Relato del fracaso y del éxito escolar


En el año 2004 investigadores de la Universidad de Berkeley realizaron un experimento en el que leían en voz alta, a un conjunto de niños de diferentes orígenes sociales y entornos culturales, un texto, una historia inconclusa. A partir del momento en que el relato se interrumpía invitaban a los niños a que imaginaran y narraran su posible continuación y su eventual conclusión. Aquellos niños que procedían de familias con un capital cultural y escolar relevante, que habitaban en los barrios de las clases más opulentas, podían, al menos en el 50% de los casos, continuar la historia de manera solvente; cuando se trataba de niños procedentes de familias con un capital cultural y escolar depauperado, solamente un 10% de ellos podía hilvanar una historia congruente. El estudio, titulado Preschool for California’s Children. Promising Benefits, Unequal Access, ponía de relieve que existen diferencias determinantes, socialmente condicionadas, a la edad de cuatro o cinco años, y que el sistema escolar promete cosas que no está preparado para dar, al menos abandonado a su inercia organizativa y pedagógica tradicional.

Gaps in children’s developmental proficiencies at kindergarten entry are powerfully explained by variation in parents’education and income levels, child characteristics, and preliteracy practices at home—factors that vary in their intensity across families’ social class and ethnic membership, and which must be taken into account before estimating effects of center-based programs.

Ser capaz, por tanto, de continuar un relato, de imaginar la continuación de una narración, de figurarse su prosecución y de verbalizarla cabalmente, resulta ser un predictor primordial, un indicador determinante del desarrollo escolar de un niño, de su probable éxito o fracaso. Ese índice, sin embargo, está firme y arraigadamente predeterminado por el entorno familiar en el que cada niño crece. Si a la edad de cuatro años sabemos que los niños de entornos sociales desfavorecidos escuchan 30 millones de palabras menos que los nacidos en familias con un capital educativo superior, tal como nos mostraban Hart y Risley un año antes del estudio mencionado en The early catastrophe, apenas puede extrañarnos que esa diferencia grave de por vida los destinos de los más desafortunados.

Existen ejemplos, sin embargo, de que ese destino no es complementamente inapelable, al menos si se posee la voluntad pedagógica de revertirlos: Alemania es, según todos los estudios de la OCDE, el país con un sistema escolar (junto a Estados Unidos) más excluyente y jerárquico. A los 11 años, de acuerdo con el criterio y consejo del profesorado, segrega obligatoriamente a los niños en tres vías de escolarización que dan acceso a diferentes posibilidades: la formación profesional dual, la universidad, etc. La paradoja afortunada, sin embargo, es que existen indicios de que las cosas están cambiando: el Deutsche Shulpreis de este año 2015, el premio a la mejor escuela de Alemania, se ha concedido a una escuela de educación comprehensiva, de integración, situada en una de sus regiones más empobrecidas, Wuppertal, donde un tercio de los alumnos son de padres inmigrantes, nativos de otras culturas y lenguas, y donde también un tercio de ellos vive de los escasos ingresos que el Estado les proporciona a través de una ayuda de integración y última instancia (Hartz IV). La Gesamtschule Barmen, que así se llama la escuela ganadora del premio, integra también en las aulas a alumnos discapacitados, con severas deficiencias de otra naturaleza, haciendo realidad ese principio de eduación dialógica e integradora que hace tanto tiempo escuché a Ramón Flecha.

El trabajo por proyectos, integrado y colaborativo, en equipos que cooperan y se respaldan, que se ajustan a los diferentes ritmos de aprendizaje de los alumnos, donde las diferencias no solamente no se rechazan sino que se promueven, ha permitido que el 60% de los alumnos accedan a la educación superior, cuando solamente el 17% de los alumnos procedentes de otras escuelas había recibido la recomendación de los consejos evaluadores para hacerlo.

El relato del fracaso y del éxito escolar comienza siempre con una divergencia y una disimilitud, la que proviene del entorno social y familiar, y acaba o puede acabar divergiendo aún más o convergiendo en buena medida en función de la voluntad pedagógica de corregir y rectificar esas diferencias.

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Inteligencia, herencia y educación


En el último número del semanario alemán Die Zeit se preguntan en su portada: ¿qué es lo que nos convierte en inteligentes?, ¿qué nos hace inteligentes? Antaño se aseguraba que cada cual venía dotado de un don indescifrable que nos diferenciaba, una ideología que naturalizaba las diferencias originadas en el entorno familiar y social en el que crecen los niños. El primero que detalló empíricamente la forma artera en que esa ideología segregaba a los niños de por vida, fue Pierre Bourdieu: en trabajos como La reproducción, escrito hace casi 60 años, se pudo constatar que lo verdaderamente determinante en el desarrollo de la inteligencia de los niños y en sus éxitos o fracasos escolares era, sobre cualquier otro factor concebible, el capital cultural y educativo de los padres, especialmente el de la madre (lo que determinará todas sus prácticas culturales, la afinidad en el trato con los libros, el cine, el teatro o los museos o, todo lo contrario, con actividades que disten de lo considerado culto y letrado). En muchos estudios posteriores, entre ellos el famoso The early catastrophe, escrito por Hart y Risley en 2003, pudo corroborarse que los niños de entornos sociales desfavorecidos escuchaban 30 millones de palabras menos que los nacidos en familias con un capital educativo superior, algo que gravaría de por vida sus destinos, una catástrofe temprana que apenas tiene paliativos.

