Paradigmas digitales o el futuro del libro. Tricentenario BNE

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La edición es un ocupación de caballeros

En noviembre del año 1921, después de varios descalabros editoriales y de unas ventas raquíticas, Kurt Wolff, editor de Frank Kafka, se dirige a él así en una misiva en la que trata de evitar la equiparación entre calidad literaria y éxito comercial:

Ninguno de los autores con los que tenemos relación nos acomete tan raramente con deseos y preguntas como usted, y con ningún otro tenemos la sensación de que el destino de sus libros publicados le resulte tan indiferente como a usted [...] Le puedo asegurar de corazón que tan sólo en el caso de dos o tres escritores a los que represento y publico, mantengo una relación tan intensa y sincera con sus logros como la que mantengo con usted. No debe usted valorar la calidad de su trabajo por el éxito externo de sus libros. Usted y nosotros sabemos, que las cosas mejores y más valiosas no son las que alcanzan un eco inmediato, sino las que lo encuentran posteriormente. Y nosotros mantenemos la convicción de que existirá un número creciente de lectores alemanes que tendrán la receptividad suficiente que sus libros merecen.

Cualquier autor hubiera querido para sí un editor semejante, que antepusiera la calidad del texto escrito, de la ambición de la obra literaria, al éxito comercial o al número de ejemplares vendidos. Claro que cualquier editor hubiera querido para sí, también, a un autor imperecedero como Kafka. En todo caso, publicar sin criterio mercantil, al menos sin que su preponderancia determinase el juicio crítico sobre el valor intrínseco de la obra, parece una reliquia intelectual propia de quienes podían permitirse valorar y sopesar las cosas con tiempo y distancia, algo que muchas veces proporciona el dinero (que no es otra cosa que el instrumento que sirve para poner coto a la necesidad).

Nombres como los de Virginia y Leonardo Wolff en The Hoghart Press; Gaston Gallimard; Max Perkins, director literario de Scribner; Bennett Cerf, fundador de Random House; Allen Lane, fundador de Penguin; Siegfried Unseld, dueño y fundador de Suhrkamp; Carlo Ferltrinelli o, en España, Carlos Barral y José Martínez, son el ejemplo de una pléayade de editores del siglo XX que comprendieron el oficio como una ocupación de caballeros en la que el editor preservaba la carrera de su autor anteponiendo el valor literario al crédito mercantil; en la que los libros buscaban hacerse su público porque partían de convicciones y presupuestos intelectuales compartidos por un grupo de lectores cualificados; en la que los libros ocupan un lugar todavía preponderante en el ecosistema de la información y el conocimiento.

Todo esto y muchas otras cosas nos contó el miércoles pasado Sergio Vila-San Juan en una deliciosa conferencia en el ciclo del Trincentenario de la Biblioteca Nacional.

Frederic Warburg, editor de George Orwell, lo dejó escrito en una suerte de memorias con inusual claridad: la edición es una ocupación de caballeros. Ahora sólo nos falta saber si todavía necesitaremos editores y caballeros en el siglo XXI, qué quedará de ellos en el ecosistema de la información del siglo XXI, qué papel les será reservado en un ambiente en el que ya no podrán ejercer en exclusividad esa intermediación ilustrada. ¿De qué manera y forma convivirán con la democratización de la creatividad, de su difusión y de su publicación? ¿De qué manera, en fin, cohabitarán con la democratización y mundanización de la edición?

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Internet y ciudadanía digital

Internet -feliz en tu día- es un fenómeno poliédrico e irreductible a una sola dimensión: ¿qué nos interesa más? ¿su dimensión filológica e hipertextual, donde los textos se expanden y fluyen reticularmente? ¿su dimensión de biblioteca universal consumada, convertida en sueño de Borges? ¿su dimensión potencialmente colaborativa, de inteligencia agregada y esfuerzos compartidos? ¿su naturaleza transmedia, soporte de nuevos géneros y nuevos lenguajes? ¿su carácter como plataforma de servicios múltiples, de los administrativos y financieros a los sanitarios y comerciales? ¿su capacidad para transformar la educación tal como la hemos entendido hasta hoy, al proporcionar a quien quiera saber los medios y los contenidos para hacerlo?

