El libro sin atributos

Soy, como cualquier lector improbable de este blog sabe, un acérrimo defensor del proyecto de Google Book Search. En realidad, de casi cualquier iniciativa digitalizadora que ponga en manos de los usuarios la posibilidad de disfrutar del patrimonio cultural de la humanidad. Ocurre, sin embargo, que con ese ímpetu digitalizador no se ha reparado convenientemente en que algunos dispositivos textuales de los viejos libros en papel no deben ser, sencillamente, eliminados en supuesto beneficio de la accesibilidad universal. Google parece haber errado en eso. Así lo desvela el artículo de de Paul Duguid, “Inheritance and loss? A brief survey of Google Books“.

First Monday

Para saber algo sobre los posibles futuros del libro, es conveniente saber algo sobre su pasado y su evolución, y no parece que los ingenieros de Google hayan sido especialmente precavidos y cautos en este asunto. Todos los que vivimos del libro y para el libro sabemos que los dispositivos textuales inventados con el códice y posteriormente -la paginacion, la divisón en volúmenes, la tipografía y sus variantes, el arte de la puesta en página, en fin- contribuían de manera fundamental a conformar el objeto libro, a dotarle de una personalidad propia, de manera que el texto y su representación formaban una sola cosa, que la manera en que el medio se engalane contribuye a que el mensaje denote una u otra cosa (por poetizar imprudentemente lo que McLuham ya dijo más llana y pulcramente hace tiempo). La tipografía no es, meramente, un ornamento prescindible, tampoco los hitos de la paginación o la manera en que los folios se presentan o expresan; menos aún las partes o divisones internas que conformen la anatomía del libro, que constituyan su cuerpo, inseparable de su alma, que sería el texto o el contenido.

Pues bien: el artículo mencionado saca a colación, entre otras muchas cosas, que Google Book Search ha prescindido -para aplicar más diafanamente su potentísimo algoritmo de búsqueda- de muchos de esos dispositivos textuales inventados a lo largo de los siglos, enajenándolos no sólo de su personalidad o más íntima esencia, sino incurriendo, en algunos casos flagrantes -como el de las distintas versiones y ediciones del Tristram Shandy-, en pura amputación que desordena y descuajeringa la obra, convirtiéndolo en un libro sin atributos.

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Quizás el futuro de los libros pase por conocerse y respetarse mutuamente, conservando y mejorando lo que ya existe, incorporando e implementando lo que ahora se inventa.

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Comentarios

Que susto, creí q estabamos hablando de Musil.

Me sonó fatal la propuesta.

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