Ahora que el Kindle está entre nosotros

Ahora que el Kindle está entre nosotros y que Jeff Bezos nos cuenta, convencido, las ventajas polimorfas del nuevo soporte digital, comienzo a preguntarme si no será el libro el papel el que deba empezar a enumerar las razones de su supervivencia, a recitar el pliego de condiciones de su posible persistencia en el tiempo. Son tantas y tan variadas las ventajas que el Kindle ofrece -tantas como desventajas, quizás-, que la pregunta no me parece que sea ya si los libros electrónicos perdurarán o no, si se acabarán imponiendo al soporte tradicional del papel sino, más bien, cuál será el lugar que quede reservado para los libros tal como los conocemos en un ecosistema en el que los soportes digitales se han apropiado ya de nuestras maneras de hacer, distribuir y usar los contenidos.


No recuerdo haber enumerado sistemáticamente, o con cierto ánimo metódico, las razones por las que creo y sostengo que el soporte papel, que el libro tradicional, conservará un espacio propio en los próximos cincuenta años, al menos. Propongo, por consiguiente, este decálogo:

1. mis hijos, nuestros hijos, leen en diversos soportes, consultan indistintamente pantallas y libros en papel, y mientras este hábito de lectura y compra se haya inculcado y arraigado desde la infancia, es más que probable -como señalan las encuestas de sociología de la lectura y de la cultura- que sigan leyendo y consultando libros en papel, como un soporte entre otros;
2. si hemos de creer a McLuhan, y a estas alturas es obvio que tenía razón, el medio es el mensaje, y el papel estructura claramente el significado que transmite. Los libros en papel también. Los libros electrónicos, tal como nos muestra el Kindle, son todavía sábanas o papiros continuos incapaces de diferenciar entre contenidos originalmente distintos, invitando a la confusión y generando cierto desorden en la experiencia lectora. El papel, todavía, lo hace mejor. El libro -la cultura impresa-, por tanto, permite distinguir, clasificar y jerarquizar el discurso. Su coherencia intelectual y estética proviene de ahí, y el orden del discurso electrónico está todavía por contruirse;
3. no cabe desdeñar por aparentemente nimio o fútil, el apego a los libros, el fetichismo objetual que la mayoría seguimos practicando, y que no tenemos intención de abandonar, como toda placer confesable o inconfesable que esas prácticas de veneración procuran;
4. los libros en papel casan perfectamente con nuestros hábitos de racionalización consecutivos y procesuales, en contra de la invitación que nos propone la hipertextualidad, una racionalización inconexa y saltarina que pueda abocar a una experiencia caótica;

5. mientras perviva el pacto de sentido que el autor y el lector aceptan tácitamente cuando se abre un libro (una forma de “acepto este contrato” por consumación del acto de apertura), el objeto autosuficiente y autocontenido de papel que todos conocemos pueda que satisfaga nuestras expectavtivas intelectuales y estéticas más completamente que los gadgets electrónicos. No necesitamos nada más allá del libro ni nada más acá de nosotros mismos para disfrutar del contenido y la enseñanza que el autor nos propone;
6. en los gestos más elementales están contenidos los hábitos más profundamente radicados, las convicciones más recónditas, las prácticas más incuestionables: pasar una página, doblar una esquina a manera de recordatorio, realizar una anotación, subrayar un párrafo, utilizar un marcapáginas con un motivo específico para señalar el lugar donde abandonamos la lectura y la retomaremos, atesorar entre las páginas de un libro un recuerdo (una foto, una flor, un papel anotado…), son expresiones de nuestra personalidad difícilmente erradicables, por lo menos no a corto plazo;
7. cuanto más inútiles sean los contenidos, cuanto menos peso tenga su dimensión profesional o su potencial aplicación científica, más probabilidad habrá de que perduren en papel;

8. el libro en papel sigue poseyendo, todavía, el aura de autoridad y ascendencia intelectual y académica que el libro electrónico no tiene;
9. para que el libro electrónico pueda arraigar es necesario definir tanto las categorías intelectuales como los dispositivos técnicos que permitan percibir y designar ciertos textos electrónicos como libros, como entidades textuales específicas y distintas, y deberán solucionarse, igualmente, todas las cuestiones jurídicas, administrativas, estéticas y  biblioteconómicas que lo comprenden;
10. todo lo anterior es cierto, pero nadie duda que algún día, no más allá, quizás, de dos generaciones, las cosas habrán cambiado de tal forma que el libro en papel, un artefacto perfecto, un interfaz impecable fruto de la decantación de cinco siglos de trabajo humano, desaparecerá.

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Comentarios

Magnífico texto e impecables razonamientos.

Me ha encantado el comentario sobre el orden y la hipertextualidad, es absolutamente cierto.

Pero quiero ser algo más prosaico y apunto otros argumentos menos hermosos, peor dichos, pero más prácticos:

1.- La gente no va a llevar un i-Pod, un i-phone, la Palm o la Blacberry ni, puede que esté exagerando, todos los accesorios de la tecnología digital. El peligro está en el "aparato único", que todavía no se vislumbra.

2.- Mientras aparece el aparato único, la red tiene un halo de que todo lo que se puede conseguir es gratis, que es un espacio abierto, sin limitaciones, de modo que estos sistemas propietarios encuentran muchas trabas de mentalidad en los usuarios. Salvo el comercio electrónico, todo lo que se paga en Intenet se paga con la sensación de que otros pueden conseguirlo gratis, es decir que la necesidad ha de ser muy grande para que el usuario termine realizando una transacción que sabe que le va a costar dinero cuando podría obtenerla gratis.

3.- Probablemente la utilidad más inmediata de este aparato sea la de consulta de textos científicos, jurídicos o enciclopédicos en algunas disciplinas, para lo que sí aparenta que es útil.

´Seguro que hay más elementos.

Enhorabuena por el blog, Joaquín.

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