Sin duda todos esos y tantos otros como a cualquiera pudieran ocurrírsele. A mí, en todo caso, cada vez me interesa más la dimensión cívica y colaborativa de la red, su capacidad de convertirse en instrumento de indagación, de pesquisa, de investigación, de interpretación y debate. Su capacidad para agregar colectivos que comparten intereses, a menudo ocultos o negados, de manera horizontal y acéfala, distribuida y reticular. Su facultad de generar nuevas formas de organización política y social, de la que tanto desconfían y recelan quienes no han conocido otra cosa que la disciplina jerárquica de los partidos tradicionales. La posibilidad cierta que ofrece para transformar la ciencia absorta y la práctica académica sorda a las necesidades sociales, al brindar la posibilidad de que determinados colectivos, afectados por una situación determinada o interesados por un problema concreto, arrojen luz allí donde la ciencia no lo hizo y abran con esa nuevas vías para comprender lo que sucede y para intervenir de manera consecuente.

Para mi esas son, verdaderamente, las humanidades digitales, no la sinécdoque que a menudo encontramos en artículos, seminarios y congresos donde prima la dimensión meramente filológica o textual del fenómeno.

La semana pasada se celebró en San Sebastián el Congreso Internacional de Ciudadanía digital donde se exploraron, como no podría ser de otra manera, asuntos relacionados con la capacidad de los ciudadanos para anudar sus relaciones e intervenir políticamente en conflictos o situaciones que lo requieran; con nuevas formas de participación política más directa y modalidades de administración más amables y transparentes; con la necesidad de convertir la tecnología en aliada de una educación expandida que fomente la responsabilidad y la participación; con la necesidad de que todo esto ocurra sobre una red neutral cuya seguridad e imparcialidad sea garantizada por las autoridades.

Esas voces globales que se hacen oir gracias al uso de internet, de periodismo ciudadano, no hacen otra cosa que reclamar el protagonismo que merecen interviniendo de manera activa en los asuntos que a todos nos conciernen. Nuestras voces locales están aquí cerca (Toma la plaza, Democracia Ya, Movimiento 15M, etc.) No es casualidad, por eso, que los Premios 2012 ARS Electronica hayan recaído, en el apartado de comunidades digitales, en los movimientos ciudadanos en contra del tiránico régimen sirio, tal como lo atestigua Syrian people know their way. El activismo, el arte y la intervención se confunden en una sola cosa.

Esa es, o esas son, las dimensiones de empoderamiento ciudadano que más me interesan, y esa es la modalidad de humanismo digital de la que me interesa hablar.

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I read where I am o las promesas de la lectura social

La promesa fundamental que encierra la textualidad digital es la de romper los (aparentemente) estrechos límites a los que la arquitectura del códice constriñe al texto para liberarlo y convertirlo en una especie de continuo ininterrumpido susceptible de ser perpetuamente modificado, editado, releído, comentado. La promesa fundamental que encierra la textualidad digital es la de inventar nuevas formas de lectura social, dialógica, más cercanas a la fluidez y presencialidad de la oralidad tradicional que a la de la lectura profunda y silenciosa. La promesa que encierra la textualidad digital es la de hacer evidente el nexo que forzosamente une a todos los textos, sus dependencias e influencias sincrónicas y diacrónicas, de manera que todos los textos estuvieran de alguna forma potencialmente conectados, íntimamente relacionados.

 

Proyectos como el de I read where I am, leo allí donde estoy, tratan de explorar estas promesas todavía incipientes y embrionarias: “leo allí donde estoy”, dice el texto que explica la intención del proyecto, “contiene textos visionarios sobre el futuro de la lectura y el status de la palabra. Leemos en cualquier momento, en cualquier lugar. Leemos sobre pantallas, leemos en las calles, leemos en la oficina pero, cada vez menos, leemos un libro en nuestra casa sobre nuestro sofá. Somos, o nos estamos convirtiendo, en un nuevo tipo de lector. La cuestión es qué forma adoptará y cuál es la experiencia que uno desea obtener. Para responder a todo esto (y a otras cosas), hemos preguntado a personas con diferentes trayectorias, sujetas a los cambios mencionados”. Las aportaciones de los especialistas a los que se realizaron las consultas pueden encontrarse -para cundir con el ejemplo- en forma de texto editable, sobre el que puede comentarse e intervenirse, sobre el que cabe añadir glosas, apostillas y acotaciones para generar una conversación potencialmente interminable.

Bob Stein llama a esto el libro social: si las promesas que se adivinan tras la hipertextualidad son las que imaginamos, quizás debamos comenzar, efectivamente, a pensar que buena parte de la producción escrita pase, de ahora en adelante, por soportes y arquitecturas que no serán las que hemos conocido. De hecho, esa aparente democratización del comentario y la cita, de la exégesis y la interpretación, puede constitur el fundamento de una verdadera sociedad informada, digna del nombre de sociedad del conocimiento.
 

