Los libreros en la tormenta o por qué se equivocan de enemigo

Hablamos mucho de Google, de su programa de digitalización, de lo que eso puede suponer para la industria editorial, de sus aspectos técnicos, económicos y legislativos, pero, ¿alguien ha reparado que Amazon, el gran librero de la red, lleva haciendo lo mismo durante años?

Si somos usuarios de internet y compradores habituales de Amazon -yo lo soy, y las recomendaciones que me hace como cliente habitual suelen ser pertinenetes y acertadas- sabremos ya que desde hace tiempo disponemos de un servicio adicional que en inglés de denomina “Search inside” y en francés, a partir de ahora, ”chercher au coeur”, más poético que su antecedente anglosajón. El servicio que se nos ofrece es, en mi opinión, extremadamente útil e interesante porque reproduce virtualmente la posibilidad de escrutar el interior del libro, al menos la primera y cuarta de cubierta, la página de créditos y el índice de la obra, de manera que reproducimos en la red, parcialmente, una experiencia que hasta ahora sólo podíamos realizar en la librería tradicional. Para que eso sea factible, claro, la multinacional debe firmar con los editores acuerdos que les permitan digitalizar previamente sus libros para mostrar públicamente sólo aquella fracción que se establezca de mutuo acuerdo. No veo en esto irregularidad jurídica alguna y sí un beneficio para editores y lectores, y no comprendo por qué debería vedarse a una librería virtual el permiso para valerse de una experiencia -la del encuentro íntimo entre el lector y el libro que desea adquirir- que realizamos habitualmente, sin cortapisa ninguna, en las librerías habituales.

Los libreros franceses, sin embargo, no lo comprenden así. En un reciente artículo aparecido en Livres Hebdo, titulado Amazon au coeur de la tourmente y en otro previo de la misma índole, Tous chez Amazon.fr, se nos informa que las editoriales Dargaud, La Découverte, Ellipses, Les Belles Lettres et Le Petit Futé han firmado acuerdos con el librero virtual para que los usuarios puedan hojear sus libros sujetándose, puntualmente, a la Ley de protección de la Propiedad Intelectual. No estaría de más recordar que la tecnología existe ya aplicada en entornos similares que no son Amazon ni Google, que la British Library la aplica a sus tesoros bibliográficos con Turning the pages, y que mientras no se incumpla la legalidad en materia de protección de derechos, otros vendrán que tarde o temprano lo hagan.

En el diario Le Monde, como contestación a los acuerdos firmados que consideran desleales, los vicepresidentes del SLF (Syndicat de la librairie française), apareció un artículo titulado Les librairies dans la tourmente donde se exponen, básicamente, tres quejas, dos sin fundamento y otra sujeta a negociación: en primer lugar, tratan de distinguir entre libreros profesionales y comprometidos y librerías virtuales, distinción banal si tenemos en cuenta que hoy por hoy son sólo éstas últimas quienes tienen posibilidad de exponer y recomendar la gigantesca oferta de novedades y de fondos editoriales que se publican en un país; en segundo lugar, el hecho de que se hayan llegado a acuerdos completamente legales para la digitalización de páginas que podrán visualizarse en la red, entra dentro de lo que un usuario puede esperar de su librero y sólo se comprendería que se prohibiera esta actividad si a partir de la misma fecha todas las librerías normales recibieran los libros retractilados y ningún comprador pudiera abrirlos antes de adquirirlos; en tercer lugar, y es ahí donde debe caber la negociación y se puede comprender parte de la indignación, las condiciones comerciales que impone Amazon en descuentos y en tarifas de envíos son mucho más bajas que las que un librero independiente pueda nunca recibir pero, ¿alguien se ha parado a pensar que eso ocurre, de la misma manera, exactamente igual, en el mundo palpable y real, que la FNAC o El Corte Inglés o cualquier otra gran cadena de librerías lleva años imponiendo condiciones comerciales ventajosas para ellos y adversas para los pequeños libreros? Cabe, claro, que los editores reflexionen y que caigan en la cuenta que es ventajoso para todos que el tejido de librerías esté bien irrigado para que los libros lleguen a cualquier lugar, pero en absoluto podrá tratarse nunca de una obligación legislativa.

El pequeño librero independiente se enfrenta a multitud de problemas y su figura y su misión no serán nunca lo suficientemente reconocidas, pero se equivocan de enemigos y yerran en sus denuncias e imputaciones. La superproducción editorial, los márgenes de descuento, el trato desigual que les dispensan las grandes editoriales, el incremento del precio de los alquileres en los centros urbanos, la falta de lectores, la tecnificación cada vez más necesaria para gestionar el negocio son aspectos que deberán resolverse al margen de un fenómeno positivo e imparable, el de la digitalización y difusión públicas de los contenidos.

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