cesaron su actividad fueron un 84% de editoriales privadas, 82,1% de las cuales procedían del grupo de los pequeños y atribulados agentes editoriales.
No hace falta insistir demasiado, a la vista de los datos apuntados, que la amenaza de la parálisis y el cese de actividades afecta, sobre todo, a los pequeños, a los microempresarios culturales, que suman, siempre según los datos del Ministerio, cerca del 70% del tejido editorial español (frente al 11,4% de medianos y al 3.3% de grandes).
Ver Recortes en servicios bibliotecarios en un mapa más grande
Mientras esta hemorragia sucede, la nueva Secretaría de Estado de Cultura ha anunciado, entre otras medidas, la supresión de las compras públicas para las bibliotecas de titularidad estatal a pequeños editores pertenecientes, entre otras asociaciones, a ARCE. Decenas de pequeños editores dejarán de publicar porque el único sostén de la tripleta tradicional que quedaba en pie (publicidad, suscripciones y venta directa, compra pública), ha desaparecido. El movimiento bibliotecario de No al préstamo de pago en bibliotecas ha generado, entre tanto, un mapa interactivo en el que ir dejando registro de “los puntos geográficos afectados por la política de recortes en los servicios bibliotecarios públicos: cierres, disminución de presupuestos, despidos de personal, subcontratación, restricción de horarios, suspensión de actividades”.

La nueva Secretaría de Estado de Cultura, mientras tanto, ha suprimido la antigua Dirección General del Libro para enmarcarla dentro de una Dirección General de Industrias Culturales separada de bibliotecas y archivos. Berlanga, el mítico director de cine, decía siempre que su disciplina debería estasr enmarcada dentro del Ministerio de Industria, porque era, evidentemente, una actividad empresarial que requería de cuantiosas inversiones. No me espeluzna ni me asusta, por eso, que los editores quieran ser grandes industriales, pero no parece que los datos respalden demasiado esa aspiración. Y tampoco parece que la supresión de las compras públicas (5 millones de euros frente a los 5.168 millones de euros concedidos a la industria del automóvil, como delata Manuel Gil en Sin subvenciones no hay paraíso) sea muy conveniente si de lo que se trata es de intentar fortalecer un sector enfrentado a mil problemas estructurales irresueltos. En todo caso cabría discutir, claro, el objeto de esas ayudas mediante compra pública ligadas a distintos parámetros e indicadores, entre ellos los de la calidad del producto y contenido propuesto; su regularidad; el impacto generado; el grado de consolidación de la empresa y la posible creación de empleo cualificado y estable, etc.
Si nos encuadramos en industrias culturales es legítimo demandar ayudas públicas, como tantos otros sectores sobrados de músculo financiero. De no recibir ninguna y padecer en silencio los recortes, seremos, en todo caso, nanoindustrias culturales.
Todos somos editores
José Afonso Furtado dice en “Chegámos ao mundo em que todos podemos ser autores” que el 90% de los títulos publicados a lo largo del año 2010 en los Estados Unidos, fueron ediciones no tradicionales, destinadas únicamente a Internet, y que eso no puede significar otra cosa que la deconstrucción (por no decir demolición) de la cadena de valor del libro tradicional. Emergen -cuanta razón tiene-, nuevos modelos más flexibles y dinámicos de edición en red, y todos, al menos potencialmente, contamos con la posibilidad de convertirnos en creadores y difusores. La revolución de internet es, en realidad, básicamente, una revolución de la edición, de los modos, modalidades y maneras de crear y hacer llegar a quien pueda estar interesado, los frutos de las deliberaciones y reflexiones de cualquiera de nosotros, y también de la posibilidad de compartir y colaborar.