La Universidad de Bamberg, en Alemania, puso en marcha en el año 2005 un estudio extensivo titulado Procesos de aprendizaje, desarrollo de las competencias y decisiones sobre su selección en la escuela infantil y primaria, BiKS, en su acepción alemana.

Los resultados del estudio, publicados en 2014, son taxativos: el origen, la herencia, determina el futuro, el destino (Herkunft bestimmt Zukunft, un juego de palabras difícil de traducir): el hijo de un profesor o un catedrático tiene al menos el triple de posibilidades de cursar estudios de bachillerato que el hijo de un vendedor o un cajero. Y esto ocurre en un país como Alemania, donde su sistema social todavía compensa diferencias debidas al origen social que en otros países ni se discuten. Pero lo que es aún peor: ni la escuela infantil ni la escuela primaria pueden remediar o subsanar esa brecha inicial, al contrario: la escuela, abandonada a su inercia, funciona como una máquina de reproducción de las diferencias iniciales, algo que los pedagogos alemanes denominan el Efecto Mateo, por el pasaje bíblico en el que se asevera “al que tiene le será dado”.

Que las consecuencias de esta brecha resultan insalvables y determinan la biografía de cada cual, lo deja claro el último estudio de la OCDE Skills and Wage Inequality. EVIDENCE FROM PIAAC:

[...] a strong positive correlation (for both proficiency and wages) is found between the extent of inequality in both the distribution of proficiency and wages and the strength of the parental education gradient, suggesting that in more unequal countries adult outcomes are more influenced by family background.

Las diferencias salariales que perdurarán el resto de nuestras vidas, al igual que los títulos y las competencias profesionales que adquiramos -con ciertas diferencias geográficas debido a la atención que cada país preste a su sistema educativo-, vendrán en gran medida determinadas por el capital educativo de nuestros padres.

Cuando un político responsable de la educación y del futuro de cada niño declara que está en la mano de los padres decidir el tipo de escuela al que llevar a sus hijos y que no conviene inmiscuirse en esa decisión, está redoblando el efecto Mateo, “porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Cuando un político asevera que resulta conveniente segregar a los más dotados de los menos capacitados, está cometiendo un latrocinio, porque al ignorar la decisiva relación entre herencia e inteligencia que todos los estudios científicos avalan, condena a los niños de las clases más desfavorecidos a una vida empobrecida.

Sólo denunciando la determinante relación entre inteligencia y herencia y trabajando porque la educación pueda aminorar, siquiera un ápice, esa crucial conexión, cabrá hablar cabalmente de educación.

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El fin de los libros


Si por libros se entienden los innumerables cuadernos de papel impreso, plegado, cosido, encuadernado bajo una cubierta que anuncia el tíulo de la obra, les confieso francamente que no creo en absoluto, los progresos de la electricidad y de la mecáncia moderna me impiden creer, que el invento de Gutenberg pueda no caer en desuso en tanto que intérprete de nuestras producciones intelectuales

Así se expresaba, en 1894, Octave Uzanne, en sus Contes pour les bibliophiles, un volumen dedicado al universo de aquello y aquellos que tanto entendió y amó. Instalado en París, con 24 años, dedicado plenamente a su pasión bibliofílica, colaboró inmeditamente con el Conseiller du Bibliophile  y llegó a fundar hasta cuatro revistas dedicadas a la misma materia:  Miscellanées bibliographiques, Le Livre, Le Livre moderne et L’Art et l’idée, estas tres últimas con la editorial de Albert Quantin (1880-1892), que desaparecería en la antelasala de la primera guerra mundial.

En 1889, junto a dos centeneras de entusiastas, fundó la Société des bibliophiles contemporains, denominada más tarde la Société des bibliophiles indépendants. Fue un escritor prolífico de novelas, obras de fantasía y estudios bibliográfcos y, como desaforado amante de los libros que era, rodeado por ellos en su apartamento de Saint-Cloud, en el departamento de Hauts-de-Seine, plasmó sus preocupaciones en un cuento incluido en sus Cuentos para biblófilos, titulado “El fin de los libros”.

