Editores (inde) Pendientes (I)

Estos días se celebra en la FNAC un encuentro que, con el título de Editores para nuevos tiempos, pretende dar a conocer el trabajo de alguna de las editoriales más pujantes e innovadoras de los últimos años. En sus manos está, al menos, uno de los futuros del libro.

Quizás convieniera, a estas alturas, dejar de hablar de editores independientes, término cada vez más vago y poco representativo, y sustituirlo por el de “Pendiente”, porque si algo caracteriza a las atrevidas y a veces algo impetuosas nuevas propuestas editoriales, es su condición de “pendientes”, en su doble acepción: suspendidos y hasta colgados, por una parte, y atentos y ojo avizor, por otra.

El común denominador de los editores que intervinieron ayer en el encuentro -Gadir, Nóridica, Sexto Piso y Rey Lear- podría ser el de estar pendientes:

Haciendo de la debilidad fortaleza o de la necesidad virtud, los editores pendientes convierten su recortada soberanía en su principal capital.

Y un sólo aviso para navegantes: el último informe de la Unión Europea sobre la salud del sector editorial advierte que es tan fácil convertirse en editor como dejar de serlo, que la aventura intelectual durará siempre y cuando el editor no desdeñe el fundamento empresarial de toda actividad económica… Y el mero voluntarismo o el abierto desdén hacia esa fastidiosa dimensión, no son los mejores acompañantes en ese difícil trayecto.

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Comentarios

Por pequeños que sean, no pueden pasar desapercibidos: será que cuando la mirada es fina y detallada (y si me permiten, con gusto), consigue sumergirse en dimensiones de hormiga donde la más mínima colilla parece un rascacielos…

No sé si hablo desde mi condición de aprendiz de (pequeño) editor; desde mi ser-filósofo, al menos de título; como un escritor que sueña que es escritor; o desde la simple pasión que sigo aún hoy encontrando en la lectura. Quizá hable como todos ellos a la vez… Pero estos encuentros han sido la oportunidad de conocer otra perspectiva del mundo del libro, con distintas motivaciones y no menos dificultades.

Hubo una pregunta que se quedó rondando en mi cabeza, aunque de alguna manera me contestaron indirectamente: la pequeña edición, ¿por ocio o por negocio? Y siguiendo con este simple juego de palabras, me gusta entender el neg-ocio como la negación del ocio. Y como deseaba oír, y haciendo una falsa generalización, es más la vocación e ilusión por difundir lectura de calidad que una necesidad de vivir de ello (mejor vivir ‘con’ ello, ‘por’ ello, ‘para’ ello… ¡son tantas bellas preposiciones!)… Como bien comentas, es imprescindible que, en tanto empresa que tiene que mantener su posición de juego dentro de un mercado, no se deben olvidar las arcas que siguen permitiendo continuar un particular proyecto editorial. Pero resulta esperanzador –y permitidme la ingenuidad o, como ya me han acusado varias veces, el ‘romanticismo editorial’– seguir atisbando brillos de autenticidad en una labor que para mí exige más cariño que perversión económica.

Los jóvenes y pequeños editores se sienten realmente independientes: y precisamente porque están (un poco) más allá de la red que hoy lo cubre todo, haciendo de ese ‘todo’ lo ‘mismo’. Son jóvenes, y en el fondo, no dejan de sentir esta experiencia editorial como un juego: nada arriesgan, más se gana con la satisfacción de un trabajo bien hecho. Y son pequeños, por eso pueden escaparse y jugar al escondite por los discretos agujeros que deja el tejido de la red. Tienen que estar tan cerca de esa realidad, que puedan aprovechar sus fallos –nuestras oportunidades. Tan de-pendientes que ‘pendan de’ un imperceptible hilo: eso podría querer decir in-dependiente. Tan cerca de la mirada del mercado, tan dentro de su calculada visión, que se vuelven in-visibles a ella, ajenos a lo que pueda alejarles de un trabajo que sienten como puro placer.

Y siempre en peligro mortal: pues el peligro es el principal catalizador de la vida.

Aún queda mucho por hacer en este mundo editorial. Sigamos juntos, pues.

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