Redefinir el diccionario

En el dominical de El País del día 9 de septiembre pudimos leer la noticia de que el nuevo María Moliner ya estaba aquí, que la nueva edición había procurado incluir nuevos términos propios de un país más rico y más mestizo, y no me cabe duda alguna de que así se ha hecho, porque la naturaleza de los diccionarios, de los diccionarios en papel, por precisar, es la de envejecer de forma acelerada y, también, la de constituirse en censor e interventor de lo que debe o no admitir en sus páginas de papel. Pero, ¿y si el papel fuera, un lugar de un amigo, un enemigo de los diccionarios, casi un antagonista de la función para la que deberían ser empleados? Esa sospecha, que muchos ya la albergábamos, es la que expone, de manera más tajante, Erin McKean, una brillante lexicógrafa norteamericana.

Vale la pena hacer el esfuerzo de seguir durante los dieceseis minutos que dura el video la intervención de Erin McKean, que mantiene un blog para los amantes de la lexicografía y vicios afines, la evangelista de los diccionarios, y que apuesta por un futuro de diccionarios sin papel, de diccionarios exentos y desencadenados del lastre del papel, incluso de los soportes magnéticos lastrados por el mismo problema que el papel, el de su casi imposible renovación o cambio. Imaginemos que en cada uno de los seis millones de volumenes modernos que alberga la vapuleada Biblioteca Nacional encontráramos una palabra que no estuviera previamente definida; que en cada uno de los periódicos o blogs que se publican hoy en la red, apareciera un sólo neologismo sin definición. ¿Sería aceptable que esos millones de palabras no ocuparan nunca un lugar en un diccionario porque no hubiera encontrado su lugar, su sitio, por falta de espacio o porque alguien decidió que no le correspondía? Aún habiendo sido incluídas, ¿sería aceptable que la variación de significados de un mismo término en función de su contexto de uso no quedara gráficamente representada, no quedara testimonio de su naturaleza polisémica, siempre cambiante, siempre creciente?

La red es, seguramente, el entorno más propicio para el desarrollo de los diccionarios, no sólo porque es capaz de albergar todos los términos, sea cual sea su volumen, sino porque admite el crecimiento permanente, la variación continua, la hipervinculación que las palabras requieren para acomodarse a su esencia polimorfa y cambiante.

Es necesario redefinir los diccionarios… (y lo digo yo, que vivo en la que fue la última casa en la que María Moliner corrigió su diccionario).

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Comentarios

Volviendo al tema de los usos y los soportes: tengo (y uso) un María Moliner en papel desde hace quince años (esos dos tomos que sí, en algo han envejecido, pero no en lo primordial de nuestra lengua). De un tiempo a esta parte tengo instalado en la barra del Firefox el RAE.2 (http://www.rae2.es/): una herramienta perfecta (que uso) para consultas sobre la marcha… Sin embargo el Moliner, me sigue deparando sorpresas léxicas casuales, esa serendipia alrededor de la taxonomía, que la barra de herramientas, por más que la uso, se niega a brindarme…

…También guardo los 30 tomos (y sus cien kilos deformaestantes) de mi Salvat de toda la vida (eso sí que sufre con el interné… no la he vuelto abrir, más que para divertirme con mi hijo con la Unión Soviética, África Central… y cosas así… como restos de un mundo que ya no es).

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