Hace 121 años, más de un siglo, por tanto, Uzanne vaticinaba que “la imprenta que Rivarol llamaba con tanta razón la artilleraía del pensamiento y a la que luego Lutero se refería como el último y supremo don a través del cual Dios difunde el Evangelio; la Imprenta que ha cambiado el rumbo de Europa y que, sobre todo desde hace dos siglos, gobierna sobre la opinión por medio de los libros, los folletos y  los periódicos [...] diría que está amenazada de muerte”. Y eso es así porque el anticuado procedimiento de la impresión podría ser “fácilmente reemplazado por la fonografía, que no ha hecho más que nacer”, 20 años antes de que este cuento fuera escrito y publicado. Reunido en torno a una mesa de sabios donde cada uno, según su saber y su profesión, desgrana la configuración probable del futuro, el protagonista del cuento se atreve a aventurar con desparpajo pero no sin cierta indecisión, que la técnica fonográfica, la grabación y reproducción del sonido en soportes duros, distribuidos a través de dispositivos portátiles o de las líneas telefónicas (mediante previa suscripción), sustituiría sin lugar a dudas a la vieja imprenta, a los libros en papel, por tanto.

No hace falta desvelar el final de la historia para darse cuenta de que las premoniciones de Uzanne no fueron complemente ciertas porque el libro como tal perdura, con mala salud de hierro, pero acosado ahora por otros descubrimientos que lo arrumban a la periferia de la nueva ecología de los medios.  Todo lo que vislumbra, con vista acerada, podría haber perfectamente ocurrido, la sustitución podría haber llegado a ser plena y, sin embargo, de alguna forma, los libros y la imprenta encontraron una manera de resituarse y redefinirse en un universo de medios en los que la imagen y el sonido podían ser igualmente registrados, emitidos y consumidos con igual solvencia que las palabras. Uzanne hace hablar al protagonista del cuento con aparente desapego e impasibilidad, como si el dictamen que realizara fuera el de un juicio certero e inapelable, soportado por la aquiscencia del círculo de sabios que le rodea, pero yo le imagino, en el fondo, asustado y temoroso, entristecido ante la posibilidad de perder aquello a lo que dedicó su vida. Estuviera o no afligido, se cumplieran o no los pronósticos de su alter ego, Uzanne nos enseña -además de a disfrutar de la onanista lectura sobre libros- que los soportes no son imperecederos, que es necesario pensar en sus cambios y mutaciones con audacia y atrevimiento y que nada de eso garantiza acertar -afortunadamente- en los vaticinios.

Corran a la Feria a comprarlo, disfrutarán.

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#Nethinking5 ¿Esclavos de las tecnologías?


Este viernes comenzará la nueva edición de #Nethinking5, “un encuentro anual entre algunos de los expertos comunicadores, bloggers y artistas más influyentes en internet, para debatir y transmitir conocimiento sobre el entorno digital, los nuevos medios comunicación, redes y modelos de negocio en torno a los contenidos digitales” según los organizadores.

¿Somos esclavos de las tecnologías? es la pregunta que este año nos han planteado, para debatir, a Eduardo Arcos, Antonio Delgado y a mi mismo.

Para comenzar convendría refutar esa pregunta, impugnarla, porque contiene en buena medida su respuesta, anticipa una clara predisposición negativa hacia la tecnología y polariza la respuesta antes de que el debate empiece. La tecnología no es algo distinto de nosotros. Somos el género que somos porque extendimos nuestras capacidades mediante la invención y uso de unas tecnologías que, a su vez, al ser utilizadas e intervenir en nuestro medio y modificar nuestro mundo, influyeron de manera determinante sobre nosotros, sobre nuestra de percibir y estar en el mundo. Nuestra relación con la tecnología es la de una causalidad circular inevitable, porque inventamos tecnologías con las que transformar el mundo y, al alterarlo, nos modificamos a nosotros mismos. Tenemos la tentación permanente, eso sí, de rechazar de plano, inicialmente, cualquier innovación que desarregle las reglas perceptivas de nuestro mundo: imagino el momento en el que se inventara la brújula y alguien arguyera que orientarse visualmente mediante la observación de las constelaciones era mucho más auténtico; que cuando se inventara el fonendoscopio, alguien argumentara que el contacto humano mediante las palpaciones era mucho más cercano; que cuando se inventara el vaso, en fin, alguien sostuviera que sujetar el agua en el hueco de las manos era algo mucho más natural y vivificante.

Toda tecnología inventada y exteriorizada por el hombre-sostenía Marshall McLuhan en La galaxia Gutenberg-tiene el poder de entumecer la conciencia humana durante el periodo de su primera interiorización.

Hoy nos encontramos en ese momento, efectivamente, de entumecimiento y estupefacción, en el que las formas de comunicación antigua que conocimos se hibridan, remedian o convergen con las nuevas, sin que terminemos de entender en qué paisaje nos movemos. Pero más allá de la larga historia de rechazos irreflexivos, es cierto que la tecnología no es políticamente neutra, que puede condicionarnos, subyugarnos y someternos, consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente.

