¿Un mundo sin propiedad intelectual?

La creación de la web llevaba la simiente de la emancipación, la raíz de la potencial autonomía de los creadores y la subversión de los sistemas predigitales de control de la propiedad intelectual. A lo que la web ha propiciado se le puede aplicar con justicia una descripción de corte marcialmente marxista: ha devuelto a los creadores la propiedad de los medios de producción y con eso, virtualmente, las llaves de su manumisión. 

Con las herramientas de edición digital que publican directamente en la web -como este mismo gestor de contenidos o blog que estoy utilizando ahora mismo-, cabe la posibilidad cierta de renunciar a las intermediaciones tradicionales, a la intercesión de editores o distribuidores, para acceder al público lector interesado en una materia determinada. Y digo solamente cabe, porque no estoy seguro que en este océano de información deslabazada y desestructurada la labor de refinamiento, filtrado y depuración que los editores ejercen deje de ser necesaria. La cuestión, más bien, estribaría en saber si existirán en algún momento mecanismos automatizados que nos permitan prescindir de esos servicios humanos (todo apunta, como el nuevo buscador de la Wikipedia apunta, a que el criterio de valoración y evaluación humano no sólo no desaparecerá, sino que se convertirá en imprenscindible en la red).

En cualquier caso, la red es un laboratorio que está poniendo a prueba el rígido corsé del copyright, del derecho exclusivo a copia, bien porque los autores renuncien explícitamente a la exclusividad de ese derecho, bien porque el intercambio entre particulares de contenidos digitalizados mediante programas P2P -siempre que no exista ánimo de lucro- no pueda catalogarse como delito, bien porque en la generación colectiva y anómia de las obras se esté resquebrajando en cierta medida la figura del autor.

Joost Smiers, autor del libro Un mundo sin copyrigth. Artes y medios en la globalización, se pregunta, con legitimidad y pertinencia, por la congruencia de un sistema para él periclitado. Y lo hace con acierto y con desacierto, según sea el tema que aborde: atina sin duda cuando destapa el oligopolio occidental sobre el copyright, cuando lo analiza como el mecanismo que la pontente industria del entretenimiento utiliza para controlar los canales de distribución y, con ellos, los de la posible venta y rendimientos derivados. Es cierto, como los juristas dicen, que es necesario encontrar ese punto de equilibrio entre los derechos inalienables a la compensación de los esfuerzos individuales y el libre disfrute de la comunidad, pero cuando uno visualiza el mapa en que se recogen los desiguales ingresos provinientes de la explotación de la propiedad intelectual, uno empieza a pensar que lo que Smiers argumenta es cierto:

“las compañías que poseen enormes cantidades de obras bajo copyright pueden, si así lo deciden, proscribir actividades culturales más débiles, no sólo del mercado, sino de la atención del público general” o, también, “grupos cada vez más reducidos de entidades cada vez más grandes y más poderosas poseen los derechos exclusivos de cada vez más obras en los campos de la literatura, el cine, la música y las artes visuales”. La perversión se agranda, además, si quienes controlan la industria cultural poseen el control -o tienen alguna clase de participación- sobre las tuberías de la red, sobre las autopistas de la información, y puedan acabar imponiendo filtros de acceso en función de tasas o cuotas selectivas de ingreso.

Pero si es verdad que las grandes industrias culturales pueden llegar a arrinconar o a postergar a las manifestaciones culturales minoritarias, empobreciendo el patrimonio cultural común, también es verdad que la solución al problema de la concentración es difícílmente resoluble, y es ahí donde Smiers propone alternativas excesivamente ingenuas: si un lector no dispusiera de alguna referencia, filtro o tamiz que garantizara la calidad de la información que consulta, fuera del tipo que fuese, no habría posibilidad de distinguir o diferenciar entre lo extraordinario e insignificante, y esa destilación la seguirán ejerciendo los editores -como el suyo, Gedisa, dicho sea de paso-, los sitios institucionales -como la Public Library of Science-, las agrupaciones de bitacoras en torno a temáticas diversas -como madrimasd-, etc. No cabe lanzar el mensaje a la web y esperar que sea valorado y ponderado en la misma medida que otro garantizado y respaldado por personas o entidades capacitadas para hacerlo. La libertad de difusión es teóricamente posible, pero el peso y transcendencia del mensaje no, y es ahí donde vuelve a entrar en liza la propiedad intelectual.

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Comentarios

No estoy de acuerdo con que al público se le deban ofrecer productos tamizados porque carezca del suficiente sentido para distinguir lo bueno de lo malo. Creo que esto es subestimar al lector y asumir que sólo consume literatura de mala calidad. Además, el filtro que ejercen las editoriales no es tampoco una garantía de calidad. Tal vez algunas empresas se rijan por estándares de calidad pero no son ni la mayoría ni las más poderosas y vendedoras, que ofrecen sólo literatura "desechable".

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