Un nuevo contrato social

El viernes 26 concluyó la segunda jornada del encuentro propiciado por ARCE, Propiedad intelectual y gestión de contenidos en la era digital, un encuentro que ha puesto sobre la mesa temas verdaderamente candentes, y en donde se ha intentado ir a las raíces que fundamentan posiciones que pueden parecer antagónicas, pero que no lo son en absoluto.


En el artículo de Roger Chartier titulado “Qué es un libro”, contenido en el libro ¿Qué es un texto?, el maestro francés nos enseñaba que el origen del copyright tiene una genésis histórica reciente, apenas dos siglos y unos pocos años, fruto del enfrentamiento de criterios de dos personalidades contrapuestas:

“Para Diderot” -dice Chartier-, “la propiedad de los autores sobre sus obras es un derecho legítimo e inalienable, salvo por ellos mismos; para Condorcet, es una pretensión nociva contraria al interés general” -concluye el autor francés-, y así parece como si esa disputa continuara librándose hoy en día en los mismos términos, sin haber amainado, al contrario, casi resucitado más virulentamente. Pero la falacia actual, que muchos parecen querer reavivar, es que sigan existiendo Diderots y Condorcets, cuando eso no es cierto, que el espacio se divide entre ferros defensores del copyright a ultranza y peligrosos tecnoutopistas asaltabancos.

Javier Gutiérrez, Director General de VEGAP, defendió con vehemencia la postura de Diderot, argumentando que la defensa de la propiedad intelectual es una forma de contrato social que garantiza el reparto ecuánime del capital que una creación pueda llegar a generar, recompensando a sus justos poseedores. Hasta ahí, pocos pondrían en duda tal afirmación. El matiz, pleno de significado, proviene de la última parte de la primera frase escrita por Chartier: “salvo para ellos mismos”, es decir, que un autor, haciendo uso de la potestad que la ley le otorga, puede decidir que un bien que ha producido no le pertenezca o, dicho de otra forma, que pertenezca a los demás bajo una serie de condiciones. “El copyleft es copyright”, resumió en una frase perfecta Fernando Carbajo, en el mismo seminario, es decir, el copyleft implica al copyright por cuanto supone, simplemente, la renuncia explícita a los derechos de propiedad que a un autor se le otorgan y reconocen. Las licencias Creative Commons, en consecuencia, no son más que una gradación progresiva de esa alienación completa que puede llegar a ser el Copyleft.

Hablar, por eso, de contrato social es acertado, tan acertado que de lo que se trata es de abarcarlo en toda su extensión, dando plena cabida a la voluntad de los autores, de un nuevo contrato social si se quiere. La cuestión que se discutió fue, por tanto, de matices, aunque pareciera antagónica e irreconciliable en ocasiones, aunque en algún momento pareciera que Diderot se enfrentaba a Condorcet: las Sociedades de Gestión Colectiva (o individual) de Derechos dan ya cabida a la exclusión completa de una obra pero, en virtud de ese contrato social, deben aceptar la posibilidad de que el autor utilice una licencia que permite la difusión de su obra, incluso la modificación, pero no la comercialización, y en caso de que ésta última se produjera sin su consentimiento, debería preocuparse por ofrecer la compensación correspondiente. El matiz es importante, nada trivial, porque en realidad es la cesura que separa posiciones aparentemente inencontrables.

De sobra está decir que hoy existen mecanismos que permiten ejercer un control cuasi perfecto sobre el ciclo de vida de un documento, como Roberto Boya, de ADOBE España, nos mostró en su intervención. Si un autor o una institución desearan implementarlos para asegurarse de la integridad  de sus documentos y de la potencial gestión de sus pagos, en su mano está el hacerlo. Si un autor, por el contrario, deseara prescindir de esa clase de controles permitiendo la difusión, copia y modificación de sus contenidos siempre que se difundieran bajo esos mismos parámetros, no debería caber objeción alguna, ni tan siquiera si se solicitara a las Sociedades de Gestión, garantes del contrato social, que velaran porque ese extremo se cumpliera.

El uso de contenidos y aplicaciones bajo licencias de uso libre está tan extendido, como Javier de la Cueva expuso, que hasta el servidor del Tribunal Supremo está construído sobre Apache, así que no parece que esté justificada la desvinculación que las Sociedades de Gestión pregonan respecto a esa dimensión de la propiedad.

Las sesiones, en fin, tocaron muchos otros aspectos de extraordinario interés, desde los nuevos e imaginativos modelos de negocio -a cargo de José Luis Peino- hasta la multiplicidad de los nuevos canales y soportes -de la mano de Ricard Dalmau. Todo un lujo poder reflexionar de la mano de todos estos profesionales.

[Se me olvidaba: este blog cumple hoy un añito. Se aceptan toda clase de felicitaciones e invitaciones]


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Comentarios

Felecitaciones por el blog, desde que me lo mostraron soy un frecuente lector. Comparto muchas ideas que has mostrado, sobre todo con lo de los desechos de autor, que sólo son eso.

Yo me dedico a hacer libros digitales para un Instituto en México. Vemos los problemas día a día, enfrentar lo legal, la mala fe a los libros digitales, etcétera.

Espero muchos artículos más en este blog.

¡Felicidades Joaquín!

Nos vemos el 15 y espero que hagamos doble celebración

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