Puede que sí. O puede que no. Las preguntas que tendremos que respondernos a nosotros mismos en los próximos años son, precisamente, esas: ¿deben sustituir las nuevas textualidades a las anteriores? ¿desmienten o devalúan las promesas de las textualidades incipientes las que ya cumplieron las textualidades tradicionales? ¿sustituirá obligatoriamente la glosa hipertextual y colectiva a la lectura profunda y solitaria? ¿no deberían llegar a ser, más bien, complementarias en lugar de supuestamente antagónicas? Quizás sea capaz de ofrecer un atisbo de ello el próximo día 27, en la Biblioteca Nacional, en El libro como universo.

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Revistas culturales y jóvenes lectores

El National Literacy Trust, esa organización benéfica privada dedicada en el Reino Unido a la promoción de la lectura que tanta envidia me genera, ha puesto en marcha hace unos pocos días un nuevo programa de alfabetización: MagAid, acrónimo que suma dos sustantivos, Magazine y Aid, revista y ayuda o, dicho de otra manera, de qué manera pueden las revistas contribuir a la mejora de la alfabetización de los jóvenes en peligro de exclusión.

La ocasión la pintan calva, dice el refrán, y ahora, precisamente, que nuestras revistas (sobre todos los culturales, las que nutrían las hemerotecas de las bibliotecas públicas) pueden perder el poco contacto que les quedaba con sus escasos lectores (debido a los tijeretazos presupuestarios de los nuevos sastres de la cultura), quizás fuera el momento de redoblar el esfuerzo por acercarse a quienes deberían constituir el relevo generacional de sus potenciales lectores.

Necesitaríamos un young readers programm, un programa que valiéndose de las revistas culturales, presentes en los diversos ámbitos temáticos que pueden interesar a cualquier joven (cine, teatro, artes plásticas, literatura, etc.), acercara la riqueza de esas cabeceras a quienes necesitan (aunque no siempre lo sepan) formarse criterios sólidos sobre cuestiones que les atañen, más allá de las fuentes que puedan encontrar en la red. O ahora, mejor dicho, al mismo tiempo que las que puedan encontrar en la red, porque según nota de prensa recientemente publicada “la asamblea de socios de la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE) aprobó en su reunión anual, celebrada el 26 de abril en Madrid, la modificación de sus Estatutos que posibilitan, a partir de ahora, la incorporación plena a la entidad de todos los editores de revistas culturales, con independencia del soporte en el que publiquen”, algo que se caía hace ya mucho tiempo por su propio peso. No hace falta insisitir a estas alturas en que si uno pretende ser editor en el siglo XXI no cabe hacer distingos sobre el soporte en el que se ofrecen los contenidos.

Los jóvenes necesitan instrumentos que refuercen la formación de su juicio y de su criterio, en una lectura profunda de media distancia más allá de la navegación digital. Las revistas necesitan lectores, jóvenes lectores interesados por descubrir los pequeños tesoros que esas cabeceras pueden ofrecerles.

¿A qué estamos esperando para propiciar ese encuentro?

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La Digital Public Library of America

Robert Darnton explicó hace unos pocos días, en The 2012 Grafstein Lecture in Commnications, en una conferencia que llevaba por título “Books, libraries & the digital future“, que un proyecto de esta envergadura, que tiene como propósito poner a disposición de todos los norteamericanos (y de todos aquellos que posean, obviamente, una conexión a la red) el patrimonio escrito digitalizado de su país, más allá de las propuestas  y acciones de Google o de cualesquiera otro agente que pretenda intervenir en esa carrera, se construye sobre los siguientes cimientos: sobre la idea fundamental de que existe un patrimonio cultural compartido del que nadie puede ni debe apropiarse, un digital commons que debe promoverse mediante la creación de una biblioteca pública; que no puede dejarse en manos de los editores, de los editores científicos en particular, la gestión del conocimiento, porque ese es un patrimonio colectivo del que no puede privarse a nadie. Los editores no solamente no añaden ningún valor a lo que los científicos han escrito, sino que lo gravan, además, con suscripciones prohibitivas y limitaciones de acceso  y circulación, algo que carece por completo de sentido cuando los creadores poseen los medios, además, de distribuir el fruto de su trabajo. “Google book search”, dice Darnton, literalmente, “is dead”.