Para intentar dar una respuesta más cabal a la pregunta planteada, es interesante regresar a esa obra excepcional que es La galaxia Gutenberg:
el libro de McLuhan es, tal como lo leí yo, una diatriba contra la imprenta y la génesis del Homo typographicus, contra los efectos que sobre la psique humana causó la invención del texto discursivo, contra las severas limitaciones perceptivas a las que nos sometió la disciplina de la lectura lineal, contra el drástico empobrecimiento de una manera de conocer unilateral que se conforma con los textos. Los libros y la lectura nos convertirían, según McLuhan, en seres primordialmente pasivos, solipsistas, sensualmente empobecidos, absortos en las evidencias de una identidad sobredimensionada. Independientemente de que eso sea o no rebatible, McLuhan también reconoce que la escritura y la lectura fueron los fundamentos del pensamiento científico, de las formas de análisis e investigación propias del pensamiento occidental, del notable incremento de nuestra capacidad de abstracción e inferencia.

Más bien la cuestión es -escribía McLuhan- ¿cómo tomamos conciencia de los efectos del alfabeto, de la imprenta o del telégrafo en la conformación de nuestra conducta? Porque es absurdo e innoble ser conformado por tales medios. El conocimiento no atiende, sino que restringe las áreas de determinismo. Y la influencia de supuestos no analizados derivados de la tecnología conduce, de un modo por completo innecesario, al máximo determinismo de la vida humana. La finalidad de toda educación es emanciparse de esa asechanza.

McLuhan nos impulsa a que, comprendiendo los beneficios que toda transición tecnológica pueda conllevar, estemos alerta ante sus asechanzas, porque sería vil y empequñecedor dejarnos conformar servilmente por ellas. En esto, por tanto, llevan mucha parte de razón todos aquellos que escriben de manera unilateral contra Internet: Nicholas Carr, Byung Chul Hahn, Jaron Lanier, Eugeny Morozov, Jonathan Crary, César Rendueles (por citar a los que más sigo y leo), porque es cierto que hay multitud de ámbitos en nuestras vidas sobre los que hemos cedido atolondradamente nuestra soberanía: nuestros datos, convertidos en plusvalía para los grandes operadores multinacionales; nuestra privacidad, entregada voluntariamente al panóptico global; nuestro tiempo, sometido a la alucinación de un presente constante; nuestra atención, invadida y asaltada vandálicamente por mediadores que reclaman nuestra atención para explotarla económicamente; nuestras relaciones sociales, sometidas ahora a la misma lógica con la que gestionamos desde nuestro teléfono móvil nuestras cuentas bancarias; nuestra sociedad o nuestra comunidad, deshecha en jirones por la presión constante hacia formas de individualización y competención extremas; nuestro planeta y sus recursos, incapaces de saciar una bulimia tecnológica desatada que nunca se satisface hasta que no alcanza fugazamente la novedad que será sustituida por la ficción de la siguiente novedad… Todo eso y mucho más es cierto. McLuhan nos invita a pensar en la manera en que las tecnologías nos determinana para emanciparnos, para convivir con ellas de manera soberana, pero es demasiado fácil pensar solamente a la contra. Dadme una idea que me opondré a ella, parece muchas veces ser el lema de escritores como Morozov.

Daniel Innerarity, uno de los más raros y perspicaces analistas de nuestra realidad (digital) contemporánea escribía hace poco en Libertad como desconexión:

La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TICs sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.

Es imperativo civilizar la red, inscribir formas de anonimato y dilación, disciplinar su avance vinculado a inconfesables fines mercantiles y militares. Pero de nuevo, siendo todo eso cierto, y tal como la historia se empeña en demostrarnos, la invención de Internet y el desarrollo de una nueva ecología de los medios digitales, no es soslayable, y debemos aprestarnos a pensarla en serio. “¿Cúales serán -se preguntaba de nuevo McLuhan-, las nuevas configuraciones de los mecanismos y de la alfabetización cuando esas viejas formas de percepción y juicio sean intepretadas en la nueva era eléctrica? Incluso sin colisión, tal coexistencia de la tecnología y consciencia causa trauma y tensión en toda persona viva”. Vivimos en esa tensión que a veces se nos vuelve impensable, inconcebible, pero debemos reconocer que apenas tiene sentido sostener que existe ya una diferencia neta entre nuestra vida virtual y real, que podemos discriminar con claridad qué pertenece a cada uno de esos ámbitos, porque en realidad nuestras vidas son ya un híbrido que se sitúa a caballo entre ámbos universos. Luciano Fioridi es el intelectual que acuñó hace algún tiempo el término Onlife, el impulsor del manifiesto del mismo nombre, el Manifiesto Onlife, en el que se reconoce que la red ha alterado por completo nuestra identidad, nuestras relaciones sociales, nuestras formas de convivencia, nuestro sentido de la responsabilidad y el reconocimiento, nuestro sentido de pertenencia, nuestras formas de gestionar la vida compartida.

Si eso es así, y a mi me cabe poca duda, la pregunta no es si somos o no esclavos de la tecnología: la pregunta es, remedando al gran McLuhan, cómo emanciparnos de las asechanzas sabiendo que nada será ya lo mismo y que nuestra misión será civilizarlas; cómo aprovechar por el bien común, en contrapartida, la inmensurable riqueza de las redes.

Que se vayan preparando en #Nethinking5.