El saber es cosa de todos, como dice Innerarity en La democracia del conocimiento, y el objetivo del siglo XXI es el de construir una sociedad verdaderamente inteligente, que haga realidad el eslogan de que se trata de una sociedad del conocimiento. Internet y sus posibilidades nos vienen como anillo al dedo, porque amplifican y facilitan nuestra posibilidad de dialogar, de discutir, de indagar e investigar, de tomar decisiones colegiadas, de negociar y llegar a acuerdos necesariamente contingentes.
Antonio Lafuente y Andoni Alonso lo dicen con meridiana claridad en Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano: “aunque sea muy pronto para descorchar el champán y organizar grandes celebraciones por su éxito, hay abundantes signos de que lo más abierto, lo cooperativo, lo creativo, lo igualitario,las formas responsables de mezclar conocimientos y práctica, harán contribuciones importantes a la vida del siglo XXI”. Así será, sin duda, y contar para eso con el equivalente a la imprenta del siglo XV al alcance de todos, fundamenta esa esperanza.

Claro que los científicos profesionales, al menos algunos de ellos, perciben con espeluzno la posibilidad de que los legos, deslenguados y poliescritores, pretendan cuestionar los dictámenes científicos, al menos las consecuencias que su aplicación (o falta de ella) tiene sobre sus vidas, sobre su salud, sobre su bienestar. Construir el campo científico llevó unos cuantos siglos y, entre otras cosas, consistió en desarrollar los mecanismos para decidir qué era o no era ciencia, qué podía recibir o no el marchamo de verosimilitud científica que la comunidad le daba a un descubrimiento. Hoy, los legos, aupados a las herramientas digitales, cuestionan cosas como la continuidad de las centranes nucleares y los modelos energéticos basados en el carbón; la integridad de las instituciones financieras y la gestión de la crisis internacional; los peligros de las reiteradas crisis alimentarias globales o de la manipulación de los medicamentos, etc., etc., y todo eso molesta e incomoda al que alguna vez detentó el monopolio de la verdad. Michael Nielsen aporta ejemplos claros, en su Reinventing discovery. The new era of networked science, de la necesidad de reinventar la lógica del descubrimiento científico abriéndose a la colaboración y a la cogestión, es decir, a nuevas formas de participación ciudadana basadas en los mecanismos de la red.
Todos somos editores.
Lucía y las navidades
Hace unas pocas horas he podido leer que Lucía Etxebarría va a dejar de escribir en protesta por las descargas ilegales de sus obras. Voy a ahorrarme el chiste que luego todo se malinterpreta. Lo destacado del anuncio, a mi juicio, no es tanto que las descargas ilegales sean punibles, algo de lo que no me cabe la menor duda. Quien no desee expresamente que sus contenidos circulen masivamente sin su consentimiento, posee la legimitidad para protestar y exigir las compensaciones que se deriven de su violación; lo destacado es, creo yo, hasta qué punto ese asunto obnubila nuestro juicio y se convierte en el tema monográfico de discusión en la industria editorial.
Existen problemas estructurales y de fondo mucho más graves -como señala Manuel Gil en “La dieta carpanta“- que exigen de la voluntad de coordinación de todos los afectados, que exigen imaginación y altura de miras, que exigen asunción de nuevos riesgos y apertura de nuevos mercados, que exigen nuevas formas de relacionarse con los públicos, y nada de eso se está haciendo fundamentadamente. Mientras nos enredamos en un hecho que merece la atención que se le debe -amplificado por el ruido de unos y de otros-, pasan inadvertidos movimientos de profundidad:
- la implantación de las grandes cadenas de librerías virtuales, atractoras de gran parte de la demanda y capaces de encadenar a sus lectores por la amplitud de la oferta, la gestión de los precios y los formatos propietarios;
- la venta a precio de baratija de los dispositivos digitales de lectura, como estrategia básica para cautivar a los lectores que no volverán a salir de ese entorno y dejarán de comprar, en consecuencia, en otros puntos y canales;
- la incomprensión general ante lo que es un cambio de modelo productivo profundo, que implica que seamos capaces de gestionar digitalmente una cadena de valor que es necesario reconstruir;
- la caída previsible y brutal de la demanda en un mercado ya de por sí hipertrofiado;
- las prácticas proteccionistas de ciertos países iberoamericanos, que nos devuelven la moneda usada de un intercambio históricamente desigual;
- la incapacidad de la industria para reaccionar coordinadamente con los mismos instrumentos y armas que las grandes operadoras virtuales;
- la persistencia de estructuras asociativas verticalizadas e incomunicadas, con escaso espíritu de colaboración;
- la confianza excesiva en subvenciones y compras públicas para sostener un modelo de negocio previsiblemente agotado;
- la ineficiencia de la educación en general para formar lectores, para elevar la competencia lectora y, potencialmente, la demanda posterior, correlación que puede constatarse, aunque sea ya un tópico, en los países del centro y el norte de Europa;
- la incapacidad para crear lectores (para hacer que un verdadero Observatorio de la lectura elevara al ejecutivo políticas sostenidas en el tiempo de generación de hábitos lectores consistentes);
- la incapacidad para comprender el cambio de hábitos de consumo cultural y las nuevas prácticas digitales de los nativos digitales, para entender que los mercados son genéricamente conversaciones y que eso entraña implicar a los lectores, de múltiples maneras, en el sostenimiento del proyecto editorial;
- el empeño cegato de muchos medios de comunicación especializados -que van cayendo, como le ha sucedido a Revista de Libros ayer mismo- que no aciertan ya a quién dirigirse y establecen canónes de lectura y compra totalmente arbitrarios.
Lucía Extebarría puede que tenga razón, que parte de la responsabilidad de lo que sucede es que las descargas mermen la venta, que el IVA sea ligeramente alto (en un libro con un precio medio de 14 €, el IVA para el papel sería de 0.56 € y para el electrónico de 2.52 €, con un PVP final que diferiría en 1.96 €, algo que no parece excesivamente disuasorio), y que la vida sea muy complicada.
Feliz año para Lucía, que descansará y nos dejará descansar; a los 140.000 visitantes únicos de este blog durante el 2011 (reales, sin manipulaciones de ningún tipo, ni contabilización de arañas), y al resto de mis improbables lectores.
Hoy oscurece; mañana amanecerá (no parece mal eslogan para el próximo año).
Acertijo para el fin de semana
Si hemos de creer a sabios como José Antonio Cordón, “la cantidad de información disponible en un momento dado, independientemente de que se use o no, su facilidad de consulta, la promoción de que es objeto, constituyen un magnífico barómetro de la actidud en favor de las libertades y de la participación crítica de la ciudadanía en los mecanismos de poder”. Y prosigue: “la existencia de las bibliografías nacionales y el depósito legal hay que contemplarlas en ese contexto, en el del esfuerzo de toda sociedad por mantener unas señas de identidad verificables y transmisibles en el tiempo, por preservar una memoria que, como diría el filósofo Lledó, va trazando el surco del tiempo”.