Y, finalmente, que esta iniciativa debe ser fruto de la colaboración público-privada, de un sistema distribuido de suma de colecciones,  y que su financiación es posible si las partes planifican, presupuestan y trabajan en pos de la construcción de un repositorio público y colectivo que asegure el acceso igualitario, algo particularmente interesante y reseñable en nuestra situación actual, donde los grandes proyectos de digitalización del patrimonio escrito corren a cargo de instituciones privadas sin ánimo de lucro.

Este sueño, asegura Darnton, proviene de la convicción que expresara Thomas Jefferson cuando pretendía que el acceso al conocimiento y a las ideas se diseminara sin límites ni restricciones, como una vela que puede prender la mecha de otra sin perder por ello su propia luz.

Ahora, casi dos siglos después, esa utopía verá la luz en abril de 2013, y el resto de las bibliotecas del mundo deberán tomar como referencia la inspiración, el ímpetu y la convicción que Robert Darnton transmite en esta conferencia.

Esta library for everyone es el sueño de una verdadera Alejandría digital exenta de adherencias comerciales y basada en una idea del bien común que se extiende a la cultura y el conocimiento. Habrá que tomar buena nota, aunque el temperamento nacional no suela prestarse a iniciativas de índole colectiva…

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El libro como universo

Ayer día 25 de abirl comenzó el ciclo de conferencias celebrado por la Biblioteca Nacional de España con motivo de su tricentenario. El título del ciclo lleva como nombre el sugestivo El libro como universo. En esa asimilación entre el libro y el universo que trata de representar, que a veces trata de sustituir, otras de suplantar y otras tantas de mejorar, se resume el espíritu del encuentro y de la celebración. Ayer, Marc Fumaroli, el primer invitado, defendió la pervivencia de los libros por su carácter sagrado, por constituir una referencia cultura y espiritual que trasciende el tiempo y el espacio. En eso me recordó a tantos escritos de George Steiner, sobre todo a aquellos en los que evoca el acto venerable de la lectura, momento para el cual se reserva un lugar específico, se elige un atavío elegante, y se dedica el tiempo necesario para sumergirse en las honduras del texto. Todas las cavilaciones de Steiner conducen a encontrar alguna transcendencia más allá del texto, porque su heurística no es ajena a la interpretación judía de la Torá, de quien busca palabras y verdades reveladas tras las líneas de un libro. Fumaroli no pertenece a la misma tradición interpretativa, pero prefiere la consistencia de la tradición, la defensa del universo conocido y de sus valores concomitantes, que la exploración de los nuevos territorios -tan desconocidos- que nos abren las nuevas tecnologías de la participación y la hipertextualidad.

El programa es diverso, bien construido por Sergio Vila-San Juan, que trata de ofrecer una visión poliédrica del mundo de los libros, atenta a su innegable tradición, abierta a los todavía experimentales escarceos de la narrativa transmedia y la hipertextualidad colaborativa. Porque aunque anímicamente uno tenga su corazón muchas veces puesto en el mismo lado que Fumaroli o Steiner, lo cierto es que para quienes sólo creemos en la inmanencia de las cosas (sin falsas o míticas trascendencias), los libros son una pieza histórica que convivirá lateralmente, en el futuro, con múltiples manifestaciones digitales que cambiarán -que ya están cambiando- forzosamente nuestra manera de crear, de leer, de pensar. Algo tan innegable e inevitable como cuando algún monje en el siglo XII decidió cortar las páginas de un papiro para encuadernarlas y fundamentar la arquitectura del códice o de los protolibros; como cuando, algún tiempo después, los textos continuos fueron separados en palabras y párrafos y eso diera lugar a una forma de razonamiento completamente distinta a la hasta entonces conocida.

Ni siqueira sabemos todavía cuántas de las promesas que encierran las textualidades digitales estaremos en condiciones de cumplir, pero de lo que sí estamos seguros es de que sucederán.

José Antonio Millán -pionero y adelantado de la reflexión digital en este país- y un servidor, tendrán el gusto de departir y discutir sobre todas estas cuestiones el jueves 24 de mayo a las 19.00 de la tarde, en la Biblioteca Nacional.

