Queremos tanto al Kindle (¿o no?)
Ayer martes 19 de noviembre, por fin, después de que dejaran pasar la ocasión de ponerlo de largo en la Feria de Frankfurt, Amazon realizó la presentación pública de su libro electrónico, el Kindle, el dispositivo inalámbrico capaz de almacenar 200 libros y descargar por un precio único de 9.99 $ cualquiera de los libros de su biblioteca digital.
El Kindle costará 399$ y será un dispositivo con tecnología propietaria, inalámbrico, con legibilidad mejorada mediante el uso de titnta digital, que puede prescindir de la intermediación del ordenador para realizar cualquier transacción y descarga desde la librería en línea, y que oferta, además de la lectura de libros, la suscripción a revistas y periódicos, nacionales (norteamericanos) y extranjeros (The New York Times, Wall Street Journal, Washington Post pero, también, Le Monde, Frankfurter Allgemeine, etc.), por un precio que va de los 5.99$ a los 14.99 $ mensuales, y la suscripción a tres centenares de blogs elegidos por un precio de 0.99$ mensual.
Amazon ofrece, además, un servicio hace tiempo anunciado y no bien concretado: la estantantería virtual, que en su momento llamaron “La gran librería de Amazonia“: cuando el Kindle haya rebasado su capacidad de almacenamiento, el usuario podrá almacenar virtualmente en los servidores de Amazon los libros adquiridos para recuperarlos cuando lo considere necesario.
Cabe, también, almacenar documentos personales, porque el dispositivo es capaz de leer diferentes formatos estándar: Word, HTML, TXT, JPEG, GIF, PNG y BMP.
La apuesta y el embate de Amazon parecen decisivos y ponen al libro en papel contra las cuerdas, porque un mismo dispositivo polivalente es capaz de albergar todos los tipos de contenidos y abastacerse de todas las fuentes que normalmente utilizamos, desde los libros hasta la prensa, desde los blogs a los bancos de imágenes, a precios razonables y de manera autosuficiente. Un librero se convierte en distribuidor de contenidos a través de su plataforma “Digital text platform” (DTP), a la que cualquier editor puede subir sus contenidos mediante un sencillo interfaz de edición en línea, rebasando la condición tradicional del librero para transmutarse en un mediador digital.
Queríamos ver el Kindle, sin duda, pero tantas ventajas no ocultan su reverso oscuro: la tecnología que utiliza es propietaria, cerrada, haciendo caso omiso de las recomendaciones emitidas por el International Digital Publishing Forum, de manera que el Kindle sólo lee y almacena el formato por generado por Amazon, sea cual sea su especificación, y sólo guarda en sus estantes virtuales los libros que hayan sido adquiridos en sus propias páginas, siguiendo en esto el mal ejemplo promovido por Apple con su IPod, reconvenido ya por las autoridades del norte de Europa para compatibilizarlo con otros formatos abiertos. No acepta tampoco, para rubricar su actitud estanca, impermeable, ningún documento generado con estándares abiertos (Open Office o similares, ningún RTF). Y en cuanto al precio único de los libros que vende, veremos qué efecto tiene eso sobre la industria editorial, porque más que un precio fijo parece la imposición monopolísitica de un precio único. No será una cuestión menor, por último, la manera en que el medio modele el significado del mensaje, porque un sólo soporte se convierte ahora en el medio que modela y estructura contenidos de muy diversa índole, hasta ahora perfectamente distinguibles porque el formato de su contenedor y su consiguiente puesta en página eran radicalmente diferentes. Veremos.
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