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El gremio que el sector necesita


En noviembre de 2014 añadí una entrada en esta bitácora, ¿Qué gremio necesita el sector?, refiriendo los resultados del taller que el Gremio de Editores alemanes había convocado en torno a la configuración y funciones del futuro gremio editorial. Todas las sugerencias apuntaban a un esfuerzo consciente y colectivo por construir estructuras transversales, grupos de trabajo heterogéneos, espacios de colaboración entre profesionales provinientes de distintos sectores, con el fin de intentar dar solución a los retos forzosa y necesariamente globales a los que todos nos enfrentamos. Una solución conscientemente alejada, por tanto, de las rígidas y envaradas estructuras de los gremios actuales, deudoras de una concepción particularista y corporativa del oficio que excluye toda forma de entendimiento y colaboración  y de una idea excluyente y darwinista de los negocios que practica la política de la tierra quemada y la monopolización.

Si introducimos a una rana en agua caliente, saltará fuera, advertida por la temperatura; si introducimos a una rana en agua fría, permanecerá dentro, cómoda en su elemento. ¿Qué tiene que ver esta observación naturalista con el sector editorial? Alexander Skipis, el hasta ahora presidente del parlamento del gremio, ha advertido, literalmente, que “mientras sigamos viviendo en la zona de confort, quizás no nos demos cuenta que el agua se irá caldeando alrededor nuestro”, y que eso podría acabar siendo causa de nuestro ahogamiento y extinción.

Los editores alemanes, al contrario que otros gremios más asentados en sus certezas inamovibles y en sus cálidos entornos, han decidido de manera prácticamente unánime transformar por completo la estructura corporativista tradicional en beneficio de la creación de grupos de trabajo transversales, con intereses temáticos compartidos, que fomenten y permitan la colaboración y la resolución de los problemas comunes. Una versión complementaria y poliédrica de los problemas que antes se percibían y observaban como privativos y que ahora se entienden y abordan como comunes:

Algunas de las prioridades de la nueva configuración profesional son la de potenciar el trabajo en red, la de facilitar y acelerar los procesos de decisión adelgazando las estructuras burocráticas y los niveles de responsabilidad, la de propiciar este cambio estructural paso a paso, con la connivencia y aprobación de todos sus miembros.

¿Por qué, en definitiva, una reforma estructural tan ambiciosa?: porque la cadena de valor tradicional -de acuerdo con lo expuesto por los editores alemanes- se transforma aceleradamente, porque el comercio electrónico, la digitalización y la externalización de los servicios contribuyen, también, a su reconfiguración. Porque existen, cada vez más, intereses comunes y compartidos entre los miembros de los que fueran antaño distintos gremios. Porque existen nuevos participantes en el mercado editorial que difuminan por completo las estructuras conocidas. Como asociación que quieran representar al conjunto de los profesionales del libro y quiera intermediar en los intereses particulares de cada cual -reconocen los profesionales alemanes-, debe transformarse profundamente.

Los puntos fundamentales de esa reforma son:

El próximo 19 de junio tendrá lugar la siguiente reunión para deliberar sobre la reforma estructural del gremio, para abordar colectivamente el futuro del sector.

¿Para cuándo una reflexión, entre nosotros, sobre el gremio que el sector necesita? ¿Para cuándo un despertar de nuestro particular dolce far niente?

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Sant Jordi y el dragón digital


Siento ser el invitado que agua la fiesta: el incremento puntal de las ventas de libros en papel con motivo de una festividad concreta, es incapaz de subsanar la quiebra estructural de un modelo y de una industria. Por mucho que el San Jordi medieval hubiera alanzeado al dragón de carne y hueso, no podrá hacer lo mismo con el dragón digital y con la caída vertiginosa de las ventas de libros en los últimos años.

Para justificar cuantitativamente mi desacuerdo de aguafiestas: en el año 2013 la cifra de negocio del sector fue de 2181 millones €, una cantidad equiparable a la que la industria había facturado en 1994 y un 40% menos de lo que la caja que la industria hizo en el año 2008 (cuando se alcanzaron los 3158 millones €). Este desplome no es meramente achacable al incremento obvio del precio de los libros (un 16,63% de media en los últimos años) o al notable efecto adverso de la crisis económica sobre los bolsillos de los compradores. Los estadios de fútbol siguen llenos, repletos, con precios de entradas que multiplican por 20 0 30 lo que cuesta un libro de bolsillo, de manera que el criterio que se utiliza para discernir en qué se invierte la renta disponible, no es un número fatalmente dependiente de la renta persona. Aun cuando la macroeconomía acabara dando un alivio a los microbolsillos de los consumidores, la compra de libros en papel no alcanzaría nunca más la cifra conocida.