Marc Fumaroli

Marc Fumaroli

Miércoles 25 de abril de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia La república de las letras a cargo del profesor Marc Fumaroli. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas (Aire de Dylan) © Spiros D. Katopodis

Jueves 26 de abril de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos, entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia La levedad, ida y vuelta a cargo del escritor Enrique Vila-Matas. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Mario Vargas Llosa

Mario Vargas LLosa

Miércoles 9 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Conversación sobre libros, librerías y bibliotecas a cargo del escritor Mario Vargas Llosa. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Blanca Berasategui

Blanca Berasetegui

Jueves 10 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Los libros como muralla a cargo de la periodista Blanca Berasategui. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Sergio Vila-Sanjuán

Sergio Vila-Sanjuán / Fotografía de Lisbeth Salas

Miércoles 16 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Un oficio de caballeros: los grandes editores del siglo XX a cargo del periodista Sergio Vila-Sanjuán, coordinador del ciclo El libro como universo, organizado con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Andrés Trapiello

Andres Trapiello, marzo de 2010 / Fotografía de Guillermot

Jueves 17 de mayo de 2012, a las 19:00h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Literatura e imprenta en el siglo XX a cargo del escritor Andrés Trapiello. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca / Fotografía de José del Río Mons

Miércoles 23 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Ecos artúricos a cargo del poeta Luis Alberto de Cuenca. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Joaquín Rodríguez y José Antonio Millán

Joaquín Rodríguez

Jueves 24 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos . Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Paradigmas digitales o el futuro del libro. Encuentro entre el sociólogo Joaquín Rodríguez y el filólogo y novelista José Antonio Millán. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Libros para el 23

Quien tenga dos pantalones -decía George Christoph Lichtenberg en sus Aforismos, E78-, que venda uno y compre este libro. Me atreveré a adaptar aquel dardo a la festividad del día 23: quien ya tenga dos pantalones en su armario ropero, que venda uno de ellos y gaste el importe en comprar al menos uno de los libros que figuran a continuación. Son todos los que están pero no están, claro, todos los que son. Citaré sólo unos cuantos, imprescindibles, de los muchos que he tenido la suerte y oportunidad de leer en los últimos meses:

Alone together. Why we expect more from technology and less from each other, un libro de Sherry Turkle que tiene, en contra de lo que muchos piensan y han comentado, el valor de reflexionar retrospectiva y críticamente sobre lo que Internet prometía y no termina de cumplicar.

La información. Historia y realidad, un monumental repaso histórico a la historia de la conversió nde la información analógica en 0 y 1, al progresivo proceso de desmaterialización y digitalización y, sobre todo -al menos tal como yo lo he leído-, a la reiterada sensación de desbordamiento que los seres humanos han experimentado ante cualquier incremento histórico de la información a su disposición. Gleick, a mi juicio, se arruga al final y cuando debe hacer un pronóstico de lo que nos sucederá, resulta más titubeante y ambiguo en sus juicios que en los irreprochables argumentos que utiliza para analizar la historia de la infromación.

La sociedad de la ignorancia, título que quizás induzca a equívoco porque encierra todo lo contrario a lo que parece aludir y resulta ser las antípodas teóricas del libro de Turkle: Internet nos ofrece recursos inusitados en forma de herramientas, tecnologías y conocimientos que alteran radicalmente la relación entre los supuestos expertos y los hipotéticos legos. Internet encierra una promesa que está en nuestra mano cumplir: la de construir colectivamente una verdadera sociedad del conocimiento.

Antonio Lafuente y Andoni Alonso lo dicen con meridiana claridad en Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano: “aunque sea muy pronto para descorchar el champán y organizar grandes celebraciones por su éxito, hay abundantes signos de que lo más abierto, lo cooperativo, lo creativo, lo igualitario,las formas responsables de mezclar conocimientos y práctica, harán contribuciones importantes a la vida del siglo XXI”. Así será, sin duda, y contar para eso con el equivalente a la imprenta del siglo XV al alcance de todos, fundamenta esa esperanza.

Claro que los científicos profesionales, al menos algunos de ellos, perciben con espeluzno la posibilidad de que los legos, deslenguados y poliescritores, pretendan cuestionar los dictámenes científicos, al menos las consecuencias que su aplicación (o falta de ella) tiene sobre sus vidas, sobre su salud, sobre su bienestar. Construir el campo científico llevó unos cuantos siglos y, entre otras cosas, consistió en desarrollar los mecanismos para decidir qué era o no era ciencia, qué podía recibir o no el marchamo de verosimilitud científica que la comunidad le daba a un descubrimiento. Hoy, los legos, aupados a las herramientas digitales, cuestionan cosas como la continuidad de las centranes nucleares y los modelos energéticos basados en el carbón; la integridad de las instituciones financieras y la gestión de la crisis internacional; los peligros de las reiteradas crisis alimentarias globales o de la manipulación de los medicamentos, etc., etc., y todo eso molesta e incomoda al que alguna vez detentó el monopolio de la verdad. Michael Nielsen aporta ejemplos claros, en su Reinventing discovery. The new era of networked science, de la necesidad de reinventar la lógica del descubrimiento científico abriéndose a la colaboración y a la cogestión, es decir, a nuevas formas de participación ciudadana basadas en los mecanismos de la red.

