Luces y sombras del Proyecto de ley “De la lectura, del libro y de las bibliotecas” (I)

Toda la comunidad editorial venía reclamando hace ya tiempo la renovación y puesta el día de una Ley del Libro envejecida y estrecha, propia de un contexto predigital, ignorante de los problemas estructurales que aquejan al sector y ajena a las preocupaciones del fomento de la lectura.

Bienvenido sea, cómo no, el esfuerzo por dar solución en una nueva Ley del Libro -que deberá ser todavía sometida a la aprobación del pleno del Congreso- a tres, al menos, de las grandes y complejas cuestiones que acucían al libro y a quienes viven de él y para él. No todo, claro, son luces o aciertos y, aunque no me atrevería a llamarlo desaciertos, sí es posible que algunos puntos hayan sido redactados con cierta tacañería o encogimiento, como dicen que les pasa a los jugadores de tenis cuando no extienden con la suficiente fueza y desenvoltura el brazo al sacudir a la pelota.

La anterior Ley del libro, casi preconstitucional, era predigital y en ella no podía caber otra concepción o definición del libro que no fuera la que se ajusta a su formato tradiconal, la que se conforma con sus límites físicos, incapaz de prever, naturalmente, que llegaría un día en que esos contornos estallaran e hicieran completamente insuficiente la concepción y definición previas. La definición de libro que la RAE todavía proporciona es propia del siglo XV, porque se ajusta o se acomoda a su referente físico tradicional sin reparar en que una vez que un contenido se digitaliza y se convierte en una suerte de fluido transferible, transportable, fragmentable, divisible, recombinable y susceptible de ser editado en cualquier clase de soporte -en el propio papel pero, también, en cualquier clase de soporte preparado para albergar contenidos digitalizados-, sería inconsecuente conformarnos con una definición tan estrecha, como si intentéramos limitar la definición de automóvil a una sola marca.

La nueva Ley, consciente de la necesidad de expandir el alcance de la definición, propone la siguiente: “Libro: obra científica, literaria o de cualquier otra índole que constituye una publicación unitaria en uno o varios volúmenes y que puede aparecer impresa o en cualquier otro soporte susceptible de lectura. Se entienden incluidos en la definición de libro a los efectos de esta ley los libros electrónicos y los libros que se publiquen o se difundan por Internet o en otro soporte que pueda aparecer en el futuro, los materiales complementarios de carácter impreso, visual, audiovisual o sonoro que sean editados conjuntamente con el libro y que participen del carácter unitario del mismo, así como cualquier otra manifestación editorial”.

Esta propuesta nos traslada, atinadamente, a un contexto editorial de plena actualidad, donde hablamos de contenidos y de canales de distribución -sean estos cuales sean-, donde los textos pueden fijarse de muy distintas formas y maneras, sin que sean mutuamente excluyentes, lo que obliga al editor actual a pensar desde el inicio en la manera más adecuada y pertinente de difundir la materia prima con la que trabaja.

Mi única objeción intelectual es, ¿de qué manera definimos, entonces, a una obra colaborativa en línea que no tiene fijación en papel y de la que no cabe decir, propiamente, que forma una publícación unitaria porque se expande inacabablemente por medio de los hiperenlaces? ¿Qué definición cabría dar a una obra que es fruto de la agregación o adición de fragmentos extraídos, a su vez, de otras obras inicialmente unitarias, como puede hacerse en Safari Books o en Questia? ¿Qué nombre le damos a un texto que haya sido generado a partir de la suma de fragmentos obtenidos mediante agregación RSS de muy diversas y heterogéneas fuentes? ¿Es un libro un  microrelato enviado a un móvil? ¿Debemos inventarnos un nombre que abarque estas nuevas morfologías textuales o debemos extender el alcance semántico de un término que ya conocemos? Nada tan apasionante -ya lo sabían Adan y Eva- como dar nombre a las cosas.

Y, a propósito de bautizos y denominaciones: ¿cómo esperan, los redactores del borrador de la Ley del Libro, que utilizando la vigente normativa de Depósito Legal e ISBN (aun con trece cifras), quepa contener o designar los productos editoriales fruto de la sindicación, la agregación o las obras derivadas?

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