En El registro de la memoria: el depósito legal y las bibliografías nacionales, podemos aprender mucho sobre lo que la preservación y conservación de la sabiduría, el arte y el conocimiento condensado en los libros de papel ha supuesto para la memoria de la especie y la conciencia cívica en los últimos tres siglos.

En las jornadas sobre bibliotecas que celebramos en el Instituto Cervantes, una profesional de nuestra biblioteca nacional mencionó un hecho que pasa generalmente inadvertido: en la nueva ley de Depósito Legal que fue aprobada y se publicó en el BOE del 30 de julio de 2011 y entrará en vigor el 30 de enero de 2012 (salvo el depósito de las publicaciones electrónicas que quedará pendiente del desarrollo de un reglamento por Real Decreto), ¿qué sucederá dentro de 50 o 100 años cuando las siguientes generaciones pretendan acceder a contenidos digitales que fueron despositados en formatos propietarios, sin metadatos de ninguna clase que permitan desentrañar su origen ni referencias al algoritmo que nos permitiría acceder al código original? ¿Qué sucede cuando no se alude por ningún sitio a que los editores deben proporcionar formatos abiertos y compatibles, interoperables, dotados de metadatos en condiciones (METS, Dublin Core, lo que sea) que los hagan transparentes, accesibles, consultables? ¿Qué sucederá cuando no se alude en ninguna parte a que los grandes operadores que empiezan por A y por G tengan la obligación de desaherrojar los contenidos que publican en sus soportes propietarios?