El paréntesis de Gutenberg. La religión digital en la era de las pantallas ubicuas. Hay que leer a Piscitelli, para estar en acuerdo o en desacuerdo con él, eso da lo mismo, pero para dejarse llevar por sus invectivas, sus reflexiones, sus cavilaciones sobre un nuevo mundo digital que deja atrás el paradigma del códice y del papel y se adentra, titubeante todavía, en las bifurcaciones del texto digital y en las conversaciones de las redes sociales.

El Elogio del texto digital, de José Manuel Lucía es, por el contrario, un mesurado y equilibrado ejercicio de análisis de las modalidades históricas y contemporáneas del texto y sus avatares. Lo que nos traemos hoy entre manos, nos convence Lucía, no es tanto la variabilidad y obsolesencia de los soportes digitales como el surgimiento de una nueva textualidad, la digital, qe pone en evidencia, por una parte, la arbitrariedad de los límites de las textulidades tradicionales ligadas al libro en papel y, por otra, las infinitas posibilidades que se abren para correlacionar e interconectar los múltiples fragmentos de conocimiento que la humanidad ha ido generando a lo largo de la historia. Estamos en condiciones, entiendo en el texto de Lucía, de comenzar a pensar en plataformas de conocimiento que excedan los límites tradicionales de los volúmenes en papel promoviendo la interconexión transmedial de esa constelación de contenidos de la que disponemos. Ni la creación, ni la lectura, ni el estudio ni la crítica serán como fueron, pero eso no incomoda al autor, al contrario: le hace concebir un futuro próspero y esperanzados a imagen y semejanza del que anticipó Vannevar Bush. “El texto digital”, dice Lucía, “con sus capas de información, permitirá que avancemos en la construcción de nuevos modelos textuales. No cabe la menor duda. Pero el camino del futuro no es sólo tecnológico, sino que también incluye ser capaces de crear nuevos modelos de difusión y de relación de la información en los medios digitales, aprovechando sus ventajas antes que imitando los modelos analógicos”.

La respuesta, o al menos parte de ella, puede quizás encontrarse en un libro singular: Darse a la lectura, de Angel Gabilondo, una fenomenología de la práctica lectora con todas las virtudes y defectos de ese método filosófico: defectos, por que en toda descripción fenomenológica tienden a esencializarse rasgos de la práctica lectora que no son universalizables sino que suelen corresponder a las propiedades y características de un grupo específico de lectores que proyecta sus caulidades y propiedades sobre esa práctica; grandes virtudes porque pone al descubierto alguna de las profundas invariantes de la naturaleza de la lectura: que “aprender a leer y ejercitar ese saber es una forma extraordinaria de liberación”, la forma más aquilatada que conocemos para articular y vertebrar nuestras palabras y, por tanto, nuestra personalidad; la manera más aguda y penetrante que conocemos para acceder a otra modalidad de existencia, para recrearnos, para separnos de nuestras evidencias más cercanas y mundanas y darnos la oportunidad de ser otros.

Nadie que lea el imprescidible La cara oculta de la edición, de Martine Prosper (secretaria general del principal sindicato de la edición francesa, el CFDT Livre-Édition), que tenga algunos años de experiencia en el sector y que la costumbre, la inercia o el cinismo no le hayan adormecido por completo, podrá dejar de reconocerse en lo que enuncia y evidencia: la precariedad estructural del sector; la desprotección y la desconsideración progresivas de quienes trabajan en su creación, producción, venta y distribución; la inseguridad acrecentada de las condiciones salariales y laborales de buena parte de los profesionales que se ven obligados a aceptar una situación de puros menestrales; la inexistente conciencia y voluntad gremial, menos aún intergremial, en momentos donde es más necesaria que nunca; la contradicción que esa situación representa respecto a la supuesta naturaleza de un oficio que defiende los valores universales del humanismo.

Lichtenberg tambió dejó escrito: “Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?”. El mejor remedio contra las oquedades cerebrales es, sin duda, vender un pantalón y comprar un libro el próximo día 23.

Pd. Perdón, faltan dos joyas bibliográficas que no deben faltar en ninguna estantería: El paradigma digital y sostenible del libro y El Potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún y el conocimiento compartido.