Si nos empeñamos en buscar refugios pasajeros en las cifras que se derivan de eventos puntuales, es que no hemos entendido nada: el dragón digital acabará con San Jordi, o acabará al menos persuadiéndole de que lea y consuma contenidos en formato digital. Lo único que ha crecido en la industria editorial, tímida y lentamente, es la venta de contenidos electrónicos, del 8,1% al 14,1%, o lo que es lo mismo, de 51 a 80.3 millones de € . La adopción progrevisa de lo digital depende de dos factores, fundamentalmente: que la generación nacida en la era tipográfica asuma progresivamente su uso (o que, por causas biológicas naturales, deje de leer y de todo lo demás), y que la generación de nativos digitales alcance la mayoría de edad y, con eso, la generalización de sus hábitos y prácticas de uso, creación y consumo.

Toda industria que no mire más allá de las certezas infundadas y pasajeras de San Jordi, estará abocada a que alguna empresa heterónoma le haga los deberes o que a pequeños e independientes emprendimientos se abran paso en un mercado dislocado.

Paradójicamente, hoy más que nunca dependemos de abrir y consolidar nuevos mercados en otros países: si España encontró en Iberoamérica, durante mucho tiempo, su ámbito natural de expansión (y eso representara en el conjunto de la facturación un 20% aproximado del volumen total), hoy esa cifra se acerca al doble, al 40%, pero en condiciones completamente diferentes a las preliminares: las industrias locales de América Latina han madurado y compiten en igualdad de condiciones en el mercado global del Español. La potencialidad del mercado norteamericano -tema que se debate hoy en el Foro Internacional del Español- es, todavía, un proyecto inmaduro, casi en regresión: en el año 2004, según cifras del Comercio Exterior del Libro en España, se facturaron 20.390.000 € frente a los 14.260.000 € de 2014. Muchos factores pueden explicar este decrecimiento, entre ellos la falta de contenidos digitales diseñados para los jóvenes usuarios que deberían utilizarlos y la carencia de canales y plataformas para la comercialización y distribución digital de esos contenidos, y de ellos hablaremos esta tarde de viernes.

El dragón digital podrá con San Jordi, a no ser que San Jordi se interese, cuide y haga crecer al dragón digital.

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La industria de la edición y el mercado digital único europeo


Ayer publicó la Comisión Europea el documento Publishing and the Digital Single Market, como continuación o complemento a la Digital agenda for Europe, a los siete pilares que lo constituyen y a su plan estratégico 2020. La contribución al debate sobre la configuración del mercado digital único proviene, de hecho, de The Publishers Association, la asociación profesional británica.

Muchas de sus observaciones o aseveraciones son perfectamente asumibles: “Publishing is one of the biggest success stories of the digital age”, sería la primera; “Publishing underpins academic research excellence and educational attainment”, la segunda; “Publishing is the most prominent cultural industry”, sería una tercera con la que podríamos acordar.

El problema viene cuando se asegura, sin remilgos, que “The Digital Single Market is already a reality for publishing”, porque para que esa alegación fuera cierta, resultaría necesario, sobre todo, que cualquier letor, que cualquier usuario, que cualquier comprador de contenidos, pudiera leerlos y consultarlos en cualqueir soporte, en cualquier lugar y en cualquier momento. Así lo declaró, expresamente, Neelie Kroes, la Vicepresidenta de la Comisión Europea y responsable de su Agenda Digital:

Interoperability [...] applies to ebooks too. When you buy a printed book it’s yours to take where you like. It should be the same with an ebook. You can now open a document on different computers, so why not an ebook on different platforms and in different apps? One should be able to read one’s ebook anywhere, any time on any device.

Mientras no se cumplan los principios básicos de la interoperabilidad, contemplados en el Pilar II de la Agenda digital europea, Interoperabilidad y estándares -esto es, que los contenidos sean despachados en formatos no propietarios que puedan ser consultados en soportes preparados para consumir contenidos multiformato-, no habrá mercado único digital. Y lo cierto es que estamos lejos de alcanzar ese estadio en el que los fabricantes y los editores renuncien a los modelos de negocio basados en la integración vertical en el que los usuarios adquieren los contenidos en una sola plataforma, en formatos propietarios para ser consultados en dispositivos o entornos fabricados y desarrollados por esas mismas empresas. No conozco muchas empresas editoriales que no aspiren (ilusoriamente) a convertirse en un remedo nativo de Amazon o Apple.

En el último I #ebookspain Open, dedicado a la interoperabilidad y los estándares en la industria editorial, tuve la oportunidad de clausurar las jornadas, precisamente, hablando sobre este mismo asunto: existen hoy estándares que pueden asegurar la interoperabilidad que la Comisión Europea demanda, estándares para el desarrollo de contenidos, con un alcance expresivo muy superior al de los formatos propietarios, como es el caso del EPub 3.0; existen también estándares que promueven el uso de un DRM -en el caso de que los editores quieran utilizarlos- interoperable, que no impide el uso y disfrute de los contenidos en diversos soportes y/o plataformas, como es el caso de Marlin; y existen iniciativas colegiadas donde la agregación de contenidos de calidad conforma una masa crítica que puede confrontarse con garantías de éxito a la que ofrecen los operadores multinaciones, como es el caso de Libreka.

