Infotopias digitales y limitaciones de la Alejandría 2.0.

En un recentísimo artículo aparecido en The New Yorker, “Future reading. Digitization and its discontents“, Anthony Grafton, catedrático de Historia de la Universidad de Princenton y especialista en el periodo que va del Renacimiento al siglo XVIII, intenta establecer los límites plausibles de lo oleada de digitalización de libros y contenidos para definir, quizás por defecto, el papel que le resta todavía a los libros asumir en nuestra civilización.


Grafton hace hincapié, al contrario que en los plantamientos de los más tecnófilos, como pudo ser el artículo de Kevin Kelly, “Scan this book“, aparecido un año antes en el New York Times, en las gigantescas limitaciones que la digitalización de nuestras bibliotecas encuentra y en las restricciones intrínsecas que ese proceso encontrará. Las limitaciones parecen obvias: se necesitarán décadas hasta que puedan ser teóricamente digitalizados los centenares de millones de libros que constituyen nuestro patrimonio histórico, siempre que concibiéramos ese proceso libre de toda traba, sea en el acceso a los originales, sea en su puesta a disposición en la red y en la negociación de sus derechos potencialmente asociados, sea en el software de identificación de caracteres y alfabetos del que ahora no disponemos (no para todas las lenguas, desde luego, menos aún para las periféricas, perdidas o antiguas), sea en la tendenciosa selección (comercial) de los originales digitalizables, sea en la propensión de determinados algoritmos a primar la aparición de unos contenidos sobre otros… En fin, múltiples dificultades, ninguna de ellas insuperable, pero necesitadas de atención y tiempo, bastante tiempo.

 

Por lo que respectas a las propiedades intrínsecas del papel, es cierto que algunas de sus cualidades son difícilmente sustituibles, tal como ya analizaran los autores de The Social life of information (un libro traducido pero que pasó sin pena ni gloria entre nosotros):


los estudiosos de una época histórica pueden encontrar en el papel trazas invisibles en su trasunto digital; el tacto de un determinado tipo de papel puede decirnos mucho sobre sus poseedores y dueños originales, sobre sus usos y costumbres; la consulta presencial de distintas ediciones de un mismo libro (en rústica, en tapa dura, en versiones baratas de kiosco), pueden dar a un experto una clara idea de los distintos canales de difusión de la obra y de su vida y destino sociales. Todo esto es cierto, sin duda, pero casi nada de ello insuperable, no al menos para la mayoría de los lectores, ajenos a las delicadezas y exquisiteces de los investigadores.

 

Qué duda cabe: pasarán años, décadas, hasta que el sueño de un fluido de información continuo abarque toda la producción bibliográfica de la humanidad y nos sea dado consultarlo a través de la web. Quizás no llegue nunca y la infotopía quede solamente en eso, en sueño omnicomprensivo, tentativa de un comunismo digital universal abortado por la magnitud inalcanzable de la empresa, quién sabe, o quizás, como ocurrió con la primera Alejandría, unos nuevos bárbaros decidan que esta Alejandría 2.0. no sea sino redundante e innecesaria. En todo caso, la convivencia de los soportes, tal como apunta Grafton, parece un hecho manifiestamente predecible.

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Comentarios

"En todo caso, la convivencia de los soportes, tal como apunta Grafton, parece un hecho manifiestamente predecible."

sippp!!! resulta paradójico ver cómo, por un lado, se alienta y utiliza el leit motiv de "obsolescencia tecnológica" y, por otro, cuáles son las prácticas y los usos de la gente…

ciao! y gracias por el blog!

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