 

 

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Artistas y empresarios culturales

Parece que cuando Ludwig Van Beethoven compuso la Misa en re, la Misa Solemnis, se enfrentó a dos problemas: uno el de llevar los registros de las voces del coro hasta extremos entonces desconocidos, hasta el punto de que muchos críticos tomaron los tomaron como herejías o desatinos; otro, que Beethoven ensayó dos maneras de  hacer comercialmente viable la obra, una innovadora, mediante la venta de los derechos de reproducción de las partituras a los editores, y otra más tradicional y conocida en el momento, que es la que acabó utilizando, mediante la suscripción y el mecenazgo del grupo de aristócratas que lo respaldaron.

Como muchos otros músicos del siglo XIX, Beethoven conocía los recursos mediante los cuales un músico podía ganarse la vida: convirtiéndose en maestro de capilla, siendo amparado por un aristócrata u, ocasionalmente, adiestrando a su distinguida prole en los misterios de la armonía musical. Esa realidad en declive, sin embargo, había comenzado a convivir con otra muy distinta: la de los adinerados burgueses que estaban interesados en revestirse del lustre cultural que les correspondía. No cabía pensar ya en que pudieran hacerse cargo personalmente de un músico, pero sí de fundar sociedades de conciertos y salas de audición donde, por medio de la venta de entradas, cualuqiera que pudiera pagarlas escuchara las composiciones de los grandes maestros. La misma idea del autor como genio irrepetible y autónomo tiene mucho que ver con ese nuevo contexto en el que el artista no depende ya, por completo, del mecenas que lo mantiene, sino que vende e interpreta libremente sus obras a quien quiera adquirirlas y escucharlas. Lo mismo que le pasaba a Beethoven le estaba ocurriendo a Flaubert.

Leo todo esto -con fruición, porque se trata de un inédito rescatado, de una mínima joya encontrada en el arcón de las conferencias que Pierre Bourdieu pronunció a lo largo de su vida sin necesidad de que fueran transcritas o editadas- en Breve improntu sobre Beethoven, artista empresario, y  encuentro un parangón obvio con la época en que vivimos: “la particularidad de la fase de transición es que hace coexistir dos categorías de posibilidades que normalmente se excluyen”, dice Bourdieu, “pero que es posible acumular a condición de querer y saber conciliarlas prácticamente”. Beethoven fue, en eso, un artista que comprendió que la viabilidad de su música dependía del modelo de financiación que utilizara para desplegarla; más aún, que la evolución orquestal que su música requería demandaba salas de audición y despligue de instrumentos que un añejo músico de cámara no hubiera podido utilizar. De ahí que asumiera naturalmente esa doble condición de artista y empresario, porque no cabía concebir la evolución de su trabajo artístico al margen de su fundamentación empresarial.

Hoy vivimos, exactamente, en una nueva fase de transición donde se suman e influyen mutuamente los cambios en el tipo de público, en la naturaleza de la demanda, en la clase de oferta que se les propone. Si antaño Beethoven vivió la transición entre la aristocracia y la burguesía, la música de cámara y la orquestal, la interpretación en recintos privados o en salas de audición, el mecenazgo y la compra de entradas, hoy nos debatimos entre los viejos hábitos de lectura y de compra, de creación y comunicación, y las nuevas modalidades de creación, lectura y difusión que nos abre el universo digital.  “Beethoven fue”, dice Bourdieu, “un gran innovador músical porque fue un gran empresario innovando a la vez en el plano músical y en el económico”.

Es ahí donde, quizás, debamos concentrarnos: “hoy los editores no están ya en el negocio de superar la escasez sino de manufacturar la demanda. Y eso significa que casi todas las innovaciones en creación, consumo, distribución y uso de los textos llega desde el exterior de la industria editorial tradicional”, dice Clay Sharky en una recomendable entrevista: How we will read.

¿Comó será ese público, y los productos que demanden, el tipo de contenidos y creaciones que deseen consultar, la forma en que querrán consumirlos?

Habrá que esforzarse, en esta era de transición, en imitar la inteligencia artística y empresarial de Beethoven.

 

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Manifiesto por unas humanidades digitales 2.0.

El departamento de Digital Humanities & Media Studies de la Universidad de California (UCLA) ha lanzado a la red The Digital humanities Manifesto 2.0, un manifiesto por unas nuevas humanidades cuya forma de concebir, generar, distribuir y utilizar el conocimiento no sea ya, únicamente, la de la cultura impresa, sino la de una hibridación de medios donde lo impreso quede absorbido en una amalgama digital de modos de comunicación, de nuevas modalidades de discurso académico y de circulación del saber que exceden los estrechos canales que el papel imponía.