Como escribió hace casi ya tres años Joe Wikert en uno de los blogs de O’Reilly, “Es hora para un formato unificado de ebook y el fin del DRM”. Y si O’Reilly lo aplica con todas las consecuencias a sus contenidos, yo pondría mis barbas a remojar.

El futuro de la edición electrónica y, por ende, del mercado digital único europeo del que los editores deberían participar, pasa, por tanto, por:

Y, para redondear esas demandas:

  1. la agregación de contenidos de calidad para obtener una masa crítica de contenidos relevante;
  2. la interoperabilidad y la apertura de formatos y soportes;
  3. la suma de valor añadido, en forma de funcionalidades y servicios, a la experiencia de compra de los usuarios;
  4. la incorporación del contenido generado por los usuarios a la lógica de la construcción de los productos editoriales y, antes de nada y por encima de cualquier otra cosa,
  5. la reconversión de una industria todavía analógica (en su manera de pensar y de orientarse, de percibir el futuro), en una industria plenamente digital.

Así imagino yo la industria de la edición en un mercado digital único europeo.

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¿Pincha el ebook?


El viernes pasado el suplemento El cultural publicó un reportaje (predispuestamente) titulado “¿Pincha el ebook? El sector editorial confirma el estancamiento del libro electrónico pero confía en su implantación definitiva“. En la pregunta estaba contenida, en buena medida, la (supuesta) respuesta.

El reportaje, necesariamente polifónico y poliédrico, recogía las opiniones de editores y expertos. El contenido de las entrevistas individuales, obviamente, no puede recogerse literal ni completamente, de manera que muchas veces las opiniones de cada cual pueden aparecer truncadas o incompletas.

Por si pudiera ser de interés para alguien, transcribo el texto completo de la entrevista que Daniel Arjona, periodista de El Cultural, me hizo con ocasión de la elaboración del reportaje (con cuya tesis inicial, no comulgo):

1. En los últimos tiempos los medios hablan de un parón del libro digital en Estados Unidos y Europa. Los lectores parecen reacios a cambiar el papel por el ebook. Pero, en realidad, las cifras no están claras. ¿Cuáles son sus impresiones experimentadas al respecto? ¿Qué datos tiene usted?

Los datos pueden, episódicamente, mostrar una u otra tendencia, al alza o a la baja, pero lo incontrovertible, lo irreversible, es la transición de lo analógico a lo digital. No hay ninguna duda de que este es un proceso que va más allá de la sustitución de los soportes: es un cambio profundo en nuestras maneras de generar, comunicar, compartir y utilizar los contenidos, una transformación completa de nuestro ecosistema de comunicación. No me cabe duda, en consecuencia, que la sustitución de unos soportes por otros, como ha ocurrido siempre en la historia de las transiciones de los medios de comunicación, será progresiva pero plena. Otra cosa es que el público lector tradicional (entre el que me encuentro), forme parte de la especie que McLuhan denominaba “Homo Typographicus” y que mostremos un apego insobornable al libro en papel por muchas razones.

2. ¿En qué posición se encuentra España en lo que respecta a la expansión del ebook en comparación con países como Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Estados Unidos o las países de Latinoamérica?

La transición hacia lo digital es más lenta en todos los órdenes: tanto en el ámbito de los productores (editores y gestores de contenidos digitales de toda naturaleza), que no aciertan a desarrollar un modelo de negocio rentable que sustituya al conocido, como en el de los consumidores, que todavía muestran hábitos de lectura y consumo de contenidos ligados al estadio analógico. Esto, sin embargo, cambiará con seguridad cuando la generación de pesonas que ahora tienen entre 15-19 años tengan el suficiente poder adquisitivo para procurarse los contenidos que apetezcan.

3. Defensores del libro e papel como Roberto Casati lo valoran por servir como defensa contra la sobre-estimulación de un mundo digital “hostil a la lectura”. Ayer, la gente leía libros en el metro o en el bus. Hoy todos miran sus teléfonos móviles. ¿La lectura tradicional está en peligro?

La lectura supuestamente tradicional es lineal, sucesiva, acumulativa, reflexiva, silenciosa, porque la textualidad inscrita en las páginas de un libro exige que la leamos de ese modo. Es cierto que esa forma de lectura, históricamente datada, ha contribuido a que desarrollemos algunas de nuestras capacidades cognitivas de más alto nivel (la inferencia, el pensamiento analítico, la razón científica), pero también es cierto, como reprochaba McLuhan en la “Galaxia Gutenberg” al inventor de la imprenta, que ese tiipo de lectura hace preponderar algunos sentidos sobre otros, mermando en cierto sentido lo que debíamos a la oralidad, el tacto y otros sentidos que no intervienen. La lectura que propician los soportes digitales es naturalmente distinta, porque se agregan contenidos audiovisuales, gráficos animados y simulaciones, anotaciones compartidas y discusiones en línea, además de que los hipervínculos nos invitan a deshacer la linealidad tradicional. Esto no es ni bueno ni malo en sí mismo: es, simplemente, un hecho del que deberemos derivar sus consecuencias en los próximos años sin que eso signifique que debamos dejar de leer como lo hemos hecho hasta ahora.

