Editores (inde) Pendientes (y II)

¿Qué le lleva a uno a editar, a querer convertirse en editor y a padecer úlceras sangrantes? ¿Por qué hay que alimentar continuamente a la bestia? ¿Por qué son muchos de los jóvenes editores literarios incompatibles con la red, por qué su modelo de futuro del libro no es compatible con otros futuros alternativos? Estos y otros interrogantes se suscitaron en la última sesión de Editores para nuevos tiempos.

Sería mejor que editar siempre fuera fruto de una necesidad, como defendió desde el público Mili Hernández, de Editorial Egales, de una necesidad presentida, de una necesidad estructural que se desea satisfacer, de un encuentro afortunado entre un público lector a la busca de un tema o de una identidad y de un editor deseoso de transmitir esas ideas necesarias. Ojala fuera siempre así porque, aunque pequeños y pendientes, en esa estrecha y necesaria alianza radicaría siempre el éxito del proyecto editorial. La especialización -como en gran medida sostuvo Páginas de Espuma- parece, en gran medida, una posible solución, restringir temáticamente el espectro de la editorial, también el de potenciales lectores, en beneficio de una aventura sostenida y compartida a lo largo del tiempo.

José Pons, fundador y resuelto editor de la Editorial Melusina, quizás el más caústico y realista de todos los invitados, señaló una de las irresolubles paradojas del oficio editorial nombrándola por su nombre verdadero: alimentar a la bestia: para sobrevivir en el mercado editorial es necesario producir más títulos de los asumibles, estando más presente en las librerías de manera que las novedades financien las devoluciones, en un círculo vicioso interminable dentro del que se esconde una bestia que abre sus fauces y amenaza con tragarse a los pequeños editores. ¿Hay soluciones para este problema, además de dejar de editar? No y sí, o sí y no: para los editores literarios me temo que será difícil porque, si uno aspira a que contenido y continente se respalden y fortalezcan mutuamente, creando bellos objetos que hablen del libro, como pueda ser el caso de la Editorial Funambulista, no cabe utilizar la modalidad de descarga de la red, porque se perdería por el camino la mitad de la identidad editorial; otra cosa sería, claro, el uso de la red como escaparate literario y como tienda virtual, cuestiones que no conviene desdeñar y sí practicar. En el caso, sin embargo, de editoriales ensayísticas, como pudiera ser el caso de la Editorial Abada (sin web, qué le vamos a hacer) o de Katz Editores, cabría ensayar la descarga directa de determinados títulos cuyo contenido podría disociarse bien de su continente sin que perdiera aliciente alguno (además de procurar la venta como canal alternativo).

Editar es, tras escribir y leer, la cuarta actividad más placentera que pueda practicarse (me callo la primera).

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