El texto comienza de la siguiente manera:

“Las humanidades no son un campo unificado sino un conjunto de prácticas convergentes que explorar un universo en el que: A) lo impreso no es ya el medio exclusivo o normativo en el que el conocimiento es producido y/o diseminado; al contrario, lo impreso es absorbido en nuevas configuraciones multimedia; y B) las herramientas, técnicas y medios digitales han alterado la producción y diseminación del conocimiento en las artes, las humanidades y las ciencias sociales. Las Humanidades Digitales tratan de jugar un papel inaugural en lo que respecta a un mundo en el que, no siendo ya los únicos productores, administradores y diseminadores del conocimiento o la cultura, las universidades están llamadas a desarrollar modelos de discurso académico nativamente digitales destinados a las esferas públicas emergentes de la presente era (la www, la blogosfera, las bibliotecas digitales, etc.), a modelar la excelencia y la innovacion en estos dominios, a facilitar la formación de redes de producción del conocimiento, de intercambio y diseminación que son, al mismo tiempo, globales y locales”.

Si a esta indiscutible realidad se suma el hecho de que en el ámbito de la ciencia el prestigio y el reconocimiento de la propia comunidad es el tipo de capital más apreciado, que el renombre es la moneda que circula en ese restringido ámbito de prácticas muy especializado, hacer circular el conocimiento de manera abierta y sin restricciones es, qué duda cabe, la manera más pertinente en que los científicos pueden y deben usar la potestad que la Ley de Propiedad Intelectual les atribuye. El manifiesto dice, a este respecto:

“Lo digital es el ámbito del open source, de los open resources“, y lo dejo en inglés porque el juego de palabras resulta intraducible, de los recursos y las fuentes abiertas si nos conformáramos con una traducción literal. “Cualquier cosa que pretenda cerrar este espacio debería ser reconocida como lo que es: el enemigo”, y esta reclamación de independencia radical de la web como espacio de creación y diseminación del conocimiento abierto, como procomún o plataforma pública de circulación del saber, está formulada por la Universidad que ocupa el puesto decimoctavo en el ranking mundial de universidades, tal como nos muestra el laboratorio de Webometrics. Sorprende, incluso, la radicalidad de su formulación, acostumbrado como uno está a las timoratas reacciones de los científicos españoles, a su desentendimiento digital y su bovina adoración del ISI y los índices de impacto: “afirmamos, por eso”, aducen los redactores del manifiesto, “el valor de lo abierto, de lo infinito, de lo expansivo, de la universidad/museo/archivo/biblioteca sin muros, de la democratización de la cultura y de la erudición”.


Incluso su interpretación del copyright y de las prácticas insurgentes a las que conminan a los científicos, son casi insólitas (no en los círculos de acérrima defensa del copyleft, pero sí en los de la ciencia, no digamos ya en los de la creación): “Los humanistas digitales”, dice el manifiesto, “defienden el derecho de los elaboradores de contenidos, sean estos autores, músicos, codificadores, diseñadores o artistas, a ejercer control sobre sus creaciones y a evitar explotaciones desautorizadas; pero este control”, afirman, “no debe comprometer la libertad para reelaborarlos, criticarlos y utilizarlos para propósitos de investigación o educación. La propiedad intelectual debe abrir, no cerrar, el intelecto, el procomún”. Quizás sea excesivo equiparar las prácticas científicas y el uso de la propiedad intelectual que de ella se deriva con el resto de las prácticas vinculadas a la creación artística, pero el reto intelectual, el debate, son pertinentes.

“Las humanidades digitales”, dicen los autores del manifiesto, “deconstruyen la materialidad misma, los métodos y los medios de la indagación y las prácticas humanísticas”. Y a lomos del tsunami digital, como jinetes de una ola imparable, invocan a una forma de insurrección que tiene como objeto “hackear el viejo sistema jerárquico universitario e inventar algunas nuevas mixturas por nuestra cuenta”.

¿Dispondremos alguna vez de una formulación similar que provenga del ámbito académico español, de una reconsideración de las prácticas académicas y científicas, de generación y diseminación del conocimiento, a la luz de las prácticas digitales?:  Antonio Lafuente, Alberto Corsín y Adolfo Estalella se proponen en el Hacking Academy Studio reflexionar, precisamente, reflexionar sobre estas prácticas activamente, proporcionando a quien entienda que debe obrar digitalmente, las herramientas que le permitan cambiar su manera de hacer y comunicar.

El próximo 23 y 24 de abril discutiremos de todos estos extremos en el encuentro internacional Cologne Dialogue on Digital Humanities.

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