Hiparco, Condorcet y los derechos de autor

Se acerca el fin de semana y me atreveré a hacer dos recomendaciones para comprar en la Feria del Libro de Madrid, dos libros que, uno indirectamente y otro directamente, hablan de libros, de la concepción de la autoría y de la génesis de los derechos de autor.

Ayer por la noche, leyendo un libro que en apariencia nada tiene que ver con la edición, encontré el párrafo siguiente:

El tratado de Hiparco [se refiere a Sobre la alegría o el bienestar], podría provenir de imitaciones, género muy practicado en la época antigua, en la queno existían el culto a la propiedad literaria, la pasión del derecho de autor ni la religión de la novedad, todo lo cual ha conducido al hábito contemporáneo de citar entre comillas. En aquella época en que se reconocía la autoridad de un maestro, cualquiera se apoyaba abiertamente en sus tesis para escribir una obra a su manera y firmarla con su propio nombre sin que nadie le acusara de plagio. Abundan los “seudo”, y es menester deshacer el ovillo: un texto firmado por Platón no es forzosamente de Platón, pero seguramente procede de su inspiración, pese a la cantidad de distorsiones que haya podido cometer la subjetividad del epígono.

Se trata del extraordinario y muy recomendable Michel Onfray, en su Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía I, un libro tan enérgico y clarividente como sus obras restantes, en este caso con una alusión a la inexistencia de la noción de autor y autoría tal como la intepretamos hoy.

LIBROS - LAS SABIDURIAS DE LA ANTIGÜEDAD

El segundo libro que me atreveré a recomendar para hacer buen uso de los paseos por el parque del Retiro, es el editado por Roger Chartier, ¿Qué es un texto?, libro que recoge el ciclo de conferencias que en torno a esta materia se impartió en el Círculo de Bellas Artes en noviembre de 2005. Extraígo un fragmento de la reflexión de Chartier sobre la génesis de la idea de autor, que todavía en el siglo XVIII, veinte siglos después de las obras de Hiparco y Platón, resultaba polémica, todavía inconcebible para algunos:

Para Diderot, la propiedad de los autores sobre sus obras es un derecho legítimo e inalienable, salvo para ellos mismos; para Condorcet, es una pretensión nociva contraria la interés general. Al remitir a dos definiciones incompatibles de lo que es una obra -expresión de un genio singular el primero, vehículo de verdades universales para el segundo-, la oposición traduce también que las relaciones establecidas por Diderot y Condorcet con el mundo de la edición eran muy diferentes. Entre el escritor que vivía de su pluma y el Marqués que gozaba de sus rentas, en efecto, existen pocos rasgos comunes. La legislación revolucionaria intentará conciliar sus tesis, sin embargo incompatibles, reconociendo, al mismo tiempo, la propiedad de los autores (y de sus herederos) sobre sus obras y el interés de la nación, que exige que el derecho de los autores sea severamente limitado en el tiempo, primero a cinco años con el decreto del 13 de enero de 1791, luego a diez con la ley de julio de 1793.

Que compren bien, y que reflexionen mirando las casetas y a los autores que firman dentro, de paso, sobre la provisionalidad histórica del concepto de autoría, sobre su reciente aparición en muchos siglos de historia humana y sobre su propable naturaleza transitoria.

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Comentarios

no me gusto el libro e entero de fome lo odio es lo mas aburrido que e leido

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