4. Algunos expertos explican que tenemos un problema psicológico con el libro digital. Un libro en papel es un mapa que el lector puede recorrer en todas direcciones. Un libro digital no lo es es y su lectura provoca cierta sensación de pérdida, de orfandad. ¿Cuál es su opinión?

No creo que nadie haya dicho que puedan derivarse problemas psicológicos de la lectura digital. En todo caso, como decía McLuhan, “toda tecnología inventada y “exteriorizada” por el hombre tiene el poder de entumecer la conciencia humana durante el periodo de su primera interiorización”, y es precisamente en ese momento de entumecimiento y embotamiento en el que nos encontramos. La opocisión que planteas es, en todo caso, artificial: en un libro electrónico o un tablet puede leerse como se lee en un libro en papel, de manera sucesiva y lineal. Los dispositivos que los seres humanos inventaron para facilitar la lectura en papel (índices, numeración de páginas, etc.), se reinventan en los soportes digitales mediante sistemas de etiquetas que permiten navegar por los contenidos de una manera también ordenada y satisfactoría. Mi opinión no puede ser otra que la de McLuhan: nos encontramos en la fase primera del entumecimiento de las conciencias.

5. Los ereaders tipo kindle no se han popularizado tanto como se pensaba y podrían en el futuro servir sólo a un grupo reducido de voraces lectores. La lectura es cada vez más multisoporte: tableta, móvil, pc, y el viejo papel… ¿Cómo ve usted el futuro de la lectura a corto y medio plazo?

Durante el tiempo al menos en que la generación de lectores de 40 años en adelante siga leyendo, ambos soportes convivirán, porque tienen muy arraigado en sus hábitos perceptivos y lectores el uso de los soportes en papel. Otra cosa es lo que suceda con las generaciones de nativos y jóvenes digitales: su predisposición natural será la del uso de soportes únicamente digitales. Nuestra misión como adultos, sin embargo, será la de enseñarles a compaginar esos hábitos con los propios de la lectura en papel. Como sugería Maryanne Wolf en La historia y ciencia del cerebro lector, de lo que se trata es de educar cerebros bitextuales, cerebros bilingües, capaces de realizar una inmersión profunda en la lectura sosegada y capaces de seguir las invitaciones más aleatorias e interactivas de los soportes digitales.

¿Pincha el ebook? No lo creo…

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Nuevos LABS/ Publishing: afrontando el cambio digital en el mundo editorial


TEAMLABS/ lanza junto a Factoría Cultural un programa de diez nuevos LABS/, diez laboratorios especialmente enfocados en la revolución digital en el mundo editorial para experimentar, probar y ensayar diferentes aproximaciones a los problemas a los que se enfrenta este sector. Estos diez LABS/ serán impartidos por destacados expertos con una amplia implicación profesional y práctica en las distintas materias abordadas y con una visión innovadora y de futuro capaz de abrir nuevas vías en estos tiempos de profundos cambios.

El programa comenzará en abril y contará con la siguientes sesiones:

De forma previa al inicio del programa os invitamos a acudir a un DemoLAB gratuito y en abierto el día 26 de marzo en Factoría Cultural (Matadero Madrid, Paseo de la Chopera 14) en el que podrás conocer directamente la dinámica de trabajo de los LABS/, enfrentándote en equipo al reto de rediseñar los libros de texto tradicionales.

La tecnología del libro de texto -un contenido cerrado y acotado, ajustado a un currículum oficial, pensado para que un oficiante lo declame en público y un grupo pasivo de alumnos lo escuche, memorice y reproduzca- está firmemente apegada a una lógica industrial de la educación que buscaba eficiencia y homogeneidad. Hoy sabemos que eso no nos sirve por múltiples causas concomitantes:

Este DemoLab pretende diseñar prácticamente nuevas soluciones educativas adecuadas a los intereses y demandas de los usuarios del siglo XXI, jóvenes nacidos en la era digital, acostumbrados a encontrar, crear y compartir contenidos, a aprender, de una manera radicalmente distinta a la que sus mayores conocieron.

CONSIGUE AQUÍ TU ENTRADA GRATUITA PARA EL DEMOLAB

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Open Education Week


Esta semana se celebra en todo el mundo la #openeducationwk, Open Education Week, una inciativa promovida por el Open Education Consortium. El propósito que empuja el trabajo del consorcio no es otro que el de generar recursos educativos, de manera colaborativa, en abierto, para favorecer el intercambio sin restricciones y el acceso sin límites.

Todo parte de unas cuantas convicciones que se agregan fácilmente:

La suma de esas razones es suficiente para pensar que no cabe conformarse con contenidos educativos precocinados, cerrados y propietarios, sino que es necesario despertar la conciencia y la adopción de los libros de texto (de los contenidos digitales educativos) abiertos.

Feliz y productiva #openeducationwk

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